¿Cuántas películas? (Doce años esclavo)

¿Cuántas películas tenemos que ver en las que se nos muestra la violencia del hombre contra el hombre para entender de lo que somos capaces? Parece que Hollywood ha decidido que muchas. Con una no basta para hacernos entender que el ser humano, a lo largo de la historia, ha perpetrado hechos de crueldad sin límites a sus semejantes. No sé si es para que no olvidemos, para guardar un registro histórico o para ganarse premios y millones de dólares. Lo cierto es que a lo largo de la vida he visto muchas películas que tocan el tema de la brutalidad con la que tratamos a nuestros semejantes.
Holocaustos, guerras, genocidios, actos terroristas, discriminación han sido proyectados para que los espectadores veamos desde la comodidad de una butaca y amparados por la penumbra escenas que tarde o temprano nos quitarán el sueño o nos despertarán una reflexión.
Así, Doce años esclavo nos muestra la historia, basada en hechos reales —o eso nos advierten al principio de la película— del extraño caso de Salomon Northup, un ciudadano negro nacido en libertad en la ciudad de Saratoga, Nueva York quien fue secuestrado después de una noche de copas y vendido como esclavo, condición en la que vivirá por doce años.
¿Cuántas escenas de crueldad son suficientes para dejar en claro la brutalidad del ser humano? Parece que a Steve McQueen, el director, no le bastó con una, pensó que a la primera el espectador no entiende, hay que atizarle varias. Escenas de latigazos propinados sin misericordia salpimentan la historia, golpes y crueldad revuelta con desprecio. Lo diferente causando una mezcla de repulsión y falsa lástima. Humanos cosificados, tratados peor que a bestias de trabajo y golpeados hasta dónde no se puede más. Y cuando se piensa que ya no se puede más, otra golpiza.
La película es toda ella una metáfora de latigazos. El zuap, zuap, de las tiras de cuero contra la piel que se revienta, eso es Doce años esclavo. Tración, una chica violada, una madre que se separa de sus hijos, la desesperación retratada en todas sus facetas. La pérdida de identidad es lo que garantiza la vida.
La película se desarrolla a mediados del siglo XIX a la vera de un río que me hace pensar en el Mississippi, en Faulkner y en Mahalia Jackson. Los trajes de época nos hacen sentir el alivio de la lejanía de los años, el sosiego de que hoy en día la esclavitud es ilegal y la tranquilidad de que los derechos humanos son una prioridad en la nación de las barras y las estrellas. ¿No es así?
Ya no hay capataces salvajes que cuelguen de un árbol a un semejante por desobedecer una instrucción, ni amas celosas que le crucen la cara a una esclava con las uñas para marcarla con una cicatriz, ni terratenientes que le disparen a otros seres humanos con un rifle para sacarlos de su propiedad, ni patrones que tengan gente trabajando horarios inhumanos a pleno rayo de sol por un sueldo de miseria. ¡Imposible que eso suceda en la Unión Americana! No sucederá con gente de raza negra.
Pero, no hay porque sentirse tan protegidos en la penumbra de una sala de cine, ni alejados por los años de historia o por la ropa de época. Hoy, muchos mexicanos sufren discriminación y tratos similares a los que refleja la película. Es posible que en este momento, al leer estas líneas, un paisano esté siendo maltratado, vejado, discriminado o incluso torturado.
Tal vez por eso Hollywood insiste en este tipo de películas. Se insiste en una doble moral, tal como en Doce años esclavo nos muestran las escenas de un amo que lee la Biblia y trata a sus esclavos con un desprecio condescendiente. De la Palabra toma lo que le conviene. Lee y al mismo tiempo en que escuchamos los versículos sagrados se entremezcla el estribillo de un canto racista que el capataz les canta a los negros. Run niger, run
Bondad de humo, conveniencia de hierro.
No está tan lejos el maltrato al diferente. Está con el migrante. Está en el vecino que no es tan igual como nos gustaría. Está en casa con la gente que nos ayuda. En la calle con el que limpia un parabrisas. En el techo de una locomotora a la que le apodan La bestia, en las playas de Lampedusa o en las rejas de Ceuta.
No nos sintamos aliviados al saber que fueron pocos los negros nacidos en libertad, secuestrados y vendidos como esclavos. No creamos en el sueño americano que persiguen y alcanzan algunos paisanos. Preocupémonos por todos aquellos que podrían estar en situaciones semejantes hoy, más allá de las fronteras o en las cocinas de nuestras casas.
Hay muchas películas que retratan la brutalidad del ser humano contra sus semejantes. Muchas del holocausto judío, muchas de la injusticia contra la raza negra, de guerras de hoy o de ayer. Pocas son las que reflejan la tragedia de los migrantes mexicanos.

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Pixar y el Día de los Muertos

Los mexicanos tenemos tradiciones milenarias que nos han acompañado por siglos, que hemos heredado de nuestros antepasados indígenas y del sincretismo con la fe que nos fue legada en los años del virreinato. La cultura mexicana es colorida, rica, simpática y en ocasiones irreverente. Eso le da la característica de hechizante. Si en el mundo la muerte es cosa seria, en México jugamos en ella, la vestimos de catrina, la hacemos de papel maché, la pintamos en todos los tonos, la recortamos en papel picado, la imprimimos en estandartes, nos la comemos en forma de calavera de chocolate, de azúcar o de pan de muerto.
El Día de Muertos lo escribimos con mayúscula porque es importante para nosotros. En la tierra donde la vida no vale nada, como cantara José Alfredo Jiménez, la muerte tiene un asiento especial, un lugar de honor en el imaginario colectivo. Es más, los mexicanos hemos luchado por preservar la tradición de muertos sobre la fiesta de Halloween, que las calaquitas le ganen espacio a las brujas que cada día son más populares en México, sobre todo en el de las zonas urbanas; porque en los pueblos y en las zonas rurales la costumbre de honrar a los difuntos está enraizada profundamente. El camposanto, la blanqueada de lápidas, la comida para el muertito, los rezos, los altares y la velación del dos de noviembre, son rituales propios de la nación mexicana.
Pues resulta de que Disney Pixar quiere registrar El Día de Muertos como propio, los ejecutivos de esta compañía buscan adueñarse de la tradición. Buscan tener el registro para así ser los dueños de la marca y explotar los derechos de productos como comida, dulces, programas de computo, artículos deportivos, y varias cosas más. Su intención es hacer un filme que lleve como tema la tradición mexicana.
Buena suerte, ja. Ya me quiero imaginar a todos los vendedores de calaveritas, de pan, de papel picado de todos los mercados mexicanos pagándole regalías a Mickey Mouse. Ya me imagino a todas las señoras agregándole el símbolo de Disney a los tamales, atoles, y lápidas a lo largo del territorio nacional. En una de esas hasta Guadalupe Posadas desde ultratumba se tiene que poner con su cuerno y pagarle a Hollywood por sus huesudas. Igual que a La Catrina, me gana la risa.
Haciendo un reencuadre, tal vez, el hecho de que se haga una película del tema provoque que el mundo entero conozca y valore la tradición. Es posible que un film hollywoodesco nos ayude a difundir la visión de la muerte desde lo mexicano. Eso, sin duda, es bueno. Pero de ahí a registrar los derechos del Día de Muertos hay un gran tramo, hay un límite que no esta bien que se traspase. Lo nuestro es nuestro y de nadie más.
No me parece bien que una compañía registre lo que no es de ellos. El registro se hace para proteger los derechos que alguien tiene de una idea creativa que salió de su mente. Entonces esa creación se protege para evitar el mal uso, la reproducción sin permiso, la explotación por alguien a quien no se le ocurrió, y todo eso. ¿En qué momento esta tradición que heredamos de nuestras culturas indígenas salió de una mente creativa de Pixar? ¿Cómo pueden reclamar como propio algo que evidentemente no es de ellos? En todo caso sería al revés. Pixar debería consultar y pedir permiso. No se trata de ser chovinistas a ultranza, se trata de ser razonables.
¿O qué, ahora tendremos que poner las orejas del ratón en nuestros altares de muerto?

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Otro tiroteo

Los niños de la escuela Sandy Hook apenas estarán regresando a la escuela y en la Unión Americana ya están llorando otra tragedia. Cuatro personas murieron en un nuevo tiroteo en Aurora, Colorado. Sí. La misma localidad donde hace seis meses se produjo la masacre del cine. Aquella en la que un loco disparó, sin razón, a los asistentes a la première de un film. Increíble. No queda más que darle crédito a las palabras del presidente Obama: “Debemos arreglar este problema pronto porque la memoria es de muy corto plazo.”
No ha pasado ni un mes del asesinato de niños y maestros y ya sucedió otra tragedia. Apenas hace medio año nos horrorizamos con las imágenes de lo sucedido a las afueras de Denver y el terror vuelve a la localidad.
Cuatro personas murieron en un tiroteo, en esta ocasión, el atacante murió, no se sabe si por los disparos de la policía, o si él se suicidó. La tragedia se desató luego de que los oficiales intentaron negociar con el agresor que estaba atrincherado en una casa. Los policías dispararon y entraron al lugar para encontrarse con que los rehenes ya estaban muertos. Una trama al estilo Hollywood con triste final. Con final macabro. Parece el argumento de una película, no lo es.
Seguramente al enterarnos de estos sucesos de la vida real todos tenemos razones suficientes para sentirnos indignados, pero la indignación, al parecer es de corto alcance. Todo indica que la sentencia de Obama es correcta y ahí están las consecuencias. Ya se estaban empezando a olvidar de los pequeños asesinados en su escuela y llega un nuevo tiroteo. El problema es grave, pero la gente olvida.
Como muestra un botón: el 19 de diciembre, a unos días de la matanza de Sandy Hook, Pierce Morgan, el periodista británico invitó a Larry Pratt, director general de la Asociación de Propietarios de Armas en Estados Unidos, para hacerle una entrevista en su programa de CNN. Durante la plática Morgan intentó convencer a su invitado de que era urgente llegar a un acuerdo para regular las armas en la población. Larry Pratt defendió la postura de que tener un arma es un privilegio irrenunciable del pueblo estadounidense y Peirce opinó que eso era estúpido.
En respuesta, más de 60 mil personas firmaron una carta de protesta en la que se pedía la expulsión de Morgan del territorio estadounidense. Sustentan su petición sobre una base sólida, la Constitución de los Estados Unidos de América protege el derecho de los individuos a portar armas.
¿Y quién protege a las víctimas de estos portadores de armas? Ya es por todos conocida la facilidad para adquirir armas en la Unión Americana. Es cierto que restringir la venta de armas no es una solución suficiente. Tampoco será una solución poner un guardia armado en cada esquina. Hay que bajar los niveles de violencia a como de lugar. Para eso hay que modificar la producción, no únicamente de armamentos, también el contenido de videojuegos que son extremadamente violentos, el de los programas de televisión y el de las películas. Más que ser elementos de entretenimiento, parecen manuales de malas conductas. Si alguna mente no tenía la perversidad para imaginar algo horrible, ahí encontrará suficientes ideas para alimentar la maldad y crueldad extrema.
El presidente Obama tiene razón, la memoria es endeble, pero los argumentos no. Estas tragedias están exterminando a lo mejor de la sociedad norteamericana, a sus niños y a su gente pacifica. El problema es que para poderles ofrecer una solución real que evite otra nueva tragedia, hay que trastocar intereses de industrias que le dan identidad a los Estados Unidos. ¿Se atreverán a poner manos a la obra? ¿Qué será del cowboy sin armas? ¿Cómo imaginar a Hollywood sin películas de acción? ¿Se atreverán a reconstruirse desde los cimientos? O, ¿permitirán que esos cimientos sigan siendo asesinados por locos que tuvieron acceso a un arma? ¿Habrá algún valiente que se atreva a modificar la Constitución? Ojalá.
El presidente Obama lo dijo claro y fuerte : “Nuestras familias no pueden permitirse ser parte de este juego peligroso otra vez”. Por lo mismo hay que apurarse, antes que el recuerdo de las lagrimas por las víctimas llegué a su fecha de caducidad.

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