El Antiguo Colegio de San Ildefonso

El día de ayer, viernes por la tarde, me encaminé con Andrea al Antiguo Colegio de San Ildefonso. Corrí por toda la Ciudad de México, haciendo todos los pendientes del día para estar lista e ir por la tarde al Centro. No fue fácil abigarrar las actividades que generalmente se hacen a lo largo del día, en una mañana. El tránsito pesado no fue mi aliado, pero el cielo sí y por esos misterios que tiene la vida, logré estar lista antes de la hora de la comida.

Mi intención era ver la exposición Lo terreno y lo divino, de arte islámico —magnífica por cierto— y me quedé maravillada por este antiguo colegio jesuita que se ubica humildemente atrás del Museo del Templo Mayor. La sobriedad de la Compañía de Jesús se sigue sintiendo en el recinto que se conserva en extraordinarias condiciones. 

Al traspasar el umbral, hay una magia especial. El tiempo se flexibiliza y el hechizo cobra forma. No es que uno se sienta en el tiempo de la colonia, hay obras modernas que nos hacen evidente que no es la época virreinal, pero si se entra en una dimensión diferente. Hay tanto que ver.

El Generalito, salón de actos solementes, le debe su nombre a las actividades del altísimo rango académico que se llevaban cabo ahí. Tiene el mobiliario de la Antigua Iglesia de San Agustín, el coro del siglo XV, y la galería pictórica. 

La capilla resguarda una pintura barroca con la representación del Nacimiento de Cristo. Es una pieza singular ya que es de las pocas en las que se ve al Señor San José abrazando al Niño Jesús en vez de María. En el centro del lienzo está el Espíritu Santo irradiando luz a la escena y en extremo alto está Dios Padre viendo la escena. Es decir, también es una representación de la Santísima Trinidad. 

El Anfiteatro tiene un mural de Diego Rivera, su primer mural llamado La Creación, en referencia a la creación científica y artística. Una composición con marcada influencia bizantina donde convergen las cualidades estéticas de Rivera y las filosóficas alentadas por el pensamiento de José Vasconcelos.

Los muros de los corredores están decorados por obras de José Clemente Orozco que muestran la crítica sarcástica del autor en la que se plasmaron escenas de la vida cotidiana en México, las diferencias sociales, la guerra de la Revolución y es un panegírico de lo mexicano.

Lo que más me sorpendió fue que siendo viernes el lugar estuviera vacío. Siempre es así, me dijo la señorita de la taquilla, pero los fines de semana hay multitudes aquí adentro. Tuvimos suerte. Sin embargo, lo más sorprendente fue el costo de la entrada, $45.00 pesos, es decir tres dólares. Los estudiantes y profesores pagamos $22.00, es decir, poco menos de dos euros y medio.

Un espacio de clase mundial, un recinto muy superior a otros por los que he pagado diez veces más. Y, El Antiguo Colegio de San Ildefonso que recibe a visitantes, propios y extraños, sigue la austeridad jesuita. Sin embargo, al igual que la Compañía de Jesús, la sencillez entra hondo y deja una experiencia que llega al alma. 

Iba a ver una exposición y salí encantada por las sorpresas que alberga El Antiguo Colegio de San Ildefonso, hermoso lugar ubicado en la calle de Justo Sierra. Una visita por demás interesante.

  

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