Restaurar

Mientras los expertos debaten sobre cómo se debe restaurar la Catedral de París, si debe de ser con los mismos materiales o si se deben utilizar nuevos, si se debe preservar la misma estructura o se puede renovar y en tanto unos van de un punto de vista al otro, en lo que todos estarán de acuerdo es que Notre Dame no puede quedarse en cenizas.

Me parece que restaurar, tal como lo define la RAE: “Poner una cosa en el estado o estimación que antes tenía”, requiere de una reflexión profunda. El espíritu original de Notre Dame era ser un templo, un espacio de oración en el que se venere a Dios desde la fe católica. Por fortuna, en Francia, al cardenal todavía no se le había ocurrido al feliz idea de cobrar por entrar a rezar como sucede en muchas partes de Europa, pero el espacio de oración era sumamente reducido y quienes entraban a la catedral lo hacían como quienes traspasan el umbral de un museo.

La reflexión debiera girar en torno a devolverle el estado y estimación por el cual se construyó. Los católicos hemos hecho muy mal en permitir que la devoción que merece un lugar dedicado al culto sea tratado como una sala de exhibición. Como ejemplo, en Jerusalem, los turistas no pueden entrar a la Mezquita de la Roca porque para ellos ese es un espacio santo.

Me parece que los católicos debiéramos empezar a replantearnos por qué el Islam, tan escrito en su observancia, está ganando espacios en una Francia que parece tan indiferente a los temas de fe. Restaurar Notre Dame puede significar, en estos momentos, devolverle esa tradición de irse a encontrar con Dios en un espacio dedicado a la Virgen María en todas sus advocaciones.

Muchos podrán pensar que exagero, sin embargo, Notre Dame es una Catedral y tal vez sea tiempo de recuperar su esencia, eso para lo que fue creada. Restaurar es, en esta condición, devolverle esa cualidad intrínseca para la que fue edificada.

Notre Dame de París

Uno piensa que la eternidad toca ciertos elementos que hay en la tierra. Es falso. Nada es para siempre. Tristemente, lo hoy hoy vemos, mañana puede no estar ahí. ¿Quién se hubiera atrevido a imaginar que la catedral de París dejaría de ser como siempre ha sido?

Las imágenes nos revolvieron el corazón. Notre Dame estaba envuelta en llamas y, a la distancia, nadie sabía por qué se había desatado un incendio de esa magnitud. Queríamos que los bomberos acabaran rápido, que pararan la destrucción y cuando cayó la aguja, los católicos perdimos para siempre uno de los monumentos más hermosos dedicados a Dios.

Las fotografías de dentro del templo reportan menos daños de los que creíamos que habría. Se perdió mucho, al menos no se perdió todo. Los católicos del mundo, los franceses, los parisinos, los que amamos el arte, los que creemos que Notre Dame es un lugar sagrado, los que admiramos lo que ahí se resguarda, los que sentimos devoción estamos de luto.

Esta Semana Santa, las conmemoraciones de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo tienen un tinte de dramatismo terrible. Hay mucha tristeza, hay duelo, hay pérdida. Por fortuna, todo quedó en un saldo blanco, sólo hubo heroicos bomberos que salieron heridos al tratar de rescatar la casa de María en París.

Nada es para siempre. Ni siquiera este dolor que nos parte el corazón. Se restaurará Notre Dame. No será lo mismo. El fuego se comió parte de este santuario, de sus cenizas se erigirá una nueva versión. Habrá heridas que se tengan que sanar. Hoy, los católicos necesitamos consuelo. No nos queda más que elevar la mirada al cielo y buscar la eternidad en aquel que es el motivo y fuente del amor que dura por siempre.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos –cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio–, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Sacerdocio para las mujeres

El tema no es nada nuevo, la discusión lleva años, muchos años. En general, pensar en que una mujer tome los votos sacerdotales, causa escándalo. Para las católicas, resulta impensable, ese es un privilegio reservado a los hombres. No obsante, no todos los cristianos piensan igual. El 11 de noviembre de 1992, tras veinte polémicos años de intensos debates, el sínodo de la Iglesia Anglicana rompió con más de cuatro siglos de tradición al admitir el sacerdocio de las mujeres. Por supuesto, hubo reacciones.

 Hasta los propios elevaron las cejas. Mil sacerdotes de la Iglesia anglicana consideraron la determinación como un inadmisible alarde de modernidad y amenazaron, antes de emitir su voto, con renunciar e incluso a convertirse al catolicismo en el caso de aprobarse la ordenación de las mujeres en el seno de su iglesia. La Iglesia de Inglaterra se enfrentó al acontecimiento más revolucionario de su historia, desde que su fundador, el separatista Enrique VIII, decidiese romper con la autoridad de la Iglesia de Roma y provocase la escisión de la institución católica en 1530. Su amor por Ana Bolena y su deseo de contraer matrimonio con la que se convertiría en la segunda de sus seis esposas y sus ambiciones dinásticas dividieron a los cristianos.

Hoy, parece que el tema de las mujeres vuelve a causar divisiones. Hoy, la Iglesia católica, cauta, hace un esfuerzo consciente para mantenerse al margen de la decisión de la Iglesia Anglicana de ordenar a mujeres sacerdotes. Pero la  conocida rivalidad entre ambas iglesias no tarda en aflorar. El Vaticano califica la decisión como un grave obstáculo al proceso de reconciliación mantenido con la Iglesia de Inglaterra, que permanece inalterable.

Pasaron poco más de dos años para que el 11 de marzo de 1994, la Iglesia Anglicana volviera  a romper cánones. Treinta y dos mujeres protagonizaron una revolución con su acceso al sacerdocio. A finales de 1994 hay  más de mil son ‘ascendidas’ a sacerdotes y como tales están autorizadas a consagrar el pan y el vino en la eucaristía y a administrar la absolución. En Inglaterra hay cinco millones de católicos, lo que no implica que sean practicantes, poco más de una cuarta parte acude a misa los domingos.

En el 2016, el Papa Francisco declara: “El papa santo Juan Pablo II ha tenido la última palabra clara al respecto y esto sigue en pie”, en respuesta a las preguntas de los periodistas, subrayando que esta regla estará vigente para siempre, refiriéndose al documento de 1994 que estipula que las mujeres nunca podrán participar en el sacerdocio de conformidad con la tradición de la Iglesia. En Estados Unidos, Australia, Canadá y Swazilandia hay movimientos cristianos que ya autorizan la ordenación de mujeres como obispos. Conocido por su habilidad diplomática, Francisco dice ‘Hay muchas otras cosas que las mujeres hacen mejor que los hombres”, en referencia a la así llamada “dimensión femenina de la Iglesia”.

La fortuna de confesarme abiertamente católica prácticamente es que puedo hablar desde el conocimiento de mi ejercicio religioso. Voy a misa los domingos y veo más viejos que jóvenes en misa. Si me fijo con mayor cuidado, puedo contar a menos hombres sentados en las bancas. Hay más mujeres. También, sé que la mies es mucha y los operarios son pocos. Más allá de escándalos —cada sacerdote tendrá que darle cuentas a Dios por sus hechos y actos en su magisterio—, más allá de rivalidades, escisiones, gustos, me parece que un sacerdote está para hablar de amor, para acompañar, para consolar, para dar a conocer a Dios y eso se puede llevar a cabo desde la ternura femenina.

No habría que confundirnos, otorgar absolciones, consagrar no es un atributo de los hombres, es Dios que se vale del Hombre como instrumento. No sé, sin otro afán y entendiendo lo polémico del tema, me parece que si el Creador sólo quisiera herramientas masculinas, no nos habría dotado con los dones inherentes a la actividad sacerdotal. Cuando Dios no quiere, no dota. Dios no quiso que los hombres dieran a luz, no pueden parir, jamás lo podrán hacer. Pero, en mi condición femenina, cada día me topo con la posibilidad de dar consejo, amor, consuelo, compañía.  

Sabrá Dios, hoy hace veinte años la iglesia anglicana abrió sus puertas para dejar entrar a las mujeres a un lugar reservado a los hombres. ¿Que habra pensando el Altísimo desde su trono celestial? No sé, pero me lo imagino sonriendo.

Madre Teresa de Calcuta, la revolución de la ternura 

Los católicos estamos de fiesta, tenemos una nueva santa: la Madre Teresa de Calcuta. Una mujer que a base de sencillez, trabajo y ternura fue repartiendo el bien entre los más necesitados. Nació en Albania en los años de opresión, se hizo monja de clausura y en los días dedicados a la contemplación oyó la voz de Dios que le dejó la tarea de atender a los más olvidados. Así lo hizo. Siguió el llamado e hizo de su vocación vida que da esperanza.

Lo hizo en forma tan extraordinaria que ganó el Premio Nobel de la Paz, ella con todos los méritos. Al recibirlo, alguien le dijo: Yo no haría lo que usted hace ni por un millón de dólares. Ella con una sonrisa contestó: Ni yo. Los que la conocieron dicen que fue una mujer muy inteligente que con pocas palabras causaba impacto. Una pareja estuvo con el ella cuando vino a México. Con respeto le dijeron Madre, es un honor conocer a una santa en vida. Los tomó de las manos y les preguntó: ¿y tú, por qué no? No es tan dificil. Alguna vez alguien le quiso lanzar una prueba: ¿Madre Teresa, cuál es la mejor religión del mundo? Ella respondió Aquella con la que puedas practicar la congruencia del amor.

Madre Teresa era una mujer pequeñita y con la edad, la espalda le jorobó la postura. Siempre vestida con la sencillez del hábito blanco con bandas azules. Siempre sonriendo. Hizo de la disciplina motor de vida. Era la primera en levantarse al oratorio a hablar con Dios. Sabía del poder que tiene la amistad con lo alto y era constante. Dijo haber venido al mundo a consolar a Cristo y así encontró paz.

La santa que hoy llega a los altares, ya había llegado a los corazones de propios y extraños. Dejó un decálogo que aquí transcribo:

1. Estar unidos a Cristo en sus sentimientos y pensamientos.

2. Estar centrados en Jesús para pedir y ofrecer perdón.

3. Hacer que nuestra vida esté dedicada a hacer feliz a Jesús y a consolar su dolor en los enfermos.

4. Una sonrisa siempre y hacer las cosas ordinarias con amor extraordinario.

5. Un contacto directo y cercano a las personas con amanilidad y sonrisas.

6. Aceptación, sin condición, hacia cualquier persona.

7. Hacer consciencia de que Dios es un padre rico en amor y misericordia.

8. Llevar siempre esperanza de hacer de la propia vida algo bello.

9. Estar unido a Dios y a los pobres.

10. Alimentarse diariamente de la oración y la eucaristía.

El decálogo de nuestra nueva Santa en la iglesia católica resulta de una sencillez tan alcanzable, pero requiere de congruencia, constancia y disciplina. No cabe duda que ella sí hizo de lo ordinario, algo extraordinario. En esa mujer delgadita cupo la grandeza. Y tal como lo dijo cuando vino a México, queda la pregunta ¿y tú por qué no? Ahí está la receta. No parece tan dificil.

Santa Madre Teresa de Calcuta, ruega por nosotros.

La locura consumista que enfermó al mundo

Se fue el Papa Francisco, regresó a Roma. Todavía no aterrizaba y en el aire, entre nubes, tan cerca del cielo seguía mandando mensajes que ahora tomaban tonos fuertes. Las manos chamuscadas de quienes defendieron intereses malignos, las conciencias llenas de ollín de los que olvidaron a los maltratados, el tufo asqueroso de quienes victimizaron a las víctimas de pederastia con un descuido y a las que les aplicaron toda la fuerza que da la arrogancia, deberían presentar su renuncia.

No hizo falta decir nombres. Sabemos a quien se dirige.

No les valió la pena. Pensaron que tras una túnica de telas finas, un alzacuellos almidonado, un anillo lujoso y un aparato que gozó apoyo de ricos y poderosos, la impunidad estaría garantizada. Pensaron y por muchos años tuvieron razón que el carrito de golf, las comodidades, la abundancia, la extravagancia y las buenas amistades les bastarían. En el pináculo de la locura, habrán pensado que de eso se trataba el Evangelio.

Parece que ya se les va a acabar el veinte.

Por eso, desde el confort ordenaron que los apestosos se alejen, que los sucios no se acerquen, que los que lloran no le quitan belleza al panorama y, sobretodo, que los escandalosos no me vengan a amenazar las maravillas de las que hoy gozo. Se ocuparon de comprar más y de cuidar menos, de consumir y correr tras los anhelos de la tierra y se olvidaron que hay un cielo. Por años, les salió bien. Por años, la gente llegó a preguntarse si el bien prevalecería sobre el mal algún día. Muchos no tuvieron paciencia y por su culpa abandonaron la fe. Me pregunto si no le tendrán miedo a la muerte, si no se amedrentan al pensar que van a enfrentar la mirada de Dios que les preguntará por todas esas ovejas perdidas.

Antes, seguro que eso ni les preocupaba. Desde la comodidad y la elegancia fueron muy príncipes y nada pastores. Zapatos, camisas, autos, guaruras, obras de arte no tienen nada de malo. Lo que es terrible es que eso conduzca al camino de la perdición, que tanto brillo obnubilé la vista y tome las riendas de la vocación. Ay de aquél que se olvide de los más pequeños, ay del que abuse de ellos. Mirar a otro lado, silbar y taparse los ojos no salva a nadie. La carrera consumista que enfermó al mundo, esa que ha dejado la riqueza en manos de unos cuantos y a despojado a miles, esa corrompió a los que debieron  ser buenos y optaron por ser cómplices. 

No se hagan, les están hablando a ustedes. 

  
  

Las improvisaciones del Papa Francisco

Lo sabíamos, sin embargo, no dejan de sorprender. Nos imaginamos que el Papa Francisco iba a romper varias veces el protocolo que siempre le ha parecido una camisa incómoda de usar. Lo que no pensamos es el impacto de estas formas de improvisar. La forma en la que este Pontífice sale a decir cosas que no tenía programadas son un reflejo en crudo de su pensamiento. Una forma de ser profunda, auténtica que se aleja de lo vano y de lo frívolo.

Primero, sale de la nunciatura y lo hace para hacer oración. Pide pensar en los seres queridos pero también en aquellos a los que no queremos, en los que les tenemos envidia, en los que nos tienen envidia, en los que nos han hecho daño para ponerlos en el centro de nuestro dialogo con Dios. Toda una doctrina de misericordia en la relación con el Creador que puede servir de pauta de vida, Francisco la predica como un párroco sencillo y cercano.

Segundo, después de hablar con una serie de políticos que se confiesan laicos pero que se acercaron a besar el anillo papal; después de haber escuchado un exorto a alejarse de la corrupción, la desigualdad y del narco tráfico, pero que se acercaron a salir en la foto, sin importar que los atraparan recibiendo una bendición que antes habían criticado, el Papa cruzó la calle para hablar con sus obispos. Ahí les pidió que resulevan las cosas como hombres. Les exigió que se dejen de babosadas y se pongan a cuidar el camino de sus sacerdotes, en vez de dejarse encandilar por el brillo del oro. ¿Así o más  claro?

Tercero, un Papa cansado después de un día ajetreado, un hombre de 79 años que cruzó dos veces la ciudad de sur a norte, que ofició una misa entrañable después de enfrentar audiencias que escucharon palabras fuertes, vence el cansancio y vuelve a salir a la calle. Sale a rezar. Frente a fieles congregados en torno a la nunciatura, Francisco improvisa. Pide que se piense en los problemas que nos agobian y enseguida nos saca del centro de nosotros mismos y nos pide que pensemos en nuestros amigos. En ese tenor, nos invita a volver la mirada a Dios para ponernos en sus manos.

Vaya con las improvisaciones del Papa, nos hace conscientes de un amor superior, de una fuerza consoladora que nos abarca a nosotros mismos y a nuestros cariños, a nuestros amigos y que también alcanza a aquellos que no queremos, a los que nos han dañado y a los que hemos hecho daño. Nos impulsa a salir del egocentrismo que nos lleva a caer en la tentación de la autocimplacencia, del aislamiento, de la soledad.

Sé que hay muchos que han expresado recentimiento, coraje, molestia por la presencia del Papa en México. Entiendo que algunos prelados de la Iglesia Católica han contribuido a reacciones adversas. No obstante, la propuesta de Francisco es válida en un mundo que se siente vacío. Me gustan sus palabras, me mueven sus discursos, pero lo que más me inspira son las improvisaciones del Papa Francisco. Merecen la pena ser escuchadas y sobretodo, aplicadas a la cotidianidad. 

 

El sínodo de la familia

Los católicos entramos en la recta final del Sínodo de la familia que ha causado mucha expectación entre los que profesamos esta fe y los que no. ¿Qué es la familia? Nos preguntamos los seres humanos de hoy. Las fórmulas tradicionales de padre, madre e hijos siguen siendo la base sobre la que la Iglesia quiere edificar, sin embargo, hay otras formas familiares que deben ser tomadas en cuenta y necesitan ser acogidas. La vocación de la Iglesia es misionera, es decir, busca difindir la palabra de Dios urbi et orbi, no se trata de dar membresías con requisitos de aceptación.

Madres solteras, padres solos, matrimonios de segundas nupcias, niños sin papás o sin mamás, gente de bien que vive a la buena pero que es excluída por circunstancias que tal vez estuvieron fuera de su control, que recibe un castigo por recomponer su vida, que es alejada porque quiere buscar la felicidad sin hacer daño a su prójimo, no parece lógico que un pastor ahuyente a sus ovejas. Es absurdo. Claro, hay reglas. 

El Santo Padre insiste «una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha. De una escucha recíproca en la que cada uno tiene algo que aprender: el pueblo fiel, el colegio episcopal, el Obispo de Roma; unos de los otros y todos escuchando al Espíritu Santo». Es una Iglesia que debe ser «como una pirámide invertida» en la que el Papa está abajo como servidor de todos, “siervo de los siervos de Dios”. 

Sí, escuchar, incluir, acoger. Esa debe ser la vocación eclesiástica. Sin embargo, hay quienes oponen resistencia, hay quienes arrugan el ceño y elevan el dedo juzgón. No quieren incluir, se repliegan en la sotana y refieren regañar desde el púlpito. ¿Y si el Santo Padre diera un golpe en el escritorio y siguiera adelante con sus reformas? Me parece que muchos de estos avinagrados se quedarían sin trabajo ya que un gran nümero de  laicos estaríamos encantados de arropar a un Papa que incluye a los fieles en vez de alejarlos. Tal vez Francisco piense que no son tiempos de rupturas y ceda ante la presión. Ojalá que no.

Lo cierto es que sínodo quiere decir caminar juntos, el Papa Francisco quiere que todos lleguemos a la meta en conconrdia, al mismo tiempo. Pero en estas reuniones hay debates y se tiene que buscar el fin más alto. Ya desde primero, Pedro zanjó el debate, y todos aceptaron el abrir plenamente la Iglesia a los no judíos, la decisión de mayor alcance en toda su historia. El propio receptor del llavero del cielo optó por incluir, por abrir los brazos y acoger. La palabra de Dios es para todos, entonces, espero que en estos días en que se redacta el acta de conclusiones, la Iglesia termine abriendo sus puertas y no cerrándolas. 

Qué el Dios en el que creemos los católicos, abra mentes y encienda los corazones de quienes deben obrar en favor del amor. ¿No es eso lo que Cristo predicó?

  

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