Jalarle los bigotes al tigre

Hay cierto placer en desafiar a la autoridad. Es como sentir cosquillas por todo el cuerpo al ver que un poderoso pasa aceite al dar explicaciones que nadie cree ni nadie espera creer pero que todos acechan por el gusto de ver una especie de espectáculo.
Por eso, por esa característica primitiva que nos hace olfatear sangre e instintivamente correr a morder, nos gustan los memes, nos regodeamos cuando alguien se cae en la alfombra roja, cuando un político usa una construcción gramatical equivocada o cuando un Presidente de la República es evidenciado.
Es una característica humana que no es privativa de cierta nacionalidad o de alguna latitud particular. El discurso en el que Nixon renunció a la silla presidencial rompió records de audiencia. Las películas en las que se refleja a un Hitler débil gritando como histérico sin control se han filmado una y otra vez por los niveles de venta que alcanzan. Ver a una estrella infantil, que ha sido imagen inmaculada, ejemplo y aspiración para la niñez entera de un país, retratada cazando animales en extinción o bailando en forma vulgar, gana rating. Es una fórmula probada en el mundo del espectáculo.
Poner a la autoridad o al poder en evidencia es como cuando un niño se vuelve desafiante a ver al padre y le dice: No me dolió, aunque todavía tenga las nalgas rojas por los cinturonazos. ¿Le quitó el dolor? No, pero hay una especie de desquite que no sabe del todo mal.
Eso sucedió con el escándalo de la casa de la señora del presidente. Andamos como el Caballo Blanco del corrido, con el hocico sangrante, atarantados por los hechos vividos, por la agitación que hay en el ambiente, con miedo e incertidumbre, pero no pudimos dejar de poner atención a la explicación que la Primera Dama dio sobre la compra en abonos del lugar donde el Presidente Peña durmió antes de salir a que le impusieran la banda presidencial.
Ahora resulta de que la va a traspasar. Parece que a la señora Peña le hace falta un asesor inmobiliario, accede a formas extrañas para adquirir y vender propiedades.
Yo me pregunto, ¿y luego? ¿No será que por estar jalándole los bigotes al tigre nos van a dar peores cinturonazos? ¿ No será una práctica distractora para que, por instinto, miremos donde no debemos y nos olvidemos de los muertos sin nombre de los que nadie habla y que se encontraron en fosas clandestinas en todo el territorio nacional? Pero, sin duda nos gusta ver en aprietos a los poderosos. Es divertido.
Creo que en estos tiempos, antes que la diversión esta la obligación. La que tenemos con los que no tienen voz porque los silenciaron a fuerzas. Esos que no jalan rating y no dan espectáculo.

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Joan Rivers (In memoriam)

Joan Rivers fue una mujer controvertida y provocaba posiciones de extremo. Algunos la odiaban y otros la adoraban, casi todos la conocían y muchos, muchísimos la temían. Fue un verdadero ícono del mundo del espectáculo, un símbolo que supo hacerse un lugar y que supo hacerse notar.
En el universo del espectáculo los juicios sobran, si ella fue frívola, si su profundidad llegó a los niveles de los dos milímetros, si su lengua era mordaz —todo lo cual es cierto—, es lo de menos. Joan Rivers fue una mujer inteligente que supo interpretar los signos de sus tiempos y descifró el enigma del mundo del entretenimiento.
Desde un punto de vista técnico, Joan Rivers es un fenómeno de estudio. Fue en contra de las características esenciales en el mundo del entretenimiento en el que la corta duración de los proyectos y lo efímero es la moneda de cambio. La caducidad de las ideas, programas, personajes está fija en el corto plazo, justo cuando una fórmula parece ser la llave del éxito eterno, llega una nueva idea que revoluciona y cambia a la industria dando un golpe de timón que la redirecciona en sentido opuesto. Durar en el mundo del espectáculo es muy raro. Ella supo permanecer en la preferencia de su audiencia.
La imagino como el capitán de un velero manipulando el timón en medio de un mar embravecido. Se pararía ahí, perfectamente peinada, con la cara ultrarrestirada, con zapatos de tacón De Jimmy Choo y vestida con Vera Wang. Marcando tendencias, dando rumbo y dirección.
Por eso Joan Rivers fue extraordinaria. La mujer tenía más de ochenta años y seguía despachando, activa y vigente. Para ella la competencia de los jóvenes no representó una amenaza; el desempleo, la crisis económica, la desaceleración mundial, no la tocaron. Si bien son muchos los que la critican, también fueron muchos los que la respetaron. Captó audiencias a nivel mundial y lo logró en un mundo distraído por tantos impactos audiovisuales, con públicos volubles que no tienen filiaciones de por vida ni conocen mucho lo que es la lealtad de marca. Es todo un éxito. Más aún, entendió el acertijo y conservó su espacio en un mundo en el que ella representaba lo que ella misma criticaba: la vejez, las arrugas y la edad que a ella no la dobló.
Se fue tal como llegó, con ocurrencias. Dejó instrucciones precisas para su funeral. Pasó de lo kirsch a lo gore con una facilidad increíble. Ella supo en en el medio del showbizz, el espectáculo debe continuar.
Digo que Joan Rivers es excepcional por esto mismo, una mujer inteligente que hizo de la frivolidad su bandera, que tejió un nido de protección con esos materiales de fragilidad absoluta. Hizo del antivalor su sello de agua. Criticarla por superficial es ser insustancial, es caer en lo criticado, es quedarse con los dos milímetros de profundidad que se abominan. Es cierto, ella usó como arma de batalla lo fútil. Sin embargo, en una segunda mirada se descubre a un ser humano que entendió que lo hombre contemporáneo busca: quiere fama, quiere salir del anonimato y hacerse notar, quiere salir del mundo gris y adquirir un color que todos admiren, quiere brillar. Eso no lo logra una mujer frívola, ¿o si?

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