Mexico no ganó el mundial, pero le ganó a Alemania

Es cierto, los mexicanos podemos llegar a ser exagerados. Nos entra la pasión y nos da por festejar con toda el alma. Así somos. Creo que las victorias hay que celebrarlas, las cosechas hay que recogerlas y las oportunidades hay que aprovecharlas: no se dan todos los días. No se trata de ser ingenuos, se trata de estar felices cuando hay motivos y ganarle al campeón del mundo es para estar muy contentos.

Tampoco se trata de ser mezquinos y de regatear aplausos. Los que salen a advertir con esa mirada agria y expresión de suficiencia que no hay porqué pegar de brincos, se les agradece el toque de prudencia pero, sería muy bueno que aprendieran a aplaudir.

Todo en su justa proporción, la selección mexicana de futbol ganó ayer y eso nos hizo estar al borde de la silla durante noventa minutos. El gol de Hirving Lozano, el pase del Chícharo, las atajadas de Memo Ochoa nos hicieron pegar de saltos de gusto y de angustia. Todos queríamos que ganara México y pocos teníamos esperanza de que pudiera hacer un buen papel en el partido.

¡Ganamos!

La selección del criticado Juan Carlos Osorio le ganó a Alemania. No es un éxito menor. Es el primer partido y se arrancó con el pie derecho. Eso es. Ni referencias políticas, ni comentarios mordaces, ni arrogancias desorbitadas. Simplemente, el goce que sentimos después de noventa minutos al ver el marcador México 1, Alemania 0.

Es cierto, hay otros partidos, pero hoy, se ganó éste. Por lo pronto, tenemos esta semana para andar sonrientes, para olvidarnos de otras cosas y aferrarnos a esta alegría. Como dice Pamuk, defender la felicidad mientras nos dure. Nos toca defender nuestra alegría mientras esté presente. Otro día nos preocupamos de los asuntos relevantes, hoy hay pan y el circo fue bueno. Ni modo. Así funciona.

Sin otro afán, ganó México. ¡Viva México!

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El Chicharo en el pastel

Para cerrar con broche de oro, Dany quería ver jugar al Real Madrid en el Bernabéu. No se iba a poder. Desde antes había consultado la página del equipo y, aunque era un partido poco importante, todo estaba vendido. Ni modo, a veces no se puede tener todo. Pero, a veces sí.

En el desayunador del hotel, un grupo de señores mexicanos que vinieron en grupo a celebrar que todos son abuelos, estaban felices de la vida contando chistes y echando relajo. De repente, llegó uno de ellos y anunció: está hecho, conseguí boletos para el partido de hoy. De inmediato, paramos la oreja y les pregunté cómo lo hicieron. ¡Ay, hija! No hay nada que un buen concierge no pueda resolver. Efectivamente, el señor tenía la voz llena de razón. Daniel nos consiguió boletos en la zona blanca, fila trece en el Bernabéu. Casi nos toca más cerca del campo que a los jugadores.

Yo no sé nada de futbol, pero Dany tenía una sonrisa más grande que todo el estadio. Eso es suficiente. Además Ancelloti sorprendió alineando al Chicharito. Benzema se quedó en la banca. Salieron al terreno de juego luciendo la camiseta rosa y empezaron a calentar, luego se cambiaron por la merengue. Dany me explicaba todo. Mientras el árbitro y los capitanes de los equipos se tomaban la foto oficial, el Chicharo se puso de rodillas en medio del campo. Cuando salió CR7 el estadio se cayó en aplausos.

El ambiente en el estadio estaba como las gradas, a tope. Familias, parejas, abuelos y nietos, madres e hijas estábamos sentados en un día soleado, aunque por cierto, a nosotros nos tocó sombra y un poco de techo. Cristiano Ronaldo anotó en primer gol y el Chicharo con un cabezaso metió el segundo del partido, su primero en el Santiago Bernabéu y el cuarto con el equipo. La gente se paró del asiento y lo ovacionó con mucho gusto. Ancelloti le dio la oportunidad y el chico la supo aprovechar, decía la experta que se sentó detrás de nosotros, una señora que tiene un abono en el estadio, y los de al lado  coincidían. ¡Qué no se regrese al Manchester!, decía el perito en futbol de apenas siete años.

En el segundo tiempo comenzó el chubasco. No me quiero ir, me dijo Dany y aguantamos las gotas de agua con un estoicismo ejemplar. ¡Hala, Madrid! Varios intentos del Chicharo y Cristiano jugando justo enfrente de nosotras. Gol de Jesé. 3-0 fue el marcador final. … Y nada más, y nada más. Hala, Madrid. El grito que aprendí, Madrid, Madrid. hala Madrid.  Y mi hija no se llevó la cereza del pastel, fue el Chicharo del juego. Vio ganar a su equipo favorito y el Chicharito anotó. 

Es cierto, a veces no se puede tener todo en la vida, pero a veces sí.

De política o futbol

Ya sabemos que hay tres temas de los que no se debe hablar si no se quiere sacar chispas: religión, política y futbol. Por supuesto, estos tres temas son la fórmula más sencilla para causar escándalos y llamar la atención. El efecto se potencializa cuando algunos de estos tres elementos se revuelven. Por eso, la noticia de que Cuauhtémoc Blanco, conocidísimo y queridísimo astro del deporte, se postula como alcalde de Cuernavaca sacó centellas de todos colores.
La pregunta obligada es ¿qué sabe Cuauhtémoc Blanco de los oficios que implica despachar como presidente municipal de una ciudad como Cuernavaca? La capital de Morelos es una ciudad compleja, en ella conviven los habitantes propios de la demarcación, los que tienen allá sus casas de descanso, los turistas, es la sede de uno de los órganos descentralizados del gobierno federal con mayor poder y presupuesto: Capufe, hay problemas de delincuencia que son profundos y el secuestro, aunque dicen que ha bajado, sigue siendo una práctica común. ¿El futbolista tiene las habilidades para mantener la armonía entre tantos estratos tan disímbolos y con intereses tan diferentes o sólo sabe de meter goles?
¿Por qué un partido postula a un hombre que se jacta de que nunca a votado ni tiene pensado hacerlo? Fácil, porque quiere llamar la atención. El Partido Social Demócrata sabe que al arropar al futbolista más querido de México va a llamar la atención y eso es lo que quiere un partido pequeño y local, darse a conocer. Vaya si lo ha logrado.
Pero, fuera máscaras. Blanco no es la persona ideal para ser alcalde de ningún municipio, menos de uno tan importante como Cuernavaca, no parece tener la preparación, ni la visión para enfrentar semejante responsabilidad. Pero los partidos políticos hacen uso de estos personajes para ganar espacios. Al final, lo que quieren es un candidato popular, no uno apto. Eso es la democracia, llevar al poder al que el pueblo ama, al que prefiere, con el que se identifica. Y ahí, Cuauhtémoc cumple. Si fuera una aristocracia, es decir, el gobierno de los mejores (aristos=mejor), entonces Blanco no calificaría por ningún lado. ¿Qué queremos los electores simpatía o pericia?
Lo curioso es que el tema va a seguir dando tela de donde cortar. La Federación Mexicana de Futbol ya le dijo, o pides votos o anotas goles, las dos cosas no se pueden. Y no se pueden por una sencilla razón, los afiliados al organismo tienen un código de ética que los compromete a ser neutrales en asuntos de carácter político y religioso. ¡Santo cielo! ¿Se acordara el Cuau que firmó ese documento?
¡Vaya! Miren de dónde salió la cordura, por dónde vino un aire de razón. Por fin hubo quien se diera cuenta que mezclar asuntos de política y futbol no es buena idea. ¿Con quién se irá Cuauhtémoc Blanco, con melón o con sandía?

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Cretinismo

El cretinismo parece una metáfora del sinsentido de la circunstancia nacional. Es una afectación de la glándula tiroides que se manifiesta en una actividad desacelerada en la producción hormonal que causa mal formaciones musculares, retraso en las funciones neurológicas y viene acompañado con ciertas evidencias físicas como la baja estatura del individuo que la padece, exceso de peso, somnolencia, letargo y una lengua tan grande que no le cabe en la cavidad bucal.
Parece que el ambiente en México padece cretinismo. Fíjense y verán la cantidad de cretinos que hay por ahí. No alcanzan la estatura que la Nación necesita para encarar los retos del momento y demuestran tener la lengua más grande que el cerebro. Vemos a políticos, mandatarios y dignatarios lentos, abotagados y pesados. Con gran dificultad motriz y con una pasividad que raya en la incongruencia.
Basta abrir una hoja de periódico, encender la radio, la televisión u hojear una revista para darse cuenta. Personajes que lucen un hipotiroidismo alarmante. Y, para muestra, un botón.
Resulta que ahora ir a un estadio a ver un partido de futbol es un evento de alta peligrosidad, más si se trata de un partido Pumas-América. Parece que la sociedad se resigna a que el espectáculo más gustado en la Nación sea espacio de vandalismo y destrucción. Ya no es un ambiente familiar en el que padres e hijos puedan disfrutar de sana diversión. Es un lugar en el que se puede perder un ojo, salir quemado o seriamente golpeado. Es la ocasión para perder el control individual, para drogarse, aventar centellas y bombas Molotov.
¿Quién pone orden? Nadie. Ni las autoridades de los clubes, ni los representantes de las barras ni las fuerzas del Estado —que lucen muy débiles— ni los espectadores, ni nadie. Ahora ir a echar porras es sinónimo de destrucción y destruir significa manifestarse por lo tanto es un derecho que debe ser defendido. Por favor, que alguien me explique cómo llegamos a este lugar.
Manifestaciones en las que la gente sale a la calle a demostrar descontento y terminan dañando a particulares que ni la deben ni la temen. Jóvenes que protegidos por una capucha se atreven a cruzar la línea de la cordura y rayan en actuaciones terroristas en las que se ponen en peligro a sí mismos y a los que los rodean. Policías que salen heridos y ministerios públicos que dejan en libertad a detenidos que tal vez sí o tal vez no tuvieron que ver con los desmanes. Al final, impunidad imperante.
Sin duda padecemos de cretinismo. Somos un conjunto de cretinos los que permitimos que los espacios de vida en común estén siendo arrebatados por gente violenta y que encima les creamos ese discurso puritano en el que reclaman derechos de expresión y no entendemos que lo que buscan es la destrucción.
Sin duda, padecemos una actividad mental lenta si no somos capaces de darnos cuenta de esta pifia y caemos en el juego de ponerle le cola al burro. ¡Sálvese quien pueda si los cretinos mandan! Debemos tener cuidado. Lo bueno es que hay rasgos físicos que nos permiten identificarlos: tienen la lengua más grande que la cavidad bucal, mas grande que el cerebro. Conste, el que advierte no es traidor.

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Lágrimas en Brasil

Santo cielo, ¿qué pasó ayer? Ni el detractor más grande de la Selección Brasileña ni el fanático más apasionado de los alemanes ni el crítico de futbol con mayor experiencia se imaginó jamás el marcador final del partido de semifinales.
Es verdad que sabíamos que la baja de Neymar Jr. era una pérdida sensible para el equipo brasileño, que el hecho de que Thiago Silva no jugara no les era favorable y que el Jogo bonito de otros tiempos no había florecido en este Mundial, pero esa goliza nadie la imaginó.
Los alemanes fueron una aplanadora inmisericorde que entró al terreno a ganar en la forma más aplastante que se pueda recordar. No ha habido una diferencia de goles así en la historia de las semifinales de la Copa del Mundo. Scolari de un paso al frente y se responsabiliza del resultado que él califica como catastrófico.
Al equipo alemán poco le importó estar apachurrando al anfitrión, no sintieron miedo, ni se achicaron ante la afición o ante la posibilidad de que algún fanático resentido que trabaje en su hotel los vaya a purgar. Con técnica y cálculo entraron tantos goles a la meta que al final ya los festejos eran muy modestos.
En cambio, las lágrimas de las fanáticas brasileñas las caras largas de los asistentes y los llantos de los niños me encogieron el corazón. En los últimos minutos del partido, pedíamos a Dios un gol brasileño, el del honor, clamábamos para que los jugadores no se fueran así a su casa.
Todos se ensañan con Brasil, que si es la peor goleada que le han propinado a un anfitrión, que si la arrogancia brasileña infló demás las expectativas, que si ahí se evidenció que el arbitraje estaba a modo para que ellos llegarán lo más lejos posible, que si Lula se va a tropezar con su lenguota, que si debió guardar silencio, que si Dilma Rousseff va a perder las elecciones, que si el juego es un reflejo de la situación del país. No hay que ser así.
¿Qué será peor, perder como Brasil o como México? Ambas naciones vimos con ojos incrédulos lo que pasaba en la cancha, ni allá ni aquí nos imaginábamos los resultados. Los brasileños supieron que no se iban a levantar, a los mexicanos nos lo arrebataron todo en cinco minutos.
Me quedo con las palabras de Julio Cesar y de David Luiz que con lágrimas en los ojos, con ese llanto de hombres apasionados por su oficio se disculpan con su pueblo por no poderles dar una alegría. Me enternece el valor para salir a dar la cara cuando el estadio entero se caía entre abucheos y silbidos.
Pero, todos los equipos, los que se quedan, los que nos fuimos, los que llegaron por méritos, los que fueron ayudados, los que jugaron con autoridad, los que hicieron sus pininos, todos han dado alegría este verano. Las pasiones desbordadas, las alegrías a tope y las tristezas a todo lo que da son parte del mundo del futbol.

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La afición mexicana

Los mexicanos somos apasionados en cualquier tema. Parece que se nos va la vida en un juego callejero de rayuela y a la menor provocación nos ponemos intensos. Somos así. Nuestra cotidianidad está llena de entusiasmos y fervores. En general, México es un pueblo de fe, confiamos más allá de la lógica. Aquí hasta los ateos creen: ponen sus esperanzas en la democracia. Si se trata de vivir, la vehemencia es una característica muy mexicana.
El futbol es uno de los terrenos donde propios y extraños demostramos el arrebato que nos quita el alma. El juego nos chifla y somos capaces de hacer locuras con tal de serle fiel a nuestra pasión. No hay otra selección en el mundo que tenga seguidores más leales, cariñosos, entusiastas y hasta ingenuos.
¿Hace cuántos mundiales hemos sabido de mexicanos que se quedan varados en el país sede porque fueron engañados por alguna agencia de viajes? Hay cantidad de historias de individuos que han dedicado la vida a guardar su dinerito para acompañar a la Selección en los partidos del Mundial. Gracias al amor que la afición mexicana le profesa al equipo nacional, los estadios en los que juega México se convierten en locales y se pintan de verde. Los jugadores siempre son apoyados.
La gente no sólo usa la camiseta de la selección, se disfraza, se personifica, lleva instrumentos, echa porras, grita y apoya con una pasión que es digna de admirarse.
Por lo general, los reporteros aprovechan para contar historias de un mexicano que se hizo pipí debajo del Arco del Triunfo en París y apagó la llama perpetua, o del chico que en un ataque frenético se lanzó por la borda, o de algún compatriota que arrastó el apellido y el orgullo nacional por las calles haciendo desaguisados. Entonces, los más agraviados defensores del honor nacional se rasgan las vestiduras y se revuelcan adoloridos por la falta de clase que se demuestra al salir del territorio nacional.
Yo no.
Hoy, si a alguien hay que rendirle tributo es a la afición mexicana. Son un grupo de apasionados que al grito de guerra, aprestan el acero y el bridón para que retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón que construyen con sus voces y sus porras. Esos sí son los soldados que el cielo le dio a la patria en cada hijo.
Honor a quien honor merece. Son esos mexicanos los que con tanto entusiasmo dicen Antes patria , que inermes tus hijos sus cuellos dobleguen, te juramos exhalar hasta el ultimo aliento, lo que nos convoca a lidaiar con valor.
A quienes critican a la afición mexicana yo les mando una sonora trompetilla. A los paisanos que tienen micrófono y lo han usado para lanzar críticas flamígeras contra la porra mexicana, les grito lo que se escucha en los estadios cuando el portero contrario despeja.
La afición mexicana merece una guirnalda de honor.

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Mordullo

Un mordullo es un tipo de mordelón que muerde sin avisar y sin motivo aparente. Es de los que ataca inesperadamente y sorprende en tal forma que la víctima es incapaz de reaccionar. Los mordullos son especies muy comunes en los jardines de niños. Los pequeños, que aun no saben controlarse, muerden a sus compañeritos, no por atacarlos, sino para descargar su emoción. Es más, las educadoras no se sorprenden que las mordidas se propinen a los mejores amigos al calor del juego. Sin embargo, morder no está bien.
En el jardín de niños enseñan a los chicos que esa no es una forma correcta de expresar emociones y las maestras les instruyen en formas civilizadas para demostrar gustos o disgustos. Morder es una expresión primitiva, que emerge de la parte salvaje del ser humano y como todas los estremecimientos primitivos debe llevarse un proceso educativo para dominar esas pulsiones.
No es correcto comer con la boca abierta, eructar, expulsar gases, hablar con la boca llena. Es de mala educación. No importa que sean cuestiones naturales al cuerpo. Desde chicos, los seres humanos aprendemos a controlar esos hábitos y a refinar las costumbres. Si un niño muerde, se le explica que no es correcto, si reincide, se le castiga separándolo por un rato de sus amiguitos para que reflexione y pida perdón. Hasta que eso no suceda el mordullo no puede volver a jugar. Si muerde por una tercera ocasión la cosa se pone grave y se acerca peligrosamente a la explusión.
¿Qué le pasó a Luis Suárez? Entiendo que el señor estuviera muy emocionado, no es para menos, estaban mandando a su casa a Italia, ganándoles 1-0. ¿Será que no fue al kinder? ¿Qué sucedió con el árbitro mexicano? ¿Le faltaron ojos? ¿Le ganó la incredulidad ante semejante hecho? Tal vez.
Lo cierto es que es la tercera vez que el mordullo muerde a alguien en la cancha. No me imagino lo que hará fuera de ella en los momentos de máxima emoción de su vida. No me gustaría estar junto a él en esos momentos. Si estuviéramos en el kinder ya sabríamos que consecuencias iría a enfrentar el jugador uruguayo. Pero la FIFA, órgano dictatorial e impredecible, tendrá que actuar. Ultimamente se le ve muy delicado y poco tolerante. Si a Luis Suarez lo tasan con la misma vara con la que midieron a la porra mexicana… Pobre.

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El grito de la afición mexicana

Este lunes pasado, la Federación Mexicana de Futbol recibió una carta de amonestación en la que la FIFA presenta un reclamo formal contra el grito que la afición mexicana da a los porteros rivales cada que se hace un despeje. Dicen que el rugido de de la fanaticada es discriminatorio y tiene tintes homofóbicos. Además tal parece que hasta damos mal ejemplo, la porra brasileña le gritaba las mismas voces a Guillermo Ochoa, el portero mexicano. Asumo que según la FIFA somos una mala influencia.
Varios comentaristas, de esos que viajan cada cuatro años a las Copas del Mundo y que en teoría han crecido y desarrollado su carrera profesional en torno al futbol, se rasgan las vestiduras, se echan ceniza en la cabeza, vuelven los ojos al cielo y arman un circo —sin animales— para darle la razón a la FIFA. Resulta que estos personajes se avergüenzan de las expresiones de pasión y se les cae la cara a pedazos cada que escuchan el grito apasionado.
Yo me pregunto, ¿en qué momento se les obnubiló la razón? ¿Qué, no se dan cuenta de que están en un estadio de futbol y no en una sala de conciertos, comentando una pieza de ballet? Se confunden y a mí me gana la risa.
El futbol no es golf, ni tenis. Es un deporte que genera pasiones, desata frustraciones y libera alegrías. No se trata de las carreras de caballos de Royal Aston, ni la gente asiste al espectáculo luciendo glamorosos sombreros, corbata de moño, fajín y zapatos de charol. ¡Por favor! Ahora resulta que Blatter, José Ramón Fernandez, David Faitelson et al tienen la piel tan delgada que les causa urticaria la picardía mexicana. A mí me hacen gracia. Una persona que le tiene miedo a las palabras, demuestra la dimensión de su criterio.
Como dijera Alfonso Reyes, la palabra justa es difícil de encontrar. El contexto importa, viste al vocablo y le da dimensión. Si se busca en el diccionario la palabra puto se define como una expresión vulgar de quien ejerce la prostitución, algo molesto, despreciable o difícil. En México así se les llama a los homosexuales de sexo masculino.
Pero la palabra sola no significa nada, debe de ir acompañada de entonación, pronunciación, acentuación para tomar magnitud sintáctica. Me parece que el grito de la afición tiene más que ver con una travesura festiva, con un descargo de emoción que con un insulto. No es lo mismo escuchar a a la mitad de un estadio gritar ¡Puto! Y morirse de risa que ver como la gente le avienta plátanos a Samuel Eto. No es igual que lo que sucede con las barras que agreden en forma salvaje a las autoridades responsables de preservar el orden. Hay que contextualizar antes de clamar por ayuda al cielo.
En varios noticieros cuestionaron a Héctor González Iñarritu, Director de Selecciones Nacionales, sobre las medidas que se tomarían con la afición. Algunos de estos comentaristas tan puros, castos y correctos, le sugirieron empezar una campaña encabezada por Guillermo Ochoa para pedirle a los fanáticos que no griten y que guarden silencio. ¿Preferirán que los aficionados canten loas en latín? ¿Será bueno regalarles ejemplares con mantras que inducen la meditación? Héctor González casi se desborda a carcajadas, pero guardó la compostura y la gallardía para hacer brillar su lucidez.
Comentó que el entusiasmo en los estadios lleva a expresar apoyo a los equipos con porras con gritos y con diversas expresiones que son pícaras y no ofensivas. Son manifestaciones juguetonas que tienen como intención presionar al rival.
Sucede en el basketball cuando va a haber un tiro y la porra agita tubos de unicel para distraer a los jugadores contrarios, en el beisbol cuando el organista del estadio estimula a la porra para que grite, en el football americano cuando el público se mueve para confundir al pateador.
Además, vamos a ver si nos entendemos. México tiene una de las mejores aficiones del mundo. El dato lo tomo de la encuesta publicada por la propia FIFA en el año 2010. Es una porra que acompaña a su equipo a pesar de los resultados de lágrima que han dado los jugadores en forma sistemática e histórica. El amor y la fidelidad por la Selección Mexicana lleva a muchos a ahorrar toda la vida para apoyar al equipo nacional. Para varios ese es su primer viaje al extranjero y seguramente será el último.
Los aficionados mexicanos viajan y generan una derrama económica importante para las ciudades en las que juega México. Gastan en hospedaje, comida, fiesta, recuerdos, entradas a los estadios. Por eso el equipo mexicano es una garantía de gradas llenas y boletos agotados.
En serio, Monsieur Blatter, ¿va a amonestar a la afición que más aporta recursos a los mundiales? En serio, ¿nos vamos a solidarizar con este reverendo sinsentido?
Tengo amigos homosexuales que gritan lo mismo que los demás cuando el portero despeja. Una encuesta de ESPN revela que el grito tiene como propósito jugar, que la selección sienta apoyo y los rivales sientan presión. No hay intenciones ofensivas. Se trata de participar y estimular al equipo. Me parece rídicula y exagerada esta amonestación. ¿O no?

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La belleza del futbol

El futbol tiene muchas manifestaciones de belleza. Las expresiones van desde la musculatura perfecta de Cristiano Ronaldo, las fintas de Andrea Pirlo, la forma de dominar el balón de Messi, los brincos festivos de Miguel Herrera, los rostros de cualquier jugador de Croacia, el gol de Van Persie , las porras de la afición, las piernas de todos los futbolistas y sumemos lo que podamos imaginar.
Sin embargo, una de las manifestaciones más bellas del futbol es el largo alcance que tiene este deporte. Niños, jóvenes, adultos, viejos de casi todas las latitudes disfrutan las delicias del balompié sin importar nacionalidad, sexo, condición económica, social, cultural. El balón une y lo hace en forma democrática.
La filosofía del fairplay sobre la que descansa es la búsqueda de la verdadera igualdad. Se busca un trato igualitario y caballeroso. Ya se sabe que futbol es un deporte de contacto, pero la regla dice que hay que ir tras el balón y no golpear ni faltarle al contrario. No existe otro deporte que tenga tanta influencia en la humanidad. Esta si es la verdadera Copa Mundial, no lo que sucede con mi amado clásico de otoño. Ni la belleza del tenis genera tanta pasión.
Las cifras de The Economist estiman que la mitad de los seres humanos que habitamos este globo terráqueo estamos al pendiente de la Copa Mundial de Futbol. No existe otro juego que genere esta hambre de imágenes, de comentarios, de camisetas para apoyar a la selección de cada nación.
Sin embargo, una de las bellezas del futbol es que nos distrae. En instantes bajamos de la palestra a senadores y diputados que discuten y debaten con la altura de miras con la que miden sus bolsillos, con la nobleza de corazón que brota del bien común de su partido y que cuidan los intereses de sus patrocinadores. El futbol no nos deja ver los exabruptos de borrachos tiranos que gritan en medio de una exposición, nos nubla el recuerdo y olvidamos que a ese señor ya es la segunda vez que lo despiden, la primera vez fue por mentiroso, por andarse inventando títulos que no están respaldados por cédulas profesionales y por ser un tirano petulante, por suerte gracias al futbol, casi ni nos enteramos de que otra vez Fausto Alzati da la nota.
La verdad, ¿a quién le importa si la reforma energética se va a septiembre como declaró Gustavo Madero o si frente al Parque Lincoln ya no se puede pasear los domingos o si los policías en la capital muerden, es decir, extorsionan, a mujeres embarazadas, viejitos y gente de bien?
Hoy lo importante es la esperanza a prueba de balas y que no falle la emoción. Hay que creer que ni nos anularán goles ni el arbitraje estará con el anfitrión. La única cuestión relevante hoy es prepararnos para ver como México le gana a Brasil o de perdida le empata.
La belleza del futbol es que llena el ambiente de una fantasía festiva que, por el riesgo de que sea de corto aliento, hay que aprovecharla. La fealdad se arrinconará, por lo menos hasta que empiece el partido. En todo caso, si el resultado nos es adverso, siempre estará el consuelo que nos da ver tanto buen físico jugando bonito.

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La patada de arranque

Es oficial, hoy se para el mundo. El decreto lo marca un balón de futbol, el pitido de un árbitro será la señal y sálvese quien pueda al que no le interesen los temas futbolísticos. La fiesta, los colores, la samba y la zumba arroparan a los deportistas en un clima que se espera sea de sonrisas, camaradería, fairplay y buenas experiencias.
Algunos de los aficionados que viajaron a Brasil esperan que el gigante sudamericano ruja y encuentre la paz que perdió en el Maracaná, los brasileños ni siquiera dudan, están ciertos de que será su selección la que eleve la Copa Jules Rimet. La presión para los jugadores es del tamaño del país que es casi un continente en sí mismo. ¿Quién quiere ser croata en Sao Pablo? Sólo los valientes.
Las amenazas de huelga del Metro de Sao Paulo, de los aeropuertos de Rio y las protestas de los que sienten que tanto dinero debió invertirse en salud y no en estadios, son lo de menos. Dilma Rousseff ya lo dejó en claro, ese es un juicio falso. Blatter la apoya, recrimina a los protestantes y les dice Señores, no todos pueden ser felices.
Basta de quejas. El mundo sonreirá en torno al balón, las noticias girarán alrededor de lo que suceda en los estadios, sin importar si están terminados o no, o si los once mil millones de dólares de presupuesto para construcción y adecuación fueron o no bien empleados.
El balón rodará. El mundo entero estará al pendiente de la patada de arranque y muy pocos perderán detalle de la ceremonia de inauguración. La filosofía futbolística será letra de oro y la intención de la Copa del Mundo se cumplirá. Habrá motivos de sonrisas.

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