Mechas cortas y urgencias

Podríamos creer que la prisa y la poca tolerancia a la frustración es una cuestión de época y en una irrupción narcisista nos daría por querernos apropiar la urgencia y la inmediatez. Sin embargo, la prudencia marca una necesaria pausa para la reflexión.

Los instrumentos de la modernidad, esos que entregan resultados en nanosegundos, nos encaprichan y nos obnubilan haciéndonos creer que todo debe ser automático, instantáneo y nos enrollamos con eso de que el que espera desespera.

Pero, ni nos hagamos ilusiones, ya desde la Antigua Grecia, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, el filósofo Zenón se refería a Aquiles como un personaje de mecha corta. Lo describió como un hombre de acción y de urgencia, acostumbrado a reaccionar en milésimas de segundo y capaz de avanzar a velocidades vertiginosas veinte metros.

Sí, sostuvo Zenón, pero el intrépido y rápido Aquiles, para llegar al metro veinte, tuvo que avanzar otros diecinueve y tuvo que arrancar desde el número uno. Aquiles tuvo la perseverancia de dar los pasos necesarios sin saltarse uno sólo.

La diferencia es que en aquellos años la satisfacción comenzaba en el paso uno, en el primer palmo de distancia recorrida, en el propósito de avance y el gozo de conseguir el objetivo generaba alegría en el espíritu.

Zenón entendió las urgencias de Aquiles. Hoy, con la inmediatez màs que gozo, satisfacción y alegría en el espíritu, conseguimos una frustración estridente se no tenemos todo ya, en este momento. Si en la Antigua Grecia tuvieron esas prisas y encontraron una forma de transformarlas en regocijo, tal vez sería bueno respirar y disfrutar como ellos.

Comparar

Es curioso y muy cierto lo que dice Antonio Tabucchi en Sostiene Pereira respecto a como se descubre el tono de un país: hablando con meseros y con taxistas. Cuando uno está de vacaciones, esa es la mejor oportunidad para enterarse de la médula de lo que sucede.

En Estambul la gente está contenta, el cambio de alcalde los tiene felices, Imamoglu les entusiasma, aunque Erdogan sigue siendo una figura fuerte a la que respetan y por la que expresan algo muy cercano al cariño. Los turcos son amistosos y les gusta platicar. La mayoría solo hablan turco pero se valen de su teléfono celular y con el traductor se comunican en forma muy ingeniosa.

Los griegos también están contentos, pero de otra manera. Hablan con autoridad de lo enfadados que están de las promesas que les hicieron y no pudieron cumplir. Reconocen que era imposible que todo lo que les prometieron se cumpliera, pero, no tuvieron empacho en mandar a Tsipras a su casa y dejar fuera esos gobiernos populistas que quieren renovar todo, cambiar todo y dan atole con el dedo.

En Italia el turismo es tan abundante que les da para vivir cómodos. Se quejan de la migración.Hablan con crudeza de lo que no les gusta. Se lamentan de la mendicidad, de la piratería, de que al establecerse , muchos quieren imponer condiciones y tradiciones en un país en el que el orgullo histórico es un emblema y tuétano de la identidad.

En Malta su primer ministro es joven, tiene alrededor de cuarenta años. Limpió la isla, hermoseó los edificios, invitó a las navieras para que sus cruceros paren ahí, te invitan a visitar Valleta, la capital pero te llevan a conocer sus demás ciudades. Son muy amigables y te hablan en el idioma que quieras y no le dan la vuelta a ningún tema que les preguntes.

Erdogan acaba de inaugurar el aeropuerto más grande el mundo, Turquía se ve listo para recibir inversión. Grecia e Italia ven al mundo, están acostumbrados a la globalización pero, en términos de bienestar no tiene dudas: primero los de casa. Los malteses aprovechan que están en el centro del Mediterráneo a su favor.

Vuelvo a México y me encuentro con que tenemos que sobrevolar cuarenta y cinco minutos por el tráfico aéreo. Nos tardamos siglos en recibir las maletas, la terminal 2 esta saturada. El nuevo secretario de Hacienda tiene cara de dolor de estómago, el antiguo ya regresó a dar clases y por fortuna, yo sigo de vacaciones. Comparar y valorar.

Cuando prometer sí empobrece

La fórmula es muy efectiva, se expone una situación muy compleja, se proponen soluciones muy sencillas y se promete felicidad. Eso se llama populismo. Es sumamente atractivo. La intuición nos lleva a pensar: tan fácil como lo presentan no puede ser, sin embargo, incluso la gente más brillante cae en la trampa y cree. ¿Por qué? Por que se juega con la esperanza.

El caldo de cultivo que propicia el éxito populista es el cansancio de un pueblo. Si alguien promete aligerar la carga, la gente acepta, aunque en el fondo sabe que eso es imposible. En el juego perverso, se prometen los anhelos más acariciados, los deseos más generalizados para luego aventarles la realidad como plato fuerte.

Cuando escuché el discurso de Alexis Tsipras, no pude mas que elevar las cejas. Me parecía tan complicado de realizar aquello que prometía que no dejó de llamar la atención. ¿Cómo le va a hacer? Efectivamente, los griegos  viven una situación que los llevó a creer más allá del análisis, los llevó a votar por la ilusión de conseguir lo imposible, los llevó a poner en una situación extrema al Banco Central Europeo y a la zona euro en su conjunto y a cuestionar seriamente a los líderes de los países integrantes. Muchos llegaron a pensar que desde Grecia vendría una transformación de la geografía económica y que ellos le plantarían cara a los poderes fácticos del mundo.

No sucedió así. Como siempre, la cuerda se reventó por lo mas delgado. Las medidas, que puedieron ser más suaves, ahora se han endurecido y la postura encabezada por Tsipras llevó a los griegos a padecer el flagelo de la realidad lisa y llana. No es posible reducir al absurdo la complejidad de un problema que involucra a actores tan diversos. No es creíble que quien despilfarró vaya a trasladarle la deuda al que sí tuvo cuidado con lo suyo. Si alguien ofrece soluciones simplísimas y promete sonrisas, no queda de otra, hay que sospechar.

Las promesas de Tsipras empobrecieron más a Grecia, por eso dimite. No pudo sostener su palabra, no hay forma de hacerlo. El discurso contestatario se diluye ante la realidad, ¿y la esperanza de la gente? No se vale. Hay promesas que sí empobrecen, más allá de los bienes materiales.  Hay que tener cuidado al elegir en quien ponemos nuestra confianza.

  

El juicio correcto para Grecia

Hoy las pasiones están muy caldeadas y entre el fuego que enciende las pasiones, es dificil encontrar el camino correcto. Grecia se enfrenta a las urnas para tomar una decisión complicada, para ellos y para el mundo. Quedarse en la zona euro o salir de ella impacta a propios y ajenos. Pagar los compromisos, ajustarse a las condiciones de austeridad es más dificil para unos que para otros, no son los mismos sacrificios en los barrios pobres de Atenas que en la casa del Primer Ministro. No es igual verlo desde Pireo que desde Brandenburgo o a la vera del Támesis.

Los acreedores dicen, con razón, que Grecia debe de pagar el dispendio y la falta de disciplina. Mientras transcurrieron los tiempos del derroche todo era fiesta, lo malo es que ya llegó el día siguiente con sus jaquecas y estómago revuelto. El piso se bambolea todavía y la vista de los destrozos de la noche anterior no se comprende, parece que el despertar borró la memoria de lo hecho en el momento de efeevescencia. Los países que fueron disciplinados y los que no pero se sometieron a la austeridad, están enojados y reclaman el pago de los excesos. No se puede seguir así. 

Los deudores padecen en carne propia el dispendio que ellos no cometieron y del que tal vez no fueron consultados. Las macrodecisiones afectaron las casas particulares y la mesa de cada quien. ¿Dónde están esos millones de euros que se deben pagar? Los griegos miran hacia la villa olimpica, a los estadios vacíos, a las pistas de competencia y no ven cómo eso les va a compensar las necesidades de todos los días. Apretarse el cinturón parece una opción poco factible cuando ya se llegó al último agujero. La tentación de desobedecer siempre es atractiva. 

Para valorar las consecuencias falta tiempo. Si Grecia sale de la zona euro va a padecer y la posibilidad de que sufran más fuera que dentro es muy alta, es casi un hecho. Pero al mundo no le conviene una Grecia vapuleada, desorientada y sobajada que la pueden acercar a intereses peligrosos. El crimen organizado, la mafia, el dinero malhabido mira la situación como un gato que se relame los bigotes. Los griegos son un plato apetitoso.

¿Qué sale más caro? ¿Tenerle paciencia a un país que gastó de más o condenarlo? ¿Qué conviene más, lanzarlo a brazos de intereses cuestionables o darles un rescate suave? ¿Qué es peor, abonar el mal ejemplo del dispendio o generar consciencia de frugalidad, continencia y congruencia? El juicio correcto lo dará la Historia con el paso del tiempo. Grecia entra a las urnas a tomar una decisión dificil pera ellos y para nosotros. Los resultados se van a padecer en cualquier caso. 

Los ánimos están caldeados y eso no ayuda a la prudencia. Tampoco parece que el señor Tsipras ayude a la reflexión para una toma de decisiones en consciencia, gritar consignas en contra de otros y echarle la culpa a los demás de los problemas propios no sólo es infantil, es inútil. Sé que no es lo mismo ver los toros desde la barrera y que desde aquí, al otro lado del mundo, las cosas se valoran diferente, sin embargo, la observación de lo que sucede allá puede traer luz a este territorio. 

Vamos a ver si un sujeto que se desgañita lanzando consignas y siendo rebelde, trae buenos resultados o si lleva al pueblo a una situación peor. Vamos a ver, porque aquí tambien tenemos de esos a los que les gusta prometer, gritar loas a la desobediencia y luego echarle la culpa a alguien más cuando no le salieron las cosas. 

Grecia está hoy en el centro del reflector y estamos a punto de saber los resultados que arrojan las urnas. Vamos a ver, en lo inmediato la decisión, a largo plazo llegará la correcta valoración, para deudores y acreedores. La Historia los juzgará a ambos, de eso no hay duda. 

  

El tiempo de Grecia

Dice el Fondo Monetario Internacional que el tiempo de Grecia se acabó. Las oportunidades para negociar y renegociar su deuda se acabaron y el país ha sido declarado en mora. ¿Qué quiere decir todo eso? En realidad, eso es lo que el mundo está a punto de descubrir, es la primera vez que un país de este nivel incumple con sus obligaciones en los setenta años de vida del organismo, sin venir de una crisis o de enfrentar un desastre natural. Así que las repercusiones reales apenas las vamos a conocer. Técnicamente, la consecuencia del incumplimiento en el pago es que se le restringen los fondos hasta que los compromisos hayan sido cumplidos. Es decir, hay que pagar para volver a ser sujeto de crédito.

La paciencia de Christiane Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional y de Angela Merkel se agotó. Pagas o te vas, parece ser la consigna. Basta de conseciones, llegó la hora de enfrentar las consecuencias de los dispendios y los gastos excesivos. Pero la paciencia de los griegos también llegó al límite, en las últimas elecciones votaron en contra de la austeridad y a favor de un candidato que prometió menos limitaciones, menos sujeción a los bancos centrales y una política de cara al pueblo. También estamos a punto de saber qué significa eso.

La moratoria declarada a Grecia nos enseñará muchas cosas.  Aprenderemos lo que provoca ir en contra de organismos tan poderosos. Por lo pronto, la bolsa griega cerró operaciones y los bancos no abrieron sus puertas. Tsipras grita a voz en cuello que no tiene miedo y urge a los ciudadanos griegos a votar en contra de las exigencias de los acreedores. Amenaza con dejar la eurozona y llama a votar en el referéndum del próximo fin de semana. 

La gente está dividida. Salen a las calles, unos siguen apoyando a Tsipras, otros quieren aceptar las medidas y reformas exigidas por los acreedores. Piden la dimisión del gobierno y sí tienen miedo de que sus ahorros se evaporen y la economía griega se desintegre. La situación es delicada y afecta a todo el mundo. Esto es la globalidad y lo que pasa allá afeca acá. Por eso, hay todo tipo de iniciativas para salvar a Grecia, hasta un intento de crowdfunding que propone donar tres euros para reunir los mil seiscientos millones que se debieron pagar ayer. No está mal, en dos días han reunido cuatrocientos ochenta y cuatro mil euros, casi una tercera parte de la deuda total. 

Tampoco es que Grecia tenga la exclusividad en la historia de incapacidad de pago, Alemania misma en 1932 dejó de pagar indemnizaciones tras la caída de Wall Street. México en los últimos años del gobierno de López Portillo reconoció, en voz de su Secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog, que no había condiciones para cumplir con el pago de la deuda. La diferencia es que en ambos casos siempre hubo una manifiesta voluntad de sujetarse a las condiciones, asumir las consecuencias y obedientemente cumplir. Es decir, se pidió una disculpa sentida, se asumió el regaño y se acató el castigo. Sí, también se recibieron apoyos y se tuvo aue pagar por ellos. 

Ahora, vamos a ver que pasa cuando el niño no obedece. Ya se pasó el momento de las advertencias y la autoridad ya levantó la mano. Grecia está a punto de recibir nalgadas y el mundo de ver qué va a pasar. Ciertamente, como cuando escarmientan a un hermano, el sistema familiar sufre en su conjunto, así el mundo va a padecer junto con Grecia, sea cual sea el resultado del referéndum.

El tiempo de Grecia, en cierta forma ya se acabó y en otra apenas va empezando. Nos toca aprender el significado de estos tiempos y ver las repercusiones. 

  

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