Cuando opinar se volvió una actividad de alto riesgo

La libertad de expresión es madre de muchas otras libertades. La prerrogativa de decir lo que pienso sin sentir escalofríos ha sido la lucha que ha motivado a muchos héroes. Defender las creencias, denunciar lo que no está bien, pensar distinto no debiera ser peligroso. Sin embargo, lo es. En México, opinar de volvió una actividad de alto riesgo. Elevar la pluma, abrir la boca, manifestar ideas resulta tan seguro que se corre el riesgo de perder la vida.

Escribir dejó de ser la actividad romántica del que escucha a las musas y vierte letras sobre la hoja en blanco. Sabemos que la letra con sangre entra, pero no pensamos que pudiera sacar sangre. Periodistas, editores, hombres, mujeres, viejos, jóvenes, conocidos, no tan conocidos, de medios locales o globales, en el norte o en el sur,  corremos el riesgo de caerle gordo a alguien por lo que decimos y terminar golpeados, si nos va bien. Si nos va mal, ya sabemos…

El ejercicio de la pluma se convirtió en algo extremo. En México es más seguro caminar entre leones que opinar. Mueren más periodistas que personas devoradas por el rey de la selva. La libertad de expresión es un derecho tan fundamental que se cataloga como un derecho humano. Está consagrado en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Las constituciones de los sistemas democráticos también lo señalan por la razón más elemental: de la libertad de expresión deriva la libertad de prensa.

Por eso mismo, la libertad de expresión es madre de muchas otras libertades, es un elemento crítico para el desarrollo y el diálogo,  sin ella ninguna de estas libertades podría funcionar o prosperar. La libertad de expresión es un derecho universal que todo el mundo debe gozar. Todos debieramos tener el derecho a dar una opinión y a expresarnos; a mantener una opinión sin interferencias y a buscar, recibir y difundir información e ideas a través de cualquier medio de difusión sin limitación de fronteras, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Abrir la boca con el único freno de la responsabilidad y el compromiso a la verdad es lo que debiera ser.

Pero, no sucede así.

Las bandas del crimen organizado, los delincuentes, las autoridades, los policias y ladrones, casi cualquiera puede levantar la mano y estrellarle el cráneo a una persona que opina. Están amparados por la impunidad y por el imperio de la injusticia.

La sangre que corre de los muertos que se atrevieron a hablar, los golpes recibidos por los que escribieron, las amenazas escuchadas, las advertencias no quedan nada más en aquellos que son víctimas de esta intolerancia inquisidora y asesina: son un agravio para la sociedad entera. Son el síntoma de una enfermedad que nos está matando a todos y que nos tiene las entrañas pudriendose a fuego lento. 

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El regalo de Cristina

Cristina de Borbón despierta como la mayoría de los seres humanos en la tierra, sin un título nobiliario. No sé si eso la haga plebeya o si la revocación del privilegio de ser la Duquesa de Palma de Mallorca le haya cambiado el color de la sangre. Lo cierto es que la coordinación de los tiempos es curiosa. Como regalo de cincuenta años deja de pertenecer a la Casa del Rey y parece que el hecho le sentó bastante bien.

Si los monarquistas la imaginaban llorando, rechinando dientes y con el pelo revuelto, se equivocaron. Se le vio relajada, caminando por las calles de Ginebra festejando con su madre, a la que también se le notaba muy sonriente. Alejarse de la frivolidad y de la estupidez aligera la vida. Mientras las revistas de corazón analizan las setenta, sí: setenta, fotografías que muestran la vida pública y privada de los monarcas, Cristina y Sofía salen a festejar, como cualquier mortal, un cumpleaños feliz. Ni las persiguen fotografos ni les interesa posar para la foto.

Las imágenes acartonadas, mil veces estudiadas, con sonrisas rígidas y cabelleras perfectamente acomodadas, con vestidos de diseñadores, tacones y corbatas de millones de euros, contrastan con los pantalones pescadores, los zapatos planos y el cabello sin fijador. Adiós a las miles de exigencias diseñadas para dar gusto a masas y a hacer millonarios a los que se dedican a publicar historias rosas.

Muchos pensarán que Cristina recibió su merecido. Tienen razón. La Infanta fue despojada del privilegio que da la nobleza y se convirtió en un ciudadano más. Entró al mundo en dónde las cosas se ganan con base en meritos y no merecimientos, en el que hay que trabajar para conseguir las cosas y en el que las diferencias no se miden en términos de condición de nacimiento. Fue extraditada del perimetro color pastel para entrar a los tonos de la vida real. ¡Qué curioso!

Mientras en otros palacios, el protocolo, las reglas, las instrucciones deben seguirse. Hay colores, longitudes, espacios, saludos, lugares especificos para cada quien. Hay formas de caminar, hay altos de falda, tonalidades para vestir, sentimientos que no se debdn mostrar. Ni lágrimas, ni demostraciones de cariño efusivas, ni carcajadas espontáneas, ni nada que les pueda arrugar la ropa. 

¡Wow! Qué buen regalo le dieron a Cristina. Tal vez, esa fue la mejor forma de decirle: ¡feliz cumpleaños!

  

Je suis Charlie

Los que hemos recibido una amenaza sabemos lo que se siente. También lo que provoca. Como todo en la vida, ante la intimidación hay que tomar decisiones, o te achicopalas o te engrandeces. Es decir, eliges vivir agazapado o prefieres darle la espalda al miedo.
Estas decisiones constituyen el ejercicio de la libertad. Somos libres de vivir en el rincón, temblando, aguantando y cerrando los ojos o de tomar el timón y darle dirección a la vida. La pluma es una de las formas más contundentes de ejercer la libertad. También de las más difíciles, en ello se compromete la vida.
Dar opinión es una de las formas más contundentes de ejercer la libertad. Es un derecho por el que ha luchado la humanidad y un valor tan alto que en ello se han sustentado naciones, leyes, filosofías. La forma más aguda de emitir una opinión es provocando risa. La risa es la demostración más agradable de la libertad.
El semanario francés Charlie ha ejercido su libertad de expresión arrancando risas por medio de entradas provocativas y de cartones irreverentes. Se vale del humor valiente para criticar al intolerante, al abusivo, al que menos comprende, al más prejuicioso, al que toma la bandera de la discriminación, al que mezcla la estupidez con iniciativa, al que no va mas allá de su nariz. En ello se le fue la vida.
Irreverentes, sí, el semanario Charlie criticó a poderosos. Presidentes, curas, actores, profetas sirvieron como fuente de inspiración para portadas, cartones y publicaciones de la revista. Merkel, Hollande, Ratzinger y muchos más se transformaron en caricaturas que arrebataron risas y reflexión. Las de Mahoma desataron la amenaza que concluyó en el acto terrorista mas grave de los últimos cincuenta años en Francia. Doce fueron asesinados mientras llevaban a cabo la primera reunión de trabajo del año. El editor en jefe murió en la batalla. Eso no es gracioso. En el centro de París, la ciudad luz, se hizo la oscuridad.
Se libró una batalla desigual, hay que decirlo. Ambos bandos estaban armados, los terroristas con metralletas, los de la revista con plumas e ideas. Unos matan apagando la risa otros, matan de risa iluminando el entendimiento. Unos daban la cara otros ocultaban el rostro. Unos firmaban y otros huían. Al salir del edificio de las oficinas de Charlie, los terroristas dijeron Charlie ha muerto. Se equivocan, le dieron vida.
Je suis Charlie es el emblema de la libertad de expresión, de los que protegen el derecho de reír y hacer reír, de los que optan por vivir con valor y ejercen la valentía. Pero hay gente a la que no le gusta reír, que opta por la solemnidad, la rigidez y la vida estrecha. Hay a quienes les gusta más el vinagre que el dulce y prefieren el amargo y la vida pesada que los caminos ligeros. La estupidez no sabe reírse, menos de sí misma y es peor cuando se les señala un error. El fanático no goza del lujo del buen humor. Propio y extraños condenamos este acto de barbarie. No fue un acto de fe, no fue un hecho aprobado por los musulmanes. Los que en verdad siguen a Mahoma son gente de paz, los que lo usan de pretexto para la muerte son criminales. Son fieles a la oscuridad contraria a las enseñanzas del profeta.
Digo que no mataron a Charlie Hebdo porque ayer se elevaron cientos de carteles en el mundo con la consigna Je suis Charlie , en ellos va el mensaje de solidaridad, de reconocimiento. La información ilumina, la reflexión estimula y el sentido del humor nos hace fuertes. Nos hace libres.
Libres de decidir si vivimos apocados o si caminamos sin miedo. No hay punto final para Charlie Hebdo. Hay vida después de la muerte. Charlie Hebdo vive en cada uno que se atreve a decir, Je suis Charlie.

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Opciones universitarias y la influencia religiosa

En la era vertiginosa que nos toca vivir, los cambios se dan de forma tan acelerada que, en ocasiones, no nos damos cuenta de cómo pero la transformación ya es parte de la cotidianidad. No todas las modificaciones son buenas, tampoco es que sean malas en su totalidad, pero con la rapidez de la vida y la inmediatez de la accesibilidad, hay quienes las adaptamos mal a la vida de todos los días. Es así que vemos familias enteras adictas a internet, seres humanos que pierden la capacidad discursiva y únicamente se comunican con emoticones.
De ahí que en la era acelerada, el tema de la educación y la capacitación se convierta en una materia prima sumamente importante para corregir y ajustar las desviaciones y aprender a hacer uso de los adelantos tecnológicos sin descuidar el acento humano de los individuos.
La oferta educativa se convierte en el tema de fondo de nuestros días, el análisis de opciones es vital. Hoy en día y de cara al reto de ser mejores y de que la tecnología sea un agente de evolución y no de lo contrario, distintas instituciones de educación superior cuentan con participación e influencia religiosa, con lo que apuestan a formar alumnos con valores.
Si Benito Juárez leyera esto, se rasgaría las vestiduras, se echaría ceniza en la cabeza y se sacudiría el polvo de las sandalias. Hasta donde yo me quedé la educación en México debe ser laica. ¿Entonces?
El miedo es el fanatismo, las influencias, la falta de libertad y que el pensamiento se vea atacado en su independencia. La autonomía del albedrío es un derecho inalienable.
Sé de lo que hablo. Me ha tocado participar como estudiante y como académica en universidades de corte religioso y de corte laico. La Ibero, Georgetown, La Universidad Anáhuac, las dos primeras instituciones dirigidas por Jesuitas, la última por Legionarios de Cristo. Laicas como el Colegio Universitario de Toledo, el ITAM, la Casa Lamm.
En términos de laicidad en las instituciones, me aproximo más a Juárez, que fue lo suficientemente cristiano para entender que al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El propio Cristo comulga con la propuesta juarista y prefiere que el respeto al derecho ajeno nos gane la paz.
Soy católica y defenderé mi fe con convicción, pero el salón de clases no es el lugar para dar catecismo. No es con la coerción de una nota que se habla de Dios. El aula es el espacio en el que se privilegia el debate, se parte de la razón y se demuestran las ideas. La contemplación, la oración, la intimidad con Dios requieren de otros terrenos.
En estricta justicia debo decir que el peor de los fanatismos, la mayor de las persecuciones no la sufrí a fuerza de rosarios y golpes de Biblia. Tampoco me dieron fuerte con el Coran, ni me asustaron con mantras, ni me amenazaron con castigos infernales si no creía en un ser superior. No. Los que sí me asustaron con hervir en los apretados avernos de la ignorancia fueron profesores que ocuparon el salón de clases como púlpito para predicar con fe ciega la muerte del mas allá. Son estúpidos los que creen en Dios, o peor, es una seña de ignorancia profesar amor por lo que no se puede demostrar científicamente. Denostar no es forma de debatir.
Los cambios de los tiempos nos llaman a la reflexión. La libertad es fundamental en términos de opciones de educación superior. Valores, ideales, humanismo, no están mal. Están bien. Hacen falta. Se requiere de gente que de motivos de esperanza, no de desesperación. Especialmente frente a los jóvenes. Cada quien se sentirá más o menos cómodo en uno u otro ambiente. Universidades laicas o de corte religioso deben tener en cuenta el respeto a la libertad de pensamiento. Las laicas también.
Me parecen reprobables los fanatismos en ambos lados. Perseguir al que piensa diferente en una institución de pensamiento es deleznable. En todo caso, me quedo con estas palabras: La verdad nos hará libres y Vencer el mal con el bien. ¿no están mal, verdad?
Lo importante, independientemente de filosofías o corrientes es formar mejores individuos, en eso todos podemos estar de acuerdo.

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La inspiración del Komander

La cancelación de los conciertos del Komander ha generado una serie de opiniones que me han llamado mucho la atención. Hay personas que están de acuerdo con las autoridades que decidieron no llevar a cabo los eventos y hay voces que piensan que esa es una postura equivocada. Incluso hay quienes hablan de un atentado en contra de la libertad de expresión.
Me sorprende la polémica y creo que en ella hace falta un punto de análisis.
La fuente de inspiración de un artista es algo sumamente personal, casi sagrado que nadie tiene autoridad para cuestionar. Para algunos la iluminación se nutre a partir de la imaginación, mientras para otros llega a partir de las experiencias vividas. Entre este espectro se mueve la creación, unos le dan más peso a la fantasía y otros prefieren reflejar con mayor precisión la realidad. En ese sentido, se puede opinar y se debe criticar la obra, es decir, se resaltarán sus cualidades estilísticas, se observarán sus carencias, incluso se podrá emitir la poco importante opinión de si me agrada o me desagrada, sin embargo, jamás se podrá poner el tela de juicio la fuente con la que se nutre inspiración de un autor. Hasta ahí concuerdo con quienes piensan que no es correcto callar al Komander o impedirle dar conciertos.
Pero, no podemos dejar de un lado el hecho de que a partir de la inspiración se crea lo que el artista quiere comunicar. Con la obra artística se tiende un puente entre el que expresa y el que aprecia. Es un acto de seducción o de provocación en la que se pretende tocar la sensibilidad. Así se arrancan lágrimas, se promueven las risas, se simula el asco, o la reflexión. Siempre existe una intención estética en la creación. Por eso, yo me pregunto cuál es la intención estética del Komander.
Cantarle al campo, a la vida agrícola, al tema del cultivo no es una novedad. El tema bucólico es milenario. Referirse a las diferencias sociales tampoco llama al escándalo, hacer un panegírico de actividades delictivas queda en el campo de la expresión autoral. Sin embargo, en este tema la intención es lo que cuenta. Aquí la autoridad tiene voz y es preciso que actúe.
Si en los conciertos hay armas, si se incita a la violencia, si los cantantes invitan al desorden, si al subir al escenario se portan metralletas de uso exclusivo del ejército ya nos salimos del ámbito artístico. Estamos en otro terreno. Se extralimita el espacio estético y tocamos el ámbito de seguridad. En ese sentido, la autoridad tiene razón en evitar estas expresiones.
Recuerdo un ejemplo que me ponía el Padre Sanabria en la clase de estética. Decía: en una habitación en cuyos muros hay pinturas de Picasso y Braque hay también un hombre que morirá de hambre si no se traspasan los muros. La defensa por lo estético se debe subordinar a la defensa por lo humano. No debe haber duda en tirar los muros para alimentar al hombre y preservar su vida.
Aquí, con el Komander, no se trata de una censura estética, se trata de una defensa. Se trata de prevenir para no terminar llorando. En ese sentido, no se ve, ni se cuestiona la inspiración del cantante; se ve y se cuestiona la intención y lo que con ella se puede provocar.

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¿Cuántas películas? (Doce años esclavo)

¿Cuántas películas tenemos que ver en las que se nos muestra la violencia del hombre contra el hombre para entender de lo que somos capaces? Parece que Hollywood ha decidido que muchas. Con una no basta para hacernos entender que el ser humano, a lo largo de la historia, ha perpetrado hechos de crueldad sin límites a sus semejantes. No sé si es para que no olvidemos, para guardar un registro histórico o para ganarse premios y millones de dólares. Lo cierto es que a lo largo de la vida he visto muchas películas que tocan el tema de la brutalidad con la que tratamos a nuestros semejantes.
Holocaustos, guerras, genocidios, actos terroristas, discriminación han sido proyectados para que los espectadores veamos desde la comodidad de una butaca y amparados por la penumbra escenas que tarde o temprano nos quitarán el sueño o nos despertarán una reflexión.
Así, Doce años esclavo nos muestra la historia, basada en hechos reales —o eso nos advierten al principio de la película— del extraño caso de Salomon Northup, un ciudadano negro nacido en libertad en la ciudad de Saratoga, Nueva York quien fue secuestrado después de una noche de copas y vendido como esclavo, condición en la que vivirá por doce años.
¿Cuántas escenas de crueldad son suficientes para dejar en claro la brutalidad del ser humano? Parece que a Steve McQueen, el director, no le bastó con una, pensó que a la primera el espectador no entiende, hay que atizarle varias. Escenas de latigazos propinados sin misericordia salpimentan la historia, golpes y crueldad revuelta con desprecio. Lo diferente causando una mezcla de repulsión y falsa lástima. Humanos cosificados, tratados peor que a bestias de trabajo y golpeados hasta dónde no se puede más. Y cuando se piensa que ya no se puede más, otra golpiza.
La película es toda ella una metáfora de latigazos. El zuap, zuap, de las tiras de cuero contra la piel que se revienta, eso es Doce años esclavo. Tración, una chica violada, una madre que se separa de sus hijos, la desesperación retratada en todas sus facetas. La pérdida de identidad es lo que garantiza la vida.
La película se desarrolla a mediados del siglo XIX a la vera de un río que me hace pensar en el Mississippi, en Faulkner y en Mahalia Jackson. Los trajes de época nos hacen sentir el alivio de la lejanía de los años, el sosiego de que hoy en día la esclavitud es ilegal y la tranquilidad de que los derechos humanos son una prioridad en la nación de las barras y las estrellas. ¿No es así?
Ya no hay capataces salvajes que cuelguen de un árbol a un semejante por desobedecer una instrucción, ni amas celosas que le crucen la cara a una esclava con las uñas para marcarla con una cicatriz, ni terratenientes que le disparen a otros seres humanos con un rifle para sacarlos de su propiedad, ni patrones que tengan gente trabajando horarios inhumanos a pleno rayo de sol por un sueldo de miseria. ¡Imposible que eso suceda en la Unión Americana! No sucederá con gente de raza negra.
Pero, no hay porque sentirse tan protegidos en la penumbra de una sala de cine, ni alejados por los años de historia o por la ropa de época. Hoy, muchos mexicanos sufren discriminación y tratos similares a los que refleja la película. Es posible que en este momento, al leer estas líneas, un paisano esté siendo maltratado, vejado, discriminado o incluso torturado.
Tal vez por eso Hollywood insiste en este tipo de películas. Se insiste en una doble moral, tal como en Doce años esclavo nos muestran las escenas de un amo que lee la Biblia y trata a sus esclavos con un desprecio condescendiente. De la Palabra toma lo que le conviene. Lee y al mismo tiempo en que escuchamos los versículos sagrados se entremezcla el estribillo de un canto racista que el capataz les canta a los negros. Run niger, run
Bondad de humo, conveniencia de hierro.
No está tan lejos el maltrato al diferente. Está con el migrante. Está en el vecino que no es tan igual como nos gustaría. Está en casa con la gente que nos ayuda. En la calle con el que limpia un parabrisas. En el techo de una locomotora a la que le apodan La bestia, en las playas de Lampedusa o en las rejas de Ceuta.
No nos sintamos aliviados al saber que fueron pocos los negros nacidos en libertad, secuestrados y vendidos como esclavos. No creamos en el sueño americano que persiguen y alcanzan algunos paisanos. Preocupémonos por todos aquellos que podrían estar en situaciones semejantes hoy, más allá de las fronteras o en las cocinas de nuestras casas.
Hay muchas películas que retratan la brutalidad del ser humano contra sus semejantes. Muchas del holocausto judío, muchas de la injusticia contra la raza negra, de guerras de hoy o de ayer. Pocas son las que reflejan la tragedia de los migrantes mexicanos.

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Con los ojos en Uruguay

Los rostros vuelven la mirada con rumbo al sur. Hizo falta valor, no hay duda. Las voces a favor y en contra estarán atentas a lo que sucede en Uruguay ya que a partir de hoy se convirtió en el primer país del mundo en legalizar la producción y venta de marihuana, eso sí, bajo control estatal.
Los críticos opinan. Los que no están de acuerdo piensan que se está impulsando el consumo de una droga. Los que apoyan ven este proyecto como una forma de aislar al narcotráfico. El debate deja de estar en el terreno de las palabras para pasar a lo concreto. Por fin se podrá comprobar en los hechos si restringir o legalizar son mejores o peores alternativas.
El Senado de Uruguay pasará la propuesta al Presidente que tendrá un plazo de cuatro meses para reglamentar el proceso de producción, distribución y venta con un sistema de licencias que el Estado otorgará y controlará. No fue fácil, la iniciativa no contó con una aprobación unánime. Lejos de eso, fueron dieciséis votos a favor y trece en contra. Los criterios están divididos. El tema es complicado. Sin embargo, los uruguayos han decidido correr el riesgo. Deciden hacer algo diferente para obtener resultados diferentes.
Buscan atacar al narcotráfico con las reglas de mercado. Se atienen al precio y a que a partir de esta variable las curvas de oferta y demanda se ajusten con la mano invisible. El objetivo es tener un precio de mercado igual o inferior al que ofrece el narcotráfico y así empezar a competir. Suena lógico. El consumidor, al momento de elegir, tendrá dos alternativas, comparar en el mercado negro o en el legal, al mismo precio. Parece más atractivo que se opte por la mercancía que no cause problemas.
Además, Uruguay planea trabajar de la mano con el sistema educativo para diseñar campañas que informen sobre los riesgos que conlleva el consumo de marihuana. Educar, informar y dejar en libertad parece ser la fórmula de los uruguayos, en vez de prohibir y lanzarse a una lucha armada que sólo suma violencia, inseguridad y muerte. Los que no están de acuerdo auguran un incremento en el consumo de drogas, dicen que la marihuana es la puerta para adicciones más duras.
Ni los que apoyan este proyecto ni los que lo censuran tienen la certeza de lo que sucederá en Uruguay. El riesgo que se corre es alto, pero, gracias a la valentía de los uruguayos, la moneda dejó de estar en el aire. Por fin podremos observar lo que sucede en un país que ha liberado de manera total el consumo de esta hierba. Ya sabemos los resultados de entrar en una guerra en contra del narcotráfico, lo hemos visto en México. Ha sido durísimo luchar contra un enemigo invisible y feroz. Los resultados han sido muy amargos. Ahora sabremos lo que pasará al aplicar una política totalmente diferente y antagónica.
Si la las leyes de oferta y demanda funcionan en este caso, ya sabemos lo que les espera a los uruguayos. Será algo similar a lo que sucedió en Chicago cuando por fin se legalizó el consumo de alcohol. No les tembló la mano a los uruguayos ante la posibilidad de mover grandes intereses.
El mundo está con los ojos puestos en Uruguay, algunas miradas son reprobatorias, otras son de esperanza, muchas albergan una curiosidad científica. Lo cierto es que este pequeño país sudamericano se convierte a partir de hoy en una referencia. Será el tiempo el que dicte el rumbo del fiel de la balanza. Mi deseo es que la referencia sea positiva. Es una apuesta por la libertad, la educación y la información; es un riesgo puesto a favor de la operación de las leyes económicas en forma natural y no afectada. Dejar que la mano invisible trabaje en favor de la legalidad y en contra del narcotráfico. Mejor eso que las balas.

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El indulto de Alberto Patishtán

En esta vida hay que cuidarse de la mala suerte de caerle mal a alguien poderosillo que en un berrinche te arruine la vida. Si no me creen pregúntenle a Alberto Patishtán, le cayó mal a un presidente municipal y con eso fue suficiente para que lo refundieran en la cárcel por más de trece años. Sí. En México, como en muchas partes del mundo, las prisiones están llenas de gente pobre que no pudo pagar un abogado, que no pudo mover las voluntades y que por unas o por otras se tuvo que resignar a padecer su mala suerte. Reitero, de gente pobre, no de culpables.
Esa fue la mala suerte de Alberto Patishtán, nacer pobre, si no, otro gallo le hubiera cantado. Su caso era fácil. La evidencia gritaba su inocencia, los testigos daban cuenta de que los asesinatos que le imputaron no podían haber sido perpetrados por este maestro tzotzil, porque en el día y hora de los crímenes él andaba en otro pueblo. Pero, le cayó la mala suerte encima. El poder de la mala voluntad entró en escena. ¡A la cárcel!
En su juicio se violaron sus derechos humanos consistentemente, nunca tuvo asesoría, traducción, asistencia. Nada. Patishtán sólo veía como las desgracias se le acumulaban una sobre otra sin remedio. Hubo muchos que se interesaron en ayudar a este maestro indígena. Incluso, organizaciones internacionales brindaron su ayuda y gestión. Nada. Muchos trataron de defenderlo. Nada. No había como ayudarlo. Su inocencia comprobada era lo de menos. Se diluía entre términos legales, archivos, teclas, expedientes… Y el segundero seguía avanzando. Avanzó tanto que sumo trece años. No son pocos.
Resulta que la ley no daba posibilidades de resolver una injusticia. Un vacío técnico hizo posible que un hombre quedara confinado a una prisión, a pesar de que su inocencia era evidente.
Escuché a la ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Olga Costa, decir que no se pudo hacer nada por ayudar a Alberto porque la ley no otorgaba un camino de liberación. Vaya, pues muy bien. Entonces que el inocente se friegue y se acabe los días que le dure la vida.
El mundo está lleno de perezosos y de soberbios que nada consiguen porque a nada se aplican. La peor combinación es ser flojo y engreído. No hicieron nada por resolver un caso tan grave de falta de justicia, que ellos deberían aplicarla ya que para eso se les paga. No hacen nada. Ya con el agua al cuello se permiten decir que hicieron lo que pudieron, se quejan y se sienten frustrados. Alimentan el resentimiento y buscan a quien echarle la culpa de los graves resultados de su pereza.
Así son estos individuos, que desde la superioridad que sienten tener, abrazan la holgazanería, la incompetencia, la idiotez y se derrotan de antemano, por su mediocridad, por no salir de su área de confort.
El indulto de Parishtán llega para enmendar una injusticia. Eso es de festejar. Su libertad significa un día de fiesta. Pero, el indulto de Alberto Patishtán llegó muy tarde, trece años tarde. Decir que fue así porque no se podía de otro modo es un motivo de vergüenza. También es una falta de pudor. ¿Por qué exhiben así su incompetencia?
¿Y, ahora? Liberarán a Parishtán y qué le dirán, ¡Ay, usted disculpe! ¿Esperarán que Alberto les de las gracias?
En fin, mañana, el presidente Enrique Peña Nieto hará uso, por primera vez, de la facultad de indultar a quienes hayan sufrido procesos contaminados por la violación de sus derechos, Alberto Patishtán será el primero. ¡Enhorabuena, Alberto! Espero que seas la punta de lanza que muestre el camino para reparar injusticias. Bienvenido a la libertad.

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Tras las rejas

¡Qué fácil es caer en desgracia! Hay un dicho que corre por las calles y que, como todo dicho, está lleno de verdad. En las cárceles no hay gente culpable, hay gente pobre. Para estar tras las rejas y quedarse ahí por años no es necesario haber perpetrado un crimen, o asesinado a alguien, o saqueado las arcas de la nación; para que te refundan en una celda es suficiente una equivocación. No digamos, contar con la antipatía de alguien, o haberte ganado la mala voluntad de algún poderoso. Eso también, desde luego. Pero, hay casos en los que una equivocación es suficiente para que la desgracia caiga sobre gente inocente.
El caso de Ángel de María Soto, a la que se le atribuyó la posesión de una maleta con diez kilos de cocaína, por la que se le detuvo y se le recluyó en forma evidentemente injusta no es el único ejemplo; el caso de Marduk Hernández, un estudiante que pasó meses en la cárcel, acusado de haber robado un teléfono celular cuando lo que sucedió en verdad fue que se encontró en el lugar y momentos equivocados y le gustó a alguien para servir de chivo expiatorio; o el caso del Máximo Bistro, un restaurante que estuvo a punto de ser clausurado porque no se le dio la mesa que quería a la hija berrinchuda de un funcionario poderoso, son ejemplos, de los miles que existen, de la facilidad con la que la desgracia se puede apararecer sin haberla invocado.
Y, así, con la facilidad que da la equivocación de alguien al entregar una contraseña de maletas, la mala voluntad de una persona al acusar a un inocente, o la mala sangre de un influyente, así en un pestañeo, se pueden cerrar las puertas de un negocio para siempre, encerrar a un inocente y acabar con la vida de un ser humano. Qué razón tenía José Alfredo Jiménez, la vida no vale nada.
Pero esta sentencia no es democrática, algunas vidas valen más que otras. Basta volver la mirada a cualquier cárcel de mujeres para constatar que las presas reciben menos visitas que los presos, con independencia de su grado de culpabilidad o inocencia. Basta ver a la mayoría de los líderes sindicales del país, que viven como auténticos señores feudales a costa de las cuotas que les arrancan a sus agremiados y que en lugar de aplicarlas en beneficio de los trabajadores, ocupan para comparar yates, autos, casas y abogados que los alejen lo más posible de un centro de reclusión.
Pero, a la gente de a pie le resulta muy fácil caer en desgracia. La maravilla es que ahora vivimos en un mundo súper comunicado en el que las injusticias se exhiben y es mucho más fácil que el clamor ciudadano se escuche. De no ser por las redes sociales, el Máximo Bistro estaría clausurado, Marduk y Ángel de María estarían encerrados a pesar de su inocencia. De nada valdría la evidencia de su falta de culpabilidad, ni su vida de ciudadanos buenos, ni su anterior cotidianidad, ni nada.
Vean el caso de Alberto Patishtán, este maestro indígena chiapaneco, acusado de una serie de asesinatos que se perpetraron en un pueblo mientras que él estaba en otro lugar. Pero fue señalado por la desgracia y lleva más de diez años encarcelado por un crimen que la evidencia ya demostró que él no cometió. Para estar en la cárcel la inocencia es lo de menos. Evidenciar la falta de culpabilidad no es suficiente para recuperar la libertad.
Vivir tras las rejas es cuestión de mala suerte. Los que deben estar encerrados, viven las mieles de la injusticia. Los inocentes que están en la sombra no tienen buen pronóstico, los juzgados están desbordados por el trabajo atrasado.
Pueden pasar años y años antes de que un error de justicia se resarza. ¿Quién te regresa ese tiempo que injustamente se pierde? Lo mejor que podemos hacer es apoyar las causas de aquellos que son víctimas, en el sentido más amplio de la palabra, hacer ruido y llamar la atención, para que la justicia impere.
Que si los malandrines, los verdaderos mañosos del mundo, no van a pisar la cárcel, que por lo menos los inocentes salgan de ellas. Que estar preso no se deba a una cuestión de falta de recursos.

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Laicidad

Mi mamá suele decir a menudo, un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Ese es el principio del orden, cuando algo se sale de su espacio se abre la puerta al desorden, al caos. Para mí, los aspectos de la vida deben estar acomodados y deben de tener límites. La laicidad es una forma de tener las cosas en orden.
Los aspectos de la vida civil y de la religiosa no se deben confundir. La sociedad debe ser laica. Esto marca un principio de respeto. No todos piensan igual, ni creen en lo mismo que yo. En ese sentido la vida en comunidad debe buscar la neutralidad que me permita creer en lo que yo quiera sin que otro deba adherirse a mis creencias. No hay que confundirnos, laicidad no significa defender la falta de fe. Un laico respeta lo mismo a un ateo que al que manifiesta su fe en Dios, en el Dios que cada quien elija.
Mezclar las manifestaciones civiles con las religiosas es una falta de respeto. Se rompen fronteras que resultan sumamente sensibles. El aspecto civil y religioso forman parte integral del ser humano del siglo veintiuno, uno no debe subyugar al otro. Las autoridades no deben opinar en temas de fe tanto como las religiones se deben apartar de los temas civiles. Es decir, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.
La laicidad como un elemento de convivencia moderna garantiza que yo pueda expresarme en términos políticos y religiosos con absoluta libertad. Da igual si mi fe es compartida por muchos o por pocos, si mi filiación política es del agrado de todos o de nadie, es mía y por lo tanto debe ser respetada y defendida.
El problema empieza cuando las fronteras se confunden, cuando el Estado me prohibe manifestar mi sentimiento religioso o cuando un jerarca religioso me indica como debo de elegir. No me gusta escuchar en el púlpito mensajes políticos, tampoco escuchar predicas en voz de los políticos. En el momento en que se rebasan esos límites las cosas se salen de su lugar. Eso causa confusión, luego coraje y problemas. La imposición es siempre una mala idea.
No es adecuado que una persona que detenta un cargo público haga alardes de su fe, por más que sus intenciones sean buenas. Invocar la ayuda de Dios en un acto de gobierno es tan malo como burlarse de los que creen en un poder superior.
Cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. La fe o la falta de ella debe reservarse a la intimidad. Si creo o no es un tema tan personal que no debe ventilarse en la plaza pública. Lo digo por Tiros y Troyanos.
Ser laico es ser neutral, es respetar el derecho del otro a ser diferente, es el sustento de la paz.

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