Mechas cortas y urgencias

Podríamos creer que la prisa y la poca tolerancia a la frustración es una cuestión de época y en una irrupción narcisista nos daría por querernos apropiar la urgencia y la inmediatez. Sin embargo, la prudencia marca una necesaria pausa para la reflexión.

Los instrumentos de la modernidad, esos que entregan resultados en nanosegundos, nos encaprichan y nos obnubilan haciéndonos creer que todo debe ser automático, instantáneo y nos enrollamos con eso de que el que espera desespera.

Pero, ni nos hagamos ilusiones, ya desde la Antigua Grecia, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, el filósofo Zenón se refería a Aquiles como un personaje de mecha corta. Lo describió como un hombre de acción y de urgencia, acostumbrado a reaccionar en milésimas de segundo y capaz de avanzar a velocidades vertiginosas veinte metros.

Sí, sostuvo Zenón, pero el intrépido y rápido Aquiles, para llegar al metro veinte, tuvo que avanzar otros diecinueve y tuvo que arrancar desde el número uno. Aquiles tuvo la perseverancia de dar los pasos necesarios sin saltarse uno sólo.

La diferencia es que en aquellos años la satisfacción comenzaba en el paso uno, en el primer palmo de distancia recorrida, en el propósito de avance y el gozo de conseguir el objetivo generaba alegría en el espíritu.

Zenón entendió las urgencias de Aquiles. Hoy, con la inmediatez màs que gozo, satisfacción y alegría en el espíritu, conseguimos una frustración estridente se no tenemos todo ya, en este momento. Si en la Antigua Grecia tuvieron esas prisas y encontraron una forma de transformarlas en regocijo, tal vez sería bueno respirar y disfrutar como ellos.

Educar sin frustración

Ayer, en un acto de conmemoración del día de las madres y en evidente preparación para el festejo del día del maestro, el presidente Peña interrumpió su discurso y, por unos instantes, se quedó serio. Al retomar el hilo del discurso, con palabras improvisadas pidió educar sin frustración. Se refirió al espíritu de la Reforma Educativa e hizo énfasis en la visión de formar para largo plazo. Después siguió elogiando a las madres.

No sé si la pausa fue actuada. No parecía, más bien daba la impresión de que el Presidente estaba pensando en algo personal, en algo íntimo y que en esos segundos dejó que las palabras emergieran. Cuando volvió en sí, regresó al tema de la maternidad. Pocos se dieron cuenta de que Enrique Paña entreveró un tema tan importante, y que le preocupa sinceramente. Al menos eso dijo sin pronunciar palabras. Esa mirada al cielo, ese cerrar los puños, ese arrugar de labios, en fin, ese suspiro.

Estoy de acuerdo con el Presidente. No sé qué recuerdos o qué pensamientos le evoquen al titular del ejecutivo las palabras educación y frustración. Evidentemente, el encadenamiento de ambas no genera círculos virtuosos. ¿Cuántos maestros ven en el salón de clases una vocación verdadera? Me parece que pocos. Basta ver a varios de los que en vez del aula, eligen la calle y en lugar del gis, empuñan las armas. Eso es el extremo, pero también están los que creen que el aula es un círculo en el Infierno y los que ven a los estudiantes tan agradables como un pisotón en un dedo fracturado.

Educar sin frustración es enfrentar el salón de clase con el mismo gusto que un marino toma el timón del buque al zarpar a la mar. Es ser feliz entre los alumnos. Es encontrar realización. Es dificil. Basta imaginar mocosos llorones, escuincles groseros, adolescentes insolentes, estudiantes que en vez de ver a un profesor ven a un empleado y autoridades que premian al flojo, al majadero, al que falta al respeto, al que no pone atención. Y se pone peor: los alumnos que llegan con hambre, que fueron golpeados, que tienen sueño porque tuvieron que esperar a que el padre llegara de la fiesta o a la madre que no llegó, al que entró al salón intoxicado, oliendo a alcohol y no se acuerda de lo que sucedió ayer y que va a tener repercuciones mañana. 

Se entiende al maestro que frente a las burlas diga, nos vemos en el examen, y se las cobre haciendo una prueba que ni él mismo puede resolver. Se entienden los gritos, las amenazas, los ya me las pagarás, Sí, se entienden, no se justifican. Educar sin rencor, se puede. Estar frente al salón de clases sin aventar vinagre, se puede. Educar sin generar frustración, se debe.

Creo que la intención del Presidente Peña es buena. Es posible que busque empatía para aquellos que necesitan un empujoncito para salir adelante. Es posible que trate de evitar los empellones que reciben tantos mexicanos desde tan temprano. Un estudiante debe encontrarse en un terreno que propicie la creatividad, la imaginación, el buen trato: la educación. ¿Cuántos se pierden en el intento?

Educar sin frustración es de dos vías. El regocijo de quienes eligen ese camino es un premio muy grande. No hay mayor satisfacción que ver cómo se transforma la cara enfurruñada de un estudiante que no entiende, en una sonrisa porque ya le salió el ejercicio. Ver que un alumno entiende y sale saltando de gusto en vez de  irse con cara arrugada o lágrimas en el rostro debería ser la meta de un profesor. Lo es de los que lo son de adeveras.

Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con Enrique Peña Nieto, pero en esta idea de educar sin frustración, sí. Claro, no está fácil.

  

Entrevallados

Otra vez fue en Melilla. Pudo haber sido Ceuta, pero fue en Melilla. Una de las caras más duras de la migración lució cruda y sin pudor. Un grupo de doscientos inmigrantes africanos quedaron atrapados entre las vallas perimetrales. Ciento cincuenta inmigrantes subsaharianos tuvieron suerte, lograron traspasar la línea fronteriza. En un nuevo intento masivo de salto, alrededor de 400 personas intentaron dejar África para ingresar a Europa, menos de la mitad lo logró. Unas 200 se quedaron en el exiguo espacio que separa las dos alambradas que conforman la frontera.
Un espacio brevísimo que separa el aquí y el allá, el logro y el fracaso, el anhelo y la frustración. Desde ahí contemplaban a los que sí cruzaron y gritaban jubilosos “Bosa, bosa” —Victoria, victoria—.
Quedaron entrevallados, sintiendo en sus pieles el contacto de la barda de Marruecos y la de España, parados en un limbo en el que no es ni un lado ni es el otro. En el lado anhelado se aposta un fuerte contingente policial que significa un terrible ¡no pasarás! Del lado Marroquí también hay guardias para llevarse de vuelta a los inmigrantes.
El Gobierno español toma decisiones, destina más de dos millones de euros para reforzar las vallad de Ceuta y Melilla. España ya tiene suficientes problemas de desempleo, la tasa de desocupación de los jóvenes es alarmante. No hay trabajo. Es preciso reforzar las vallas de Ceuta y Melilla y acabar con el problema. Las quejas de organizaciones no gubernamentales con fines humanitarios se desoyen, lo importante es invertir en dejar fuera a los invasores. Lo malo es que los flujos humanos no se detienen por decreto ni con bardas. No hay forma de detener a un hombre o mujer con la esperanza de vivir mejor. Es como tratar de contener la inmensidad de un océano en un pequeño hoyo cavado en la orilla de la playa. No hay forma. No es la forma.
La solución no está en elevar la altura de los muros fronterizos, ni en instalar mallas antitrepa, ni en poner cuchillos que corten la piel de la gente, ni en enfrentar a los migrantes con la Guardia Civil. Tampoco está en dispararle a la gente que penetra de forma ilegal a un territorio. Es mucho más complejo que eso. La sangre de la migración no acaba con el problema, lo agrava.
No sé dónde está la solución. Sé que deshumanizandonos no lograremos buenos resultados. El rechazo, la mirada displicente al que no es igual, la ira y el odio, ni generan buenos resultados, ni acaban con el movimiento de las personas. Seguir con este tipo de políticas es como tratar de contener un dique a punto de reventar con un dedo. Hay que ir a la raíz del problema. El hambre no se acaba en una barda, el olor a muerte no se extingue detrás de una malla con picos.
Doscientas personas, tal vez más, se han quedado a medio camino, concretamente en la zona entrevallados, en el sitio que separa las dos alambradas. En el espacio tan estrecho en el que la piel rosa las fronteras y los sueños se esfuman.

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¿Y si fuéramos felices?

¿Y si fuéramos felices? ¿Y si en lugar de ver el jardín de al lado nos concentráramos en el propio? ¿Y si en lugar de comparar tanto nos dedicáramos a disfrutar lo que hay? ¿Y si en vez de fijarnos en la mancha nos hiciéramos disimulados? ¿Y si analizáramos menos y sonriéramos más? ¿Y si echamos a un lado el agobio? ¿Y si abriéramos los brazos en vez de apretar los dientes? ¿Y si dejáramos de sufrir por el auto que no vamos a comprar o las vacaciones a las que no podemos ir?
¿Y si le dedico menos tiempo a la pantalla y más a dar besos? ¿Y si dejáramos de criticar? ¿Y si nos alejáramos del chisme? ¿Y si le bajo al nivel de rencor? ¿Y si extendiera la mano? ¿Y si me alejo de la báscula y me como diez chocolates? ¿Y si digo buenos días? ¿Y si arreglo mi escritorio? ¿Y si comparto más y me quejo menos? ¿Y si visito a mi amiga en vez de hablarle por teléfono? ¿Y si me atrevo a dejar los pretextos a un lado? ¿Y si nos acercamos? ¿Y si encuentro más razones para ofrecer una disculpa? ¿Y si me atrevo a no tener la razón? ¿Y si dejo que me gane la risa? ¿Y si te hago cosquillas? ¿Y si doy las gracias? ¿Y si pienso en Dios? ¿Y si le doy espacio? ¿Y si lo logramos? ¿Y si fuéramos felices?

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