El galimatías del gobierno en España

Parece que España no se deja gobernar. Pasa y pasa el tiempo y no hay manera de que se forme gobierno. Por lo que se ve, la tendencia seguirá complicandose. Votar en Navidades parece dificil y podemos prever que los españoles comerán turrón sin que exista una cabeza que guste para dirigir el Estado. Las posibilidades se les complican por la forma en que se puede votar: sí, abstención y no. Se puede votar en contra de algún candidato y ahí se anida la imposibilidad de integrar una solución.

Las diferencias en pareceres se deben a las divisiones que existen en España:  nacionalismos y autonomías, visiones políticas e ideológicas y la brecha de edades de los votantes. Por esas fisuras se filtra la oportunidad de que se cuaje cualquier opción. Tristemente, este estado de indefinición no favorece a nadie. No obstante, la fuerza regente parece ser la de oponer resistencia a cualquier intento de solución.

Derechas e izquierdas tradicionales han pintado los colores de España por años. Desde la Guerra Civil y el regimen franquista dejaron en los españoles de más de sesenta años huellas imborrables en términos de convicciones que no logran reconciliarse. El Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español ven el mundo desde trincheras antagónicas y parece complicado que se extiendan las manos y se den un apretón de tregua. 

Los partidos jóvenes no tienen razones históricas de separación, sus ideologías difieren pero no dividen. Lo que los divide es el hambre de protagonismo. Quieren estar en la escena política y son capaces de sacrificar la posibilidad de gobierno antes de ceder un espacio del reflector. En el apasionamiento que da el anhelo de estar en la escena política, no hay forma de ceder nada.

España sigue sin Gobierno.

Alguien necesita ceder. El Partido Popular se mancha con acusaciones de corrupción, los jóvenes los acusan de ser opacos y tienen razón. Han seducido al PSOE, pero no se concreta nada. Entre ellos se ven con desconfianza, pero se necesitan unos a otros. Viejos y jóvenes, expertos y nóveles, buenos y malos se deben poner de acuerdo para organizarse y dejarse gobernar. Pero no quieren, entre todos matan la posibilidad que se termina muriendo sola.

No está fácil resolver el galimatías del gobierno en España. Parece que la opción que más les seduce es la de mantenr firme el bastión de cada quien, en vez de ceder. No se conforman con ninguna alternativa, prefieren la nada. Así, seguro pasarán las fiestas navideñas y no pasará nada. A menos, claro está, que alguien decida hacer lo heróico y quiera ceder. Sin duda, está complicado. 

A la mitad del sexenio

El presidente Enrique Peña Nieto se dirigió a la Nación en ocasión de su terecer año de gobierno. Desde el Patio Central del Palacio Nacional, rodeado de gente, recién llegado del viaje a París, grabó un discurso para contarnos de sus logros, de las dificultades y las eventualidades que ha enfrentado a lo largo de estos años al frente del Estado. 

El discurso, uno más entre tantos que hemos escuchado a otros mandatarios, no es una joya ni se convertirá en un referente de estudio. Llama la atención, sin embargo, el esfuerzo de  un hombre recién llegado de un viaje transatlántico y la urgencia de filmar a las cuatro de la mañana. Si se toman en cuenta esas circunstancias el Señor Presidente no se veía tan golpeado. A decir verdad lucía impecable.

No obstante, el efecto de tanto empeño se disolvió como pastilla efervescente. Muchos factores deshicieron el impacto que se pretendió causar. Palabras comunes, desgastadas por tanto pronunciarse, ideas sumamente visitadas, conceptos ajados por tanto uso, lenguaje corporal rígido, un rostro serio que contrastaba con la gente que, a su alrededor, le estaba ganando la risa.

El Presidente solo, rodeado de gente que ni le hacía caso ni le adornaba el cuadro. Un soldado con casco de Darth Vader jalaba más la atención que la narrativa presidencial. Un joven enchamarrado que hacía esfuerzos, pocos, para que no se notara que ya lo habia vencido la carcajada. Una viejecita  que de tan sonriente, daba la impresión que se estaba muriendo de risa, una enfermera que se le escapó un bostezo y un médico que traía el estetoscopio chueco.

¡Válgame! ¿Cuál sería la intención de rodear al Presidente de tanta gente tan distraída y tan risueña? Imagino que quisieron dar una imagen de cercanía. Fallaron. El Presidente Peña no es un hombre cercano. Por lo mismo, el gentío que lo rodeó lucía como una escenografía descompuesta, mal planeada y peor ejecutada. El cuadro, con todo, es un reflejo de esta administración.

Hay una puesta en escena que quiere dar un mensaje y en realidad entrega otro. La decodificación del discurso presidencial habla de una intención que da otros resultados. Bueno, ni la gente que rodeaba al Presidente  se podía aguantar la risa.  

  
  
    

¿Gobierno autoritario?

¡Qué curioso! Algunas de las arengas que escucho de los manifestantes son quejas de un gobierno autoritario y, acto seguido, al son de ¡viva la libertad de expresión! vandalizan negocios de gente que no tiene nada que ver. Lo que más me llama la atención es la queja de estos muchachos destructores, maldiciendo el exceso de autoridad cuando lo que existe es una falta absoluta de ella.
La ausente en este banquete de sinsentidos es el ejercicio de la autoridad que es la gran ausente y la invitada más necesaria. Al ver las imágenes de estos pseudo manifestantes, no veo gente racional que pida justicia, veo pillos profesionales en plena destrucción, causando daño a gente de bien, poniéndose en peligro a ellos mismos, a sus compañeros y a personas que no aprueban sus procederes. Están robando y lo hacen cobijados de una impunidad mayúscula.
¿Y la autoridad? Brillando en forma increíble por su ausencia.
La autoridad a la que me refiero es esa potestad otorgada al Estado, en forma democrática, para ordenar y hacerse respetar; para cuidar y proteger a la sociedad. En fin, es esa facultad exclusiva del gobierno para usar la fuerza en caso necesario.
Para ello los que ejercen la autoridad deben dotar a la gente que se hará obedecer, de las herramientas necesarias para ser más fuerte y del entrenamiento indispensable para discernir cuándo actuar para hacerlo en forma justa y oportuna.
Pero a los gobernantes les tiembla la mano para hacer lo que deben. Peor aún, mandan a cuerpos policiacos mal equipados a ser masacrados por una turba descontrolada que ni respeta, ni tiene interés de hacerlo. Parecen padres irresponsables azorados por la amenaza de un niño que exige lo que no se les debe dar.
Tal vez sea eso. Gente con poder que no tiene el tamaño para ejercerlo. Con ello no hacen ninguna gracia, dejan en un estado de indefensión absoluto a la gente de bien que mueve a México. Jamás son buenas noticias ver que la falta de autoridad impera. No se trata de matar a golpes al escuincle descontrolado, se trata de darle una buena nalgada y si es preciso un bofetón antes de que haga más daño y termine lastimado. Pero nuestros gobernantes sienten que si lo hacen, se les va a secar la mano. Lo malo es que si no lo hacen lo que se va a secar es México.

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En el segundo año de gobierno

Por lo general, los aniversarios son motivos de festejo y en México más. Hasta los aniversarios luctuosos nos sirven de pretexto para hacer fiesta. Con mayor razón si se trata de la conmemoración de un político en el poder y el acento se hace más grande si éste es priista. Lo curioso es que en el segundo año de gobierno del presidente Peña ahora sí no nos alcanzaron las ganas ni los pretextos para festejar.
A dos años de gobierno peñista el clamor popular es un reclamo de justicia. No es poca cosa. Los mexicanos se expresan hartos de tanta desiguladad y de tanta impunidad. Es legítimo estar cansados de ver como los salarios pierden valor adquisitivo y como los impuestos suben; ver como encontrar trabajo es tan fácil como toparse con la fuente de la eterna juventud y como los servicios del Estado van de lo malo a lo peor. ¿Cómo no enfadarse ante la realidad de una tierra convertida en tumba clandestina? La desesperación de la gente en pobreza alimentaria, es decir, con hambre, y de los que padecen pobreza salarial, o sea, los que no ganan lo suficiente para cubrir sus necesidades, va creciendo. La efervescencia que se siente a dos años del regreso del PRI da miedo.
Enrique Peña Nieto prometió mucho y cumplió. Logró reformas impensables y la alineación de los partidos a un proyecto de un México mejor. No fue poca cosa, hay que decirlo, pero no fue suficiente. No basta con la entrada de capitales extranjeros si sus beneficios no llegan a las bases de la sociedad. No bastan reformas de Estado si las carencias de los necesitados no se resuelven y si las acciones de Gobierno sirven para aumentar en vez de disminuir la brecha entre los que tienen mucho y los que no tienen nada.
El problema es que somos los eternos Moiseses que ven desde lejos la Tierra Prometida y nunca alcanzamos a llegar a ella. Por si fuera poco, la familia del Presidente contribuye al espectáculo dando la nota con casa millonarias, zapatos hiper caros, viajes y declaraciones frívolas. ¡Claro que no está mal que ellos gocen de privilegios! Si y sólo si ellos los pagan. Lo que está mal es la ostentación y, en una de esas, el encubrimiento de dinero mal habido.
Sin embargo, esas voces que claman por la salida de Peña son incongruentes. El presidente, nos guste o no, llegó a donde está por la vía democrática. Está difícil que él aparezca a los normalistas de Ayotzinapa, está claro que no sabe donde están, no fue él quien los mandó matar. En todo caso, las voces deberían reclamar a los que llevaron a semejantes personajes al poder, pero eso no se oye y me hace sospechar.
A dos años del gobierno peñista no hay muchos motivos de festejo. Las promesas, aunque se cumplieron, no se han transformado en felicidad ni beneficio para los mexicanos. Es necesario ponerse a trabajar en ello. Así, tal vez, encontraremos motivos para celebrar.

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