Un privilegio que quisiera tener el Papa Francisco

Hoy, como muchos domingos por la mañana, tuve el privilegio de estar a los pies de la Virgen de Guadalupe. Por la hora, cinco cincuenta y cinco, estábamos prácticamente solos. Así, en el silencio que hay en la Basílica antes de la misa de seis, primera del día, se siente una intimidad muy especial. Parece que la Virgen toma una tercera dimensión y se inclina para escucharnos. 

Unos cuantos minutos hacen la diferencia. Si llegamos después de la seis, ya se está celebrando la misa, se escucha la voz del sacerdote, al cantor y el órgano, el rumor de la gente y las aglomeraciones que se darán ya entrado el día, se empeizan a manifestar. Pero cinco minutos antes de las seis de la mañana, el silencio en el santuario es maravilloso, invita a platicar con la madre de Dios.

Entonces, es más fácil sentir que te recibe en el regazo y dejar que el corazón se abra para agradecer, para pedir luz, para contar las cosas que ocupan mente, alma y corazón, en fin, para pedir gracia. Que no te apene cosa alguna, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre? Las palabras toman una dimensión universal y personal. Es una forma en que lo alto baja a nivel de suelo que es en donde nos encontramos y, en forma maravillosa, nos eleva a otra dimensión.

Así, por años, he recibido consuelo, ayuda y milagros. He experimentado la generosidad que brota en el Tepeyac y he sabido que mi fe, como grano de mostaza, recibe un fertilizante que se refleja en la cotidianidad. Me siento acompañada y protegida. Me gusta la relación que se ha edificado con la madre de Jesús, cada domingo por la mañana, en ese silencio que nada más se dá en esos instantes.

Me imagino que por eso el Papa Francisco quiere que le permitan estar a solas con la Madre, aunque sea unos minutitos, para estar con ella y rezar. Me temo que no se va a poder. En su visita, estará rodeado de multitudes que lo quieren ver, de fieles laicos, de sacerdotes y religiosas, de jóvenes, niños y viejos, de cámara y reporteros que querrán sacar la foto del Santo Padre hablando con la Virgen, para luego reproducirlas en primeras planas, ocho columnas, estampitas, calendarios, memorabilia y recuerdos que se venderán como pan caliente. 

Por eso, hoy, mientras estaba arropada por el silencio, a los pies de la Virgen de Guadalupe pensé en el Papa Francisco y pedí por él y sus intenciones. Porque él no tendrá este privilegio. Pedí por él y por las grandes transformaciones que necesita mi Iglesia y, sobre todo, pedí para que le dé fuerza y valor para hacer esos cambios que quiere. Para que el amor triunfe, la misericordia sea y la verdad nos haga libres. 

  

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Topless

Quitarse el top del bikini durante unas vacaciones privadas puede sonar a travesura, a algo normal, grotesco, sensual, escandaloso, exquisito o a pecado mortal, dependiendo de quién, dónde y como lo haga. Si lo haces en Acapulco, en la playa de un hotel familiar, lo más seguro es que te pidan que te cubras, aunque si lo expuesto tiene valor estético, tal vez la petición tarde un poco más en hacerse. En Costa de Marfil a nadie le impresionaría que una nativa expusiera los pechos al sol. Una monja sería expulsada del convento. En cambio, si lo haces en la terraza de un palacio en la costa sur de Francia, donde la desnudez es algo común, la cosa cambia. Cambia más si en tu destino cabe la posibilidad de que seas reina, peor si eres la esposa del segundo en la línea sucesora al trono de Inglaterra. Los Windsor resultan ser una familia política muy delicada.
El fotógrafo, que evidentemente violó la intimidad de los Duques de Cambridge, no me interesa. No me resulta atractivo un tipo que invade la privacidad de una pareja. No hay nada de sorprendente en su conducta, fue un sabueso que vio la oportunidad de robar el filete de la mesa y lo hizo. Está en su naturaleza hacerlo, se topó con la oportunidad y la aprovechó.
Me llama la atención que estos personajes de cuento de hadas intenten vivir como gente común y corriente. No lo son y lo saben. Ahí el cuento cambia de registro y se convierte en drama. Más para el príncipe que para la duquesa. Él no decidió su linaje, así nació. Ella sí que decidió, hizo una elección. Dejó su condición para convertirse en una figura pública. Él ya vivió la tragedia de perder a su madre al huir de los paparazzi, ella no, pero lo sabía. El hijo de Diana nació y morirá siendo una celebridad por condición no por elección.
Es cierto, la futura reina de Inglaterra debió sentirse en la seguridad de un lugar privado, arropada por un cuerpo de seguridad entrenado en las mejores escuelas. No se imaginó que los guardias de protección fallarían. Si hubiera intuido que alguien la observaba jamás se hubiera atrevido a desabrocharse el top del bikini. Hay quienes piensan que la duquesa de Cambridge fue imprudente, que asolearse topless es una de las muchas actividades que están reservadas para plebeyos que a nadie interesan. Pues sí, fue una falta de sensibilidad, un tropezón de esos que la gente adora. ¿Para qué exponerse? Ni modo, el escudo se rompe por la parte débil. En todo caso, menos mal que fue un fotógrafo y no un francotirador el que disparó.

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