Otro ratito

Arrebujada entre las cobijas, saco el dedo índice para comprobar la temperatura con la que amanece la mañana. Sí, hace frío. La mayor delicia es que puedo quedarme acostada otro ratito. Lo hago con regocijo porque no se me hará tarde para  ir a ningún lado, no hay pendientes, no hay preocupaciones en el tintero, hay tiempo. 

Llegó el diciembre de frío que deja dormir rico y que ayuda a que la cama te abrace y te pida que te quedes otro ratito. La felicidad de no tener que ignorar esa petición, es una delicia. En esta condición, las sábanas son más suaves, el cojín más mullido y el colchón se constituye en el mejor lugar de la tierra. 

Desde afuera, más allá de la ventana se escucha el rumor de un avión que tal vez viene o quizá se va. Me resulta delicioso pensar en que los que despegaron tuvieron que hacer cola, sentarse en una sala de espera, aguantar el frío, mientras yo estoy acurrucada en la cama. Los que llegan se deberán someter a los protocolos aeroportuarios, mientras yo sigo felizmente acostada.

Se nota que es domingo, el ruido de la calle entre semana no existe. Sí, de cuando en cuando se oye el motor de algún auto que avanza, pero, en general, es la calma lo que adivino allá afuera. La casa está en silencio, el reloj del abuelo marca las horas. Si fuera otro día, ya llevaría una hora dando clases, o iría rumbo a algún sitio, o me habría tomado varias tazas de café. Hoy, no.

Ni sonó el despertador, ni me martirizaron las alarmas que te dan oportunidad de sonar cinco minutos después ni hubo quien se atreviera a interrumpir el sueño. Desperté, sin embargo, prácticamente a la misma hora que de costumbre, unos cuantos minutos después. Pero ese tiempo adicional da frutos. Abro los ojos y no estoy cansada.

Lo mejor de estar despierta es que no tengo que salir corriendo de la cama para entrar a la regadera, arreglarme rapidísimo y salir de casa apresurada. Puedo quedarme otro ratito y sentir que por estos momentos, soy capaz de detener el tiempo entre los dedos. Sonrío, en ese otro ratito, los minutos son míos.

  

Leer en invierno

Leer en invierno es distinto a leer en verano. No es lo mismo leer sin reloj, hasta que el cuerpo aguante, tumbado en una hamaca con el aire cálido como compañero que hacerlo con temperaturas bajas que no te entusiasman a salir a sentarte en una banca al aire libre a pasar hojas y recorrer renglones.
En invierno, las cosas tienen otro ritmo y otras velocidades. Las vacaciones vienen aparejadas con múltiples compromisos. Brindis, abrazos, fiestas, compras, regalos, tráfico, ruido y ajetreo que no dan oportunidad de leer sin que el reloj esté marcando la hora para arreglarse y salir a cumplir el siguiente compromiso. El minutero se manda sólo y las medidas de tiempo invernales rinden menos. El segundero inicia una carrera vertiginosa al arrancar y se le hace tarde por dar la vuelta a la carátula del reloj. El titilar de la iluminación nos marca un compás acelerado en el que corremos de aquí para allá tan rápido que llegamos a olvidar si ya llegamos o estamos por salir.
Pero la lectura en invierno tiene un sabor especial. Entre los aromas a ponche, canela, tejocotes o a chocolate espumoso, las páginas de un libro adquieren sabor. Incluso el café de todos los días mezclado con la página del periódico adquiere un sabor especial. No sé si es el frío, o las luces navideñas, o el tono de fin de año lo que hace que las palabras tengan un gusto distinto.
Tal vez sea una especie de magia la que se confabula en estas épocas la que nos lleva a elegir autores que nos marcan tiempo y ritmo, aunque hay quienes no creen en eso y más bien optan por pensar que las en elecciones la voz cantante la lleva el subconsciente y hay otro grupo que afirma categóricamente que la responsabilidad es de quien elige.
Yo, que tengo fe y que creo que las musas tienen su parte en la selección, digo que leer en invierno sabe diferente y que hay autores que se aprecian mejor si se leen enrollados en una cobija, entre cojines y acariciando a un gato.
Es posible que entre el almíbar del pastel de frutas, los moños, el papel brillante de las envolturas, los abrazos, las felicitaciones y los buenos deseos, los libros cobren movimiento y aprovechen para acercarse y quedar a la distancia precisa para saltar a nuestras manos y hacernos correr aventuras.
Las lecturas invernales conllevan un misterio especial que es inútil explicar. Descifrar cómo fue que ese libro llegó a nosotros, sin importar que haya sido un regalo, que lo haya dejado un duende en nuestro buró es inútil. Lo mejor de las lecturas invernales es arrebujase en el sillón y disfrutar de entrar ese mundo sin límites que es un libro.

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Lluvia en el Camino

Es domingo y salimos de Águeda con el cielo nublado. Me despido de los simpáticos paraguas colgantes que adornan las calles del pueblo. Caminamos unos cien metros y aquello a lo que le tenía tanto miedo se hace presente. Empieza a llover con fuerza. El mercurio baja su nivel varias rayas en el termómetro. Lo que quise evitar me sale de frente. No hay nada más que hacer más que seguir caminando. No hay forma de darle la vuelta. Las nubes son una larga cortina gris que se extiende por kilómetros y kilómetros y no deja ver la luz del sol. La chamarra impermeable impide que el agua llegue a la piel. pero… Ni modo, hay que avanzar. Siento una enorme tentación de volver hacia atrás, sin embargo, recuerdo a la esposa de Lot, no quiero terminar como estatua de sal. Respira, respira, me digo. Tengo miedo y ganas de llorar. Piso un charco, el agua me salpica hasta las cejas. Recuerdo que me gustaba saltar sobre ellos. Por fin la atención se aleja del malestar de sentir un arroyo que corre desde la frente, por la nariz hasta llegar a la boca; se centra en los sonidos.
Son conciertos difíciles de describir, no hay fonemas para recrear el choque de las gotas contra el charco, o las ramas de los eucaliptos que se mueven por el peso del agua, o las botas que pisan a veces, arena mojada, adoquines húmedos o montículos de lodo. tampoco hay una manera exacta de decir la diferencia entre el rumor de las gotitas finas y delgadas contra la chamarra que el tamborileo de las gototas gordas y pesadas.
En el camino hay de dos, o te centras en la incomodidad, o ves más allá. Con la lluvia es difícil elevar la mirada. Lograr un mayor alcance es complicado. Si el chipi chipi es ligero se puede platicar con el compañero, si la tormenta es fuerte, hay que guardar silencio. La tormenta de hoy es fuerte, a veces. se alterna con ratos de lluvia moja tontos. Hay tramos en los que de plano no llueve nada y hasta sale el sol. Pasamos por caseríos, pueblos, veredas entre los bosques, zonas industriales y acotamientos muy estrechos de la autopista a Oporto.
Caminar cuando está lloviendo no es agradable. Tampoco es tan desagradable como imaginé en un principio. Es verdad, a todo se acostumbra uno. Soy cuidadosa, en tiempos de lluvia los pasos deben ser seguros para no tropezar y llenarse de lodo. Que las suelas se llenen de barro, eso sí, pero una caída, eso no.
Al caminar bajo la lluvia pensé en Santiago, en su misión de evangelizar y llevar la buena nueva hasta el fin del mundo. Pensé en la mía, en todas las puertas que quiero abrir, las promesas que quiero alcanzar y las Compostelas que espero para mí y para los míos. ¿Me pregunto si el apóstol también tuvo dudas? El acotamiento se hace cada vez más estrecho y los camiones pasan cada vez más cerca. Seguro en algún momento hasta tuvo miedo. Encima la flecha que marca el camino no es clara, ¿Derecha o izquierda? Derecha. Vamos a dar a un tramo de la autopista, en el que el acotamiento está invadido de plantas, la barra de protección está caída y caminamos junto a un precipicio de unos treinta metros de profundidad. Al fondo, el río. Estoy segura de que nos equivocamos, pero no digo nada. Si abro la boca se me mete toda el agua.
A lo lejos vemos la flecha, era por el otro lado. ¡No! Sin embargo, el camino corre paralelo a la autopista. ¡Vaya, por lo menos! Seguimos, con la esperanza de reconectar. Llegamos al puente que cruza el río Vouga. Al mirar al frente vemos que el puente que está sobre el camino que señalaba la flecha, está roto. No hay paso. En el que nosotros estamos nos permite cruzar sin problemas. ¡Sí! Continuamos dando pasos. Al final del puente encontramos una flecha amarilla que marca la dirección, hay que seguir derecho. El puente roto me recuerda que las líneas paralelas por más que se extiendan jamás se tocan. Es mejor dejar de aspirar a mundos paralelos, pueden llevarnos a senderos rotos.
La lluvia le sube la potencia a aroma eucalipto. La lluvia en el camino tiene su razón de ser.

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Bratislava, la hermana menor

Si es cierto que es hermoso ver llover y no mojarse, estas palabras se catapultan y ganan potencia cuando se trata de ver nevar. La nieve tan blanca es hermosa, pero de lejos. También es peligrosa, como sucede con algunas cosas bellas. El piso se vuelve muy resbaloso, el aire helado , húmedo y poco agradable. Ver nevar es, sin duda, todo un espectáculo, especialmente para los que, como yo, nacimos en un clima tropical. Los copos de nieve viajan a la velocidad del aire, en un baile juguetón, como si jamás quisieran llegar a su destino. Nos hace gracia, nos divierte ver la trayectoria de estos cristales de agua que giran y giran antes de tocar el suelo o la superficie del Danubio. Pero lo padecemos, no estamos acostumbrados, somos como gansos fuera del agua, con es misma gracia recorremos las calles nevadas y nos morimos de miedo de caer de rodillas. Mejor ver la nieve protegidos, detrás de la ventana del camarote, a veinte grados, en vez de salir a la aventura exterior a menos ocho.
Nieva en Bratislava, en la ciudad nadie parece darse cuenta de que es primero de abril y de que no estamos celebrando la Navidad sino la Pascua de Resurrección. Si no fuera por los huevos decorados, nadie adivinaría la época del año. Nos avisan que el viento está muy fuerte. Será mejor tomar un tour para ver la ciudad desde el autocar que intentar conocerla a pie por nuestra cuenta. No hay botas, abrigos i bufandas aue se den abasto en estas condiciones. Nos aseguran que es una buena decisión. Ni tanto. La nieve viene acompañada con una neblina espesa, los vidrios de las ventanas del autobús se empañan. Es difícil ver más allá de la nariz.
No es una nieve de cuento de hadas, es un remolino violento de agua congelada que choca contra el parabrisas y los limpiavidrios no se dan abasto, la nieve empaña la visibilidad. El chofer batalla. Avanza lentamente sobre el arroyo congelado que sustituye al pavimento. No se alcanza a ver el asfalto. Todo es blanco.La guía del tour suelta datos: que si Teresa de Hapsburgo, que si el reino austro húngaro, que si el archiduque y el arzobispo, que si Bratislava es la capital de la república de Eslovaquia. que si se separaron de los checos, que si hoy forman parte de la zona euro, que hay muchas fábricas de autos. Me da lo mismo. Mi atención está en las manos del conductor que se ven nerviosas. El recorrido termina antes de tiempo, mejor. Es imposible continuar, todo está muy resbaloso, la visibilidad es muy mala.
El clima de Bratislava no da para caminar, ni para pasear en autocar, ni para admirar a la hermana menor de Praga, Budapest y Viena. No puedo ver Bratislava. Se me esconde detrás de un manto blanco. No puedo admirar ni su palacio, ni su sede del gobierno, ni su plaza principal. Ni modo, ya me la imaginaré. Pero si puedo ver nevar desde la ventana del camarote. Disfruto enormemente de la danza de estos soldados de hielo que bailan en su picada al suelo. Cada copo, uno tan diferente al otro, que se precipita al Danubio para volver a Budapest, a Viena, o para viajar en la mente de una mexicana hasta el otro lado de la tierra.

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El río de la sal

La ciudad de Mozart, Salzburgo, se construyó al lado del río de la sal. Su nombre se le dio a esta afluente de agua, no porque su caudal esté salado, sino porque sirvió de canal de conducto para la preciada mercadería. En aquellos días el pueblo estuvo rodeado de minas de sal que eran tan apreciadas, pues el producto de su extracción le daba vida al pueblo. Tanto es así, que la sal era conocida como el oro blanco.
La sal también dio nombre a este maravilloso pueblo amurallado. Fue rico y, mientras duró la extracción de la sal, se constituyó como uno de los centros económicos más importantes de Europa. Tal vez por eso la familia Mozart dejó el pueblo natal y se mudó a este en busca de buena fortuna. Aquí vivió el príncipe y arzobispo de Austria, un hombre afecto a la diversión. Amante de la cacería y de la música era el mecenas perfecto para los músicos de esos años.
Hoy las minas de sal están cerradas. No hay más que extraer. Salzburgo no es una ciudad industrial, vive del turismo y la cultura. Su hijo prodigioso le brindó a la ciudad los suficientes motivos para que la gente de todo el mundo la siga visitando a pesar del clima tan frío que siempre tiene.
Hace varios días que inició la Primavera y la temperatura parece de invierno. Es normal, dicen los lugareños. De menos ocho grados centígrados a cero es lo habitual en estas tierras. Será hasta mayo que el termómetro ceda y alcance los diez, los quince incluso los veinte grados, claro, ni todos los días, ni de forma constante.
Salzburgo es una eterna postal de Navidad. Claro, sin el árbol. Ahora la decoración va con el tema de la Pascua, de los huevos de chocolate en vez de esferas. El suelo está totalmente blanco y nieva. Es difícil caminar. Hay que hacerlo con cuidado para no resbalarse. Hay que cubrir la nariz y la boca para que el frío no llegue al interior del cuerpo, es preciso usar un par de calcetines en cada pie para que la humedad no traspase las botas y alcance los pies. Los guantes son indispensables.
Caminas dos metros y es preciso entrar a algún lado. Una tienda, una chocolatería, un restaurante, una cafetería, una casa de recuerdos, una iglesia. En Salzburgo hay muchas iglesias.
A los austriacos les gusta decir que el pueblo es la segunda Roma por el número de santuarios que se han construido. Es una muestra de la fuerza que la presencia de la iglesia católica ha tenido en el pueblo. No importa a donde voltees, encontrarás una capilla, una iglesia, un convento, un monasterio. En el de los capuchinos todavía hay monjes, en el de los benedictinos se hace una de las mejores cervezas de Austria. Si se observa con cuidado, todavía es posible encontrar mujeres que visten los trajes típicos de la región. Es porque somos provincianos, explican con orgullo. En Viena ya no los llevan.
Los años en los que la gente venía a Salzburgo atraídos por la sal ya han pasado. Hoy los turistas venimos a escuchar historias, música, ver teatro, marionetas, tomar buena cerveza, buen vino blanco y a soñar. A perdernos en sus calleceitas. A deambular en la ciudad nueva, que es muy antigua, o en la parte vieja. A comer en San Pedro, que dicen, es el restaurante más antiguo de Europa. A imaginar a Mozart componiendo, en plena madurez creativa, antes de partir a la aventura de Viena.
Salzburgo no defrauda, cumple su promesa se ser bella sin perder su escénica pueblerina.

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Viajar en tren

A mi me gusta viajar y, de todas las formas que hay, la que mas me gusta es, sin duda, el tren. No en balde, los grandes de la literatura se obsesionaron con los rieles. Zola hizo de la locomotora un personaje, Tolstoi la hizo escenario de su sonata y principio y final de la protagonista de su principal novela, a la que Pamuck llamó la mejor novela jamás escrita, Anna Karenina. También el turco hace del tren motivo en su novela Nieve.
Voy en tren y las grandes ventanas del vagón se me figuran las pantallas del cine, sólo que sin la oscuridad. Las imågenes de los abetos nevados, de los techos cubiertos de blanco, de los arboles sin hojas, se suceden unas a otras en un vértigo de trescientos cincuenta kilómetros por hora y la percepción es de que nos deslizamos lentamente por las vías para ver pasar los pueblos y caseríos con el ritmo exacto para que se llenen los ojos y se pueble la memoria.
Cruzamos el bosque austriaco, nos topamos con aserraderos y lagos, con chalets de madera y doble techo que parecen figuras de chocolate con copetones de crema. Campanarios que tañen sus campanas a nuestro paso. La velocidad no se siente, tampoco traspasa el frío del exterior. El tren es un capullo protector en el que podemos observar todo desde un sitio de confort.
Esa es la diferencia y el privilegio del tren, su comodidad. En el avión vas todo apretado, no puedes estirar las piernas, el descansabrazos lo tienes que compartir con el vecino y las horas de espera para embarcar y descender son muchas y aburridas. Recoger el equipaje es cansado. En cambio, el tren no exige tanto trámite, no hay horas previas. Llegas para abordar y listo. Tú mismo te ocupas del equipaje. No hay que sufrir con interminables inspecciones.
En el barco te puedes marear,en el autobús el olor a combustible puede fastidiar el viaje y la forma de conducir del chofer puede transformar el viaje en un infierno.
El tren es un medio elegante, en ocasiones hasta hay un carro comedor en el que te sirven con manteles largos, cristalería fina y cubiertos hermosos.
La maravilla del tren, además, se finca en las imágenes que nos regala. Es la proximidad del que casi se integra, del que no rompe nada con la franja de asfalto o con el ruido, el silbido es melodioso, la cadencia de su ritmo ayuda al pasajero a admirar la sucesión de imágenes con el arrullo de un movimiento constante, libre de turbulencias, acelerones o frenones, mareas violentas. El tren con escudo protector cumple, como cinemascopio que brinda la mejor selección de paisajes para una turista ávida de ellas.
Sí, sin duda, me gusta viajar en tren.

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Berlín, sobria.

Es primavera y en Berlín hace frío, amanece a menos siete grados centígrados y la temperatura se niega a escalar por encima de los dos, a pesar de que el sol brilla con poder. Si en las fotografías no se viera la nieve, cualquiera pensaría que el día está caluroso. Nada de eso. El viento sopla y da la impresión de que el invierno se quiere quedar con los alemanes.
Así es Berlín, bipolar, contrastante. Una ciudad ultramoderna y sobria. Un lugar con años de historia y tradición que se oculta. Hay que poner atención, hay que ir de mano de un experto para escarbar en sus entrañas y encontrar la ciudad de los libros. La del imperio, la de Hitler, la dividida, la de la guerra fría, la líder de Europa, todos esos hilos narrativos se pierden en una ciudad que se sigue reconstruyendo. En el paisaje se ven las grúas que movilizan enormes piezas de concreto. Berlín sigue en construcción. Es como la mujer que se arregla eternamente y no termina de estar lista.
Es por su historia. Hace algunos años parecía que Berlín no sería definitivo. Era en sí mismo una isla, un enclave sitiado de la Alemania Occidental en la Oriental. Se arreglaban las cosas de manera provisional, esperando tiempos mejores. Cuánta razón tuvieron. Esos tiempos ya están aquí. Acabó la división.
La austeridad alemana está siendo recompensada. El orden que se refleja en las calles viene de las casas. Nada fuera de su lugar. No hay excesos, están ocupados de lo necesario. Para muestra un botón: Ángela Merkel no vive en una residencia oficial. En Berlín no hay Casa Blanca, ni Rosada, ni Downing Street, ni Los Pinos. Ella vive en la casa que compró con su marido antes de ser la Canciller de Alemania. Un apartamento sencillo a la vera de la isla de los museos. Si no me lo advierten, no me hubiera enterado. Únicamente dos guardias de la policía municipal resguardan el lugar. No se despilfarra en escoltas, ni en parafernalia. Un cantante chafa en México tiene más custodios que la casa de la mujer más poderosa de Europa.
Así es Berlín. No hay grandes memoriales para los caídos en el holocausto. Hay pequeñas placas en el suelo que cuentan cada historia. Historia que debe ser elaborada por el lector. Nombre, fecha de nacimiento, fecha de aprensión, forma y lugar del asesinato, fecha de muerte. Cada uno debemos de llenar el espacio. Lo único que sabemos es que cada placa fue colocada frente a la casa donde habitó el judío en cuestión. El judío o aquel que fue clasificado como tal según los criterios del régimen. Tal vez en esa sobriedad se refleja de forma más dura la realidad de Berlín.
Guillermo, el experto que nos guío por Berlín me dijo,¿Ves esa pared en ese edificio, tiene nombres, los notas? Sí, claro. ¿Te fijas que al lado del edificio hay un terreno vacío? Sí, desde luego. Es la casa vacía. Me reí, pensé que se trataba de un chiste. Nada de eso. La casa vacía es un monumento. Ahí, en ese lugar hubo una casa que fue destruida por una bomba, los nombres son los de las personas que vivieron y murieron ahí. Jamás se construirá otra cosa ahí.
Ese es Berlín. No oculta sus co atrices pero tampoco las a da presumiendo. Sorprendente, pero debe ser descubierto. No se da tan fácilmente, hay que hacer la tarea.
Berlín es sobria y congruente. No se deja seducir por los cantos de la riqueza, no se emborracha con los vapores pasajeros de la gloria. Tal vez porque sabe de lo que le están hablando.
Por la noche, la ciudad se viste de luces, las suficientes, para hechizar al visitante. No es el resplandor encandilante de otras ciudades. Aquí no hay derroches. Es lo justo para dar belleza y realce a está ciudad que no se deja encantar por las sirenas.

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Bruma

Amanece a seis grados. El sol, enrollado por las nubes, se niega a salir por completo. No se elevará mucho el nivel del mercurio en el termómetro, al menos ese es el pronóstico del meteorológico nacional. Tal vez doce grados, puede ser que quince. La mañana parece una fotografía en blanco y negro.
En la autopista casi no hay coches. La aguja del velocímetro sube rápidamente, pronto estaré en Pachuca.
La mancha urbana, con sus diversos tonos de gris, parece no tener fin. Casas y casas, una tras otra, como cajas de cerillos apiladas, incrustadas sobre los cerros, pegadas al pavimento. Ya quedan pocos espacios para el verde.
¿Dónde quedaron los colores?
Apenas hace unos días celebramos el contrapunto entre la vida y la muerte. Presentamos nuestro respeto, nos inclinamos ante las ofrendas coloridas, les llevamos a los que ya no están sus antojos favoritos. Nuestros ojos se llenaron del color del barro, del rojo del mole, del dorado del mezcal, del naranja del cempazuchitl . Comimos calaveras hechas de azúcar adornadas con nuestro nombres y acompañamos el calor de la taza de chocolate con pan de muerto. Los aromas a incienso y copal se mezclaron. Una hermosa postal mexicana, plena de tonos, olores y gustos del amargo al dulce. Pero eso fue hace apenas unos días. También parece que fue ayer que México era más rural que metropolitano.
Hoy, en contraste la Ciudad de México se parece más a las imágenes captadas por el lente de Gabriel Figueroa. Una placa de soberbios claroscuros, un gris que no se acaba, un reflejo testarudo, implacable, de una ciudad que se niega a dejar de crecer. En Ecatepec viven mas personas que en muchos países centroamericanos. Tecamac ya es un municipio conurbado. El desfile de cajitas de cerillos es interminable. Las casas de interés social, como un enjambre de termitas hambrientas, se han adueñado de casi todo el espacio entre la Ciudad de México y Pachuca.
Pronto llegaré, aunque tal vez nunca me fui. Tal vez las dos ciudades ya son lo mismo. Puede ser que en el momento en que el sol decida salir de entre las nubes y se revelen los colores me de cuenta de las diferencias que hay entre la capital y la provincia mexicana. Hoy la bruma no me lo deja ver.

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