Restaurar

Mientras los expertos debaten sobre cómo se debe restaurar la Catedral de París, si debe de ser con los mismos materiales o si se deben utilizar nuevos, si se debe preservar la misma estructura o se puede renovar y en tanto unos van de un punto de vista al otro, en lo que todos estarán de acuerdo es que Notre Dame no puede quedarse en cenizas.

Me parece que restaurar, tal como lo define la RAE: “Poner una cosa en el estado o estimación que antes tenía”, requiere de una reflexión profunda. El espíritu original de Notre Dame era ser un templo, un espacio de oración en el que se venere a Dios desde la fe católica. Por fortuna, en Francia, al cardenal todavía no se le había ocurrido al feliz idea de cobrar por entrar a rezar como sucede en muchas partes de Europa, pero el espacio de oración era sumamente reducido y quienes entraban a la catedral lo hacían como quienes traspasan el umbral de un museo.

La reflexión debiera girar en torno a devolverle el estado y estimación por el cual se construyó. Los católicos hemos hecho muy mal en permitir que la devoción que merece un lugar dedicado al culto sea tratado como una sala de exhibición. Como ejemplo, en Jerusalem, los turistas no pueden entrar a la Mezquita de la Roca porque para ellos ese es un espacio santo.

Me parece que los católicos debiéramos empezar a replantearnos por qué el Islam, tan escrito en su observancia, está ganando espacios en una Francia que parece tan indiferente a los temas de fe. Restaurar Notre Dame puede significar, en estos momentos, devolverle esa tradición de irse a encontrar con Dios en un espacio dedicado a la Virgen María en todas sus advocaciones.

Muchos podrán pensar que exagero, sin embargo, Notre Dame es una Catedral y tal vez sea tiempo de recuperar su esencia, eso para lo que fue creada. Restaurar es, en esta condición, devolverle esa cualidad intrínseca para la que fue edificada.

La recompensa de llegar al final (Serotonina, Michel Houllebec)

Serotonina,

Michel Houllebecq,

Anagrama, México (2019)

Serotinina es un libro feroz al que hay que tenerle paciencia y que requiere tenerle mucha fe al autor que premia al lector perseverante. Serotonina nos muestra la facilidad con la que el Hombre se puede degradar hasta llegar al grado de la desintegración. Describe milimétricamente como una persona puede llegar a ser tan poco como para no dejar rastro de su paso por la tierra. En fin, como alguien puede caer tanto en las sombras que para ser feliz tiene que tomarse una pastilla. A Michel Houellebecq hay que leerlo con cuidado, quiero decir, con precaución. Es un autor que no tiene empacho en sacarnos de nuestra zona de confort y nos lleva a experimentar la incomodidad y el disgusto que nos llega por todos lados.

Por supuesto, a Houellebecq lo tienen sin cuidado lo políticamente correcto, la falta de pudor, la crueldad, el tono cínico y una lista infinita con la que dota a sus personajes a los que somete igual que a sus novelas para luego darnos un toque que todo lo reivindica. Serotonina es una novela que requiere de muchas características para ser leída. Necesita a un lector paciente, atento y que llegue con el corazón abierto. De otra forma, se corre el riesgo de mandar a volar el libro por los cielos, estrellarlo contra la pared teniendo como castigo irremediable el premio que gana quien enfrentó el libro con paciencia ilimitada. Sí, la recompensa se prepara desde las últimas páginas y se entrega en la frase final.

Houellebecq no se traiciona, sigue fiel a sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño para ir siempre más allá en su negrura, en su pesimismo, en sus provocaciones. La Francia del esplendor, el París que bien valía una misa pasan al paredón de la crítica. Exhibe sin pudor la miseria afectiva contemporánea hija de la frivolidad que se viste con distintos disfraces y que tiene una condena terrible de soledad y falta de sentido.

En Serotonina conocemos al depresivo Florent-Claude Labrouste un hombre cuya voz narrativa se escucha mucho más vieja que la de la edad del personaje, cuarenta y seis años al que vemos emprender una especie de ceremonia de desintegración personal que emprende el camino de los adioses. El protagonista va rememorando, e incluso provocando reencuentros, con las mujeres del pasado —las pocas que lo hicieron feliz—, así como con el único amigo que tuvo. Inicia una especie de recorrido que el autor denomina como turismo de la memoria.

La novela arranca con un tono que arranca risas y se va oscureciendo a lo largo de las páginas. Nos mete a la habitación de un hombre—el protagonista— con insomnio que despierta hacia las cinco de la mañana y nos cuenta la forma en que arranca el día:

“No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado mi primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo”. (p. 7)

De entrada, el narrador que es el protagonista nos dice que:

“De la sociedad en general no he conseguido nada, en este sentido, como en casi todos los demás me he dejado llevar por las circunstancias dando prueba de mi incapacidad para gobernar mi propia vida… Dios había decidido por mí” (p.9)

Y, a lo largo de toda la novela, Houllebecq nos lleva en una especie de vaivén oscilatorio entre la bondad y la inteligencia, la sociedad y la soledad, la juventud y la decrepitud, el amor y la desesperanza.

“La palabra juventud, esa encantadora despreocupación (o, según los gustos, esa repulsiva irresponsabilidad” (p. 81)

“Y, yo sabía que ella paladeaba a cada segundo esta dicha accesible a las clases medias altas, para mí era distinto, yo ya había tenido acceso a esa clase de hoteles de aquella categoría” (p. 36)

Su único amigo, un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos que están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia y que utiliza como medios para criticar los avances de la globalización sin que el libre comercio pueda garantizar una distribución de la riqueza equitativa ni la destrucción de tradiciones locales.

“¿Y acaso los quesos normandos se benefician suficientemente de este turismo de la memoria?” (p. 93)

Entonces, como esa serotonina que le dicen es la hormona de la felicidad que le ha sido recetada, Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido y la terrible desesperanza en que se va sumiendo conforme avanza en su recorrido, dados los acontecimientos.

“Está claro: ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica a ella misma un mecanismo de desdicha y le da cuerda y luego, el mecanismo sigue girando ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades, cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo.” (p. 181)

Vamos leyendo como el protagonista va diciendo una serie de adioses. Y, mientras se despide de su sexualidad, de su higiene, de su interés por la vida, Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados. La crudeza de la degradación es el pretexto para poner el dedo en la llaga de la actual política francesa. Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos».

“Nadie dejaba de subrayar hasta qué punto había que comprender la angustia  y la cólera de los agricultores y en particular de los ganaderos” (p. 214)

En ocasiones, Houellebecq se vale de su protagonista para señalar este regusto a lo intercambiable de la política actual francesa —que bien aplica a la de cualquier lugar del mundo—: «Confundía siempre “La République en Marche” y “La France Insoumise”, de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon. Y, vemos al protagonista ahuyentado, sin dar tregua, a la esperanza de alcanzar una vida posible.

Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado:

“Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo” (p. 234)

Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe». Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando nos toma de las solapas y nos agita al leer Serotonina. Houellebecq  es un autor que,  desde luego, nunca deja indiferente. Nos ametralla como una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los obstáculos de los prejuicios. Sin duda, Serotonina no es para cualquier lector

En «Serotonina», su nueva demolición emprendida contra los vicios de nuestras sociedades hiperindividualistas, un progreso que dota de un bienestar más ficticio que nunca, embarcadas en un adelanto programado y un cínico camino hacia su autodestrucción, a mitad de la obra aparecen temas reivindicativos: grupos descontrolados de agricultores y ganaderos que se enfrentan de forma violenta, con armas y cortes de carreteras, a las imposiciones y salvajes cuotas llegadas desde una insensible Bruselas.  Algo que acabará previsiblemente con lo que había sido la forma de vida ya arraigada para un importante pilar de la nación, de Francia: el antaño próspero campo francés, hoy arruinado, endeudado y con altas tasas de suicidio.

Pero, justo cuando pensamos que Houellebecq ya no dará para más, cuando creemos que para Serotonina ya no hay más que exigir, con una proporción aurea perfecta, a partir de la página doscientos treinta y cuatro, la narración se acelera y el pespunte que nos había dejado ver desde la página 8 de la novela se confirma contundente en el último renglón que no hay que dejar de leer. Un lector atento que llegue a estas letras con el corazón abierto y que haya mostrado la perseverancia de llegar al final podrá estremecerse e incluso llorar con un final que, a mí, me parece magistral.

 

Los besos de Emmanuel Macron y la cordura de Merkel

No hay duda, el entusiasmo por besar a alguien más siempre ha estado presente en el ánimo humano. Pero, ¿besar a Trump? A la pobre Melania no le queda otra, pero esas efusiones cariñosas entre el presidente de Estados Unidos y Emmanuel Macron pasaron de la sorpresa, a la risa hasta llegar al dolor de estómago. La pregunta que todos nos hicimos fue ¿a qué viene tanto amor?

Los papeles se voltean y entre tanta simpatía advertimos que detrás hay una agenda que no alcanzamos a comprender. ¿Cómo? Y, por fin, sale el peine y Trump convertido en el vocero del líder francés anuncia la salida del acuerdo de paz con Irán de Estados Unidos y dice que va acompañado por Francia.

No quiero imaginarme la cara de Macron al enterarse de lo hecho por Trump. Sin duda, hay que cuidar las amistades. No hay que dejarse besar por cualquiera. Los conflictos están a las puertas de Europa y las ocurrencias de Trump cuestan más en territorio europeo que en el estadounidense. Y, en todo caso, que cada quien se haga responsable de sus palabras.

Merkel le viene a componer la nota a Macron, ¿Qué haríamos sin su cordura? El medio oriente es un avispero que no necesita la imprudencia de un troglodita agitando, a ver qué pasa. Alemania busca arreglar las cosas y evitar males mayores. Por fin, Macron declara que es necesario fortalecer la política exterior y buscar la paz.

Europa ya no puede confiar en Trump, ojala Theresa May escuchara con atención. Estos angloparlantes han servido para fortalecer la unión de Europa aunque no por las mejores razones. Merkel se encarga de componerle la nota a Macron. Hay que mirar al largo plazo. Fijar la vista al horizonte, en donde ya no estén sujetos tan ocurrentes como Trump y tan oportunistas como May.

Macron recibió la medalla Carlomagno para afirmar, con este símbolo, que su compromiso está con Europa y con el fortalecimiento del proyecto europeo, besos a parte y con la cordura de Merkel, que así sea.

Mirar a los invisibles en París

París no es sólo glamour, luces y romance. El París que describe Víctor Hugo sigue existiendo. Entre el lujo, la belleza y la majestuosidad de la hermosura de la capital francesa hay una realidad alterna que, como el telón en un teatro, está ahí pero nadie la toma en cuenta. Hay pobreza, hay gente que duerme en la calle a cielo abierto y lo terrible es que no se cuenta con una cifra de cuántas personas viven en esa condición. Por eso, Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, mas que prometer, se puso en acción.

Poner manos a la obra en un tema que muchos preferirían ignorar tiene un mérito enorme. Un político que se ensucia las manos para hacer lo que se debe, merece reconocimiento. Hacerlo de la forma en que lo hizo Hidalgo, me parece glorioso. La alcaldesa convocó a voluntarios para que la noche del jueves para amanecer viernes se contara a la gente que vive en situación de calle. La respuesta fue gloriosa, se necesitaban mil personas, acudieron más de mil trescientos.

«Ahora hay mucha gente en la calle y tenemos que partir de cifras reales (…) para poner los medios», dijo Hidalgo y se puso manos a la obra. Dejó de lado las promesas insulsas, dejó de lado el encono, la división y el oportunismo baratero que sólo genera odios y resentimiento. Se puso a trabajar e hizo uso de su mejor activo: los ciudadanos de París que se volcaron a las calles para ayudar a Hidalgo a hacer visibles a los que nadie ve.

La gente salió de sus casas y recorrió las calles entre la una y las tres de la madrugada para contar, para hacer un censo y ver de qué están hablando en términos de dimensiones y parámetros. Pero, también logró que los parisinos pusieran la mirada en un punto que no les debiera ser ciego.

Sí, en París, cerca de la Torre Eiffel, por las calles del Barrio Latino, en las cercanías de Champs Élysées, frente a los museos, hay gente que vive sin un techo y para entender su situación y la gravedad del problema el primer paso es verlos, saber cuántos son y después, pensar en soluciones.

Mirar a los invisibles de París me parece una forma ejecutiva de empezar a resolver un problema. Tomar al toro por los cuernos, ver y hacer en vez de negar y negar es hacer lo que le toca a un servidor público. Parece que por allá se están dando pasos correctos para dar solución, una respuesta humana a una realidad que no debiera ser, que no debiéramos ignorar.

Parece que no sólo los bebés vienen de París, también nos llega esperanza.

La visión de Charlie Hebdo 

Los kioskos de París ponen en sus vitrinas el ejemplar de la semana de Charlie Hebdo. Lo sabemos, no es una revista fina, no usa un lenguaje diplomático ni le gusta atenuar la realidad, en todo caso, la exagera. Usan el cartón político como un género de opinión y se escapan de todo cartabón teórico de reglas y preceptos. Si se tiene la piel delgada, mejor no acercarse a estas páginas. Enarbolados en la libertad de expresión, toman posiciones extremas y de repente se les pasa la mano. Sin embargo, retratan el sentir general y se atreven a poner en tinta lo que muchos no se atreven. 

Si el Presidente Trump se asomara a ver las viñetas de Charlie Hebdo vería una caricatura que lo retrata según lo ven muchos franceses. Visión que muchos otros comparten. Lo dibujan con una figura muy similar a la de un cerdo, un sujeto gordo que usa ropa que le deja expuesto el trasero, parte que se rasca constantemente. Lo plasman llegando tarde, minimizando la ceremonia del 14 de julio, sin saber que significa su presencia, haciendo comentarios fuera de lugar y sin darse cuenta que no se da cuenta, comiendo sin modales, diciendo estupideces, cometiendo incorrecciones con la esposa del anfitrión, en fin, siendo quien es.

A Macron lo dibujan como un Apolo o como un Eros que mira a su invitado con desprecio.  El cartón ocupa toda la plana de la página 2. En la portada la cara del Presidente Francés se representa con los dientes de fuera y los ojos abiertos mientras el estadounidense va con los ojos cerrados y cara de bulldog. Las caras de ambos se asientan sobre unas cuchillas que llevan los colores de Israel, el Estado Judío. Abajo, como aplastados, se ven caras de personas angustiadas que sistiene banderas francesas. Make 14 julliet great again. El que quiera entender, debe abrir los ojos. El mensaje deja la piel de gallina.

Charlie Hebdo no es una publicación complaciente, todo lo contrario. Parece que ellos ven a Macron como a un hombre serio y de Trump confirman lo que todos en el mundo alcanzamos a ver. El comentario editorial es fulminante, la profundidad de este señor se refleja en 140 caracteres, no da para mucho más. También lo plasman como un tarado muy peligroso.

Debo decir que, en general, Charlie Hebdo no es de mis publicaciones favoritas. Creo que hay temas que siempre se deben tratar con respeto y que ellos abordan en forma sumamente insolente y hasta desconsiderada. No obstante, el ejemplar de esta semana me causó gracia y despertó mi empatía. No se trata de una postura puritana —lejos de ellos— en la que se ve a los Estados Unidos como la encarnación de la antifrance, se trata de reflejar una figura que sólo los estadounidenses entienden qué hace ahí. 

Con Trump en París

En lo único que no pensé fue en la posibilidad de coincidir con Donald Trump en París. La Ciudad Luz se desquicia con semejante visitante. Desviaciones, guardias, ejército en las calles, alertas, antipatía, críticas, todo eso flota entre el ambiente. A los parisinos no les gusta la visita. A mí también se me saltan las tuercas. Entre el tráfico, los parisinos fuera de casa, los miles de turistas y la lluvia nocturna, el clima se nos desordena. 

París se siente extrañame te sola. Las colas interminables se acortan, podemos pasar a ver la Saint Chapelle rapidísimo, las colas al Museé D’Orsay son cortísimas, en L’Orangerie casi no hay gente. Es una delicia. Pero, claro que me da por aospechar. ¿Que pasa aquí? Si preguntas, la gente sonríe para ocultar los nervios.Los profesionales te dicen que todo está bien ¿será? Hay cierta desarmonía.

No hay nada que indique que hay algo raro, sólo la historia reciente. Por lo demás todo en su lugar, como debe de ser. Pero el tráfico se nota. Trump está en París y su presencia desquicia a todos. Macron lo ve con un dejo dedesprecio. Le dice que es el representante de un país amigo, pero le pone distancia. Podemos concluir que estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo.

Veo a loa dos mandatarios, uno parece un ganso que sonríe mientras la casa se le desmorona, el otro es un cisne educado que sabe poner las palabras adecuadas para sus ideas. Dice que la reunión que tuvieron se contrastará con una cena amigable en la Torre Eiffel, al buen entendedor, pocas palabras.

El ganso habla de su gansito, dice que sus reuniones con abogados rusos no tuvieron importancia. Aquí se burlan de el hombre que se cree tan poderoso y propios y extraños se aguantan la risa. Cenaron. Estarán juntos en la ceremonia del 14 de Julio. Melania tiene permanente cara de angustia mientras Mme. Macron sonríe  con serenidad. Hay electricidad en el ambiente.

El francés que se quiere parecer a todos los franceses

Con la promesa de inclusión como bandera, Emmanuel Macron entró al Eliseo para ser el presidente más joven de la V Republica francesa. En el discurso de transmisión de poderes, se dirigió a la gente para decir “los franceses han elegido la esperanza y el espíritu de conquista. El mundo y Europa necesitan hoy más que nunca de una Francia fuerte y segura de su destino, de una Francia que lleve en alto la voz de la solidaridad, que sepa inventar el futuro”, 

Con aire fresco y palabras de unión, en una ceremonia sencilla en la que Hollande le pasó la estafeta a su delfín, Macron insiste en la integración como fuente se soluciones, deja atrás las palabras odiosas de su adversaria y se olvida de causar miedo al diferente. Es más, se vale de la diversidad para sustentar su plan. Habló a los que se sienten olvidados y se comprometió con aquellos que no votaron por él.

Claro, los discursos inaugurales son muy optimistas siempre. Prometer no empobrece. Pero, el presidente frances está dando pasos que generan confianza.  Empieza a dar muestras de modernidad. En los detalles están los signos. Los invitados al banquete de festejos, recibieron como regalo una camara digital 360 grados. Tal vez, sea una pista de la forma en la que ve al mundo. Un gobireno tiene sus signos: Macron, un hombre que ha meditado sobre el país que dirigirá y la función que ocupará, sostiene que la democracia francesa está marcada por un vacío en su centro, una figura ausente: el rey. “Hemos intentado colmar este vacío, colocar otras figuras: son los momentos napoleónicos y gaullistas, especialmente”, dijo en una entrevista con la publicación Le 1, recogida en el libro Macron por Macron, veremos como se ven las cosas desde el despacho presidencial. El nuevo presidente cree que al normalizar el cargo —una normalización que con Hollande llegó a su paroxismo— se ha ahondado el vacío. “Lo que se espera de un presidente de la República es que ocupe esta función”. Y él empezará a hacerlo de inmediato. El lunes tendrá que formar gobierno, conformar su gabinete.

Su primer viaje de Estado será a Berlín, busca fortalecer la unión de Europa. El mundo mira a los dirigentes europeos y espera aue sean personas mesuradas y atinadas. Los estadounidenses deben sentirse algo envidiosos, Francia tiene un hombre joven, gentil, de visión amplia, con un vocabulario claro con palabras que dan certeza e ideas que alimentan esperanza. Este hombre, que mas que dividir quiere unir, que mas que marcar las desigualdades, quiere parecerse a todos los franceses. ¡Buena suerte! La idea es buena.

Paseo de los ingleses

Al pensar en El Paseo de los ingleses, imaginaba a Henri Matisse caminando con los pinceles en la mano planenado su siguiente pintura, moviendo los colores de lugar y colocándolos donde le parecían mas bonitos. Casi puedo ver a Chagall estudiando los reflejos del mar para entender los juegos de luz que más tarde  plasmaría en sus vitrales. Cada que pienso en Niza recuerdo el Mediterraneo, el casino, las vistas, los cafes y la memoria se llena de nombres queridos y eventos divertidos. 

Nunca vi al Paseo de los ingleses como un lugar peligroso al que debiera evitar para estar a salvo. Siempre fue la recomendación para quienes viajarían a la Costa Azul. Era el paso obligado para quienes llegaban en avión o en tren. Propios y ajenos se llenaban la vista con los bañistas al sol, con playa y cielo, con un ambiente refinado y a la vez relajado tan típico del sur de Francia.

Ni Matisse ni Chagall  ni Picasso ni Dalí ni nadie jamás se imaginaron ver el pavimento del Paseo de los ingleses pintado de rojo. En la conmemoración de la fiesta nacional, los franceses y sus visitas salieron a buscar los fuegos artificiales y a participar de los festejos. Azul, blanco y rojo eran los colores reinantes, ganó el último. La sangre quedó. Un hombre condujo un camión con el unico fin de arrollar a quien tuviera enfrente. Zigzagueó para atinar a la mayor cantidad de personas. Se llevó entre las ruedas a más de ochenta personas, no le interesó que sus víctimas también fueran niños. Menos le importó que en ello se le fuera la vida. Terminó muerto.

En medio de lo inexplicable, en el caos que se produce por una tragedia se piden respuestas que nadie puede dar. El ministro Valla dice que hay que acostumbrarse a vivir así, resulta complicado hacerse a la idea de estar sobre un varril de pólvora al que ya le encendieron la mecha. Los franceses le reclaman al Presidente Hollande, durante su mandato ha tenido que salir a dar ánimo a su gente, a tratar de explicar, de unificar. Los franceses están enfadados de tantos discursos.

La gente eleva la voz, quiere que sus autoridades den mejores respuestas, exigen resultados. No hay respuestas ni resultados. No hay palabras adecuadas. No hay forma. El enemigo no sólo es huidizo sino inmaterial. No lo entendemos. Estamos frente al choque de civilizaciones. Enfrentamos muertes y asesinatos.

El Paseo de los ingleses fue diseñado como un bulevar para caminar en paz. ¿Ya no será eso posible? Nos tendremos que conformar a ver esas imagenes de familias en la calle sólo en los cuadros que se pintaron antes. No. Espero que no.

Dios mío, qué te hemos hecho (la película)

Todavía es difícil ver cine de comedia en francés. La cartelera se llena de películas de acción, de dramas y de todo tipo de producciones, en la mayoría norteamericanas y las demás naciones tienen que luchar por un espacio para proyectar sus creaciones, incluso las nacionales. Las oportunidades para ver cine de otras partes del mundo son escasas, por eso, cuando veo que se exhibe algo diferente, de inmediato capta mi atención y trato de ir.

Ese fue el caso de Dios mio, qué te hemos hecho, una película de comedia francesa que sin ser cine de arte, sin grandes pretensiones, llegó a la pantalla para arrancar risas y regalarle oportunidades a las carcajadas. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto en una forma tan blanca. Es una producción que se puede ver en  familia sin la preocupación de pasar vergüenzas,  se puede ver con hijos, con padres y es una excelente pieza para ver con la abuelita. No hay sexo explícito, no hay vulgaridad ni lenguaje soez para provocar el chiste. También es un reflejo de lo que sucede en Francia como resultado de la migración.

Claude y Marie Verneuil son un matrimonio francés muy tradicional, son católicos parácticantes  y padres de cuatro hijas, a las que han tratado de inculcar sus valores y costumbres. La película inicia con La fotografía del matrimonio de su hija mayor con un musulmán, seguida de la de su segunda hija con un judio y al de la tercera con un chino. Para la tercera fotografia el padre ya está descolocado y la madre va vestida de negro. Aunque el matrimonio trata de mantener una mente abierta, les resulta difícil lidiar con la convivencia y en el fondo, siguen depositando todos sus esperanzas de que su hija menor se por la iglesia y parece que lo lograrán, tendrán su boda católica, sin embargo, no es exactamente lo que ellos esperan.

Las situaciones jocosas se dan en la convivencia entre el judío, el musulman y el chino conviviendo con jna familia tradicional francesa que viven en Chillon, donde ser cosmopolita no es tan fácil como París. Una mirada superficial  basta para morirse de risa y cumplir el objetivo de entretenmiento del cine. Pero también cabe un análisis del mosaico en que se están transformando los países eurpeos por el fenómeno migratorio. Los cambios de barrio de Montmatre se reflejan en un comentario de Claude Verneuil, en el que de dice que ya no hay lugares para comer a la francesa, pues todo está invadido de locales que ofrecen comida china, tailandesa, árabe y eso es impensable en un país que siente verdadero orgullo de su comida que es un tesoro nacional. Y las bromas pesadas entre los yernos muestran como Francia se transforma por la presencia de judíos, musulmanes y chinos. En la película se insinúa que China es la que está quedándose con la mejor tajada del pastel. 

Se ve la dificultad de aceptar al diferente, de lo complicado que es tolerar al que piensa distinto y tambien se aprecia como las ideas preconcebidas llegar a alterar los juicios para engendrar conclusiones equivocadas. Es una imagen de lo que está pasando en Francia, sí, pero también en Alemania, en España, en Holanda, en Italia y que se parece tanto a lo que sucede en Nueva York o Loa Angeles.

Al salir del cine, después de tantas risas, me sentí contenta. Tuve la oportunidad de pasarla bien y de eso se trata el cine. También vi el reflejo de la globalizacion en la cotidianidad, en la vida de una familia a la que se puede entender y con la que se puede empatizar. También de eso se trata el cine.



¿Más miedo?

Después de los actos terroristas que sucedieron en Francia, los programas noticiosos de las principales cadenas estadounidenses muestran escenas de militares custodiando los lugares turísticos de París, televisan mesas de debates, emiten opiniones, todas en torno a la poca atención que Europa pone en la entrada y salida de gente a su territorio.
Como si esa fuera la razón, dicen que la falta de visa que permite a los turistas viajar por territorio europeo en entera libertad hace que gente pueda brincar de Turquía a cualquier país en el Viejo Continente y eso resulta muy peligroso. Todos opinan que se deben incrementar los protocolos de vigilancia, que se debe compartir la información de inteligencia para evitar mayores actos terroristas.
También transmiten, como si no estuviera vinculado, lo que parece ser un estupendo trabajo de las agencias que llevó a evitar un ataque terrorista al Capitolio hace algunos años. Vaya. Además, los comerciales nos enseñan a veteranos de guerra mutilados, a familiares llorando, a niños abrazando a sus padres en uniforme y a gente alrededor de un funeral militar. ¡Qué miedo!
La solución que los estadounidenses recomiendan a los europeos es aumentar los filtros de vigilancia, incrementar los cuidados cibernéticos, legislar para abrir los canales y poder espiar a los ciudadanos que resulten sospechosos, en fin, más miedo.
Yo me pregunto si esa es la respuesta. Será que sospechando unos de otros, desconfiando del vecino, premiando al soplón, metiendo las narices en las casas que resulten misteriosas encontraremos las fórmulas para evitar la radicalización que lleva al terrorismo. Me parece que se hace lo mismo que se critica.
Las imágenes de Panetta, anterior Jefe de Inteligencia de la CIA, advirtiendo sobre ataques más radicales, se multiplican. Advertencias y acotaciones “Nosotros somos las víctimas” se repiten una y otra y otra vez. La intensidad me genera sospechas. Tanta advertencia hace que los focos del escepticismo se enciendan. No creo que más miedo sea la solución.
Me parece, en todo caso que ese es el problema.

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