La recompensa de llegar al final (Serotonina, Michel Houllebec)

Serotonina,

Michel Houllebecq,

Anagrama, México (2019)

Serotinina es un libro feroz al que hay que tenerle paciencia y que requiere tenerle mucha fe al autor que premia al lector perseverante. Serotonina nos muestra la facilidad con la que el Hombre se puede degradar hasta llegar al grado de la desintegración. Describe milimétricamente como una persona puede llegar a ser tan poco como para no dejar rastro de su paso por la tierra. En fin, como alguien puede caer tanto en las sombras que para ser feliz tiene que tomarse una pastilla. A Michel Houellebecq hay que leerlo con cuidado, quiero decir, con precaución. Es un autor que no tiene empacho en sacarnos de nuestra zona de confort y nos lleva a experimentar la incomodidad y el disgusto que nos llega por todos lados.

Por supuesto, a Houellebecq lo tienen sin cuidado lo políticamente correcto, la falta de pudor, la crueldad, el tono cínico y una lista infinita con la que dota a sus personajes a los que somete igual que a sus novelas para luego darnos un toque que todo lo reivindica. Serotonina es una novela que requiere de muchas características para ser leída. Necesita a un lector paciente, atento y que llegue con el corazón abierto. De otra forma, se corre el riesgo de mandar a volar el libro por los cielos, estrellarlo contra la pared teniendo como castigo irremediable el premio que gana quien enfrentó el libro con paciencia ilimitada. Sí, la recompensa se prepara desde las últimas páginas y se entrega en la frase final.

Houellebecq no se traiciona, sigue fiel a sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño para ir siempre más allá en su negrura, en su pesimismo, en sus provocaciones. La Francia del esplendor, el París que bien valía una misa pasan al paredón de la crítica. Exhibe sin pudor la miseria afectiva contemporánea hija de la frivolidad que se viste con distintos disfraces y que tiene una condena terrible de soledad y falta de sentido.

En Serotonina conocemos al depresivo Florent-Claude Labrouste un hombre cuya voz narrativa se escucha mucho más vieja que la de la edad del personaje, cuarenta y seis años al que vemos emprender una especie de ceremonia de desintegración personal que emprende el camino de los adioses. El protagonista va rememorando, e incluso provocando reencuentros, con las mujeres del pasado —las pocas que lo hicieron feliz—, así como con el único amigo que tuvo. Inicia una especie de recorrido que el autor denomina como turismo de la memoria.

La novela arranca con un tono que arranca risas y se va oscureciendo a lo largo de las páginas. Nos mete a la habitación de un hombre—el protagonista— con insomnio que despierta hacia las cinco de la mañana y nos cuenta la forma en que arranca el día:

“No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado mi primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo”. (p. 7)

De entrada, el narrador que es el protagonista nos dice que:

“De la sociedad en general no he conseguido nada, en este sentido, como en casi todos los demás me he dejado llevar por las circunstancias dando prueba de mi incapacidad para gobernar mi propia vida… Dios había decidido por mí” (p.9)

Y, a lo largo de toda la novela, Houllebecq nos lleva en una especie de vaivén oscilatorio entre la bondad y la inteligencia, la sociedad y la soledad, la juventud y la decrepitud, el amor y la desesperanza.

“La palabra juventud, esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad” (p. 81)

“Y, yo sabía que ella paladeaba a cada segundo esta dicha accesible a las clases medias altas, para mí era distinto, yo ya había tenido acceso a esa clase de hoteles de aquella categoría” (p. 36)

Su único amigo, un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos que están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia y que utiliza como medios para criticar los avances de la globalización sin que el libre comercio pueda garantizar una distribución de la riqueza equitativa ni la destrucción de tradiciones locales.

“¿Y acaso los quesos normandos se benefician suficientemente de este turismo de la memoria?” (p. 93)

Entonces, como esa serotonina que le dicen es la hormona de la felicidad que le ha sido recetada, Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido y la terrible desesperanza en que se va sumiendo conforme avanza en su recorrido, dados los acontecimientos.

“Está claro: ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica a ella misma un mecanismo de desdicha y le da cuerda y luego, el mecanismo sigue girando ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades, cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo.” (p. 181)

Vamos leyendo como el protagonista va diciendo una serie de adioses. Y, mientras se despide de su sexualidad, de su higiene, de su interés por la vida, Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados. La crudeza de la degradación es el pretexto para poner el dedo en la llaga de la actual política francesa. Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos».

“Nadie dejaba de subrayar hasta qué punto había que comprender la angustia  y la cólera de los agricultores y en particular de los ganaderos” (p. 214)

En ocasiones, Houellebecq se vale de su protagonista para señalar este regusto a lo intercambiable de la política actual francesa —que bien aplica a la de cualquier lugar del mundo—: «Confundía siempre “La République en Marche” y “La France Insoumise”, de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon. Y, vemos al protagonista ahuyentado, sin dar tregua, a la esperanza de alcanzar una vida posible.

Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado:

“Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo” (p. 234)

Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe». Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando nos toma de las solapas y nos agita al leer Serotonina. Houellebecq  es un autor que,  desde luego, nunca deja indiferente. Nos ametralla como una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los obstáculos de los prejuicios. Sin duda, Serotonina no es para cualquier lector

En «Serotonina», su nueva demolición emprendida contra los vicios de nuestras sociedades hiperindividualistas, un progreso que dota de un bienestar más ficticio que nunca, embarcadas en un adelanto programado y un cínico camino hacia su autodestrucción, a mitad de la obra aparecen temas reivindicativos: grupos descontrolados de agricultores y ganaderos que se enfrentan de forma violenta, con armas y cortes de carreteras, a las imposiciones y salvajes cuotas llegadas desde una insensible Bruselas.  Algo que acabará previsiblemente con lo que había sido la forma de vida ya arraigada para un importante pilar de la nación, de Francia: el antaño próspero campo francés, hoy arruinado, endeudado y con altas tasas de suicidio.

Pero, justo cuando pensamos que Houellebecq ya no dará para más, cuando creemos que para Serotonina ya no hay más que exigir, con una proporción aurea perfecta, a partir de la página doscientos treinta y cuatro, la narración se acelera y el pespunte que nos había dejado ver desde la página 8 de la novela se confirma contundente en el último renglón que no hay que dejar de leer. Un lector atento que llegue a estas letras con el corazón abierto y que haya mostrado la perseverancia de llegar al final podrá estremecerse e incluso llorar con un final que, a mí, me parece magistral.

 

Iguales

El estudio de mil cuatrocientos cerebros humanos revela lo que ya sabíamos y nos negamos a entender: los cerebros de hombres y mujeres son iguales. Iguales. La comparación de estas imagenes de cerebros femeninos y másculinos no muestra diferencias significativas, según Daphna Joel. En el estudio conducido por la Universidad de Tel Aviv no hay evidencias de que unos sean diferentes a los otros.

¡Qué curioso! El sexo de una persona no determina ni el tamaño ni revela la existencia de procesos mentales diferentes ni parece que haya un factor que nos indique que los caminos cerebrales se distingan por lo femenino o lo masculino. Sin embargo, pensamos, actuamos y reaccionamos de forma diferente. ¿O, eso nos han hecho creer?

Si no hay evidencia física que nos haga presumir que este cerebro pertenece a una mujer y aquel al de un hombre, resulta complicado entender qué es aquello que hace nuestras mentes tan distintas. ¿O, en realidad no son distintas? Según Daphna Joel, de la Universidad de Tel Aviv, no hay distingo.

Los cerebros de los humanos son iguales, no hay zonas especiales en uno u otro caso, tampoco recovecos o morfologias específicas. Somos iguales. Sin embargo, aún en países que buscan la igualdad de género, las diferencias son patentes. No hablemos de aquellos lugares en los que las niñas deben padecer su condición femenina. Mutilación, vejación, trabajos adicionales, golpes… Silencio.

¿Por?

Las diferencias entre los hombres y las mujeres son de otro estilo y ellas han de ser celebradas.  Pero, esas miradas misóginas, esos dejos de superioridad, esos lamentos porque nació nena y no nene, esos sueldos desigualitarios, carecen de fundamento. Son, en el mejor de los casos, una seña de ignorancia y en el peor, un signo de brutalidad innecesaria.

Desde siempre hemos intuido que a nivel de ideas, somos iguales. En el mundo de la creación y la generación, en el universo de lo intangible, somos iguales. Entonces, ¿por qué le ha costado a la Humanidad dar ese crédito? No es mejor una mujer que un hombre ni vice versa. Iguales. Tan tontos como tontas, tan brillantes unos y otras.

Ya sería tiempo de que nos hicieramos cargo de ello. ¿No? Así, con tranquilidad, en paz, sabernos iguales.

  
 

Las mujeres (Día internacional de la mujer)

Las mujeres fuimos diseñadas para acompañar al hombre después de que Dios creara la luz, la tierra, las aguas, el firmamento, las semillas, las plantas, las flores y los frutos. El Génesis en su primer capítulo nos cuentan la historia de la Creación, en un lenguaje poético, y dice a la letra “A imagen y semejanza los creó. Macho y hembra los creó. Dios los bendijo, diciéndoles: Sean fecundos, multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Manden a los peces del mar, a las aves del cielo y a cuanto animal viva en la tierra.” (Gen 1:27,28)
Desde el principio, el primer libro de la Biblia, nos dice que hombre y mujer fueron hechos en igualdad y en ella fueron depositarios del mandato de Dios ,del regalo del Paraíso Terrenal para cuidarlo y multiplicarlo. No dijo al hombre, tú mandas, ni le dijo a ella tú obedeces. En estricta justicia tampoco dijo lo contrario.
En la fragilidad humana, el hombre y mujer son complemento. Pero en algún momento las cosas se descompusieron, tal vez fue el momento en el que la serpiente habló con Eva —si hubiera hablado con Adán habría sido otro cantar— cuando la mujer empezó a ocupar un lugar secundario en la conformación del mundo.
No sólo en la tradición judeo-cristiana la mujer es vista como un ser de jerarquía menor. El mundo musulmán también tiene esa visión. Desde tiempos antiguos la sociedad ve con cierto temor y con un dejo de desprecio a la mujer. Somos fuente de tentación para el hombre joven y para el maduro. Hay que advertir de los peligros de seducción de las formas de la mujer, de los efectos que causa el cabello, o las piernas. Hay que tapar esos motivos de malos pensamientos para el hombre. Mientras más tela se le eche encima, mejor. Sí se puede, que también oculten los ojos.
Para los chinos tener hijos varones es un orgullo, si son mujeres las que salen del vientre materno, podrán ser arrojadas a la basura junto con los desperdicios del día. Pero todo tiene sus consecuencias. Ahora los varones chinos no tienen con quién casarse.
La sociedad machista confina a la mujer a vivir como escopeta, cargada, dispuesta y detrás de la puerta. Y esto no es un discurso feminista, es la realidad. En muchos lugares del globo terráqueo en estos mismos momentos, una mujer padece la carga de su condición sexual . Hoy, en algún lugar del mundo hay un padre que se lamenta porque su tan esperado bebé fue niña y no niño. Hoy, hay niñas que se disfrazan de niños para poder salir a trabajar, para tener derecho a educación, para sobrevivir.
En este mundo redondo que gira a velocidades aceleradas parece increíble que algunos países le hayan concedido derecho a expresar voluntad de democrática a las mujeres en la segunda mitad del siglo XX. No todos. Hay algunas que aún no alcanzan este privilegio.
Es fácil tildar los discursos en pro de la igualdad de género como feministas. También es cierto que muchas mujeres se confundieron y pensaron que igualdad equivalía a irle a romper la espalda a cada hombre que se les apareciera en el camino. Ni una cosa, ni la otra.
A mí me gusta ser mujer. Disfruto mi feminidad: usar falda, tacones, maquillaje y aretes. Me encanta que me abran la puerta y me cedan el asiento. Aprecio la caballerosidad de un hombre que se levanta de su asiento cuando entra una mujer. No me ofenden, me encantan las muestras de gentileza de un hombre para una mujer.
Al trabajar, he estado en terrenos preponderantemente masculinos y jamás he recibido otra cosa que un trato de pares. Pero sé que hay mujeres que tuvieron que levantar la voz, elevar los puños y luchar por estos privilegios que hoy disfruto. Claro que he escuchado piropos sexistas, padecido miradas obscenas o comentarios fuera de lugar. Hay hombres que no pueden con la idea de reconocer al semejante. Esos también son los que discriminaran a cualquiera por ser diferente. Son los que arrugan la nariz ante un color de piel distinto, un credo, un lenguaje, un olor que no sea como el de ellos. En general, son gente prejuiciosa y sumamente peligrosa. Hacen daño amparados por la bandera del deber ser. Por desgracia, muchas mujeres militan en esas filas y limitan la igualdad. Es u fuego amigo sumamente destructivo.
No es tiempo de bajar las manos. Tengo hijas. Para ellas quiero un mundo con oportunidades iguales para hombres y para mujeres. Quiero que ellas se sientan cómodas y felices en la piel femenina. Por ello, reflexionar en el tema de la Mujer en este día es una buena idea, del papel que tenemos las que no hemos sufrido tanta violencia por haber nacido mujeres y de aquellas que por sólo serlo están en peligro de muerte.
No, este día no se trata de determinar quién es mejor que el otro. Hombre y mujer son complementos. Se trata de pensar en aquellas que no son vistas de esa forma.

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¿Quién empezó?

Hay días que no me gusta leer las noticias. Hay veces en que llega el periódico y con sólo echarle un vistazo a la primera plana sientes que te duele el estómago. En ocasiones es sencillamente imposible entender y dar crédito de lo que el ser humano es capaz de hacer.
Me sucedió aquella mañana del once de septiembre cuando me enteré de que un avión se había impactado contra una de las Torres Gemelas de Nueva York. Estaba trabajando en una de las tiendas de la autopista Guadalajara-Colima y escuché la noticia en la radio, pensé que se trataba de una narración al estilo Orson Welles. No, por desgracia fue verdad. Luego lo sucedido en Atocha, o en Boston, o en un kindergarten en una pequeña ciudad turística en donde todo parece transcurrir en calma. Pero las balas se escurren y el odio brilla como la mejor forma de comunicación. ¿Qué le sucede al Hombre?
Me insulta ver abusos financieros, discriminación, fraudes, y a pesar de todo, eso lo puedo entender. Me indigna ver a sujetos con sotana y bolsas cargadas de dinero, o a delegados corruptos que le sacan dinero a gente de bien, o a políticos que pagan sus shampoos con dinero del erario. Lo que no me cabe en la cabeza y no logro descifrar es al Hombre torturando al Hombre. Al que secuestra, al que viola, al que tortura. Cuando temprano en la mañana me topo con la noticia de que secuestraron a un grupo de doce jóvenes y no hay pistas de ellos, para un mes después saber que el dueño del antro en el que se estaban divirtiendo apareció calcinado junto con su pareja y una prima, mi cerebro rechina. Cuando leo que mataron a dos jóvenes por bullear a otro, las tuercas de mi cabeza salen volando. Cuando me entero de que los crímenes del Pozolero no se quedaron en lo que inicialmente supimos sino que hay más, me siento perdida.
Algo anda mal y no sólo es culpa del Estado, del mal gobierno, del crimen organizado, y de los malvados que habitan el mundo. No es válido lavarse las manos, señalar a los demás y escandalizarnos sin hacer nada. Volver la mirada a otro lado complica más las cosas.
¿Qué estamos haciendo en nuestro circulo más cercano de influencia para que el mundo esté en semejante condición? Se respira odio en el ambiente y la gente siente miedo. Esa es una mala combinación. El ser humano, nosotros, tú y yo, hemos hecho malas elecciones. ¿Quién empezó? Quién sabe. Tal vez ya ni siquiera sea importante averiguarlo. ¿Quién lo va a parar? Esa es la pregunta importante. La respuesta, es claro, no llegará únicamente de las autoridades. Cada uno de nosotros, en nuestro radio de influencia, debemos de poner manos a la obra. Levantar el dedo y señalar a otros, no sirve de nada.

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