Focos de violencia

Estamos inmersos en una sociedad que ha activado muchos focos de violencia. Salimos a la calle y escuchamos bocinazos de los coches que no avanzan por el tránsito tan pesado, los ciclistas se lanzan sin el menor cuidado lo mismo contra los autos que contra los peatones, hay abuso escolar, infantil, en la oficina, corremos peligro de que nos asalten en la calle o en el transporte público, nos enteramos de asesinatos a jóvenes, mujeres, hombres, niños, viejos. Andamos por la vida con los puños apretados y el ceño fruncido. Miramos por encima del hombro si escuchamos pasos detrás de nosotros y sospechamos que nos están siguiendo, aunque no sea así. Hemos embrollado la madeja de la vida en exceso.

Y, por si fuera poco, al llegar a la casa, en vez de sentirnos en paz, empezamos a pelear porque uno le va al pinto y otro al colorado. En familia, nos dividimos, nos enojamos con los amigos que no piensan votar por el que yo quiero. Nos abruma la estupidez ajena y la brizna en el ojo ajeno nos resulta más insoportable que la viga que vamos cargando. Y, nos enoja ver encabezados que nos avisan que en México disolver un cuerpo en ácido cuesta ciento cincuenta dólares. ¿Cuándo perdimos el buen humor?

Andamos tan enojados que se nos nota y poco hacemos por controlarnos. La ira se apodera del escenario y, apenas nos rascan tantito ya nos andamos peleando. Los medios de comunicación tampoco ayudan, estamos siendo bombardeados por mensajes de encono: la irresponsabilidad política no conoce límites. El respeto, valor olvidado en el pasado, impedía que un adversario se expresara de otro con calificativos despreciativos y descalificaba con argumentos sólidos. El enojo exacerbado enciende focos de violencia de todo tipo.

Los delitos de ira están fracturando a nuestra sociedad y seguimos atizando el fuego. Me gustaría que eleváramos el nivel y que respiráramos para insuflar paz en el ambiente. La violencia acarrea barbarie, nubla la razón y no hay forma de que tengamos algo virtuoso que tenga como madre a la violencia.

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¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacan?

¿Dónde están los buenos vecinos en Coyoacán? La buena convivencia entre los vecinos de los barrios que conforman el centro de Coyoacán se ha perdido. El trato amable ya no existe. Parece que los que viven en esa zona se han avinagrado. Las prácticas como ayudar al que vive al lado, dar la bienvenida al que llega a la colonia, ofrecer una tácita de azúcar son cosas del pasado. Por desgracia, esta falta de armonía ya se nota. Las banquetas están rotas, hay esquinas en las que se apilan costales de basura, hay plagas de roedores en los parques, hay registros que no tienen tapa, hay baches en las calles.
El Coyoacán colonial que antes servía de paseo para los capitalinos, al que presumíamos y era lugar obligado para llevar a turistas nacionales y extranjeros está grafiteado, lleno de pintas, de casas abandonadas, clausuradas, que sirven de foco de infección, de albergues de vagabundos, de puntos de reunión para maleantes. No dudo que en esas propiedades tapiadas por sellos se oculten delincuentes que hacen sus fechorías y que encuentran en estas propiedades un refugio maravilloso por el que además no tienen que pagar.
Lo que sí se es que detrás de cada clausura hay un vecino que pertenece a una de las múltiples asociaciones vecinales que están al pendiente de cada remodelación, de cada construcción, de cada nuevo negocio, de cada actividad. En Coyoacán los vecinos vigilantes no se ocupan de ver que se recoja la basura, que se arreglen las banquetas, que se tapen los hoyos o que se repare lo que se descompuso. Están al pendiente del otro y vigilan, como si no tuvieran otra cosa que hacer, para buscar clausuras.
No es lógico que la vocación de un comité vecinal sea clausurar propiedades. Nadie daña así porque sí. A nadie le gusta tener una propiedad abandonada junto a su casa, que sirva de nido de cucarachas y de cueva de rateros, a menos que tengan un beneficio. ¿Qué beneficio puede haber de la clausura continúa y constante de propiedades si la colonia se ve fea, se deteriora y pierde valor? Fácil: el moche.
He estado platicando con varios vecinos de Coyoacán que se sienten hartos y desesperados de que los comités vecinales se enrollen en la bandera protectora de la zona cuando en realidad están tendiendo una cortina de humo para hacer sus porquerías. Hay la sospecha de que por cada sello de clausurado, por cada trámite que se hace para regularizar la situación de las propiedades ellos se llevan su mochada. Parece lógico. ¿Quién querría, en su sano juicio, vivir cerca de un muladar abandonado, pintarrajeado, sucio y lleno de sellos? Sólo aquel que se ve beneficiado por esta situación.
Recientemente, este grupo de vecinos trató de organizarse para buscar un mejor Coyoacán. Imposible, los cotos ya están dados. Aquí este tipo de beneficios no se reparten. Los que están ya cerraron la puerta y entre ellos se reparten el botín. Sí tratas de acercarte a dialogar con ellos, amenazan con sus poderosos sellos. De la mano de sus contactos en la Delegación, hacen de las suyas y se han convertido en pseudo virreyes que elevan el índice para decir tú sí y tú no. El negocio es bueno. Corren buenas cantidades de dinero, tanto es así, que hay gente que vive de eso y lo hace cómodamente. Se arropan con la marca de protectores de Coyoacán y basta darse una vuelta para caer en la cuenta del mal trabajo que han hecho para la comunidad y el extraordinario beneficio que le han hecho a sus bolsillos.
Personas a las que no les importa que las banquetas estén rotas, que los hoyos sean profundos, que la basura se acumulé en las esquinas. Los nidos de ratas crecen en Coyoacán, los de roedores y los de vecinos que se dedican a extorsionar al de la lado. ¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacán? Esos que en el pasado sí protegían el barrio y buscaban preservar su hermosura, no los cuatreros que lo tienen sucio, roto y descuidado.

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Lo siento mucho

Cuando uno ofende a alguien hay que ofrecer disculpas. Eso es lo que hoy, en forma sentida, estoy haciendo. Ayer escribí una frase desafortunada que recorrió el camino y se transformó en ofensiva.
En un afán que terminó siendo despectivo, me referí a los maestros que tienen bloqueadas las instalaciones de San Lázaro, y hoy las del Centro Bancomer, de esta forma:
“No nada más porque en vez de parecer un gremio de maestros parecen de apaches…”
Mi amigo Danilo me hizo esta observación:
Aquellos que somos de origen indígena, mi padre era Ben-Saab (zapoteco dicen los blancos),
sentimos profundamente que cuando alguien quiere describir una turbamulta nos toma como
ejemplo de desorden y salvajismo.
Es momento de superar esos abusos de lenguaje; muchos de ellos aprendidos desde la más temprana infancia en el marco de una sociedad hipócrita y racista; y que muchos no han aprendido a evitar y utilizan sin pensarlo mucho.
Los Apache hicieron lo que tuvieron que hacer frente a la agresión que en su tierra, población, y cultura recibieron por parte primero de los españoles, después de mexicanos y de estadounidenses. Tuvieron que escoger entre la esclavitud y la muerte. En el marco de lo que ahora llamamos una guerrilla devolvían los golpes que recibían siempre que podían. La guerra fue desesperada, extremadamente cruel y sangrienta…para los Apache era un desesperado intento de preservar su vida…para sus adversarios era una guerra de rapiña y despojo…una guerra de exterminio. Nadie resultó vencedor; en tal tipo de contienda nadie puede ganar…solamente pueden sufrir los desmanes del “enemigo” acumulando odio y encono.
Si defender la vida de la familia, y la propia, tu cultura, costumbres, religión, y estilo de vida ante la agresión de un extranjero es un acto de salvajismo…entonces tendré que conceder que los indígenas somos un “gremio de apaches”.

Tienes razón Danilo, mi referencia fue un abuso de lenguaje. No hay más que decir, sólo ofrecer un millón de disculpas. Lo siento mucho.

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