El tercero que renunció

Ya no es de extrañar leer noticias en las que policías estadounidenses que mataron a presuntos criminales, son reinstalados en sus puestos, desestimando la evidencia que demuestra que los muertos eran inocentes. Todos pueden ver, menos los jueces, que las sospechas de actividades ilícitas  se activan por señales tan peligrosas como el color de piel, la raza, la forma de vestir y todas esas amenazas que llevan a los oficiales a concluir que ahí hay un peligro tal que es mejor matar al sospechoso.

Por eso, no causa sopresa enterarnos que el Departamento de Justicia de Estados Unidos decidió no presentar cargos penales contra tres agentes que asesinaron el 10 de febrero de 2015 a Antonio Zambrano Montes, un mexicano desarmado que se defendió a pedradas de los policias. Según el Fiscal Federal en el distrito Este de Washington, se presentó evidencia suficiente para probar que los oficiales no actuaron en forma dolosa, deliberada o con intención de ejercer fuerza desproporcionada. 

Imagino que diecisiete impactos de bala contra un hombre desarmado no implica ninguna desproporción. Tampoco que fueran tres contra uno. Menos los videos que muestran a Zambrano corriendo para huir de los balazos. Imagino que ser latino es suficiente amenaza para permitir que tres inocentes policias saquen sus armas y maten a quien los pone en semejante peligro. Su sola existencia es bastante para acreditar el uso de semejante nivel de violencia. Así lo acreditan los jueces.

Insisto, no sorprende ver que no hay posibilidad de que un jurado vea la intención de violar los derechos humanos de un semejante, ni la obligación fundamental de proteger la vida, la falta de transparencia. No sorprende que las minorías no le tengan confianza a los cuerpos policiacos y que el mundo entero vea prácticas racistas  y discriminatorias, menos ellos. Tampoco causa asombro enterarnos que dos de los tres agentes ya andan en las calles, patrullando tan felices como si fueran buenas personas y extraordinarios servidores públicos.

Lo que llamó mi atención y me lleva a escribir estos renglones es que el tercero renunció. Uno de los tres decidió dejar el cargo. ¿Me pregunto por qué? Imagino al hombre frente a una botella vacía, ojos inyectados, mirada perdida, dedicado a recordar. Imagino que escucha cada uno de los diecisiete impactos, de las diecisiete percusiones, cada paso que Zambrano recorrió huyendo, casa piedra que el hombre les aventó antes de morir. Imagino que verá el rostro sin vida, el cuerpo abatido, los diecisiete hoyos en el torso. Despertará con esa imagen como primera visión y se quedará abatido por el sueño con ese recuerdo. 

Creo que esa inquietud de haber hecho algo censurable le tiene atrapado el corazón. Lo que ni el fiscal ni los juecen pueden ver, no se puede ocultar al corazón y a la consciencia. El tercero que renunció es un signo. Es la evidencia silenciosa de que ahí hubo alguien que siente tanto pesar por sus acciones, que le resulta imposible volver. El solito se hace cargo de lo reprobable de usar la fuerza contra un inocente, de condenar a alguien por razones racistas. 

Ver que alguien que pudo salir impune de su mal actuar, decide retirarse para no tener ocasión de actual mal otra vez sí sorprende. El tercero que renunció, llama tanto la atención que deberíamos de hacer notar más su decisión.  

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Mejor sin conocer su rostro

Ayer, por coincidencia, vi la repetición de una entrevista que le hicieron a Nelson Vargas en la semana y me quedé con la boca seca. Contó que, por azares del destino, se enteró que el secuestrador y asesino de su hija anda libre, caminando tan campante, a cielo abierto, como si fuera una blanca paloma y no un criminal abominable. Por increíble que resulte, una argucia legal basta para que un juez ponga en la calle a una persona que causó tanta pena y dolor. Lo malo es que puede volver a hacerlo. ¿Por qué no, si ya sabe que el camino es tan fácil?

Nelson Vargas es un hombre importante en México. Es medallista olímpico, empresario, ha sido funcionario público. Es decir, es un hombre que goza de prestigio, reputación y es influyente. El caso de secuestro de su hija fue un escándalo que se siguió a nivel nacional. Hizo ruido, fue recibido por altísimos funcionarios de la administración pasada, atraparon a la banda que asesinó a su hija, vivimos en el entendido de que estos criminales estaban siendo procesados y que la justicia estaba siendo servida. Muchos decíamos con empatía que, al menos, a él si le habían hecho justicia. En casos así, es de lo poco que queda. Pero, estabamos equivocados.

El criminal anda paseandose por la plaza pública con la garantía de que no se le podrá juzgar por un delito que sí cometió porque un abogado hábil y un juez obsequioso lo dejó  salir. Nelson Vargas no fue notificado de semejante situación, se enteró de oídas, alguien le hizo favor de avisarle. Así están las cosas. Las cárceles están llenas, no de delincuentes, sino de gente que no tiene para pagar abogados astutos que se sepan mover en el mundo laberíntico de la justicia mexicana. ¿Qué nos queda a los ciudadanos de a pie?

Recuerdo que hace años, a una de mis mejores amigas la asaltaron en la puerta de su casa. Le quitaron reloj, billetera, anillos, auto, la maltrataron y le dieron de empujones. Y, como decimos, por suerte, no la mataron. Levantó una denuncia para que la compañía de seguros le resarciera los daños materiales —los otros, siempre se quedan de recuerdo—. Al tiempo, tal vez seis meses después, le avisaron que habían atrapado a los ladrones y que tenía que testificar. También tenía que identificar a los rateros.

Como no quería ir, le mandaron una patrulla para que cumpliera con su deber. Al estar frente a su agresor, muerta de miedo por haberlo identificado, bajó el rostro y dijo que no lo conocía. ¿Por que hiciste eso?, le pregunté indignada. Porque sabe dónde vivo. El hombre quedó consignado por otros delitos pero esa tarde mi amiga recibió en casa un ramo de flores con una tarjeta que decía bien hecho, sin rencores. Mi amiga no es una mujer influyente, si es muy inteligente. No dudo que su criminal también ande caminando por la calle, feliz de la vida, repartiendo mal, sin temor alguno ¿qué tendría que temer? En cambio ella, viviría muerta de miedo.

Las únicas dos veces que me ha tocado estar en situaciones similares, es decir, ser víctima del crimen, he tenido la fortuna de no conocer el rostro de los infelices que me quitaron la paz. La primera, me robaron la cartera cuando estaba embarazada. Tuvieron la elegacia de hacerlo por la espalda. Yo sólo sentí que me arrebataban algo y salieron corriendo. En la segunda, se tomaron todas las precauciones para que yo no supiera de quién  se trataba. Por años, viví con la esperanza de que los capturaran para ver sus rostros y sentir que se había hecho justicia. 

Hoy, después de ver la frustración de Nelson Vargas, de recordar lo que le sucedió a mi amiga, caigo en la cuenta de que estás mejor sin conocer el rostro de quien te hizo daño. Conocerlo te deja en un estado de indefensión absoluto. Al saber de los hoyos que hay en el sistema de justicia, se entiende lo fácil que es ser víctima, lo sencillo que es dañar y caminar campante a cielo abierto. Haber visto las facciones de quien te hizo daño, nada más suma al terror que da pensar que algún día te lo puedas encontrar en el parque. 

Los culpables

¿Por qué será que en París no han pasado tres días y ya atraparon al supuesto autor intelectual de los atentados del viernes y aquí no lo logramos? Pasan las semanas, los meses, los años y no queda claro lo que pasó en Ayotzinapa, en Ciudad Juárez, en el Penal del Altiplano,en Lomas Taurinas. ¿Será que allá el brazo de la justicia es más largo o que aquí nos quedamos cortos?

Tal vez seamos más desconfiados. No creemos. Nos muestran caras, nos cuentan versiones oficiales, nos dan a conocer la verdad histórica y nosotros torcemos la boca y nada más no creemos. Ni Aburto ni la pareja presidencial de Iguala ni las explicaciones sobre la línea 12 del metro nos llenan el ojo. Lo cierto es que allá ya hay detenidos y aquí avanza la impunidad. 

Nos atarantamos o sencillamente nos hacemos de la vista gorda. Nos creemos las versiones que nos dan a conocer ni nos conformamos con lo que nos dicen, pero tampoco hacemos nada. Sabemos que secuestrar camiones, que romper vidrios, que vandalizar establecimientos está mal y lo seguimos tolerando. Se quema la puerta Mariana del Palacio Nacional y al año siguiente pasa lo mismo. Se detiene a unos cuantos y salen tan campantes tres días después con planes de hacer lo mismo el año que entra. 

Los franceses respiran sabiendo que el que les hizo mal afrontará las consecuencias, los mexicanos temblamos ante la idea de que el mal perpetrado se podría repetir porque el culpable anda suelto. Sentimos que los rostros que nos muestran y los cuentos que nos narran no son ciertos. Queda la sensación de que nos están dando atole con el dedo y no nos falta razón. Las cárceles en México están llenas de gente que no tiene dinero para pagar un buen abogado. Muchos culpables andan sueltos.

Nos da la impresion que ser culpable en México no es lo mismo que serlo en Francia. ¿Por qué será? Será que allá confían más y aca nos da por sospechar de todo. Será que allá son más confiados y aquí no. Tanto franceses como mexicanos tenemos razones para ser como somos. Lo cierto es que no han pasado más que unas cuantas horas y en París ya está detenido el supuesto autor intelectual de los ataques, aquí seguimos esperando tantas respuestas. 

  

Lo legítimo de las propuestas

En la última recta del año, el mundo sale a las calles a protestar. Lo hacen en Ferguson, en Hong Kong, en Barcelona, en Acapulco, en la Ciudad de México. En cada punto del globo terrestre hay un motivo para indignarse, para salir a la calle a hacer evidente el enojo o el hartazgo.
Aquí y allá se ven dos componentes en las manifestaciones, aquellos que salen con prudencia y en paz a exigir justicia y los que aprovechan el anonimato que se gana entre la multitud para descontrolarse y hacer desmanes que restan en vez de abonar a la protesta.
La gente de bien desprecia estas manifestaciones agresivas y destructivas que empañan los verdaderos motivos que nutren la protesta. Aquí en México, Ayotzinapa es la bandera que se enarbola como símbolo de lucha en contra de lo que ya no se puede más, es decir, de la impunidad, de la insensibilidad, de la corrupción y de la inseguridad.
Es legítimo pedir justicia, exigir empatía, reclamar transparencia, reivindicar la necesidad de vivir con seguridad.
Por eso, cuando veo que sindicatos, partidos políticos, y demás personajes que han sido protagonistas de actos ilegales de los que han salido triunfantes e impunes, cuando su proceder ha sido opaco o definitivamente negro y han sido ellos mismos los que han amparado a delincuentes entre sus brazos, todo se corrompe.
Peor si esas manifestaciones se acompañan de bombas molotov, de cuetones y armas. Más mal si los que terminan detenidos son personas inocentes. Entonces, las manifestaciones terminan en aquello contra lo que se protesta. En actos de ilegalidad, impunidad, inseguridad y plagados de corrupción.
La indignación debe tomar cause y para ello es preciso tener un momento de reflexión. Lanzarle objetos a un granadero, lastimar a un policía, detener gente inocente, destruir comercios no es la forma de acabar con los males que nos aquejan.
Necesitamos expresiones críticas válidas. Es necesario proponer con congruencia. Pedir que todos se vayan es absurdo. Más allá de la irritación, es preciso tener un plan que le dé cuerpo y forma a esa necesidad de legalidad, transparencia, seguridad y armonía.
La urgencia de darle un cause a estas propuestas legitimas se debe traducir en una estrategia antes de que el crimen siga avanzando. Hay que cerrar la puerta a todos esos oportunistas que manchan la legitimidad del hartazgo de la sociedad, ya que al dejarlos pasar también le estamos dando paso a los criminales.
Debemos cerrar la puerta a los que nos quieren llevar por el camino retrograda y suicida de la violencia.

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¿Gobierno autoritario?

¡Qué curioso! Algunas de las arengas que escucho de los manifestantes son quejas de un gobierno autoritario y, acto seguido, al son de ¡viva la libertad de expresión! vandalizan negocios de gente que no tiene nada que ver. Lo que más me llama la atención es la queja de estos muchachos destructores, maldiciendo el exceso de autoridad cuando lo que existe es una falta absoluta de ella.
La ausente en este banquete de sinsentidos es el ejercicio de la autoridad que es la gran ausente y la invitada más necesaria. Al ver las imágenes de estos pseudo manifestantes, no veo gente racional que pida justicia, veo pillos profesionales en plena destrucción, causando daño a gente de bien, poniéndose en peligro a ellos mismos, a sus compañeros y a personas que no aprueban sus procederes. Están robando y lo hacen cobijados de una impunidad mayúscula.
¿Y la autoridad? Brillando en forma increíble por su ausencia.
La autoridad a la que me refiero es esa potestad otorgada al Estado, en forma democrática, para ordenar y hacerse respetar; para cuidar y proteger a la sociedad. En fin, es esa facultad exclusiva del gobierno para usar la fuerza en caso necesario.
Para ello los que ejercen la autoridad deben dotar a la gente que se hará obedecer, de las herramientas necesarias para ser más fuerte y del entrenamiento indispensable para discernir cuándo actuar para hacerlo en forma justa y oportuna.
Pero a los gobernantes les tiembla la mano para hacer lo que deben. Peor aún, mandan a cuerpos policiacos mal equipados a ser masacrados por una turba descontrolada que ni respeta, ni tiene interés de hacerlo. Parecen padres irresponsables azorados por la amenaza de un niño que exige lo que no se les debe dar.
Tal vez sea eso. Gente con poder que no tiene el tamaño para ejercerlo. Con ello no hacen ninguna gracia, dejan en un estado de indefensión absoluto a la gente de bien que mueve a México. Jamás son buenas noticias ver que la falta de autoridad impera. No se trata de matar a golpes al escuincle descontrolado, se trata de darle una buena nalgada y si es preciso un bofetón antes de que haga más daño y termine lastimado. Pero nuestros gobernantes sienten que si lo hacen, se les va a secar la mano. Lo malo es que si no lo hacen lo que se va a secar es México.

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Entre bombas Molotov

Aquí no se trata del legítimo derecho a protestar. Se trata de diferenciar una cosa de la otra. Protestar, mostrar inconformidad, dolor, rabia es legitimo, sin embargo, para todo hay modos. Sí, modos y límites.
Mostrar desacuerdos es un derecho, pero si para hacerme escuchar quiero secuestrar a un chofer que conduce una pipa de gas y la quiero hacer estallar, ya me pasé de lista, ya no se trata de una protesta, se trata de un crimen en grado de tentativa.
¿Qué hubiera pasado si la pipa de gas que los vándalos se apropiaron si, en verdad, la hubieran hecho estallar? ¿Cuántos muertos, heridos, afectados? ¿Cuántas casas, negocios, autos destrozados? ¿Quién paga esos desmanes?
El 20 de noviembre, un grupo de descontrolados, con bombas Molotov en mano, salieron a las calles y dada la evidencia, no tenían ganas de manifestarse, su intención era delinquir. Eso es diferente a caminar en forma ordenada para expresar desacuerdos.
Dos policías resultaron heridos, están quemados en el hospital. Fueron agredidos y parece que la ampollas en esas pieles no valen nada, los detenidos ya están libres. Unos, porque pagaron fianzas y otros porque fueron arrestados sin deberla ni tenerla.
Mal, muy mal. Levantar inocentes está pésimo, liberar culpables también. A los jueces, en su leal saber y entender, no encontraron delitos graves. La Ciudad, gobernada por el mismo partido que llevó al alcalde de Iguala al poder, se niega a lavarse la cara. Más bien se lava las manos, apapacha vándalos y abraza la impunidad. ¿Así, cómo?
Mientras, los ciudadanos de bien, la gente que movemos a la nación con el trabajo honesto y esfuerzo diario tenemos que hacernos a la idea de que vivir entre bombas Molotov será parte de nuestra cotidianidad ya que, según las autoridades, eso no es un delito grave.
Pero esos jueces, ¿no tendrán hijos, madre, hermanos o seres queridos? ¿No sabrán que una bomba Molotov no es un chiste, que es un artefacto que saca ojos y corta dedos? Hasta dónde yo me quedé, esos artilugios son de portación ilegal. Son peligrosos, especialmente si los manejan personas sometidas al influjo de una droga.
Lo peor, es que este descontrol, inocentes pagan el pato y los culpables salen a las calles. La impunidad coronada de bombas molotov. ¿Hasta cuándo?

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Justos por pecadores

Me entero que la mayoría de los que fueron detenidos a raíz de los actos vandálicos que sufrió la Puerta Mariana de Palacio Nacional ya salieron libres, es probable que a estas alturas ya nadie esté detenido. También descubro que hoy, después de diecisiete años de estar presos fueron liberados los últimos dos detenidos en la matanza de Acteal.
En ambos casos estamos hablando de hechos oprobiosos, en el primer caso se trata de hechos vandálicos consumados en contra del Patrimonio Nacional y en el otro de una matanza en la que se ejecutó a gente que estaba en una capilla haciendo oración.
La maldad del ser humano se manifiesta en formas atroces. No queremos que esos actos se repitan y para ello es preciso que los culpables paguen por sus fechorías. Pero en el caso del Palacio Nacional y en el de Acteal todo sucedió mientras las autoridades estaban dormidas, pasmadas, distraídas, mirando a otro lado o fingiendo demencia. En las dos ocasiones, los responsables de resguardar la seguridad, es decir, la autoridad, brilló por su ausencia, pecó de omisión y luego hizo lo que no se debe, obligó a pagar a justos por pecadores.
Para lavarse las manos y tapar su incompetencia, agarraron al primer incauto que se dejó y le cargaron las faltas que no cometió. ¿Así queremos combatir el mal? Mientras un inocente sufre, los culpables siguen libres, muertos de risa, listos para hacer otro desmán, para seguir haciendo maldades. ¿Y, cómo no? La impunidad los ampara.
¡Despierten, señores! Tanto peca el que mata a la vaca como el que le jala la pata. Si siguen encerrando a inocentes, son ustedes los que fallan dos veces. Primero, por que no pueden prevenir la maldad y luego por que no saben hacerse responsables y buscan quien pague el pato. Doble injusticia comete el que abona a la impunidad. Triple el que acusa a un inocente y cree que todo se arregla así. No.
Lo peor es que al hacer eso, no se están protegiendo. Están quedando expuestos y nos están dejando vulnerables. ¿No es esa una falta que debería recibir castigo? A esos que mienten por salvar el pellejo, a esos que traicionan descaradamente, a los que le roban años de vida a gente sin culpa, a esos les debería caer el peso de la Ley.

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La impunidad y la distibución de la riqueza

Combinar la palabra impunidad con una mala distribución de la riqueza da como resultado el aumento de actos penalizables. Pasa en lo pequeño y en lo enorme. Desde lo doméstico hasta lo macroeconómico si yo tolero algo que está mal, si no sanciono una conducta punible, estoy invitando a que ésta se repita. Peor si los actos castigables me retribuyen más que portarme bien.
Si, por ejemplo, la mamá le dice a un niño que no se coma las galletas y que si lo hace no verá la tele esa tarde, y lo que en realidad sucede es que al ver la caja vacía la mamá vuelve la mirada a otro lado, ¿qué mensaje está recibiendo el niño? Si además el niño en cuestión vende esas galletas y con ello obtiene más dinero que lo que le dan de domingo, ¿qué mensaje le estamos dando al niño? Les aseguro que tenemos un vendedor de galletas en ciernes, y la madre podrá gritar, amenazar, hacer escándalos, pedir las sales, que si el castigo prometido no se da, el acto se repetira ad infinitum.
Es más, lo que sigue es que el chico invite a sus hermanos al consumo y venta de galletas. Después otros niños querrán participar de la riqueza y se ofrecerán a participar e incluso habrá algunos que ofrezcan protección a cambio de dinero. Es lógico que así suceda, el negocio resulta con una mayor rentabilidad que la actividad de portarse bien y el riesgo de portarse mal es nulo.
Así pasa con el narcotráfico. No pretendo ser una promotora de una actividad ilícita, mi intención es evidenciar que la mala distribución de la riqueza y la impunidad es lo que tienen a México herido. No debe sorprender a nadie que un campesino prefiera sembrar marihuana que cebollas, si uno tiene un mejor margen de contribución que el otro.
No hay por qué sorprenderse de ver al hijo de un ex gobernador cotorreando con un narcotraficante, a una alcaldesa pidiendo dinero y manifestando abiertamente su apetito y sus deseos de ser diputada, a un funcionario retratado entre fajos de billetes, si después de todo no les pasa nada.
Los actos ilegales son sujetos de castigo para inhibir conductas indeseables que afectan la vida en comunidad. Si los castigos no llegan, sólo hay razón para no llevarlas a cabo, un dilema ético, pero eso está muy alejado de las mentes de estos personajes.
Esta espiral tiene muchas desventajas para la sociedades: es corruptora, peligrosa, belicosa, destructora, atenta contra el bien común y las buenas costumbres pero tiene una gran ventaja en lo particular, el riesgo que se corre es casi inexistente. Además las retribuciones son altas.
En un país en el que el desempleo no da tregua, en el que las cifras de crecimiento bajan constantemente, en el que gente buena intenta salir adelante en forma decente sin lograrlo, la combinación de impunidad y distribución desigual de la riqueza tienen un efecto corruptor avasallador.
No es justo dejarle todo a la consciencia de la gente. No está bien delegar toda la responsabilidad al dilema ético. La impunidad se debe acabar. Los delitos deben ser castigados y los castigos deben corresponder al tamaño de la falta. Si no, no hay razón para escandalizarse del cinismo de hijos de ex gobernadores, de alcaldesas, de funcionarios públicos. Ellos están recibiendo el mensaje de que si se portan mal, no pasa nada. Además portarse bien no les retribuye lo mismo.

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Justicia servida (en honor a Fernando Martí)

Fernado Martí, hijo del empresario Alejandro Martí, fue secuestrado en junio de 2008. Su cuerpo fue encontrado en agosto de ese año dentro de un automóvil. Dicen que sus secuestradores lo mataron casi de inmediato u que no tuvieron empacho en seguir pidiendo rescate y profiriendo amenazas. La esperanza de los familiares de este joven murió en el momento en que encontraron sus restos, también parte de su angustia. La verdad aunque sea dura, libera.
Sin embargo, cuando se es víctima de un delito, los deudos reclaman justicia. Es lo mínimo elemental que se exige. Para cerrar el círculo de dolor y seguir caminando por la vida, es preciso saber quiénes fueron los autores materiales e intelectuales del crimen del cual,fueron víctimas y ver que los culpables recibirán su merecido. La impunidad es una de las peores afrentas y sin duda la mayor de las injurias. La más terrible de las pesadillas es imaginar que aquel que causó tanto mal sigue suelto y, seguramente, haciendo daño.
Hoy, Alejandro Martí tiene un privilegio que pocos mexicanos alcanzan. Ha visto llegar a la justicia. Por fin, después de tantos años el titular del Juzgado 4 de Distrito en Materia de Procesos Penales Federales dictó sentencia de 270 años de prisión contra Carlos David Charines Ávila, implicado en el secuestro de Fernando Martí, según informó el Consejo de la Judicatura Federal. Doscientos setenta me parecen pocos.
En una nota informativa, el organismo del Poder Judicial federal explicó que dentro de la causa penal, Charines Ávila fue encontrado culpable también de participar en los plagios de Jorge Palma Lemus y Christian Salmones Flores, chofer y escolta de Fernando Martí, respectivamente, así como del joven Marco Antonio Equihua.
El Consejo de la Judicatura Federal precisó, sin embargo, que el sentenciado sólo compurgará 70 años de prisión “por ser la pena máxima conforme al artículo 33 del Código Penal para el Distrito Federal, vigente en la época de los hechos”.
No importa, de todos modos no los va a vivir. Lo importante es que ya está preso y juzgado. La justicia para la familia Martí ya tuvo su día. Y, a pesar de que eso es lo importante, yo me pregunto varias cosas.
¿Qué pasaría si el padre de Fernando no hubiera sido un empresario importante? ¿Qué hubiera sucedido si Alejandro Martí no fuese tan aguerrido y hubiera cejado en su luchar alcanzar justicia? ¿Por qué sé tardaron tantos años en dictar sentencia a este sujeto?
Es mucha la angustia que se sufre por un secuestro. Es indecible el dolor e incontables las cicatrices que quedan. Muchas heridas jamás se cierran. Otras solamente empiezan a sanar cuando se ve que la justicia existe y que los malos y los buenos no están en el mismo lado de la línea. ¿Por qué tardar tanto en que llegue el imperio de lo justo? ¿Por qué complacer tanto a la impunidad?
Hoy, en Cuernavaca se convoca a una marcha ciudadana. ¿Qué reclaman? Muchos dicen que se pide la renuncia del Gobernador, o que Graco Ramírez cumpla sus promesas de campaña. ¡Patrañas! Lo que la gente reclama es el cese del imperio de la impunidad. Que los maleantes reciban su merecido y que se acaben los pretextos para devolverle a la gente la seguridad de vivir en paz.
Sé de lo que estoy hablando. Sin embargo, y por desgracia, únicamente me puedo imaginar la satisfacción y el descanso que debe sentir Alejandro Martí y su familia. Hoy podrán decir, con provecho: Fer, descansa en paz.

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Cuando algo anda mal entre lo dicho y el hecho ( En memoria de Gustavo Garibay García)

Uno de los pilares que sustenta la filosofía de Cero Tolerancia, que aplicó Rudolph Giuliani con éxito en la lucha contra la corrupción en Nueva York, es la denuncia. Para acabar con las tendencias fraudulentas y con la inercia del ilícito hay que denunciar. Es preciso poner en evidencia al que está abusando de su poder, a quién solicita algo que no es correcto, al que se está pasando de listo. La forma para parar en seco la podredumbre es detectarla y aislarla. Es extirpar el foco de infección lo antes posible para que no nos siga dañando. Es decir, hay que quitar la manzana podrida para que no contagie a las que están buenas.
Sin embargo, la denuncia no es suficiente. De nada sirve apuntar al corrupto si no hay consecuencias. Es decir, la denuncia debe de venir acompañada por sanciones. Es así de sencillo: si una madre ve que su hijo se sube a la mesa y empieza a saltar, no es suficiente con decir, No te subas ahí, no es correcto. Sí eso pasa, lo mas seguro es que El niño siga ahí, y tal vez lo haga con más ímpetu. Tampoco es suficiente con apuntar las consecuencias, Si no te bajas de ahí, te vas a caer . El escuincle seguirá saltando, se caerá y se hará un chipote. No basta con amenazar, o te bajas o te voy a dar una nalgada. Lo que hay que hacer es bajar al niño de la mesa y si reincide hay que hacer efectivo el castigo.
La filosofía de Cero tolerancia sustenta, con razón, que de nada sirve denunciar si el denunciante no recibe apoyo. Quién avisa debe tener al menos dos certezas: que el denunciado recibirá castigo y que su seguridad estará garantizada. ¿Si no, quién será el valiente que abra la boca?
Las autoridades dependen de la denuncia para acabar con la corrupción. El denunciante depende de la seguridad y de la certeza de justicia para abrir la boca. Ambos necesitan un sistema judicial eficiente para lograr el resultado deseado que es acabar con la ilegalidad y sanear el ambiente social.
Pero, dice la sabiduría popular que del dicho al hecho hay mucho trecho. Gustavo Garibay García, alcalde de Tanhuato, Michoacán, fue el primero en denunciar los Moches. Se negó a pagar y entrarle al río de corruptelas y cochupos por el que se navega en el mundo político. ¿Qué le pasó? En 2012 sufrió un atentado.
Se le dio un cuerpo de escoltas y luego se lo quitaron. Le solicitó al Secretario de Gobernación que le regresaran la protección que tuvo en el sexenio de Calderón, le dijeron que no. Le pidió al Gobernador de Michoacán que lo ayudara! se tuvo que conformar con escoltas del municipio.
Hoy, las condolencias de Osorio Chong, de Fausto Vallejo y de Alfredo Castillo suenan huecas y a destiempo. Acribillaron a Garibay en el centro de Tahuato, en la mañana, al salir de su casa. Nadie puede decirse sorprendido ante los acontecimientos. Ya había antecedentes, en su persona y ya habían asesinado a su Secretario de Ayuntamiento. ¿A poco no era fácil saber lo que venía?
Los moches son una práctica corrupta que mancha a políticos de todos los partidos. Es una actividad que involucra muchos millones de pesos que se sustraen del erario para llevarlo a las bolsas de unos cuantos. Es dinero que te quitan a ti y a mí gozando de la mayor impunidad.
¿Qué pasa cuando un valiente denuncia, es decir, cuando hace lo correcto? Le quitan la protección y lo dejan indefenso. ¿De qué sirven las declaraciones de los que debieron protegerlo? Ningún discurso le devolverá la vida. No hay palabras que inciten a hacer lo correcto cuando todos vemos que algo anda mal entre el dicho y el hecho.
Mientras en casa de Garibay se visten de luto, en casa de los denunciados hay bolsas llenas de dinero. Hubo denuncia, no hay consecuencias. ¿Así cómo?

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