Bien inicia la semana…

Bien inicia la semana si al despertar se oyen las campanadas del Templo de San Diego y llega cierto acento a tierra mojada. Desayunar enchiladas mineras, caminar entre calles tan estrechas que se vuelven peatonales o tal vez siempre lo han sido, el  cielo nublado y El Pipila entre cúmulos que parecen borreguitos en el cielo es parte de un gozo sin igual. Empezar con el pie derecho la semana, parece ser lo mismo que abrir el ojo a primera hora en la Ciudad de Guanajuato.

Hay tantas cosas que suceden más allá de los límites de la ciudad que es Cuna de la Independencia, Casa de Don Quijote, pueblo natal de Diego, de Jorge Ibargüengoitia, paso de Juárez, reflejo de las ideas de Porfirio, pero la fiesta de San Antonio de Padua marca el festejo de hoy. No se trata de hacerse de la vista gorda, de ser insensible ante el acontecer mundial, de disimular ante tantas cosas, pero en Guanajuato hay una magia que da pie a los colores y las risas.

Sólo aquí, mientras caminas tranquilamente, se te aparece en una ventana pintada de azul, una catrina muy huesuda que se muere de risa. Sólo aquí Remedios Baro se asoma desde una azotea, o encuentras un castillo medieval — cuando en Mexico no hubo medioevo— o te topas con una ciudad que convierte tuneles mineros en redes comunicantes para automóviles. 

Una plática amable, la vista del Teatro y del Jardín Unión, una mesa bien servida, pan, sal, buenas palabras y Guanajuato que decide brillar para que el tinto en la copa adquiera un mejor color. En el puesto de periódico se ofrecen las noticias que muchos consultan todavía en la hoja de papel, pero hoy prefiero ver a lo alto y contemplar la cúpula del templo de los jesuitas o pensar en los helados deliciosos que se venden en ese lugar tan maravilloso cerca de la Plaza de San Roque y del Museo de La Casa de Diego.

Bien inicia la semana si al caer el sol las luces iluminan la Basílica de la Colegiata y la Escalinata de la Universidad se ve tan linda reflejando el brillo de su cangera verde tan hermosa. Es así cuando los colores te toman la mente, los matices se vuelven tan brillantes y el corazón late a un compás tan alegre que, en realidad, no se puede pensar en nada más. 


Un signo de convivencia civilizada

Ayer en Guanajuato se vivió un signo de convivencia, progreso y civilidad. Desde la zona de las Embajadoras bajaba  una manifestación de orgullo gay con rumbo al centro. De el area de la Alóndiga de Granaditas caminaba una peregrinación de muchachos que iban a la Basílica de la Colegiata gritando Viva Cristo Rey. Ambas procesiones confluyeron en la Plaza de la Paz con respeto y mostrando respeto y armonía que para algunos hubiera sido difícil imaginar.

El signo fue increíble. El acercamiento de ambos grupos que se miraron a los ojos sonriendo fue en contra de esa idea salvaje de que los que son diferentes no se pueden ver. Presenciar la deferencia que unos y otros se dispensaron fue una lección que Guanajuato le lanza al mundo. Es complicado imaginar posturas tan radicalmente desiguales que las que convivieron naturalmente en la Plaza de la Paz el día de ayer. Fue una sensación de orgullo que sentí en el pecho, los mexicanos sabemos estar juntos sin arrugrle la nariz a los que no piensan como yo.

Me gustaría que eso fuera mas frecuente, que los que tienen y los que no tienen no se vieran con recelo, que los que creen y los que no creen no se sientan con la verdad absoluta, que los que aman a una mujer o a un hombre, independientemente de sus preferencias, no se miren con odio, que los que tienen algo que no es igual a lo que yo tengo  no provoque desprecio.

La gente se arremolinó en las banquetas para ver pasar a ambos grupos y, algunos con cierto morbo esperaron la reacción del momento en que ambas procesiones se juntaran. Había un contingente de policías que resultó innecesario. Para gusto de la civilidad, la armonía imperó y más que un signo de tolerancia hubo uno de sensatez. 

Todos podemos convivir en forma alegre. Basta un cambio de mirada. Eso sucedió ayer por la tarde en Guanajuato, y eso, como muchas cosas que pasan aquí, valen la pena ser narradas.

  

Concierto navideño

Las temporadas navideñas en la Ciudad de Guanajuato me hacen recordar tradiciones que se pierden entre los recuerdos de la infancia. Las decoraciones del Centro son tan tradicionales, la felicitación iluminada que cuelga de la copa de los árboles del Jardín Unión, los Nacimientos  que nos recuerdan que el festejo se debe a que estamos esperando a que la Nochebuena se rememore a Dios entre nosotros. En Guanajuato no se dice felices fiestas, se desea Feliz Navidad.

En el Museo Iconográfico del Quijote hay un concierto navideño. Se presenta el Coro Allegro de Guanajuato y Sembradores de Talento. Se siembra con la esperanza de cosechar. Ellos siembran notas en niños para cosechar artistas que tocan violines, violas, violonchelos. Miembros de la Orquesta Filarmónica de la Universidad  de Guanajuato decidieron aprovehcar la capacidad de los niños y se dedicaron a enseñar  a los pequeños a ejecutar instrumentos. 

Desarrollar talento no es tarea fácil, hay que poner dedicación, paciencia, constancia,entusiasmo, hay que saber explotar ese deseo que un niño tiene para lograr que se genere música. También se necesita un ojo especial para entender quién sí y quién no tiene un don. A nosotros nos tocó sentarnos en el vestíbulo central del Museo a ver y apreciar el resultado. Nos tocó cosechar los frutos.

Fue muy agradable escuchar cascabeles, cuerdas y tonos navideños deseando felicidad, llevándonos a un paseo en trineo, invitandonos a ver a la Virgen María peinandose mientras por ahí van los peces en el río, sinitendo la Noche de Paz y recordando que aquí no es mesón, sigan adelante, hasta que entre santos peregrinos estalla la felicidad que nos lleva a romper la piñata. 

En Guanajuato, las temporadas Navideñas tiene un sabor especial, saben a pasado, a tradición que va sembrando esperanza. Son niños que con violines nos dicen que las costumbres se puedne preservar y que cantarle a la temporada de Navidad puede generar gran alegría. Es una sensación que llena el corazón y hace que las sonrisas se aniden en el rostro.
  

 

Una curiosa sensación

El tañido es dulce, marca las horas, los cuartos y las medias. Es distinto al de las llamadas a misa que es más grave, más fuerte y mas prolongado. Abro los ojos. Una curiosa sensación me toma de la mano. Veo de perfil la estatua de San Diego que esta en el frontispicio del templo y la única musa del Teatro  Juárez que no mira al triangulo del Jardín de la Unión me ve a mí. Con solo mirar a través de la ventana encuentro motivos para amar a Don Porfirio, los mexicanos tenemos formas muy únicas de hermanar lo distante. 

Entrar a la habitación en la que se perpetró un crimen y quedarse a dormir ahí es una curiosa sensación. Más cuando la autora del crimen fui yo. Puedo reconocer cada espacio y puedo valorar los acietos y errores, las exactitudes y presiciones; y me doy cuenta, que como todo en la vida, pudo haber sido mejor. Mi justificación es que todo fue hecho con una gran ilusión.

Estoy durmiendo en la hanitación de Marina, la protagonista de Última mirada, y claro que la sensación es muy peculiar. A pesar de que fue escrita hace cuatro años y publicada hace dos, el cerebro se convierte en un cúmulo de esferas que confunden y descolocan espacios reales y ficticios. El Teatro Juárez, el kiosko de la Plaza, la dulcería emblemática, la fiesta eterna, el rumor de las palomas, la temperatura a ocho grados centígrados y la sonrisa que refleja un gusto especial.

Ayer llegué a Guanajuato y estaré por acá tres días, igual que lo hizo Marina. Me llevo las manos al cuello, como lo hizo ella. Espero toparme con Francisco Riverol y no con el hombre de los lentes. La musa que me observa desde el teatro Juárez es tan blanca, majestuosa y derechita y yo estoy amaneciendo tan despeinada y con la imaginación alborotada. No cabe duda, para atrapar algunos motivos, hay que darse ciertas satisfacciones, aunque estas pergeñen una curiosa sensación. 

  
 
 

Las cinco estrellas de Guanajuato 

Las clasificaciones de Condé Nast ubican a Guanajuato como uno de los mejores lugares del mundo, muy cerca del rankeo de San Miguel de Allende. Ocupa un lugar por encima de muchas ciudades europeas, de destinos turísticos en Asia y mejor que otros sitios más famosos y emblemáticos. Merece ser reconocida como calidad cinco estrellas.Sorprende y al mismo tiempo la explicación es evidente para los que caminamos por callecitas y callejones de esta ciudad que se percha sobre la montaña, donde el clima siempre es benigno y la tranquilidad con la que se mueve el segundero le da ritmo a la vida. 

Guanajuato es una ciudad amable y generosa. La relación precio-calidad generalmente inclina el fiel de la balanza a favor del visitante. La infraestructura hotelera supera en arquitectura, estilo y comodidad las expectativas de lo que se piensa recibir, ya que tiene precios muy razonables e instalaciones maravillosas. La oferta gastronómica es rica por los platillos de la región, por la cocina internacional y por la fusión de platos y sabores. Ha sabido reunir en armonia la tradición y la modernidad. Sin embargo, no es eso lo que le gana lugar en el terreno turístico, no sólo eso. Guanajuato trata bien al turista y no lo quiere desplumar a las primeras de cambio, quiere que vuelva.

La oferta museográfica es de extraordinaria calidad y las entradas no son caras. Por ejemplo, el Museo de la casa de Diego Rivera cuesta $50.00, menos de tres euros y es una visita que vale la pena, hay descuentos para maestros y estudiantes, mientras que en otros lados el costo de los billetes se desboca, por ejemplo, la Casa Batlló en Barcelona cuesta 45€, no hay consideraciones  para maestros, estudiantes, o personas de tercera edad. Lo mismo sucede con la mayoría de los espacios culturales que abren las puertas al público sin dejarles seca la cartera. Las entradas a la mayoría de las atracciones invita a aprovechar cada oportunidad. El propósito es que la gente entre a conocer.

Se puede disfrutar de ópera, teatro, conciertos, recitales por poco dinero o por nada. La banda del Estado de Guanajuato toca en el kiosko del Jardín Unión los jueves de las diecisiete a las diecinuevo horas o los martes por la mañana y la gente se sienta en las bancas a escuchar gratis, interpretaciones de excelente factura. Ayer asistí a una gala en el Museo de Iconografía del Quijote de tangos de Astor Piazzola y pagué menos de tres dólares por dos entradas. 

La iglesias abren sus piertas al visitante sin hacerlos pasar por la taquilla. Están llenas de turistas y locales que entran con respeto y devoción. En el interior, la gente ni  grita ni come ni se atropella ni las han convertido en santuarios de las selfies. Para generar fondos para la conservación del espacio, destinan un lugar, al lado del templo, para mostrar pinacotecas y las entradas tienen un precio simbólico, a diferencia de lo que sucede en La Sagrada Familia en Barcelona que más que lugar de oración, como lo quería Gaudí, parece una atracción turística. El gran arquitecto catalán buscó que su obra maestra reflejara e inspirara la fe que él sentía y lo que empezó como una forma de recaudar fondos para terminar la edificación, acabó lejos de esa idea.

En Guanajuato gana la intención autoral. Creo que Gaudí, el arquitecto catalán, admirarÍa la forma en que Guanajuato respeta sus recintos y los dedica a aquello para lo que fueron concebidos. En las iglesias se reza y se puede admirar lo que ahí se alberga sin tener que meter la mano al bolsillo. Los museos exhiben arte e invitan con dignidad al visitante que no se siente asaltado al pagar el boleto, cada esquina sirve de pretexto cultural y todos están convocados. Las notas de la estudiantina se escuchan y la mística de la ciudad abraza al visitante. 

El que llega a Guanajuato no se quiere ir, vive el sueño de riqueza cultural y la realidad de la diversidad en un ambiente hermoso que propicia caminar pausado para ser parte de plazuelas, calles, leyendas, misterios y un ambiente de clase mundial.  

   

¿Por qué en Guanajuato?

Guanajuato tiene un amor perpetuo por Cervantes, por El Quijote de la Mancha y por los personajes cervantinos tan grande como no hay otro igual en el mundo. Ni Alcalá de Henares, ni Madrid, ni en los Campos de Criptana se le muestra la devoción de los fervorosos guanajuatenses. Se le ve en muchos sitios y de mil formas, aquí una  escultura, allá otra, por aquí una camiseta estampada con esa figura seca y estilizada. Reproducciones de pinturas, oleos, figuritas de barro, de metal, caricaturas adornan el paisaje y salen al encuentro de los caminantes que recorren las callejuelas y callejones de la ciudad. Todos saben quién es el Ingenioso Hidalgo aunque pocos hayan pasado las hojas del libro.

¿Qué hace Don Quijote tan lejos de La Mancha? La respuesta se ilimina con la pintura de Antonio Rodríguez Luna, Don Quijote en el exilio, un mural de técnica mixta, rectangular, de doscientos por trescientos cincuenta centímetros de dimensión. El pintor plasma sobre un azul plumbago de fondo, la figura tan blanca de Don Quijote montando a Rocinante que prescide una procesión. Atrás lo sigue un contingente que avanza a paso lento, cabizbajo, pintados en un azul denso que se vuelve un gris pesado que se alarga y se pierde en el horizonte de nubarrones ennegrecidos.

Por la manchega llanura se vuelve a ver la figura de Don Quijote pasar… Hazme un sitio en la montura, Rodríguez Luna salió de España, como tantos, y encontró el refugio a su destierro como muchos otros que partieron expulsados por El Generalísimo. Los campos manchegos se cambian por los del Bajío mexicano, como el mismo León Felipe lo dijo: no un triste Don Quijote en el exilio, sino uno que encontró nueva patria junto con los compatriotas aue lo trajeron consigo y fuimos recibidos con tal regocijo.

En el sentimiento reflejado en esta pintura, poesía plástica, encontramos la respuesta, al ¿por qué Guanajuato? El drama de republicanos que se refleja entre las pinceladas de una pieza que cuelga en el Museo Iconográfico del Quijote. El espacio es La hazaña de Eulalio Ferrer, cervantista y adorador del Quijote, que supo transmitir el amor hacia Cervantes, por las causas nobles y desinteresadas del Hidalgo, por la revelación de los ideales ocultos detras de la locura y por el llamado que desde el trastorno se hace a la razón. 

Antes de que los puristas me saquen los ojos y me agobien con las quejas de que el ícono no debe sustitur al personaje literario, y que la plástica no es literatura, permítanme recordar las palabras de Octavio Paz, Ardúa pero plausible, la pintura vuelve la tela blanca en ocre llano del que brota, en el povlo castellano, corporal arquitectura.   O, como dijo Agustín Yañez, el culto al señor Don Quijote encuentra una capilla ardiente que le propicia uberrimo culto.

Así que, ¿dónde si no en Guanajuato? Cervantes podrá reposar en su nueva tumba en el Monasterio de las Descalzas Reales, pero vive aquí, en este lugar que lo ha hecho eje de vida, promotor de cultura y signo de identidad. 

  

Policías municipales y estudiantes

Todavía seguimos adoloridos por lo sucedido en Iguala con los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, sin entender bien a bien qué sucedió, por qué desaparecieron y qué llevó a la policía municipal a arrastrar a estos muchachos quién sabe a donde. Aún nos seguimos haciendo preguntas básicas que no encuentran respuestas sencillas y que provocan reacciones en varias ciudades de la República y del mundo. Todavía retumban en nuestros oídos los clamores de los padres de estos hijos desaparecidos y sentimos un hoyo en el estómago ante la incapacidad que muestran las autoridades de todos los niveles de gobierno para dar con ellos. Aún teníamos los ojos en Guerrero cuando otro incidente inexplicable sucedía en un callejón de la ciudad de Guanajuato.
En pleno Festival Cervantino, con tanta actividad cultural, con la prensa internacional encima, un estudiante de octavo semestre de mecatrónica de la Universidad de Guadalajara aparece muerto.
Según lo reporta el periódico Reforma, la policía municipal detuvo a Ricardo Esparza Villegas en una de las plazas de Guanajuato en aparente estado de ebriedad, le revisaron bolsas del pantalón y una mochila que tenía. Después lo tomaron del brazo, se lo doblaron y lo condujeron por el callejón del Hinojo. Según el testimonio de uno de sus compañeros, el joven pedía a los agentes que le permitieran hacer una llamada telefónica. Según reportan, otra persona confirmó que Ricardo fue sometido por agentes de la Policía estatal en la Plaza del Ropero. “¡Habla ya por teléfono!”, “¡saca el dinero!”, escuchó que le dijeron.
Sin embargo, también hay testimonio que dicen que los policías vieron que Ricardo Esparza Villegas estaba en tal estado de embriaguez que se orinó en la puerta de una casa y por ello le llamaron la atención. No hubo detención, dice el Alcalde de Guanajuato.
Para variar, no hay claridad en los hechos. ¿Por qué el cadáver de Luis apareció en el patio de una casa? ¿Por qué sus amigos no lo acompañaron? ¿Por qué se enteraron de lo que le pasó hasta el día siguiente? ¿Quién lo mató? ¿Por qué lo mataron? ¿Fue la policía municipal? ¿Lo quisieron extorsionar? No hay respuestas.
Ante la tragedia, hay lineas que se desdibujan. Frente a la muerte de un muchacho lo menos que se debe exigir es claridad. Hay versiones encontradas. Unos dicen que la policía lo trató de extorsionar, otros que se cayó de la azotea de una casa que intentaba robar. No creo ni una ni otra versión. Además, por si fuera poco, hay un río de alcohol que hace todo más difícil.
¿Qué está pasando? Estamos fallando como sociedad. Los que deben protegernos, extorsionan. Un festival cultural sirve como pretexto para llegar a intoxicaciones etílicas que rebasan los niveles de la diversión y se convierten en tragedias. Los amigos, en vez de acompañar a Ricardo o de reventar las redes sociales denunciando una injusticia, reaccionan huyendo, no quieren declarar, dicen que tienen miedo. ¿Por?
Y, el peligro adicional de que grupos oportunistas se suban al carro de la reivindicación para llevar agua a su molino. La única forma de parar el enojo es decir la verdad. Aclarar el panorama y con valor, decir lo que sucedió. Si fue la policía, pues hay que tomar medidas. Nos hemos olvidado de los cuerpos policiacos municipales, los hemos dejado sin capacitación y les hemos pagado mal. Se han vuelto cuerpos violentos y corruptos, en algunos casos. En otros, son sujetos a redes de cuotas clientelares que provocan círculos viciosos. En el mejor de los casos, la gente ni los respeta ni siente su protección.
Es tiempo de mirar a las policías municipales y arreglarlas, no queremos que los problemas de Iguala y Guanajuato se sigan replicando por doquier. La tragedia es que un chico perdió la vida y no sabemos por qué. Como tampoco sabemos por qué desaparecieron los normalistas de Ayotzinapa ni quienes están en tantas fosas que aparecen todos los días. Wl clamor general es uno: Queremos estudiantes en las aulas, no en féretros.

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Un Guadalupe Reyes total

Esta vez no fue hablar por hablar, ni experimentar en cabeza ajena. Por primera vez en mi vida me tomé, enterito, el puente que inicia el doce de diciembre y termina el seis de enero. El puente más largo de la tradición mexicana, el Guadalupe Reyes, tomó forma y las circunstancias hicieron que el asueto empezara antes de lo acostumbrado y terminara después. Ni cuando estaba en la escuela tuve tantos días de vacaciones efectivas.
El tour, mágico y misterioso, de diciembre nos llevó a ver la Torres de la Catedral de San Miguel de Allende, a comer helados de sabores exóticos en Dolores, a perdernos en los callejones de Guanajuato, a recorrer los caminos del sur y descubrir que Acapulco hizo la tarea para ponerse guapo y recibir a tanta visita; a dirigirnos a la antigua ciudad de Antequera y a encontrar cualquier pretexto para tomar chocolate en los portales de la plaza de Oaxaca, a admirar la grandeza del Tule, a comer tamales en el sitio arqueológico de Mitla, a probar chapulines en el mercado, a admirar el trabajo que las manos indígenas dejaron en el convento de Tlacochahuaya, a llenarnos los ojos con los oros de Santo Domingo, a comer mole negro. También nos llevó a la vera del lago de Valle de Bravo para hacerme patente la fuerza de voluntad y la belleza que brota de las manos de mi amiga Bibiana. Regresé a Acapulco y corroboré que las visitas llegaron por montones al bello puerto.
De tanto, me quedo con la maravilla de ser mexicana, con el orgullo que da la belleza de la tierra propia. Me apropio del cielo tan azul de San Miguel y del rosa de sus canteras, de lo heroico de Dolores y de las campanadas del templo de SanDiego. Me hago mío el verde de las piedras de Oaxaca, de los colores de la noche de rábanos, de la Nochebuena oyendo marimba, de la Virgen de la Soledad y de su atrio comiendo helados. Es mío el rumor del riachuelo de esa casa construida a pulmón en Valle. Igual que con la enseñanza de ver como el sí se puede vence a las razones del no. También con el trabajo de los acapulqueños que han padecido tanto y tanto pero que está temporada vieron flores y frutos color turista.
Cualquiera pensaría que después de toda esta danza estoy exhausta y no, es al revés. Regresé con la pila súper cargada, lista para, ahora sí iniciar el año con el pie derecho y a todo vapor. Es verdad, fueron muchos kilómetros recorridos por tierra, todos por tierra. Ahí estuvo gran parte de la aventura. Tuvimos la libertad de entrar y salir a nuestro antojo, sin horas de antesala ni vuelos en conexión. Sin excesos de equipaje ni revisiones violentas. Nada de malas caras, todo fueron buenos modos, hospitalidad y sonrisas. Sabor a higos, chocolate de nixtamal, tortillas hechas a mano, aromas de jazmín y tierra mojada, rumores de grillos e instrumentos de viento. Viajar así se siente rico.
Mi México, ese que da abrazos entrañables y besos de colores. La tierra bendita que pone sonrisas en los labios y esperanza en el corazón. Tan diferente y tan rico. Tan digno de ser caminado. Por eso, a penas me alcanzaron los días de este Guadalupe Reyes, siente que a penas me fui y ya vengo llegando. Ahora a trabajar, a dejar que lo que se sembró en el corazón en cada una de las regiones visitadas germine y transforme.

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Entrar en Guanajuato

Guanajuato es una ciudad mágica que se envuelve entre misterios, mitos, leyendas, cuentos y cosas importantes. Es la cuna de Diego, de Jorges como Ibargüengoitia o Negrete, de gente de valor y altos ideales; el hogar de Las Momias del panteón o de las que salen a pasear por ahí. Casa de la Llorona que vaga preguntando por sus hijos. La ciudad es inspiradora por más de una razón que se revela en cada callejón, callejuela, balcón, templo o túnel. A mí me tocó el corazón desde que era pequeña. La he visitado muchas veces es diversas circunstancias, con mis padres, con mis hijas, con mi marido, con mis tías, con mi abuela; en temporada de Festival, por un din de semana, entre semana y siempre me ha arrancancado experiencias distintas. Siempre termino enamorada.
Hoy, me maravillo nuevamente con ella, tan señorial, tan elegante, tan llena de jóvenes estudiantes con ideas novedosas, tan plena de aromas a flores y de sonidos de campanas legendarias.. Es un oximorón, pues es antigua y muy moderna al mismo tiempo. Cada café, cada boutique, cada hotel que se albergan en construcciones ancestrales tiene conexión Wi fi gratuita y es sumamente fácil conectarse prácticamente desde cualquier lugar. Viva, como cuándo fue construida por los Chichimecas, imperial como en la época colonial. Típica: con sus estudiantinas y sus acordes de guitarras y mandolinas, con las campanas de cada una de sus iglesias y capillas. Maravillosa desde su catedral hasta los museos de culturas populares y de arte contemporáneo.
Pero esta visita ha sido más especial que otras. Después de haberla hecho escenario de mi novelaÚltima mirada no puedo más que verla diferente. La miro y se que he quedado en deuda. Me doy cuenta de la cantidad de licencias literarias que me tomé. Se me saltan los colores que le faltaron entrar a las páginas. Al mismo tiempo me siento más parte de ella. La creo más mía. Guanajuato y yo somos cómplices y eso me hace sonreír. Tenemos un enlace de tinta que no se borra.
Dejo un ejemplar de la novela en el Hotel San Diego para el señor Múñoz, el dueño y en la recepción lo hojean con curiosidad. Voy a visitar la farmacia frente al Ayuntamiento y me topo con el médico forense que me platicó de tantos casos que se quedaron para siempre en las páginas de la novela. El dueño me recibe con la misma amabilidad con la que me recibió hace dos años cuando estaba haciendo la investigación para poder escribir. Toma el libro entre sus manos y se sonríe con orgullo. Nos hacemos una fotografía. La sensación de que uno de tus personajes de está dando un abrazo es muy peculiar.
Recorro los pasos de Marina, la protagonista, veo la escalinata de la Universidad y sí, aunque siempre me ha gustado, ahora la siento más mía, me detengo frente las Monumento a La Paz y recuerdo y sonrío. Imagino que Francisco Riverol aparecerá en cualquier momento. Con discreción y de soslayo me vuelvo discretamente, no sea que se me aparezca el loco de la cuerda y me la enrede en el cuello. Me gana otra vez la sonrisa. También la risa. Los parroquianos me ven con sospechas.
Por ahí viene la estudiantina, en la terraza del Hotel Santa Fe se escuchan los acordes del mariachi que nos recuerda que La vida no vale nada o que El mariachi loco quiere bailar. El Teatro Juárez se ilumina y se constituye el rey de la noche, hasta el fondo y en la cima, como la mejor cereza del pastel, se ve la escultura del Pípila. Me fijo en el farol que alumbra el callejón entre el hotel San Diego y el templo. Luego sus campanadas. Aquí me siento segura, no existe la violencia, ni la amenaza a flor de piel. Es verdad, de cuando en cuando me encuentro algún soldado que sostiene un arma larga. Incluso ellos sonríen. Se sienten bien en esta ciudad minera.
La gente que abarrota El Jardín Unión me mira como sí estuviera loca cuando ven que me detengo en una esquina y grito a voz en cuello ¡gracias, Guanajuato! ¿Quién dijo que los escritores estamos cuerdos? Volveré y cada vez será más mía. Ahora entre ella y yo existe una relación entrañable, única y feliz. Me gusta esta sensación.
Entrar en Guanajuato en más de una dimensión y quedarse para siempre en ella puede ser el tema de una nueva leyenda que tal vez pueda quedar, como las otras, entre las baldosas de esta bella ciudad para que los viejos las puedan contar. Hubo una vez una escritora que vio a uno de sus personajes tomar forma de carne y hueso…

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La mejor ciudad del mundo, San Miguel de Allende

La guía Condé de Nast clasificó a la ciudad de San Miguel de Allende como la mejor ciudad del mundo. Este pueblo colonial fue distinguido por la revista de viajes que consultan loc. conocedores y con ello la condecora para rendirle tributo a sus calles, balcones, plazas, iglesias, callejones y lugares que han sido recuperados por autoridades y habitantes del lugar.
San Miguel se constituye como referente turístico! no sólo para los mexicanos, también para el mundo. No en balde muchos estadounidenses, canadienses y europeos la han elegido como lugar de retiro. ¿Y cómo no? Es un lugar maravilloso con un clima de privilegio y con unas vistas de sueño. Tiene todo belleza, historia, tradición y movimiento.
Históricamente, la ciudad es importante por ser la cuna de Ignacio Allende, cuyo apellido fue adosado al nombre de la ciudad en 1826, — un arcángel y un militar unidos por un nombre— así como por haber sido el primer municipio declarado independiente del gobierno español por el Ejército Insurgente durante la Guerra de Independencia de México. Mucha historia y tradición acompañan a esta ciudad tan típicamente bella del Bajío mexicano.
Sin embargo, la ciudad decayó durante y después de la guerra de Independencia, y en los comienzos del siglo XX estaba en peligro de convertirse en un pueblo fantasma. Pero ojos visionarios fijaron su mirada en San Miguel. Sus estructuras coloniales barrocas y neoclásicas fueron redescubiertas por artistas nacionales y extranjeros que llegaron y abrieron institutos de arte y cultura, como el Instituto Allende y la Escuela de Bellas Artes. Esto le dio a la ciudad reputación, atrayendo a artistas como David Alfaro Siqueiros. En las calles se escucha gente hablando en inglés, en alemán, en francés, es posible que pronto la lengua de uso corriente no sea le español. Pero la idea se viene abajo por sí misma. El español les encanta a todos los visitantes.
De entonces a la fecha, ciudadanos y autoridades se han encargado de hacer bien su trabajo. Las calles están limpias, los negocios están llenos de mercancías de todos colores, los restaurantes son estupendos. Debo decir que lo que más me gusta es la amabilidad de la gente. Todos son auténticamente simpáticos, las sonrisas les brotan de forma natural. Creo que es porque están habituados a recibir visitas. Los lugareños son hospitalarios y saben tratar al turista.
Tal vez fue eso lo que atrajo a estudiantes extranjeros de arte, a gente con deseos de retirarse, sobre todo antiguos soldados estadounidenses que estudiaron en el G.I. Bill después de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, la ciudad ha atraído a un gran número de jubilados extranjeros, artistas, escritores y turistas, lo que ha cambiando la economía del área, de la agricultura y la industria al comercio y servicios para los visitantes externos y residentes. Un círculo virtuoso que tiene a San Miguel en los cuernos de la luna y en el mejor puesto de la calificación del Condé de Nast.
Las palabras no hacen justicia a la belleza de la ciudad, al aire fresco que se mezcla con rayos de sol y con nubes algodonadas que adornan el cielo tan azul y limpio. Las Torres de la Catedral se elevan como agujas de cantera y las baldosas cuadradas del piso son tan brillantes que parecen estar mojadas. Me siento en una de las bancas de la plaza principal a ver las copas de los árboles que se unen como si fueran una sola. Las sensaciones y los olores me hacen sentir feliz. Seguro es por eso que San Miguel está de moda. La felicidad en otros lugares es escasa, aquí es bien común. Hay que venir a San Miguel de Allende para sentir y entender porque la guía tiene razón al hacer de está hermosa ciudad la número uno.

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