El paradigma de la movilidad

Todos invocan la fórmula del éxito, cada quien da su versión de lo que hizo para alcanzar a probar las mieles del triunfo pero son pocos los que revelan las variables que componen el verdadero patrón. Con el éxito sucede como con las recetas familiares, casi nadie quiere compartir los ingredientes secretos y si acaso hay alguien que no quiere ser tachado de egoísta, da la receta pero se reserva y la da incompleta.
También pasa que lo que le funcionó a alguien no le sirve a otra persona. La razón es sencilla, la victoria es un ser alado que vuela de un lado a otro rápidamente. La caducidad de su fórmula suele ser muy corta, atiende a múltiples factores y en muchos casos es víctima de la moda.
Hoy las tendencias de éxito se relacionan con fórmulas que dan como resultado la movilidad. Para ello las variables principales son el ingenio y el talento. Sí alguien integra estas dos variables en busca de la accesibilidad tarde o temprano se topará con el éxito.
En la actualidad, mientras más accesible esté un producto o servicio, más posibilidades tiene de triunfar. El ingenio y el talento se usan para idear la forma en la que se pueda estar cerca del usuario y la mejor manera es llegar a ellos a través de su teléfono móvil que es el aparato que el ser humano del milenio siempre trae consigo. Claro que las tablets, laptops y computadoras también entran en el juego, pero el signo de la movilidad es el teléfono celular.
Los negocios, de cualquier índole, deben pensar primero que nada en definir qué quieren hacer y después en su integración al mundo digital. Es decir, definida su misión, deben borrar fronteras y derribar las barreras que los alejen de sus consumidores. Hay que crear un portal de internet y una aplicación descargable para que los clientes puedan acercarse cada vez que piensen en nosotros.
El paradigma de la movilidad tiene que ver con la accesibilidad que cada cliente necesita. Hoy lo normal es tener todo al alcance de la mano, tan rápido, tan cerca y tan fácil como apretar ciertas teclas.
Las fronteras se desdibujan para crear esta movilidad. Arquitectos, filósofos, financieros, programadores, comunicólogos forman equipos de trabajo de alto rendimiento que buscan generar productos y servicios y acercarlos a sus usuarios.
Antes un periódico, un hospital, un supermercado eran negocios que poco tenían en común, en la actualidad casi todos tienen un sitio web y una aplicación que se puede abrir en todo tipo de aparatos. La tele se puede ver desde el celular y las películas en una tablet. Una revista se lee en forma digital y también en hojas de papel.
La Red se convierte en la estructura sobre la cual el ingenio y el talento se combinan y del que emergen las grandes oportunidades que nos dirigen al éxito. Al menos eso es lo que marcan las tendencias, esa es la fórmula de moda. Pero… Ya sabemos, son fórmulas de caducidad efímera. Hay que aprovechar mientras sea vigente.

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El Ollin de Gilberto González

A mí me gusta hablar de casos de éxito. Al dar cuenta de las historias en donde las cosas salieron bien, además de dar testimonio, nos alejamos del mugrero que también existe en todos lados. Al abrir el periódico encontramos noticas de crisis económica, de fraudes, de funcionarios corruptos, de variaciones en los indicadores nacionales e internacionales. Es poco frecuente que llegue a la primera plana algo o alguien que hizo alguna cosa buena. Tal vez por eso me gusta la sección de deportes, ahí generalmente se habla de éxitos, lo malo es que el monotema mundial es el fútbol y eventualmente eso me aleja de esos territorios periodísticos.
Lo cierto es que las buenas noticias se menosprecian, se mandan a las hojas interiores de los diarios y en muchos casos pasan desapercibidas. Hoy no. Hoy, el ingenio de Gilberto González, un joven diseñador mexicano alcanzó la primera plana y lo hizo con un juguete de armar. Sí, no es broma. El proyecto ganó el premio alemán BraunPrize que se considera el de mayor relevancia en el terreno del diseño. El premio, aunque relevante, no fue lo que llamó mi atención. El premio, aunque es en sí mismo un éxito, no es el éxito al que me refiero, es lo que se desató a partir de haber sido galardonado.
Gilberto González se contactó con un corporativo chino y les encargó la producción de este juguete de armar que se transforma en pez, dinosaurio, insecto o lo que la imaginación quiera crear. También contacto un despacho mexicano para comercializar su juguete y, señoras y señores, ahí está la historia de éxito. Un creador de a penas veintisiete años que echó la maquinaria a andar.
Me llena de ilusión ver a alguien que es capaz de crear y de concretar. En el mundo de la creación existe una idea romántica de que las ideas se concretan en un papel, en un lienzo, en una partitura, en una hoja en blanco, en un pedazo de piedra y ahí para la cosa. Los creadores que llevan sus ideas al campo de la acción son pocos. Sigue muy arraigada la idea de que el artista debe vivir en una nube de éter, alimentándose de saltamontes y miel silvestre, dialogando con las musas y esperando a que algún héroe mítico valore sus obras. Muchos, con gran soberbia, dicen que la difusión de sus creaciones no les interesa.
Claramente, en el siglo veintiuno las cosas han cambiado. Gilberto González es un ejemplo claro de ésto que afirmo. No se conformó con imaginar, fue más allá, creo y concretó. Su obra se moverá, cobrará vida.
Bautizó a su juguete con el nombre náhuatl de Ollin, que significa movimiento perpetuo. Otro éxito que prefigura el destino de este juguete. Enhorabuena, González entendió que para ganar movilidad hay que poner manos a la obra. El Ollin de Gilberto es un caso de éxito, de esos de los que a mí me gusta contar.

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