Turismofobia

Es curioso, pero para descansar en verdad y retomar bríos no es suficiente dormir horas y horas. No hay nada más efectivo que cambiar de aires, salir de la rutina y ver escenarios nuevos. Viajar constituye una de las formas de renovación más efectivas que hay. El turismo es una fuente de riquezas que echa a andar la economía. Se le conoce como la industria sin chimeneas. En esa condición, los turistas debieran ser vistos como una bendición y no siempre es así.
El fenómeno es peculiar, la gente viaja cada vez más, salir de casa se ha hecho más fácil, más accesible. El espíritu aventurero se despierta con mayor fuerza si el agobio aprieta. Por eso, muchos hemos sido turistas alguna vez en la vida. Claro que las formas de viajar han cambiado. El estilo se ha modificado. Antes una persona que vacacionaba seguía ciertas reglas de etiqueta. Hoy, otras. Y, esas nuevas formas no son del agrado de algunas ciudades anfitrionas. Este desagrado ha ido creciendo hasta ganarse una denominación: turismofobia.

Madrid y Barcelona son dos ejemplos de ciudades que padecen esta sintomatología. Han visto crecer el número de visitantes, pero no todos les resultan gratos. Parece un rasgo de petulancia —tal vez lo sea—, incluso le podemos llamar intolerancia, pero los modos de viajar y los modelos de negocio para recibir turistas han causado molestias entre los habitantes.
La ocupación hotelera ha crecido a más de cuarenta y siete millones de huéspedes que se reciben en hoteles de España, pero más de ocho millones de viajeros se han hospedado en casas y departamentos. Por supuesto, cuando se revuelve la cotidianidad del que se tiene que levantar a trabajar al día siguiente con la fiesta del turista, la mezcla saca chispas.
Peor, la situación se agrava cuando el dueño de una propiedad se la renta a alguien, pensando que será usada como casa habitación y se entera de que su inmueble se usa como hotel. El desgaste por la sobreutilización y los problemas con los vecinos se los queda el dueño, mientras el arrendatario y sus inquilinos efímeros desaparecen.
Todas las ciudades quieren recibir visitas de personas educadas que se saben comportar, pero en todos lados se cuecen habas. Florencia ve multitudes en sus calles, filas eternas para conocer sus emblemas y goza de las mieles de los ingresos que tanto turismo trae. Ese pacto es correcto. Todos dan y todos reciben. Lo que a ningún destino le gusta es recibie a gente que exige mucho y paga poco. 
El disgusto que causa ver las calles infectadas de gente con cámara fotográfica y pantalones cortos, aunque entendible, resulta egoísta. Claro que a nadie le gusta enfrentarse a situaciones de ruido y abuso del espacio. Por supuesto que a todos nos fascina escuchar el sonido de la máquina registradora. La turismofobia no es un tema menor y el libre mercado aquí no funciona, debe entrar el Estado regulador a equilibrar lo que se desbalanceó. Esto es en beneficio de propios y ajenos. 

No es agradable toparse con un mensaje de odio, cuando vas a dejar tu dinero en una comunidad. El turismo es una actividad benéfica si sabemos administrarla bien.

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Cerca de los Tres Caracoles

Muchos creen que el Código Romanoff no es verás, para el efecto no importa. Leonardo Da Vinci había llegado al taller de Verocchio en donde conoció a Sandro Boticelli y se hicieron amigos. El documento sostiene que la verdadera vocación de Leonardo era la de ser cocinero pero a su padre eso le parecía poco y por ello siempre lo impulsó a ser artista y lo hizo aprendiz del mayor artista de Florencia, uno de los más protegidos por los Medici. Pero, el gran Leonardo seguía escuchando el llamado de la estufa, las ollas, las especias y la sal.

Convenció a Sandro Boticelli de tomar el local en la esquina del PonteVecchio para abrir un restaurante. Algunos dicen que los maesteos le pusieron Los Tres Caracoles, otros que ese nombre era el que ya tenía. Las delicadezas que servían, como zanahorias hechas esculturas, platos simétricos y coliridos fueron acogidos en forma tal que tuvieron que salir corriendo del lugar y volver a las bellas artes. Muchos historiadores sostienen que esta narración es falsa, es una leyenda más alrededor de esros grandes florentinos. A mí me hace gracia.

Caminando por Florencia, recorrimos las calles desde la estación de Santa María la Novella hasta Il Duomo de Santa María de Fiori. Dicen que si el cielo tuviera puertas, serían las de Bautisterio de esta hermosa catedral. El calor es terrible, treinta y seis grados y nada de nubes. Parece que el cielo decidió ponerse a temperatura de comal. Nos estamos friendo. Pasamos la Plaza de la Signoria y nos dirigimos al Ponte Vecchio, nos detenemos en cada ventana, cruzamos el Arno, hacemos fotos y llegamos a un pequeño restaurante  al otro lado del río.

La vista del puente es inmejorable. Desde esas ventanas puedo verlo en toda su extensión y con aire acondicionado. El Paraíso existe. El Arno refleja la imagen del puente y de los edificios. Pienso en Sandro y en Leonardo como dos amigos que cocinan juntos mientras miran la vista que tenemos frente a nosotros. Sin nacimientos de Venus, ni Caballos, ni Giocondas, ni altares, sino con papas, cebollas, fogones, cacerolas. 

Florencia nos trata bien, comemos felices las delicias de la Toscana. Entiendo la tristeza de Dante que fue expulsado de la ciudad y nunca pudo volver. Lo quisieron traer de regreso, pero el poeta no se quiso arrodillar. Y, aunque murió en Mantua, puedes toparte con su figura casi en cada esquina.  Pienso en Virgilio, en Maquiavelo, en los Medici, siento a Dante. Siempre es así.

Lo más valiente de Florencia es la capacidad que tiene para honrar a sus grandes con humor. Así, Sandro y Dante quedan plasmados en las calles y hacen reír a quien pone atención y los alcanza a ver.

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