Creo

A mí la fe jamás me ha estorbado. Todo lo contrario, siempre ha sido un auxilio, un consuelo y una base. Por eso, los Viernes Santos, frente a la adversidad de la cruz he decidido creer.

Puedo entender la desesperación, la desesperanza y la duda. ¿Quién no las ha padecido? Pero, en esa circunstancia, prefiero mirar profundo, ver más allá de mi ventana y buscar linderos que me lleven a cruzar la puerta.

La fe me sale al encuentro como una madre y me protege como un padre bueno. Puedo contar con ella en tiempos de tribulaciones y me mantiene alejada de la soberbia, el orgullo y la mentira.

La fe es la alegría que llega cuando los demás ven un madero y yo veo una Cruz. Te veo e inclino el rostro, porque sé que a pesar de lo que sucedió el el Huerto de los Olivos tú también creíste y seguiste adelante.

Creo en ti, en que me diste un alma y una cubierta para poder caminar a ti desde la Tierra. Creo en la fuerza que me diste y en el discernimiento para distinguir el bien y el mal. Creo en la libertad que me das para decidir y en el amor y la paciencia que me tienes. Creo que estoy envuelta en tu misericordia. Creo que lo que sucedió en el Gólgota estaba escrito.

Creo en ti, con fervor, con amor, con convicción, porque te amo.

Restaurar

Mientras los expertos debaten sobre cómo se debe restaurar la Catedral de París, si debe de ser con los mismos materiales o si se deben utilizar nuevos, si se debe preservar la misma estructura o se puede renovar y en tanto unos van de un punto de vista al otro, en lo que todos estarán de acuerdo es que Notre Dame no puede quedarse en cenizas.

Me parece que restaurar, tal como lo define la RAE: “Poner una cosa en el estado o estimación que antes tenía”, requiere de una reflexión profunda. El espíritu original de Notre Dame era ser un templo, un espacio de oración en el que se venere a Dios desde la fe católica. Por fortuna, en Francia, al cardenal todavía no se le había ocurrido al feliz idea de cobrar por entrar a rezar como sucede en muchas partes de Europa, pero el espacio de oración era sumamente reducido y quienes entraban a la catedral lo hacían como quienes traspasan el umbral de un museo.

La reflexión debiera girar en torno a devolverle el estado y estimación por el cual se construyó. Los católicos hemos hecho muy mal en permitir que la devoción que merece un lugar dedicado al culto sea tratado como una sala de exhibición. Como ejemplo, en Jerusalem, los turistas no pueden entrar a la Mezquita de la Roca porque para ellos ese es un espacio santo.

Me parece que los católicos debiéramos empezar a replantearnos por qué el Islam, tan escrito en su observancia, está ganando espacios en una Francia que parece tan indiferente a los temas de fe. Restaurar Notre Dame puede significar, en estos momentos, devolverle esa tradición de irse a encontrar con Dios en un espacio dedicado a la Virgen María en todas sus advocaciones.

Muchos podrán pensar que exagero, sin embargo, Notre Dame es una Catedral y tal vez sea tiempo de recuperar su esencia, eso para lo que fue creada. Restaurar es, en esta condición, devolverle esa cualidad intrínseca para la que fue edificada.

Nican Mopohua

Acepté la sugerencia de Bernardo Barranco y me puse a leer el Nican Mopohua. La invitación a la lectura es pertinente en estas fechas ya que el texto narra las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego. Con independencia de la fe que se profese o del fervor —o la falta de devoción—, el texto vale la pena de ser leído por su calidad literaria.

Guadalupe es una seña de identidad mexicana, es una devoción que crece como un manantial insaciable. He conocido ateos guadalupanos, judíos que aman a la gudalupana, extranjeros que vienen a México con la única intención de acercarse al Tepeyac. La imagen de Santa María de Guadalupe se encuentra desde Canadá hasta la Patagonia y en tantas partes del mundo como en la Praga que tiene un porcentaje de creyentes muy bajo, en París cuya imagen es la más visitada en Montmatre, en Madrid y Cadiz, en Palos de la Frontera, en Lourdes y en Fátima. La Villa es el templo católico más visitado del mundo, sí más que San Pedro en el Vaticano y más que el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Enfrentarse al Nican Mopahua es estar delante a un texto amoroso que despierta la ternura. El uso de la palabra es suave y muestra un cariño entre quien escribe y la historia que narra.

Antonio Valeriano inicia el texto con las palabras en náhuatl nican mopahua, aquí sucedió y es parte de un texto más amplio el Huei tlamahuitoça que quiere decir El Gran Suceso. El título de esta obra en realidad es Huei tlamahuizoltica omonexiti in ilhuícac tlatohcacihuapilli Santa María Totlazonantzin Guadalupe in nican huei altepenáhuac México itocayocan Tepeyácac (en náhuatl, “Por un gran milagro apareció la reina celestial, nuestra preciosa madre Santa María de Guadalupe, cerca del gran atépetl de México, ahí donde llaman Tepeyacac“).

El texto que leí estaba escrito en español junto a la versión del náhuatl. El cuidado de las palabras, los diminutivos, el tono cariñoso con el que la Madre de Dios se dirige al indio Juan Diego es de un grado de hermosura que llama la atención. El autor describe el escenario con una economía de palabras muy bien lograda. En unas cuantas páginas nos da cuenta del milagro guadalupano en forma tierna, hasta candorosa que despierta admiración y recogimiento.

Antonio Valeriano emociona y logra la mística entre autor y lector. Enciende la chispa que recogió del testimonio del propio Juan Diego y nos muestra la relación que se forjó entre Guadalupe y su mensajero. La Virgen se dirige de esta forma:

“Mi hijito menor, estas diversas flores son la señal que le llevarás al obispo” (137)

Y el propio Juan Diego le habla a la madre de Dios así:

“Mi jovencita, hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá estés contenta.” (110)

El texto no sólo recoge las hermosas palabras de un par de seres que se tienen un trato cariñoso, sino las andanzas del indito —la palabra se plasma tal cual en el texto—desde Cuautitlán a la Ciudad de México, de Tlatilolco al Tepeyac. Se percibe el temor de Juan Diego para ir a ver a Fray Juan de Zumarraga, obispo de la Nueva España, la enfermedad del tío Bernardino y su vuelta a la salud. Nos cuenta las peripecias de Juan Diego para convencer al obispo para edificarle una casita a la Virgen María, madre de Dios.

Conocemos las apariciones de la Virgen y recogemos las palabras que hoy consuelan a todos los que somos guadalupanos:

“Que no se preocupe tu corazón, tu rostro. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y mi resguardo? ¿No soy yo la fue te de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos?” (119)

Conocer la historia tan conocida desde el texto que recogió de los protagonistas la anécdota tiene un efecto que entra derechito al corazón. El texto tiene treinta y cinco páginas, incluida la introducción. Es de fácil acceso, se baja gratis en Internet. Su lectura es un gozo para quienes amamos a Guadalupe y nos encomendamos a ella. Es un escrito dividido en 218 estrofas y concluye con la certeza de que ningún hombre pintó la amada imagen.

Vale la pena leer el Nican Mopahua por el valor del texto en sí mismo. Vale para los que le tenemos amor a las letras y para quienes somos guadalupanos de todo corazón.

Misa primera

Las calles de la Ciudad Antigua en Jerusalén están vacías. Caminamos rumbo a la Puerta de Damasco pero nos equivocamos, entramos por la Puerta de León. Al traspasar el umbral nos topamos con grupos de musulmanes que acuden a la primera oración de la mañana. Todavía está oscuro, aún no amanece. Nos perdemos en el laberinto de callejuelas. Preguntamos pero no logramos darnos a entender. Por fin, alguien nos da instrucciones, tenemos que rodear la Mesquita de la Roca para llegar a la Basílica del Santo Sepulcro. El día comienza a clarear.

No fue nuestra intención pero recorremos el camino de la Vía Dolorosa. Vamos solos. Somos Carlos y yo de la mano movidos por esa fuerza que levanta de la cama, te saca del hotel, te lleva a las calles y te conduce al destino, como si todo estuviera acordado entre el porvenir y el universo y nosotros nada más pusieramos la voluntad de dejarnos dirigir. Damos pasos y cuando dudamos qué dirección tomar, alguien aparece, nos topamos con un anuncio, una flecha o algún transeúnte que nos dice por donde ir.

Llegamos. La maravilla de estar ahí al amanecer es que no hay multitudes. La recompensa de los peregrinos que decidieron madrugar es esa intimidad, ese silencio y recogimiento que hay en el santuario. Podemos entrar al Santo Sepulcro y estar ahí todo el tiempo que queramos. Somos pocos, pero no somos los únicos. El ambiente huele a incienso, a flores y el silencio es tan abrigador que no hay más que arrodillarse y dejarse abrazar por el amor que va desde el Alfa hasta el Omega.

El tiempo se detiene para dejar pasar a Dios.

Salimos del lugar más bendito. Nos sentamos en las bancas frente a la entrada del Sepulcro. Entran los monjes ortodoxos y los sacerdotes. Cantan, leen y nos bendicen. Luego, llegan los franciscanos a preparar todo para la misa primera. Son pocos los que pasan, es un lugar muy pequeño. Se cierra la puerta y da inicio la misa primera. Las bendiciones hacen que el corazón lata a un ritmo distinto. 


Jerusalem

No hay mejores palabras que las del Rey David:

¡Qué alegría cuando me dijeron:

“Vamos a la casa del Señor”!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada

como ciudad bien compacta.

Allá suben las tribus,

las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel.

Poco más se puede decir después de visitar tierra tan santa. El corazón salta de felicidad, lleno de eso que da la fe que quienes creemos llamamos amor de Dios.

Tierra bendita, momentos de amor, grandes bendiciones. 

La destrucción del equilibrio en The Children Act, Ian McEwan.

 

 

The Children Act

Ian McEwan

Doubleday, Random House

London, 2014.

Todo parece tan inocente, tan tranquilo, tan plácido pero cuidado, estamos frente a un autor de pluma pesada, sabemos que en cualquier momento Ian McEwan nos confrontará con un hecho disruptivo que alterará ese equilibrio tan palpable que los lectores disfrutamos en los primeros renglones de The Children Act. Nada de qué sorprenderse, McEwan es fiel a la estructura esquemática de su escritura. Lo asombroso es la forma en la que logra atraparnos a pesar de recurrir siempre al mismo método: una situación de arranque que plantea una escena en que los personajes están cómodos y un evento disruptivo que altera y destruye el equilibrio. Esta secuencia, según Cecilia Urbina, “sugiere un cuestionamiento: ¿existe un mal latente susceptible a introducirse por azar en la vida de los individuos?”[1] Esta interrogante lo ha acompañado a lo largo de su obra literaria.

En The Children´s Act, un McEwan seguro de su pluma, lo manifiesta desde el principio: habrá motivos para inquietarse, la armonía está a punto de romperse, siempre, cada vez. La emoción regente a lo largo de la novela es un contraste desorientador, la placidez frente a un mal oculto que quiere atacar. En las primeras páginas percibimos una necesidad de aventura en personajes que ni se dibujan audaces ni se les ve que tengan necesidad de cortejar el peligro. Son personas de casi sesenta años que viven en el desahogo que da el privilegio y que tienen una comezón por vivir la aventura que no experimentaron en la juventud. Es el prurito que se altera cuando se es consciente de que los años jóvenes ya pasaron. Es la sensación de querer hacer una travesura, que tienen todos los que siempre han sido ordenados y correctos en la vida.

McEwan nos introduce a una sala confortable, de un departamento de Londres, en una tarde lluviosa donde habita un matrimonio compuesto por Fiona May, juez que preside la sala de la Corte de Asuntos Familiares y Jack un catedrático. Es domingo y ella se prepara para la audiencia del lunes mientras toma un whisky. El marido se acerca a decirle que tiene una amante y no quiere divorciarse, simplemente quiere darle vuelo a una aventura. Ahí el primer golpe autoral, de los muchos que se presentarán en la novela.

La tensión inicial se tiende sobre los terrenos del matrimonio, la fidelidad, el divorcio y el abandono. “La riqueza casi falla al traer una felicidad prolongada. La cotidianidad se pintaba con batallas campales con la persona tan amada. Toda la pena diaria, tenía esos temas comunes, esa uniformidad humana de todos los días. (p. 5)” Pensamos que le trama se urdirá en torno a los valores que sustentan un matrimonio añejo, sin hijos, de cónyuges con estudios y preparación, que  siguen a la letra los principios del siglo XXI “Libertad económica y moral, virtud, compasión, altruismo, trabajo satisfactorio, compromiso en las tareas, una red de amistades, estima de los demás, persecución de la trascendencia y tenerse el uno y el otro como centro de la existencia. (P. 17)” Vuelvo a advertir, se trata de McEwan que engaña al lector ingenuo. El trae otro tema entre manos y lo abordará dándole una vuelta de cuerda a la novela. “¿Estaría la vida a punto de cambiar? p.15 ”

                A lo largo de las páginas brincamos del tema matrimonial al tema de Dios: “Aquellos que creen firmemente, no sólo en su existencia, sino que dicen conocer y entender su voluntad. (p. 28)”; al de la eutanasia: “Los clérigos deberían de intentar anular el potencial de una vida significativa para sostener una línea teológica. La ley por su parte tiene problemas similares cuando permite a los médicos sofocar, deshidratar, matar de hambre a pacientes que no tienen esperanza de sobrevivir ya los que no se les permite el alivio instantáneo de una inyección fatal. p. 31)”; al de la carencia de un toque humano frente al enfermo: “El viejo sistema, lento e ineficiente, exento del toque humano, p. 37”.

Children Act, nos presenta varias reflexiones. Fiona Maye es una prestigiada juez, admirada por su inteligencia, pulcritud y sensibilidad en la corte. No tiene hijos y tiene un matrimonio de treinta años en crisis. También tiene un caso urgente que atender: Adam, un muchacho de diecisiete años se rehúsa a aceptar por motivos religiosos el tratamiento que le salvaría la vida. Él no puede decidir, por ser menor de edad y los médicos están apelando a la corte ya que los padres no quieren someter a su hijo al tratamiento.

El encuentro entre Fiona y Adam tiene repercusiones sorprendentes. Nadie se debe enganchar en las primeras intenciones de Mc Ewan, siempre tiene un propósito de fondo que nunca es evidente a primera vista. El lector se sorprende una y otra y otra vez a lo largo de la novela, así como se enternece y logra comprender los distintos puntos de vista que un narrador omnisciente descubre con objetividad al lector.

Se agradece la buena pluma que nos permite saltar de un tema al otro, de un hilo narrativo a otro, en el que se enredan personajes que conviven con el abandono, la violencia, el egoísmo, el miedo y sobre todo, la falta de certidumbre. Siempre contrastando entre la tranquilidad y el evento que la arrebata. ¿Dónde se encuentra lo correcto? ¿Quién tiene la seguridad de estar haciendo lo correcto? ¿Quién puede sostenerse como el conocedor absoluto de la voluntad de Dios?

Frente a los hombres que no corrían en mundo sino que lo hacían correr, el expresaba esas frases, no como creencias abrigadas, sino como hechos: como un ingeniero describiendo la construcción de un puente. (p. 78)”

                “La fe es una atmosfera de sinceridad y fuerza que sostiene la creencia. (p.87)”

                “Sin fe, que abierto y hermoso le puede resultar el mundo, que terrible le debe resultar. (p.219)”.

                The Children Act es un éxodo de sentimientos y sensaciones que abren la puerta a la tristeza, al miedo frente a la muerte, al fin de los que tienen fe y al de los que no la tienen; a la postura frente a los que creen y a los que no, a las diferencias que se hermanan frente a la tristeza y el desamparo. La novela nos hace sospechar sobre el derrotero de esos jóvenes de los años sesenta, tan ansiosos, tan liberales, con tantos cuestionamientos y tan apasionados por el amor y la paz que ahora que tienen sesenta años y se han convertido en parte del status quo.

Como si se tratara de un músico que tiene tanta seguridad en las notas que nos llevarán al clímax, McEwan nos revela los acordes que se repetirán una y otra vez hasta el cierre de la sinfonía. El autor confía en los hechos disruptivos que asaltan por sorpresa y roban la calma. Ya lo sabemos y, sin embargo, seguimos cayendo embrujados ante la narración. Ian McEwan cree tanto en la estructura arquitectónica de sus novelas que no tiene miedo de repetirla nuevamente y, no sólo eso, se regodea con repeticiones del método en varias ocasiones a lo largo de la obra. El contraste que se da en situaciones en las que aparentemente no pasa nada. Las diferencias que surgen cuando todo es plano y uniforme. Y, claro, cuando el lector piensa que ya está cómodamente abordando el tema que el autor quiere desarrollar, llega McEwan y le destruye el equilibrio. Existe, cómo plantea Urbina, un mal latente susceptible a invadir la armonía de los seres, así, de repente. Tal parece que McEwan está determinado a demostrar que así es.

 

               

[1] Urbina C. La ruta de la creatividad, Ed. Casa Lamm, México 2013. p.43

¿A dónde irán?

Desde el avión veo una lancha que surca el mar a toda velocidad. ¿A dónde irán?, me pregunto. ¿A dónde irán?, se preguntarán ellos. En su avanzar dejan una estela de espuma que aunque es casi imperceptible por la altura, se puede ver. Sin embargo, la evidencia de ese paso se desdibuja a los pocos metros. 

A esta altura, en el atardecer, el reflejo del sol le da al agua la apariencia de una piel de mujer joven, pero no tanto. Las olas que se distinguen son pequeñas arrugas que comienzan a brotar y los destellos de luz figuran poros de una epidermis eterna e interminable.

El cielo aborregado visto desde arriba tiene una sensación distinta. Parece una colcha de piel de alpaca que cubre la enorme cama de la bóveda celeste que acuna al sol. Es una red nubosa que se teje entre el cielo y el mar. En medio estoy yo.

La sombra de las nubes se refleja en la supercifie del mar, en cambio, la figura del avión es tan pequeñita que no se hace notar. No parece haber más evidencia del paso más que el rugido que sale de los motores que va quedando en el camino y que se desvanece en cuestión de segundos. 

Hay figuras en esos cúmulos aborregados. Caras sonrientes, como las de los dibujos de los niños, elefantes de trompas arrugadas, tortugas con caparazones que miden kilómetros, hipopótamos y pantalones de mezclilla arrugados. Perros y gatos, rostros, muchos rostros. La cara de una bruja. La bruja sonríe. Parece estar de buen humor. Todos están de buen humor. También yo. El sol del oeste es un foco amarillo redondo y luminoso. El azul del cielo es muy pálido, tímido ante el dorado de los rayos que atraviesan la ventana y llegan a las caras, a esas caras que veo en las nubes y a esta cara mía. En un parpadear cambian, unas se deshacen otras se transforman.

Ojalá se pudiera caminar en las nubes, correr descalza sin hundirse en la ilusión de lo mullido. Ojalá se pudiera saltar sobre ellas, en forma lenta, impulsarse y salir disparada, dibujar un parábola antes de  alcanzar el destino, hacer pirueta sin sentir miedo y acunarme sonriendo en ese tejido apretado de vapor de agua. No, no se puede, ojalá se pudiera, pero no. ¿O, si se puede? 

Se puede ver, no tocar. Así son muchas más cosas de las que quisieramos aceptar. Las podemos percibr de una  forma y disfrutar de ellas, intentar hacerlo en otra forma es atentar contra su esencia y desperdiciar momentos de felicidad. Eso, imagino, debe ser la contemplación. Encontrar la forma de encontrarte, sin la necesidad de imponer condiciones, sin el imperio de mi voluntad sobre la tuya, con el único afán de estar a tu lado. Eso, me imagino debe ser el Amor al que te refieres y la Fe que se requiere. 

No dejan de ser curiosos los efectos que causan estos instantes de  observación de la naturaleza. La dimensión entre lo pequeño y lo grande. Los espacios en donde se manifiesta lo inmenso y donde algunos logran encontrarte. 

Ya no veo la lancha y seguro ellos no ven el avion. ¿A dónde irán? Me parece que todos llevamos el mismo destino, sólo que unos lo ven de una forma y otros lo sentimos de otra. Sin duda, todos vamos al mismo lugar. 

  

Decidiste estar en el Tepeyac

Decidiste, Virgen buena, bajar de los cielos a dejarnos un regalo en el Tepeyac. No has hecho cosa igual con ningún otro pueblo. Te quedaste entre nosotros, no sólo en la venerada imagen del ayate, sino en la potencia del consuelo que nos da verte. Desde hace años diste instrucciones para que se te edificara una casa en la que te pudiera ir a visitar el que quisiera. No hay otro requisito para entrar que el querer ir. Cada año somos más los que te vamos a ver, los que a tus pies vamos a dejar nuestras penas, alegrías, juramentos, anécdotas y motivos de agradecimiento.
Nos acogemos a esas palabras que le dijiste a Juan Diego: ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? Las hacemos nuestras y te sentimos eso, una madre cariñosa que esta ahí, lista para recibir a esa muchedumbre de hijos que tú acoges bajo ese manto poderoso y protector.
Virgen venerable, virgen laudable, estrella de la mañana, salud de los enfermos, consuelo de los afligidos, rosa mística, torre de David, arca de la alianza, todo eso que recitamos en el rosario, todo eso y más eres para nosotros, tus hijitos, como nos llamas cariñosamente, Así, en diminutivo. Así, como lo hacen las madres a diario. Y, nosotros que te queremos, nos acurrucamos en tu regazo y no dejamos proteger.
Dicen que bajaste a estar entre los pobres, yo creo que te quedaste en el Tepeyac para acompañar a los desvalidos. Bajo tu protección me he sentido menos vulnerable, en momentos de máxima debilidad, más contenta en los episodios buenos y mas confiada cuando he perdido el rumbo. A tu altar llegan lo mismo ricos que pobres, jóvenes que viejos, los que saben mucho y los que no tanto, luchadores, abogados, médicos, agricultores, de todos y de todo tipo de peregrinos.
Hoy, con la casa llena de flores y de hijos, debes estar muy contenta. Los peregrinos llegan al Tepeyac y entran a tu casa a entonar la mañanitas, a cantarte alabanzas, a demostrarte cariño.
Desde aquella hermosa mañana en que tú, guadalupana, bajaste al Tepeyac, nos tienes en el hueco de tu mano. Ahí es dónde quiero estar. ¡Feliz día, Viegen María de Guadalupe! ¡ Felicidades, Virgen del Tepeyac!

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Nuestros queridos muertos

Dice la tradición que la madrugada del Dos de Noviembre se abren las puertas que separan a los vivos de los muertos y que los que ya se fueron tienen permiso de cruzar el umbral y volver. Por eso, se colocan altares con recuerdos, bebidas y manjares, es decir, con lo que le gustaba al difunto, para darle gusto.
¡Cómo quisiéramos que cruzaran el puente que divide el reino de Mictlantecuhtli con un poco más de corporeidad! ¡Cómo quisiéramos que si Dios Padre les va a dar permiso, se los diera en cuerpo y alma! ¡Cómo nos gustaría verlos, abrazarlos, llenarlos de besos y poderlos tocar! Pero nos tenemos que conformar con enviar suspiros al cielo, con evocaciones a veces vívidas, a veces diáfanas, con caricias a los retratos y besos al aire.
El evangelio de Lucas, en la parábola del epulón y Lázaro, se refleja la petición que el rico le hace a Dios: Deja que baje Lázaro y les cuente a los míos lo que hay después de la muerte. No, que escuchen a los mensajeros que les he enviado. Pero los humanos rebeldes queremos más.
Quisiéramos tener un hoyito por el cual atisbar el más allá. Tener certezas materiales de lo que sucede cuando uno de los nuestros o nosotros mismos damos el último suspiro. No, eso no existe. Incluso, los que han muerto y han regresado después de una técnica de resucitación, aquellos que cuentan que vieron una luz al final del túnel, se han topado con la explicación científica de que eso se debe a que el cerebro vive tres minutos más después que los demás órganos han dejado de vivir. No se trata de que hayan tocado la Eternidad, se trata de imágenes distorsionadas por un cerebro moribundo.
No, ante la muerte la única certeza que tenemos es que nos va a tocar. Lo que sucede después se divide en dos corrientes, los que ven un hondo mar oscuro, los que opinan que ese es el final y los que creemos en un cielo lleno de luz y amor. Si me dan a escoger prefiero la luz que la oscuridad.
Para mis queridos muertos, para los míos, para mí eso es lo que creo. Espero que mi ultimo suspiro abrirá la puertas que me permitirán entrar al lugar donde me reuniré con mi Mami Lolita, con María Antonieta, con mi abuelito Salvador, con mi abuelito Daniel, con mi abuelita Jesús, con el tío Víctor, con la tía María Elena, con mi tía Martha, con el padre Sanabria, con mi ángel de la guarda, con Jesús, María y José. Estaré en comunión con quienes partan antes que yo.
Sin embargo, hasta que eso suceda, trataré de atizar la flama de su recuerdo, lucharé por que su imagen no se borre y diré la oraciones que me conectan a ellos. A ellos a los que quise y quiero tanto.

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Magia bajo la luna (Woody Allen)

Lo siento, señoras y señores, a mí me gusta Woody Allen, por eso corrí a ver Magic in the moonlight tan pronto tuve oportunidad. Sin duda, esta película no es ni de cerca la mejor de su repertorio pero los que se apresuran a lanzarle de jitomatazos y dicen que la película es un fracaso, exageran.
Allen se nos pone romántico, o eso nos quiere hacer creer. Basta leer el título del film para darse cuenta. Cuidado, con este hombre no todo lo que brilla es oro, y si nos vamos con una primera intención lo mas seguro es que nos dejemos engañar. Woody Allen jamás será meloso, ni optimista, ni en todo caso, bien intencionado con su público. No le interesa cautivar de forma facilona, ni le importa narrar historias de amor. Así que hay que irnos con pies de plomo. ¿O, será que la edad lo está ablandando?
En esta oportunidad, Woody Allen, una vez más, nos saca del ambiente de Manhattan y nos sitúa en la década de los glamorosos años veinte, en una situación que sorprende pero no nos resulta ajena: una estafadora que está viviendo su momento de oro al hacerse pasar por espiritista que tiene cautivada a una familia millonaria que habita en el sur de Francia. Una rica excéntrica que tiene necesidad de comunicarse con su marido muerto y que está dispuesta a pagar carretadas de dinero por el contacto con el espíritu de su cónyuge. Un heredero que se enamora de la medium a la que le propone matrimonio. Un experto que debe descubrir el truco, desenmascarar a la timadora y dejar que la verdad reluzca.
Los escenarios son estupendos, el vestuario impecable, los autos son un lujo. Emma Stone no falla, la actuación de Colin Firth es buena, aunque no le creemos esa vena de galán conquistador a esa edad.
¿Hay o no hay historia de amor? Ese es el enigma. Hay un tono dulzón con el que Woody Allen quiere mimetizar la verdadera pregunta de la película, ¿hay o no hay vida más allá de la muerte? El protagonista, papel que ocupa Colin Firth, es un admirador de Nieztche y creyente fervoroso de que Dios no existe y de que rezar es una pérdida de tiempo. Pero en algún momento de la trama llega a creer y encuentra felicidad.
¿Será que Woody Allen, dada su edad, se está planteando la existencia de un Dios bondadoso o simplemente está jugueteando con nosotros para darnos una vuelta de tuerca?
Si comparamos Magic in the moonlight con Blue Jasmine, no hay forma de que Woody Allen salga bien librado. La película no logra la conexión con el público que logró con su film del año pasado. El espectador se entretiene pero en esta oportunidad, la pinza no se cierra. No está ese toque de sinceridad del ojo del director que sabe como sacudir con su punto de vista agudo, con ese que desnuda la miseria humana.
A pesar de ver escenarios de la Costa Azul y tomas que nos recuerdan la película Para atrapar al ladrón, Emma Watson no es Grace Kelly ni Colin Firth es Cary Grant, ni de lejos. Sin embargo, se agradece el guiño retrospectivo.
Allen se acercó tanto al tono sarcástico que nos privó de enfrentar esa duda que enfrenta a los que creen con los que no tienen fe. Las líneas sorprendentes en las que defiende el ateísmo pero le abre la puerta a la posibilidad de un Dios que da felicidad, quedan diluidas en el miedo del personaje por sonar cursi. La magia de Woody Allen no brilla tanto como en otras oportunidades.
Pero, como sucede con lo que nos gusta, me hago de la vista gorda y digo que sí, que vale la pena verla, aunque al hacerlo, no estaremos disfrutando de su mejor trabajo.

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