La lavandería o la desilusión de la democracia

Burns, S. (Productor),Sodebergh, S. (Director) (2019), La lavandería, Netflix

En este mundo de avances tecnológicos y de progresos incesantes, resulta que las máquinas nos conocen mejor que nosotros mismos. Por eso, cuando me llega una recomendación de Netflix de algo que me pueda resultar de interés, pongo atención. Generalmente, tiene razón y la sugerencia resulta de mi agrado. Si a eso le añades que en la sugerencia viene adicionada con las actuaciones de Meryl Streep, Antonio Banderas, David Schwimmer, Sharon Stone y Gary Oldam como que se pica la curiosidad. Una vez más, Netflix cumplió y me llevó a ver una película que más bien parece un documental, muy didáctico, de por qué las democracias en el mundo se nos están desmoronando. La pieza es lúcida para entender la indignación mundial que estamos atestiguando y ¿cómo no?

              Con una precisión en el tiempo, Netflix estrena esta pieza que nos lleva a explicarnos el enojo que tiene la gente común, la sufrida clase media, los humildes como se les denomina en la película, frente a una partida de cínicos oportunistas que aprovechan los huecos de la ley para permitir una red de evasión de impuestos usando empresas fantasmas. La narrativa es tan didáctica que lleva a entender a expertos y a los que no lo son, la manera en la que se lava dinero, se aparece y desaparecen valores con la facilidad que dan leyes mal estructuradas, emitidas a modo que benefician a dos sectores principalmente: a especuladores y políticos. La combinación de estos dos elementos da un sólo resultado: corrupción.

              Cuando pensamos en las razones que tiene una persona —o un grupo de ellas— para empezar un negocio, la respuesta es y siempre será: para generar utilidades. Sin embargo, la clave del asunto está en la forma de forjarlas. Las ganancias se deben de crear a partir de una actividad legal y productiva. El problema que se plantea en la película es que las ganancias que se generan a partir de estas empresas fantasmas son a partir de actividades especulativas. El dinero aparece y desaparece como por arte de magia. Sin embargo, no podemos ser ingenuos: nada se desintegra, todo se transforma.

De la película se desprenden dos preguntas sobre las que debemos reflexionar: ¿De quién es el dinero que se hace polvo?, y ¿a dónde va a dar el dinero que desapareció en un lado? Las respuestas no nos van a gustar. El dinero que se hizo polvo es el de la clase media trabajadora, de los ciudadanos de a pie que todos los días vamos a trabajar, de los que no nos encontramos en las listas de millonarios de Fortune, de los que no tenemos apellidos vinculados con los listados de las empresas más grandes del mundo de Forbes. Es decir, de tus bolsillos y de los míos, seguramente. El dinero que desapareció fue a dar a campañas políticas de gente que forma gobierno en todo el mundo. Meryl Streep, en una escena fuerte, se quita el maquillaje, mira a la cámara y dice: el dinero va a dar a Estados Unidos a beneficiar campañas que se deben financiar con millones de dólares para que los políticos de debieran estar trabajando en hacer leyes que protejan al pueblo, ocupen esos lugares. Esta consciencia nos saca el aire, es una verdad atronadora que indigna.

Al entender eso, entendemos el sinsentido de la corrupción y la lógica del lavado de dinero. Los casos de Panama Papers y Obedrecht quedan expuestos, la gota que derrama el vaso son los millones de dólares que están destinados a los políticos del mundo para alcanzar el poder; es el dinero que, siendo fruto de la evasión fiscal, sirve para lavar los flujos de efectivo del narcotráfico, de la venta ilegal de armas, de la guerra, de sobornos y extorsiones y, para decirlo fácil, de todo aquello que tiene que ver con la distribución inequitativa de la riqueza, con la pobreza alimentaria, con la inequidad rampante, con todo lo que nos causa dolor y miseria.

La desilusión de la democracia es que la voluntad del pueblo se pisotea y se trastoca para convertirla en una industria de entretenimiento en la que, quienes llegan a posiciones de poder a través del voto popular, también lo hicieron financiados por dinero mugroso, que viene manchado por derramamiento de sangre, por lágrimas de muchos. Y, también, tristemente, va a alimentar a haraganes y a cínicos a los que les apareció un dinero que no trabajaron y que seguramente salió de tu bolsillo o de mi cartera.

Un rescate alternativo

México es un país con lugares maravillosos, vistas increíbles, hoteles de calidad mundial, gastronomía sorprendente y música que alegra el corazón. Mi país tiene las mejores playas del mundo, un clima agradable todo el año, sitios arqueológicos, ciudades coloniales, pueblos mágicos que le dan gusto al sibarita más exigente. Por si la oferta no estuviera completa, el tipo de cambio del peso mexicano frente a las monedas internacionales hace que los precios que se pagan por los servicios sean sumamente económicos. Es decir, el turista que visita México recibe más y paga menos que en otros destinos.
Mientras en España, Portugal, Italia y Grecia se ve con esperanza la llegada de visitantes, en México no estamos dándonos cuenta de las posibilidades que ofrece la industria sin chimeneas que genera movimiento económico, generación de empleos y derrama de beneficios. Los países que han sido golpeados más duramente por la crisis del Euro aprovechan sus bellezas y cosechan los beneficios del flujo turístico a sus países.
En la Ciudad de México se inició una campaña internacional para promover las bellezas que el visitante puede disfrutar en una de las capitales mundiales más grandes y diversas del mundo. Se muestran los Museos, las pinturas de Diego y Frida, los parques, Chapultepec, La Alameda, los monumentos, las calles, los edificios, los centros comerciales que hay en México, D. F. Se deja ver la parte ultramoderna de Santa Fe, las ruinas de pirámides circulares –únicas en el mundo–, los retablos barrocos de las iglesias coloniales, la Avenida de los Insurgentes, El Paseo de la Reforma, en fin, las estampas más bellas que representan la grandeza de la capital.
Pero los maestros de la CNTE toman las calles y bloquean el Paseo de la Reforma y los accesos al aeropuerto más importante del país. Los turistas se van de la ciudad furiosos, sin poder disfrutar de aquello que se les prometió y que es real, pero que gracias a una turba de protestantes, no pudieron ver.
¿Cómo decirles a estos visitantes que vuelvan? ¿Cómo hacerles ver que la ciudad sí es bella y que no todos los mexicanos estamos de acuerdo con lo que ellos vieron? ¿Cómo hacerles entender a los maestros que el daño no sólo queda en las aulas? Se priva a los niños del derecho a ser educados y se ahuyenta la posibilidad de un impulso económico.
El gobierno de la Ciudad gasta en promoverla y tolera a quienes vienen a faltarle al respeto. El Banco de Mexico baja la tasa de interés en un intento de reactivar el paso y los manifestantes molestan a los turistas que genera empleos e impulsan la economía.
El turismo ha sido para España, Italia, Portugal y Grecia una palanca que activa al país y una reforma financiera alternativa. Lo que no se ha logrado por medio de políticos y Bancos Centrales, se logra con la belleza propia de los lugares, con la amabilidad de quienes los habitan y la hospitalidad de su gente.
México tiene los medios para hacer lo mismo que estos países europeos, para desatorar el desarrollo e impulsar el bienestar, pero en vez de apoyar lo correcto parece que nos gusta hacer lo contrario. Los mexicanos somos amables, cálidos y sabemos atender al visitante. El dicho de mi casa es tu casa nos ha hecho famosos en el mundo. Pero si las autoridades del Distrito Federal no imponen orden, si no cuidan yo dan a respetar a la Ciudad, los turistas seguirán huyendo de aquí.
A los turistas no se les engaña con discursos demagogos, ellos eligen y, evidentemente la gente no visita lugares en los que hay violencia, disturbios y bloqueos.
Faltan varias reformas por aprobar, muchas expresiones de desacuerdo están por venir. Cada quien está en su derecho de manifestar su opinión, si y sólo si no le faltas a los demás. Por el bien de todos, hay que respetarnos, hay que ordenarnos. Hay que dar la bienvenida a los que nos visitan y aprovechar la belleza de nuestra tierra para retomar el ritmo y crecer.

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