Nican Mopohua

Acepté la sugerencia de Bernardo Barranco y me puse a leer el Nican Mopohua. La invitación a la lectura es pertinente en estas fechas ya que el texto narra las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego. Con independencia de la fe que se profese o del fervor —o la falta de devoción—, el texto vale la pena de ser leído por su calidad literaria.

Guadalupe es una seña de identidad mexicana, es una devoción que crece como un manantial insaciable. He conocido ateos guadalupanos, judíos que aman a la gudalupana, extranjeros que vienen a México con la única intención de acercarse al Tepeyac. La imagen de Santa María de Guadalupe se encuentra desde Canadá hasta la Patagonia y en tantas partes del mundo como en la Praga que tiene un porcentaje de creyentes muy bajo, en París cuya imagen es la más visitada en Montmatre, en Madrid y Cadiz, en Palos de la Frontera, en Lourdes y en Fátima. La Villa es el templo católico más visitado del mundo, sí más que San Pedro en el Vaticano y más que el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Enfrentarse al Nican Mopahua es estar delante a un texto amoroso que despierta la ternura. El uso de la palabra es suave y muestra un cariño entre quien escribe y la historia que narra.

Antonio Valeriano inicia el texto con las palabras en náhuatl nican mopahua, aquí sucedió y es parte de un texto más amplio el Huei tlamahuitoça que quiere decir El Gran Suceso. El título de esta obra en realidad es Huei tlamahuizoltica omonexiti in ilhuícac tlatohcacihuapilli Santa María Totlazonantzin Guadalupe in nican huei altepenáhuac México itocayocan Tepeyácac (en náhuatl, “Por un gran milagro apareció la reina celestial, nuestra preciosa madre Santa María de Guadalupe, cerca del gran atépetl de México, ahí donde llaman Tepeyacac“).

El texto que leí estaba escrito en español junto a la versión del náhuatl. El cuidado de las palabras, los diminutivos, el tono cariñoso con el que la Madre de Dios se dirige al indio Juan Diego es de un grado de hermosura que llama la atención. El autor describe el escenario con una economía de palabras muy bien lograda. En unas cuantas páginas nos da cuenta del milagro guadalupano en forma tierna, hasta candorosa que despierta admiración y recogimiento.

Antonio Valeriano emociona y logra la mística entre autor y lector. Enciende la chispa que recogió del testimonio del propio Juan Diego y nos muestra la relación que se forjó entre Guadalupe y su mensajero. La Virgen se dirige de esta forma:

“Mi hijito menor, estas diversas flores son la señal que le llevarás al obispo” (137)

Y el propio Juan Diego le habla a la madre de Dios así:

“Mi jovencita, hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá estés contenta.” (110)

El texto no sólo recoge las hermosas palabras de un par de seres que se tienen un trato cariñoso, sino las andanzas del indito —la palabra se plasma tal cual en el texto—desde Cuautitlán a la Ciudad de México, de Tlatilolco al Tepeyac. Se percibe el temor de Juan Diego para ir a ver a Fray Juan de Zumarraga, obispo de la Nueva España, la enfermedad del tío Bernardino y su vuelta a la salud. Nos cuenta las peripecias de Juan Diego para convencer al obispo para edificarle una casita a la Virgen María, madre de Dios.

Conocemos las apariciones de la Virgen y recogemos las palabras que hoy consuelan a todos los que somos guadalupanos:

“Que no se preocupe tu corazón, tu rostro. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿No soy yo la fue te de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?” (119)

Conocer la historia tan conocida desde el texto que recogió de los protagonistas la anécdota tiene un efecto que entra derechito al corazón. El texto tiene treinta y cinco páginas, incluida la introducción. Es de fácil acceso, se baja gratis en Internet. Su lectura es un gozo para quienes amamos a Guadalupe y nos encomendamos a ella. Es un escrito dividido en 218 estrofas y concluye con la certeza de que ningún hombre pintó la amada imagen.

Vale la pena leer el Nican Mopahua por el valor del texto en sí mismo. Vale para los que le tenemos amor a las letras y para quienes somos guadalupanos de todo corazón.

Decidiste estar en el Tepeyac

Decidiste, Virgen buena, bajar de los cielos a dejarnos un regalo en el Tepeyac. No has hecho cosa igual con ningún otro pueblo. Te quedaste entre nosotros, no sólo en la venerada imagen del ayate, sino en la potencia del consuelo que nos da verte. Desde hace años diste instrucciones para que se te edificara una casa en la que te pudiera ir a visitar el que quisiera. No hay otro requisito para entrar que el querer ir. Cada año somos más los que te vamos a ver, los que a tus pies vamos a dejar nuestras penas, alegrías, juramentos, anécdotas y motivos de agradecimiento.
Nos acogemos a esas palabras que le dijiste a Juan Diego: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Las hacemos nuestras y te sentimos eso, una madre cariñosa que esta ahí, lista para recibir a esa muchedumbre de hijos que tú acoges bajo ese manto poderoso y protector.
Virgen venerable, virgen laudable, estrella de la mañana, salud de los enfermos, consuelo de los afligidos, rosa mística, torre de David, arca de la alianza, todo eso que recitamos en el rosario, todo eso y más eres para nosotros, tus hijitos, como nos llamas cariñosamente, Así, en diminutivo. Así, como lo hacen las madres a diario. Y, nosotros que te queremos, nos acurrucamos en tu regazo y no dejamos proteger.
Dicen que bajaste a estar entre los pobres, yo creo que te quedaste en el Tepeyac para acompañar a los desvalidos. Bajo tu protección me he sentido menos vulnerable, en momentos de máxima debilidad, más contenta en los episodios buenos y mas confiada cuando he perdido el rumbo. A tu altar llegan lo mismo ricos que pobres, jóvenes que viejos, los que saben mucho y los que no tanto, luchadores, abogados, médicos, agricultores, de todos y de todo tipo de peregrinos.
Hoy, con la casa llena de flores y de hijos, debes estar muy contenta. Los peregrinos llegan al Tepeyac y entran a tu casa a entonar la mañanitas, a cantarte alabanzas, a demostrarte cariño.
Desde aquella hermosa mañana en que tú, guadalupana, bajaste al Tepeyac, nos tienes en el hueco de tu mano. Ahí es dónde quiero estar. ¡Feliz día, Viegen María de Guadalupe! ¡ Felicidades, Virgen del Tepeyac!

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Guadalupe Reyes

La temporada decembrina está a todo lo que da. Prisas, tráfico, embotellamiento, cenas, comidas, brindis, compromisos, llamadas de felicitaciones y parabienes; desde luego, excesos. Más alcohol que el de costumbre, más comida que la habitual, más citas de las que se pueden manejar, mayor número de autos en las calles, de gente en las tiendas y en todo lugar. Sí diciembre es un mes lleno de ocupaciones. Es como una pompa de jabón que empieza a inflarse el día primero y, al menos en México, estalla el día doce que es la festividad de la Virgen de Guadalupe. Entonces surge otra burbuja distinta que empieza a inflarse y reventará hasta el seis de enero. Es el tiempo de fiesta, gozo, reencuentro y vacación.
Hoy, en México inicia de manera informal el puente más largo del año: Guadalupe Reyes. Las ocupaciones laborales disminuyen sustancialmente y la fiesta y el festejo toman el primer plano. Se inauguran oficialmente las Navidades.
Los peregrinos regresan, después de ver su misión cumplida, cansados pero satisfechos a sus lugares de origen. Ya llegaron al Tepeyac, ya se postraron frente a la Guadalupana, ahora de vuelta a casa a preparar el tiempo de posadas, de fiesta y festejo por el nacimiento del niño Dios. Ponche, pavo, purés sopas, roscas, postres, galletas y todo lo que se debe para festejar las fiestas. Moños, regalos, papel conmemorativo, envolturas. Es época de dar y recibir.
En diciembre la gente se mueve. Los que están lejos regresan, los que se quedaron esperan a los viajeros con entusiasmo. Las familias separadas se reúnen, los que permanecen unidos viajan, aprovechan los días de asueto para salir de sus ciudades y ver otros paisajes.
Hoy, tengo visitas. Mi cuñado que vive en Chicago vino a ver a su hermano, a convivir con sus sobrinas a platicar con su cuñada y pasar un tiempo con su papá. Su esposa, no habla español pero adora México. A mi me gusta que le gusté mi patria y por ello tomamos rumbo y nos adentramos por los caminos de Guanajuato. Estaremos en San Miguel de Allende que según la clasificación del Conde de Nest es la mejor ciudad del mundo. ¿Cómo no presumirla?
Y luego, a Guanajuato. Tan amada por mi que sirvió de escenario de Última mirada, mi novela. Nos hospedaremos en el hotel en el que se quedó la protagonista y haremos el mismo recorrido que ella hizo por las calles y callejuelas de esta bella ciudad colonial. Será como abrir las pastas del libro y merodear por ahí. Será divertido. Será la oportunidad de recuerdos, reales y fantásticos. Será alucinante.
Así que para nosotros la temporada de vacaciones ha sido formalmente inaugurada, nos perderemos por los caminos más variados de México y que vivan el ocio y el tiempo libre para aprovecharlo en recorrer mi tierra rodeada de los que quiero. De Guadalupe hasta Reyes y sálvese quien pueda. Estoy de forma integral imbuida en el Guadalupe Reyes.

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Domingo en La Villa

Los domingos nos levantamos temprano y tomamos camino rumbo a La Villa. Me gusta iniciar la semana de rodillas frente a la Guadalupana para ofrecer lo hecho en la semana que terminó y pedir perdón por lo que no estuvo bien y bendiciones para la que inicia. Me gusta confiar y vaciar mi corazón en el altar de la Virgen Morena para iniciar la semana ligera y por ello prefiero llegar antes de que inicie la misa de seis de la mañana para aprovechar el silencio del santuario, así siento la intimidad que hay entre la Virgen y yo.
El ambiente que hay a esa hora es propicio para la oración y da oportunidad de enfocarte y hablar más y mejor, desde la intimidad del alma. A pesar de que la Basílica es enorme, no hay ruido, el olor de la mañana y la penumbra que hay justo antes de amanecer dan el buen tono necesario para esa comunión y, al salir del santuario, generalmente disfrutamos de hermosos amaneceres de rayos dorados y nubes color de rosa. Es mi forma de iniciar la semana con el pie derecho de la mano de mi familia y con la bendición de Dios.
Hoy, sin embargo fue distinto. A diferencia de los demás domingos, hoy el silencio se cambio por música de banda, acordeones y estudiantinas, por cientos de personas que peregrinaron desde Michoacán a La Villa, por porras y alabanzas que, a pesar de ser tan temprano, se emitían con entusiasmo y alegría. Niños, ancianos, jóvenes, maduros, brincaban y aplaudían al son de los cantos a Dios, al Espíritu, a Jesús, a la Virgen. Había gente desde el atrio hasta las capillas de arriba, todos sonrientes y encantados de haber llegado al Tepeyac.
Vinieron a pedir por su estado, por seguridad, por mejores condiciones de vida, por gobernabilidad, por mejores circunstancias para su entorno, sus negocios, sus trabajos. También para pedir por sus cosas particulares, salud, amor, cariño, buenas calificaciones, por el marido, hijo, esposa, novio y tantas otras cosas que ocupan el corazón de los michoacanos. Quieren que se vaya el mal del ambiente y llegue el bien a sus casas.
En fin, ellos al igual que yo, vinimos al altar a hablar y a ser escuchados. A pesar de que no hubo silencio, el corazón salió de la Basílica feliz, con ese calorcito que da la fe. Salí cantando, contagiada de ese sentimiento de felicidad. Aún en el estacionamiento se escuchaban los cantos y las porras.
Sí, así me gusta iniciar la semana. Sonriendo y llena de fe.

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Peregrinos de Nuestra Señora de Guadalupe

Como cada año, la víspera del doce de diciembre un río de gente se acerca a visitar en la Basílica a la Virgen morena de los mexicanos. Es la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Es un río caudaloso que no para de correr desde la mañana , durante todo el día hasta la madrugada.
La Ciudad de México se inunda de peregrinos que llegan de todas partes del país, unos lo hacen caminando, otros en bicicleta, otros recorren el camino de rodillas. Un caudaloso río de personas que suman hasta seis millones de almas cuya fe los ha conducido hasta las faldas del Tepeyac. Sí, seis millones de peregrinos, una cifra tan grande que puede ser la población completa de más de algún país del globo terráqueo.
No hay un centro de peregrinaje tan visitado en el mundo cristiano como la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, ni San Pedro en Roma, ni el Santo Sepulcro en Jerusalén reciben a tantas personas como las que se reciben en el santuario del Tepeyac. Únicamente La Meca la supera en número de peregrinos recibidos.
La tradición dice que la Virgen le pidió a Juan Diego una casa donde pudiera recibir a todo aquel que quisiera llegar a solicitar ayuda, consuelo o paz. Un lugar donde aquellos que tienen fe encuentren un lugar para expresarla.
Sergio R. Román, vecino de la Basílica cuenta que una ocasión un grupo de antropólogos canadienses, fascinados por este fenómeno, se dedicaron a preguntar a los peregrinos las razones que los llevaban a hacer el recorrido al Tepeyac. La respuesta más repetida fue contundente, llegaban a cantarle las mañanitas a la Virgen morena, a la madre de Dios.
Muchos critican este peregrinar, unos opinan que es idolatría, pues adoramos a la Virgen en vez de adorar a Jesús. Otros insisten en decir que en realidad se está venerando a la diosa Tonantzin, cuyo templo se encontraba ese lugar en la época precolombina, algunos dicen que es una locura caminar kilómetros y kilómetros, sometiéndose a penurias, hambre, castigando cuerpo, provocando trafico y molestias.
Yo, que soy peregrina, respeto todas las opiniones. Entiendo que hay temas que no aceptan explicaciones, son simples y sencillos actos de fe. Ahí esta su fuerza.
Yo se lo que es dar un paso tras otro, sentir cansancio, saber de ampollas en los pies. Locuras, dicen unos y puede que tengan razón. Pero algunos entendemos las sonrisas de esos caminantes, a pesar de su fatiga, y agradecemos el amor que ofrecen los vecinos de colonias aledañas que reciben y atienden a los peregrinos. Que les ofrecen de comer, que les regalan café, atole, agua, de forma gratuita.
El pago que estos voluntarios reciben es ayudar al peregrino a llegar a su destino. A que ese río caudaloso de gente llegue a los pies de la Virgen amada para arroparse con las palabras inscritas en el altar, esas que Guadalupe le dijo al indio Juan Diego: No te inquiete cosa alguna, ¿Qué no estoy yo aquí que soy tu madre?
Es difícil de explicar un acto de fe. Tal vez no sea necesario. Amor con amor se corresponde. No ha hecho cosa igual con nación alguna, declaró el Papa Pío XII. Probablemente sea por eso que hay tantos que caminan con la única intención de cantarle las mañanitas a la virgen.

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