Mechas cortas y urgencias

Podríamos creer que la prisa y la poca tolerancia a la frustración es una cuestión de época y en una irrupción narcisista nos daría por querernos apropiar la urgencia y la inmediatez. Sin embargo, la prudencia marca una necesaria pausa para la reflexión.

Los instrumentos de la modernidad, esos que entregan resultados en nanosegundos, nos encaprichan y nos obnubilan haciéndonos creer que todo debe ser automático, instantáneo y nos enrollamos con eso de que el que espera desespera.

Pero, ni nos hagamos ilusiones, ya desde la Antigua Grecia, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, el filósofo Zenón se refería a Aquiles como un personaje de mecha corta. Lo describió como un hombre de acción y de urgencia, acostumbrado a reaccionar en milésimas de segundo y capaz de avanzar a velocidades vertiginosas veinte metros.

Sí, sostuvo Zenón, pero el intrépido y rápido Aquiles, para llegar al metro veinte, tuvo que avanzar otros diecinueve y tuvo que arrancar desde el número uno. Aquiles tuvo la perseverancia de dar los pasos necesarios sin saltarse uno sólo.

La diferencia es que en aquellos años la satisfacción comenzaba en el paso uno, en el primer palmo de distancia recorrida, en el propósito de avance y el gozo de conseguir el objetivo generaba alegría en el espíritu.

Zenón entendió las urgencias de Aquiles. Hoy, con la inmediatez màs que gozo, satisfacción y alegría en el espíritu, conseguimos una frustración estridente se no tenemos todo ya, en este momento. Si en la Antigua Grecia tuvieron esas prisas y encontraron una forma de transformarlas en regocijo, tal vez sería bueno respirar y disfrutar como ellos.

Los cambios y el Whatsapp

A lo largo de la Historia, la forma de intercambiar ideas y pensamientos se ha modificado. La cominicación ha sido uno de los procesos inteligentes que ha cambiado en forma radical y es tan trascendente porque se trata de la manera en que se relacionan los seres humanos. Los cambios han sido pendulares, oscilan entre los parámetros de extensión y tiempo de entrega; van de la oralidad a la escritura. 

Antes, la forma de ponerse en contacto era la carta en la que las palabras se extendían sobre una hoja de papel para expresar sentimientos, contar historias, compartir anécdotas. Así se hacian negocios, se construían relaciones amorosas y se transmitían pensamientos y sentimientos. El telégrafo sustituyó a la carta por la inmediatez con la que se recibía en mensaje y la largueza se perdió, se dio paso a mensajes cortos ya que el precio del telegrama se tasaba por palabra. 

Los telegramas eran mensajes cortos en los que se requería un esfuerzo de síntesis que con la justeza de las palabras se lograra transmitir la idea. El teléfono ganó terreno y una vez más la extensión de los mensajes ganó espacio. Las pláticas eran más largas y los mensajes más estructurados. Además se lograba un intercambio de ideas en tiempo real a pesar de la distancia. Por años, sentarse a platicar, colgados del teléfono fue una imagen constante. La palabra hablada volvía al centro de la comunicación. 

La aparición del teléfono celular dio terreno a la ubicuidad, cualquiera podía y puede emitir un mensaje en todo lugar y recibirlo donde sea. Las mentiritas típicas del pasado: dile que no estoy,  dejaron de tener vigencia, ahora siempre estamos, en todo tiempo y en todo lugar. Claro, el servicio es caro y hay que moderarse, como se hacía con el telegrafo. La intimidad perdió terreno en favor de la disponibilidad.

Los teléfonos inteligentes nos hicieron seres ubicuos por excelencia. Ahora el correo electrónico se podía leer sin necesidad de tener una computadora y los servicios de mensajería instantánea aparecieron en el escenario. La gratuidad del servicio los hizo populares. En un santiamén, Whatsapp tenía 600 millones de usuarios. Así podíamos envíar un mensaje y saber si era visto, ignorado y si querían  responderlo o no.

La etiqueta de la comunicación cambió. Hoy se forman grupos y se envían mensajes que se conforman por letras e imágenes. Las caritas nos enteran del sentimiento que le imprime el emisor; la ortografía y la puntuación pierden vigencia y la economía de palabras vuelve a ser la tendencia. La gente prefiere enviar un mensaje que levantar el aurícular y ponerse en contacto con la persona. 

En ocasiones, recibir un whats es tener frente a la pantalla un mensaje encriptado lleno de jeroglíficos que no es tan fácil de interpretar. Además, estar conectado se ha convertido en una ansiedad que se contagia entre chicos y grandes. El ejercicio por excelencia es el de mover los dedos a máxima velocidad sobre un teclado táctil. El peor defecto es tener dedos gordos o torpes que no sean agiles, eso te gana burlas y en extremos, desprecio. Cuidado, estar conectado no significa comunicarse. Creo que es alrevés. Por estar pendiente de una  pantalla, el ser humano pierde de vista su entorno. Los hijos no escuchan a sus padres, los alumnos no atienden a la clase, los amigos no ponen atención al que tienen enfrente y los abuelos quedan excluídos del escenario mundial. 

La campanita que indica que se ha recibido un mensaje suena en varios idiomas en casi todos los lugares del globo terráqueo, whatsapp ha reducido fronteras y eso es una maravilla tecnológica que debemos aprovechar, sin embargo,  hay que estar alerta, también ha abierto brechas de comunicación importantes que generan tristeza y ansiedad.

  

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