El Ollin de Gilberto González

A mí me gusta hablar de casos de éxito. Al dar cuenta de las historias en donde las cosas salieron bien, además de dar testimonio, nos alejamos del mugrero que también existe en todos lados. Al abrir el periódico encontramos noticas de crisis económica, de fraudes, de funcionarios corruptos, de variaciones en los indicadores nacionales e internacionales. Es poco frecuente que llegue a la primera plana algo o alguien que hizo alguna cosa buena. Tal vez por eso me gusta la sección de deportes, ahí generalmente se habla de éxitos, lo malo es que el monotema mundial es el fútbol y eventualmente eso me aleja de esos territorios periodísticos.
Lo cierto es que las buenas noticias se menosprecian, se mandan a las hojas interiores de los diarios y en muchos casos pasan desapercibidas. Hoy no. Hoy, el ingenio de Gilberto González, un joven diseñador mexicano alcanzó la primera plana y lo hizo con un juguete de armar. Sí, no es broma. El proyecto ganó el premio alemán BraunPrize que se considera el de mayor relevancia en el terreno del diseño. El premio, aunque relevante, no fue lo que llamó mi atención. El premio, aunque es en sí mismo un éxito, no es el éxito al que me refiero, es lo que se desató a partir de haber sido galardonado.
Gilberto González se contactó con un corporativo chino y les encargó la producción de este juguete de armar que se transforma en pez, dinosaurio, insecto o lo que la imaginación quiera crear. También contacto un despacho mexicano para comercializar su juguete y, señoras y señores, ahí está la historia de éxito. Un creador de a penas veintisiete años que echó la maquinaria a andar.
Me llena de ilusión ver a alguien que es capaz de crear y de concretar. En el mundo de la creación existe una idea romántica de que las ideas se concretan en un papel, en un lienzo, en una partitura, en una hoja en blanco, en un pedazo de piedra y ahí para la cosa. Los creadores que llevan sus ideas al campo de la acción son pocos. Sigue muy arraigada la idea de que el artista debe vivir en una nube de éter, alimentándose de saltamontes y miel silvestre, dialogando con las musas y esperando a que algún héroe mítico valore sus obras. Muchos, con gran soberbia, dicen que la difusión de sus creaciones no les interesa.
Claramente, en el siglo veintiuno las cosas han cambiado. Gilberto González es un ejemplo claro de ésto que afirmo. No se conformó con imaginar, fue más allá, creo y concretó. Su obra se moverá, cobrará vida.
Bautizó a su juguete con el nombre náhuatl de Ollin, que significa movimiento perpetuo. Otro éxito que prefigura el destino de este juguete. Enhorabuena, González entendió que para ganar movilidad hay que poner manos a la obra. El Ollin de Gilberto es un caso de éxito, de esos de los que a mí me gusta contar.

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