Huevos de Pascua

La tradición de los huevos de Pascua se inserta en la liturgia cristiana. Es una manifestación del regocijo de saber que Cristo triunfó y abrió las puertas de los cielos y venció a la muerte.
Antes, durante los días de Cuaresma, los cascarones no se partían en dos mitades, como se hace todo el resto del año, se les quitaba lo menos posible de punta superior para dejarlos lo más intactos posible. Mientras más se conservara la forma ovalada mejor. Así, durante los días de guardar, también se atesoraban los cascarones para decorarlos después.
En los primeros años, el juego de los huevos de Pascua iniciaba el Sábado de Gloria. Se pintaban los cascarones de color rojo que simbolizaba, al mismo tiempo, la Pasión del Viernes Santo y La Resurrección del tercer día. Con el tiempo el rojo dio paso a los diseños artísticos más estrambóticos: franjas coloridas con puntos, calcomanías, brillantinas, estrellas, dibujos dignos de miniaturistas de los Museos Vaticanos hasta los famosos Huevos Fabergé de los zares rusos.
Una vez con los huevos decorados, el juego consistía en esconderlos y hacer que los más pequeños los encuentren. He tenido la suerte de buscar huevitos de Pascua en lugares tan maravillosos como los Jardines de la Casa Blanca en tiempos de Ronald Reagan. También los escondí para mis hijas cuando eran pequeñas en muchos lugares: en el jardín de mis padres, en el de mi casa. Recuerdo los huevos de chocolate derretidos en Acapulco. Ahí estuvieron. Nina, Brenda, Jos, Harald y tantos más que nos acompañaron en la búsqueda de la Pascua Florida.
Lo que más recuerdo eran las caritas entusiasmadas de Andrea y Dany al mostrar su botín. A veces estaban seguras de haber visto a la Coneja de Pascua.
Hay quienes alegan que esta tradición es más norteamericana que otra cosa y no es así. Muchos pueblos europeos también juegan a buscar huevos de Pascua. Lo cierto es que en México cada vez se buscan menos, ya pocos juegan este juego.
La pesquisa es también un reflejo de la búsqueda del Resucitado. Es encontrar las pistas que Jesús nos va dejando en el camino de la vida. Algunas veces, como sucede con los huevitos, tenemos las señales al alcance de la mano, tan cerca como a nuestros pies, otras está encriptada y hay que buscar y fijarse bien, siempre está accesible. En ocasiones, a pesar de su evidencia, no la alcanzamos a ver.
Sin embargo, en el juego de los Huevos de Pascua, al final nadie se quedó con las manos vacías. Es más, la mayoría de las veces, el que menos se llevó iba con las manos llenas. Así es como estoy segura que sucede con Jesús. Nadie nos iremos con las manos vacías.

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