Lo que nos falta. (En memoria de los normalistas de Ayotzinapa)

El Procurador cansado salió a darnos una noticia que, tristemente, no sorprendió a nadie. Por desgracia, ya lo esperábamos. Jesús Murillo Karam con el rostro cenizo, con cara seria nos dio una larga explicación de los detalles de la búsqueda e investigación de los muchachos normalistas de Ayotzinapa. Caso cerrado, los muchachos fueron brutalmente masacrados, tratados con una animalidad y desapego de su calidad humana que va más allá del escándalo. Están muertos, concluyen las evidencias. Los mataron dicen las declaraciones. ¿Qué nos queda después de escuchar al abogado de la Nación emitir este comunicado?
Los padres no lo aceptan, no se resignan a creer que ese fue el destino de sus hijos, no pueden con esa verdad. La esperanza, contra toda lógica, sigue viva, no quieren dejarla morir. Sin embargo, mata más una falsa esperanza que una terrible realidad. ¿Cómo creer lo que pasó si no nos explican las razones que llevaron a este desenlace?
Nadie ha sido capaz de darnos una explicación de lo que estaban haciendo estos muchachos en Iguala. No hemos recibido una justificación medianamente verosímil de las razones que llevaron a estos estudiantes a subirse a un autobús que los llevó a la muerte. Si no entendemos, no hay forma de aceptarlo, dirán los padres. Diremos los ciudadanos.
La verdad, a veces es cruda. Casi siempre es dura. Sin embargo, la necesitamos para entender, para empezar a construir una base de consuelo, para evitar que algo así vuelva a suceder. Pero, si no sabemos lo que debemos de prevenir, lo más seguro es que vuelva a pasar.
En estos momentos, después de escuchar las palabras del Procurador, siento que nos ve pequeños, no cree que estemos a la altura de recibir la verdad como es. Tal vez tenga razón, es probable que la verdad no nos guste, pero necesitamos entender qué llevó a estos chicos a ese destino fatal. Nos cuesta trabajo aceptar que fue una confusión lo que los llevó a la muerte. No logramos admitir que grupos de sicarios, de los que no teníamos noticia, sean los responsables. Entendemos que es seguro que los jóvenes no estaban rezando el rosario, ¿qué estaban haciendo? Falta justificar lo que dice la evidencia. Sí, están muertos, ¿por qué?
Mientras no lo sepamos, los padres no podrán empezar a resignarse y en medio de ese dolor, entre el llanto y la pena, seguirán siendo manipulados por vivales sin corazón ni alma que se amparan y se esconden detrás del esas almas desgarradas para hacer fechorías y perpetrar crímenes.
Lo que nos falta es una explicación, no los detalles crudos de una ejecución ni el olor a sangre ni la textura de las cenizas, eso aumenta la rabia, el dolor y la confusión.
Lo que falta es resignarnos a esta pena tan grande, en la que sin pies ni cabeza, tenemos que asumir que aquí hubo una masacre vil, deshumanizada que no logramos entender porqué no nos la logran explicar.

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Jalarle los bigotes al tigre

Hay cierto placer en desafiar a la autoridad. Es como sentir cosquillas por todo el cuerpo al ver que un poderoso pasa aceite al dar explicaciones que nadie cree ni nadie espera creer pero que todos acechan por el gusto de ver una especie de espectáculo.
Por eso, por esa característica primitiva que nos hace olfatear sangre e instintivamente correr a morder, nos gustan los memes, nos regodeamos cuando alguien se cae en la alfombra roja, cuando un político usa una construcción gramatical equivocada o cuando un Presidente de la República es evidenciado.
Es una característica humana que no es privativa de cierta nacionalidad o de alguna latitud particular. El discurso en el que Nixon renunció a la silla presidencial rompió records de audiencia. Las películas en las que se refleja a un Hitler débil gritando como histérico sin control se han filmado una y otra vez por los niveles de venta que alcanzan. Ver a una estrella infantil, que ha sido imagen inmaculada, ejemplo y aspiración para la niñez entera de un país, retratada cazando animales en extinción o bailando en forma vulgar, gana rating. Es una fórmula probada en el mundo del espectáculo.
Poner a la autoridad o al poder en evidencia es como cuando un niño se vuelve desafiante a ver al padre y le dice: No me dolió, aunque todavía tenga las nalgas rojas por los cinturonazos. ¿Le quitó el dolor? No, pero hay una especie de desquite que no sabe del todo mal.
Eso sucedió con el escándalo de la casa de la señora del presidente. Andamos como el Caballo Blanco del corrido, con el hocico sangrante, atarantados por los hechos vividos, por la agitación que hay en el ambiente, con miedo e incertidumbre, pero no pudimos dejar de poner atención a la explicación que la Primera Dama dio sobre la compra en abonos del lugar donde el Presidente Peña durmió antes de salir a que le impusieran la banda presidencial.
Ahora resulta de que la va a traspasar. Parece que a la señora Peña le hace falta un asesor inmobiliario, accede a formas extrañas para adquirir y vender propiedades.
Yo me pregunto, ¿y luego? ¿No será que por estar jalándole los bigotes al tigre nos van a dar peores cinturonazos? ¿ No será una práctica distractora para que, por instinto, miremos donde no debemos y nos olvidemos de los muertos sin nombre de los que nadie habla y que se encontraron en fosas clandestinas en todo el territorio nacional? Pero, sin duda nos gusta ver en aprietos a los poderosos. Es divertido.
Creo que en estos tiempos, antes que la diversión esta la obligación. La que tenemos con los que no tienen voz porque los silenciaron a fuerzas. Esos que no jalan rating y no dan espectáculo.

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