Una trompetilla al presidente

Hay un dicho que expresa la verdad más pura que existe: el que nunca tiene y llega a tener, loco se quiere volver. Resulta que el presidente López Obrador en uno de esos ataques de inspiración que le dan, se le ocurrió que es buena idea mandar una carta al gobierno español para exigirle una disculpa por la conquista.

Me entristece ver los titulares de periódicos españoles que dicen que México pide a España que se disculpe por la conquista. No, no es México ni somos los mexicanos, ni siquiera estoy segura de que muchos de los que componen el séquito lopezobradorista estén de acuerdo con la ocurrencia del presidente. Pero, a eso nos exponemos cuando le permitimos al ejecutivo levantarse tan temprano a encarar a la prensa todos los días en vez de exigirle que se ponga a trabajar.

Es claro que el Presidente López Obrador se levantó esa mañana con ganas de ayudarle a su esposa que acaba de publicar un libro con el tema de la Conquista y quiere que venda mucho. Es claro que entre tanta ocurrencia, quienes lo observamos, podamos ver su intención polarizadora. Abrir frentes polémicos nos distrae para evaluar lo que debiera estar haciendo en vez de perder el tiempo lanzándole un petardo a una nación amiga. ¿A qué hora se va a poner a trabajar?

Es cierto, la Conquista fue un período sangriento. Pero, me pregunto si tendremos que exigir disculpas al estado de Tlaxcala porque los tlaxcaltecas de aquellos tiempos se aliaron con los españoles para vencer a los aztecas. Ya el gobierno español declaró que rechaza con toda firmeza la petición de López Obrador, ¿qué esperaba? Y más allá de todo, ¿qué buscaba?

Ofrecer disculpas no reparará el daño que se hizo en aquellos años. El rezago de los pueblos indígenas no se repara con un usted disculpe, ni le toca a nadie más que a su gobierno resarcir las condiciones de igualdad, pero, ni siquiera los escucha. Pregunten en el estado de Morelos si los pueblos originarios se sienten contentos con las medidas presidenciales. ¿No debiera el Presidente López Obrador pedirle a ellos una disculpa, a ellos que creyeron en él y ya les dio la espalda en vez de arengar en contra de la España conquistadora?

¿No debiera el Presidente pedir una disculpa a todos los que ofende cada día en sus conferencias mañaneras desde Palacio Nacional amparado por el boato del Estado, a los fifís, a los neoliberales, a los conservadores, a los que no piensan como él, a los que no lo quieren, a los que no lo adoran e insulta cada día?

Tal vez, lo que le falta a López Obrador es darse cuenta. La rechifla que sufrió en Morelos, los abucheos que recibió al inaugurar el estadio de beisbol de Los Diablos Rojos reflejan que este autoritarismo al que nos está sometiendo no nos gusta. Más que exigir disculpas y buscarse pleitos donde no hay, debiera ponerse a trabajar.

Por estos temas, el Presidente López Obrador se está ganando trompetillas en muchos más sectores de lo que a él le gustaría confesar. ¿Y si mejor se diera cuenta de que dejó de ser caudillo y se pusiera a trabajar?

Los restos de Franco

Los restos de Francisco Franco, el dictador español, saldrán del Valle de los Caídos después de cuarenta y tres años de estar ahí. Un dictador no puede tener una tumba de Estados en una democracia, dijo Carmen Calvo, la vicepresidenta. Las palabras suenan fuertes, hasta congruentes. Sin embargo, eso de andar removiendo cenizas y sacando muertos de los sepulcros es, por decir lo menos, demasiado gótico para mi gusto.

Muchos en España creen y tiene razón que es inaceptable haberle dado semejante sepultura a un hombre que maltrató a su patria y ese símbolo grandilocuente tiene mucho de incongruencia. La importancia de los símbolos patrios tiene que ver con aquello que une y da identidad a un pueblo. Claramente, Franco desune.

No obstante, hay algo que desde el otro lado del mundo, desde esa mirada del México que ha padecido dictaduras puras e imperfectas, que enciende las alarmas porque algo sabemos de golpes efectistas de los gobiernos entrantes. Cuidado, cuando un nuevo gobernante quiere ganar legitimidad, da un golpe de autoridad y mete a la cárcel a un rufián o saca a un muerto de su tumba, hay gozo por parte del pueblo, pero, no deja de ser un golpe efectista. En México, hemos padecido este tipo de espectáculos y hemos visto como quien los ejecuta empieza rodeado de aplausos y termina mal, también por decir lo menos.

Es verdad, El Valle de los Caídos es un lugar ambiguo: es una basílica, es una iglesia que en teoría debiera ser signo de paz y reconciliación. Aunque también es un monumento fúnebre cuyo centro es una tumba que siempre tiene flores. Ni hablar, los restos de Franco saldrán. Yo los dejaría en paz, no sea que se salga el fantasma y empiece a rondar por toda España, o que decida habitar algún cuerpo con mente débil y lo manipule para volver a hacer de las suyas.

Rajoy

Veo en la imagen a un hombre vestido de pantalón corto, camiseta de piqué negro y mangas cortas, zapatos tenis que camina por el malecón de Santa Pola tan quitado de la pena como cualquier ciudadano. Sinceramente, la fotografía me hace sonreír. Independientemente de si Rajoy fue o no un buen presidente para España, hay muestras de que será un buen expresidente.

El hombre de la foto va solo. No está rodeado por guardaespaldas ni lo sigue un séquito de huelelillos. No le van cargando el portafolios. Se ve a un Mariano Rajoy sereno que camina a gusto a su nueva oficina en donde tendrá a su cargo a cinco o seis personas.

Me parece admirable ver como Rajoy mira al frente y no cede a la tentación de voltear para atrás. No hace lo que la esposa de Lot, seguro no quiere transformarse en estatua de sal. Las críticas en España sobre Rajoy y los ánimos encendidos ante la salida tan rápida del gobierno del Partido Popular no permiten ver la gloria de un hombre que se va sin hacer ruido.

Mariano Rajoy renunció a los privilegios que le da ser expresidente. Entra a la vida del ciudadano común a paso relajado y lo del pasado ya quedó escrito. No dará lata ni le deja cargas extras a sus sucesores. Se va a Santa Pola a trabajar. Buena suerte, señor Rajoy. Me gustaría que muchos políticos siguieran su ejemplo.

Valle de los Caídos

En 1989, estaba en los jardines del Escorial con Mario Paoletti quien era el director de la Fundación Ortega y Gasset. En aquellos años, yo era una alumna que estudiaba becada en Toledo y que fue al monasterio de San Lorenzo del Escorial en una visita de escuela a conocer. En ese tiempo, las heridas aún estaban frescas.

Don Mario y yo estábamos solos. Echábamos la mirada larga al paisaje y yo preguntaba y mi maestro me iba explicando. ¿Qué es aquello? La sonrisa se le cayó del rostro, se le avinagró la expresión y me dijo que era El Valle de los Caídos. ¿Vamos a ir a visitarlo? Desde luego que jamás. Es un oprobio. Decidí guardar silencio. Ver lágrimas y no entender es una llamada a cerrar la boca.

La cocinera de la Fundación, Conchi, era una señora regordeta que me quería mucho por ser mexicana, allá hacen muy buenas telenovelas y de allá era Jorge Negrete, decía. Le pregunté por el Valle de los Caídos y le dije lo que pasó con Don Mario. Ay, niña. Hay que tener morro. ¿Cómo le preguntaste eso? Y me explicó.

Me dijo que en esa grandilocuencia, en ese templo con dimensiones tan exageradas, es casi tan grande como lo Basílica de San Pedro, estaban enterrados los restos del Generalísimo Franco. Es una ofensa para muchos. Mira donde están los dictadores de las naciones, mira donde quedó Hitler y donde está Mussolini, mira el lugar que se mando hacer Franco. Ella no lloró, escupía fuego al referirse a Franco. Nos espió, nos aterrorizó, nos tenía viviendo con miedo. Nos robó la calma. Pero, tú eres mexicana, ve a ver lo que es y me cuentas.

Pedro, era un toledano que tenía un puesto de periódicos, me dijo que lo de Franco saca ampollas. Cuando murió, en España hubo gente que lo clamaba a gritos. Gente que le lloró. Es lo malo de los caudillos, o estás con ellos o estas contra ellos. Estar contra Franco en tiempos de la dictadura es mala idea.

La casa de mis padres está en una colonia que fue habitada por refugiados españoles. Los Fonellosa eran gente amable y siempre fueron nuestros amigos. Al hablar del Valle de los Caídos ellos elevaban los hombros, por fortuna no hemos visto ese lugar. No hemos vuelto a España y entiendo muy bien a quienes quisieran derrumbar ese lugar.

El Valle de los Caídos representa un monumento a la persona de Franco. El nuevo gobierno socialista ha retomado el plan de mover los restos del Generalísimo para cambiar el significado del lugar y convertirlo en un museo de memoria. Es un golpe de autoridad y de respeto a las víctimas del franquismo. Es atender una recomendación de la ONU sobre las fosas comunes y la comisión de la Verdad.

Entregaran los restos de Franco a su familia. Aquí los modos son importantes. No se puede correr sobre lápidas y restos humanos, sería caer en lo criticado. Se presentará un proyecto de ley y esto suele tardar por lo menos un año. Han pasado tantos años de la muerte de Francisco Franco y la herida sigue supurando.

Recuerdo la cara de Mario Paoletti aquel día en El Escorial, han pasado casi treinta años. Visité El Valle de los Caídos como me lo recomendó Conchi, Don Mario se enojó conmigo. Los dos escucharon mis apreciaciones del lugar. Me alegro de que no lo tiren, es mejor destino un museo de memoria.

Al final, el,objetivo de un museo de memoria es no repetir los errores de pasado. Está claro que el Hombre olvida muy rápido.

Emanciparse

El lenguaje es un elemento vivo que crece, se modifica y genera nuevos significados. Por eso, lo que antes representaba una cosa, hoy expresa algo distinto. El término emancipación es un excelente ejemplo. Para la generación de mis padres fue algo tan diferente a lo que quiere decir para sus nietos. La emancipación se refiere a acceder a un estado de autonomía por cese de la sujeción a alguna autoridad. El antecedente histórico de la emancipación viene del Imperio Romano, la venia aetatis era concedida por el emperador a los varones mayores de veinte años, por virtud de la cual esos menores de edad disfrutaban de una capacidad que les permitía disponer de sus bienes muebles. La mayoría de edad en Roma se alcanzaba a los veinticinco años. En general, el que se emancipa sale de la comodidad del nido parental para volar con sus propios medios. Claro, ahora emanciparse significa muchas cosas diferentes, dependiendo de muchas variables, que no necesariamente devienen en dejar de depender de los padres.

Mi papá por ejemplo, salió de su pueblo natal a los trece años para continuar con sus estudios. Evidentemente, llegó a la Ciudad de México contando con el apoyo de su familia, aunque mi padre ya era independiente antes de terminar la carrera universitaria. Es decir, alcanzó la autonomía cuando rondaba los veinticinco, muy al estilo romano. Yo, en cambio, viví en casa de mis padres hasta que me casé. Seguí gozando del abrigo familiar a pesar de que yo empecé a trabajar muy pronto y era económicamente autosuficiente. El apoyo de mis padres me ayudó a ahorrar y era frecuente que mi papá pagara muchas de mis cuentas, mientras estaba soltera. Pero, era una cortesía. Ya no era una obligación.

En mi generación eran pocos los que salían de sus casas antes de casarse, si vivías en una ciudad en la que pudieras continuar tus estudios. Si no, salías de casa con el apoyo familiar y al terminar muchos enfrentaban la decisión de regresar al hogar o de buscar vida independiente. Lo que sí quedaba claro era que al emanciparse, la autonomía implicaba hacerse cargo de uno mismo al cien por ciento.

Hoy, emanciparse no significa ser independiente. La mayoría de los jóvenes salen de la casa familiar sin que ello represente que los padres dejen de apoyar. Los hijos se van, especialmente si en su lugar de nacimiento no hay posibilidades de estudio y reciben una mensualidad para mantenerse: se les paga renta, servicios, vestido, diversión. El paquete incluye menaje de casa, gastos de auto, salud, libros, colegiaturas, y un etcétera tan amplio como la profundidad de las carteras de los progenitores. Se emancipan pero poquito. Se independizan pero no tanto.

El apoyo que los emancipados reciben de papá y mamá no sólo incluye dinero, también incluye comida —que se llevan del refrigerador de los padres o que mamá les prepara para que se lleven a casa—, servicio de lavandería, tintorería, lavado del auto, zurcido y lo que haga falta. Normal, si hablamos de estudiantes. Pero, los emancipados siguen recibiendo ayuda incluso cuando han concluido los estudios y están en el trance de ver qué harán con sus vidas. Es decir, mientras piensan si quieren trabajar o hacer una maestría, si hacen un examen de colocación o si logran una posición laboral, los papás siguen apoyando. A veces esos periodos de incertidumbre se prolongan por años y encontramos a estos neoemancipados cumpliendo treinta y tantos años y recibiendo apoyo de los papás.

Las razones de este nuevo lado de la emancipación tiene que ver con los salarios simbólicos, los bajos sueldos, los alquileres tan caros, los tiempos de estudio que se han alargado y la escasez de fuentes de empleo. El problema se ha generalizado, pasa en México, en España, en Francia, en Estados Unidos y en muchas partes del mundo. Esta pseudo emancipación tiene consecuencias a nivel sociológico. Los jóvenes no entienden que han alcanzado la vida adulta porque falta algo fundamental: independencia económica. Es triste ver a personas que están a punto de cumplir treinta años dependiendo de sus padres sin llegar a ser completamente adultos. ¿Qué pasó?

La cifra es objetiva y refleja los alcances de esta pseudo emancipación. Según El Pais, el 79% de los jóvenes —emancipados o no— reciben apoyo de sus padres. La cifra creció con respecto a 2008 en el que el porcentaje era del 52%. ¿Será que los padres de estos tiempos se han encargado de construir nidos tan cómodos que ya nadie quiere salir de ahí? ¿Será que siempre ha sido así? Lo cierto es que entre el miedo, la ilusión, los riesgos, las ideas chocan con la realidad que descarrila los sueños de muchas generaciones.

La verosimilitud de un cuento independentista

Había una vez un alcalde que se convirtió en presidente y en promotor de un sueño republicano. Sus palabras eran inspiradoras, su anhelo encendía corazones y logró que las chispas se convirtieran en un fuego abrasador. Pero, la lumbre empezó a llegar a los aparejos y en medio de la ensoñación colectiva, el alcalde despertó a su propia pesadilla. Cinco minutos después de concretar su proyecto, al proclamar la independencia tan largamente acariciada, abrió los ojos a la realidad y tembloroso y con los pelos de punta, hizo sus cálculos y huyó. ¿Se fue a refugiar a una República como la que pregonaba querer? No. Se fue a guarecer a una monarquía. Fin.

Si leyeramos este cuento en un taller de narrativa, lo primero que rechinaria sería la verosimilitud. Un republicano desprecia la monarquía pero se acoge a una corona ajena. Nadie lograría entender al autor que quiso dar un final semejante a una historia tan poco creíble. Mira nada más. Lo sucedido en Cataluña nos hace pensar en que la congruencia no fue tipo de cambio ni moneda corriente en aquellas mentes que de pronto nos resultan ni tan claras ni tan leales.

Puigdemont está en Bruselas, dice que no va a pedir asilo. Entonces, ¿qué hace allá? No tiene el apoyo de Europa. La soledad confunde, el alcalde se convrtio en expresdiente. El líder dejó a sus seguidores, los abandonó. ¿Qué harán ahora con todo ese fuego que se prendió? ¿Quién se queda para sofocar el incendio? Ya hay damnificados, hay gente que se quedó sin empleo, las inversiones se alejan, los turistas se van para otro lado, Europa mira con recelo y el mundo arruga la expresion ante semejante despropósito. ¿Eso querian? No creo. El despertar ha sido muy amargo y doloroso.

El cuento independentista se ha quedado sin su narrador. Los personajes de la historia han sido dejados a su suerte. Una grieta divide a los que se vieron inflamados por el furor de una Cataluña libre –¿de qué o para qué?– y los que no querían ser separados. Entiendo a quienes buscaban librarse de la carga de mantener una casa real, no entiendo la figura de la sangre azul, pero la verosimilitud del proyecto se agrieta al ir a cobijarse a otro manto real.

Me parece que el ejemplo catalán debe despertar al mundo. El argumento de buscar separarse porque daban más de lo que recibían, se cae por su propio peso. No podemos perder los valores que fundan al Hombre como ser social, es decir, hemos de ser solidarios, compasivos, colaborativos, porque si nos gana el egoísmo, la sensación de superioridad y el desprecio estaremos generando incendios que dejan todo chamuscado. 

En este cuento independentista, no ha habido ganadores. Peor, la justicia puede generar cargos de sedición y malversación de fondos. Tal vez ahi esté el nudo de este cuento. 

Había una vez en Cataluña…

Parece que la independencia de Cataluña tomó un camino de cuento chino. La narrativa errática, el arranque que atrapa el interés de la audiencia, la idea que cala hondo, el ardor que escuece el alma nacionalsta, el discurso victimizante de una región próspera que es devastada por una mano que sienten mas extranjera que propia y todo el relato que fue construido no bastó.Tanto  músculo textual se desintegra cuando no hay un fondo, cuando no hay cimientos que sostengan.

La diferencia entre una ocurrencia y una buena propuesta son el fin y los medios que se usarán para alcanzarlo. Si alguien empieza a aventar palabras a la hoja en blanco, será un palabrero. Si alguien se lanza a una aventura sin la realidad en la mano, será un vendedor de espejos. No importa que tan buen arranque tenga, tarde o temprano se les caerá la trama.

Por eso, hoy, el señor Puigdemont está pasando tragos gordos. Ya se le atragantaron las palabras y los motivos ya se le desgastaron. La huida de capitales de Cataluña fue la advertencia que no quiso escuchar. Pareciera que para que los catalanes se sintieran cómodos quedándose en España, debieran ser pobres y, en esa condición, recurrir a Madrid para estirar la mano y dejarse consentir. Eso de ser solidarios con otra región del país, les parecía un agravio. Ahora, se van quedando solos.

Las empresas se van, los turistas huyeron y en las calles de Barcelona los ánimos se siguen caldeando con tonos iracundos en jna dirección y en otra. Puigdemont dejó en suspenso una independencia que no se va a concretar porque no les conviene. Pero cuando se les ocurrió este cuento, no se imaginaron el final. Tal vez nunca lo tuvieron claro y ahora ya no saben que derrotero darle.

 

Titubeos en Cataluña

En España, la gente aguantó la respiración por unos instantes, guardaron silencio y escucharon lo que Carles Puigdemont tenía que decir. El mundo entero esperaba una declaración de tipo volado: cara o cruz, sí o no. Pero el señor se equivocó de juego o se cambió de tablero. Dijo que sí, pero hoy no. No hay mas que ver las evidencias para juzgar. Cuando alguien tiene frío se le pone la piel chinita y los dientes le castañetean. Parece que la estridencia independentista llegó al punto de quiebre y, ante las evidencias, le tembló la mano.

Las palabras de Carles Puigdemont dejaron de ser tan firmes y determindas. El referéndum tuvo resultados y generó efectos. Evidentemente, no los que él quería. La necedad de no escuchar las advertenicas, el poco alcance de miras que no le dio para ver lo que pasaría un día después, la arrogancia que lo llevó a violar la ley, a no escuchar a otros catalanes que le decían que ese no era el camino, la ira con la que se juzgó a los que amando a Cataluña no querian apartarse de España, tuvo consecuencias de amplio espectro. La independencia choca con los intereses económicos, los mercados son muy nerviosos, las empresas huyen buscando mesura, estabilidad. 

Los que piensan que una independencia no se pide por favor, los que juzgan que para lograrla hay que violar la ley y armar una revuelta se olvidan que no estamos en el siglo XIX. Hoy hay otras formas que buscan consensos y que son democráticas. Lo que pasó en Cataluña fue un despropósito en el que se le jalaron los bigotes al tigre con una inocencia que asombra a los que contemplamos a la distancia. Tal ve les faltó mirar a Escocia. 

Los valores de unidad, solidaridad y patriotismo quedaron en entredicho. El argumento era que Cataluña pagaba mucho a España, que era la región rica que cargaba a un muerto pesado, que ellos eran las hormigas y los demás las cigarras. Olvidaron que a veces así toca. Un resentimiento histórico se apoderó de la inteligencia de algunos y otros se valieron de ello para sacar a la gente a la calle y para amedrentar a quienes no pensaran que la independencia era una buena idea. No lo era, no lo es, dadas las condiciones.

Por eso Carles Puigdemont titubea, abre la rendija al diálogo y echa un paso atrás. Mariano Rajoy puede aprovechar este titubeo y alzarse con la gloria de la inteligencia. No está fácil. El reto es muy duro. Requiere de un pulso de relojero y de un manejo firme pero diplomático. Hablar, dar paso a la inteligencia. Pero, con la firmeza que el caso ocupa para frenar el caos catalan. La ley prevee caminos que hasta ahora no se han empleado y que parece que hoy son la alternativa. Pobres catalanes, buscando la independencia pueden terminar con el artículo 155 sobre sus espaldas.

El 155 permite al Gobierno de desde controlar las finanzas de la Generalitat, a dar órdenes o tomar el control de conselleries, la destitución de cargos o la disolución del Parlament. Lo que no puede hacer es suprimir o suspender la autonomía. En todo caso, buscando avanzar dieron los pasos del cangrejo. Hoy, ante el encontronazo, la fuente de riqueza catalana ya no parece tan abundante. Los turistas, las empresas y sus fuentes de ingreso huyen, así son los mercados. 

Por eso, frente a las consecuencias, Puigdemont dice que se va y se va y se va…, pero no se ha ido. Tal vez ya se dio cuenta que Cataluña no tiene otro lugar en el que más valga. Se lo dineron propios y extraños. Las facturas históricas que tendra que pagar ya le estan quitando la firmeza a sus palabras. Ahora, tendrá que definirse. 1-0 fue su apuesta,  o debe confundirse, él inició este juego.

Cuando los problemas no se atienden a tiempo

Cuando los problemas no se atienden a tiempo, se solucionan sólos. Claro, la solución no es la óptima. Eso es la evidencia de la incapacidad de quienes deben administrar un problema y gestionar un camino que lleve a una respuesta de arreglo. Pero, cuando el gato se queda pasmado, el raton hace fiesta, se burla, llega al lugar principal, se sienta en la cabecera, se come el banquete y le provoca dolor de estómago y nauseas a todo el mundo.

Miren al Presidente de los Estados Unidos, un ratón gordo, torpe y viejo que corrió frente al gato republicano que no lo supo parar a tiempo, que no detuvo su marcha —sea porque lo desestimó o porque no supo pararlo— y ahora vemos a un perfecto incapaz que no sabe gestionar emergencias. No sabe que hacer frente a una crisis natural, insulta a los damnificados de Puerto Rico, les dice que salen muy caros; en Las Vegas se niega a hablar de la regulación de la poseción de armas; expulsa a los dreamers, se obsesiona con el Obamacare, propone muros, acaba con tratados y no sabe que hacer con la amenaza nuclear de un asiático. El mundo no deja de preguntarse cómo fue que este hombre llegó ahí. Facil, nadie hizo el trabajo de pararlo a tiempo.

Algo similar sucede con la crisis catalana. Puigdemont corrió alegremente con un discurso populista, patriotero y agresivo, mientras Mariano Rajoy lo veía crecer sin hacer nada. Pudo orientarse al diálogo, no lo hizo. Pudo haberlo mandado detener porque estaba convocando a la ilegalidad y perpetrando alta traición, tampoco lo hizo. Dejó que el vaso se llenara a tal nivel que se desbordó. Corrió sangre. Se fisuró el Estado Español. Perdieron todos. El Rey intervino tarde. Pudo haberse pronunciado antes. Perdió esa oportunidad.

Ahora, tenemos a un par de ratones responsables de crisis que traspasan los límites de sus fronteras. El daño que causa Trump alcanza a propios y a extraños. Sus estragos son de amplio espectro y de largo plazo. Nos parece una eternidad el momento en que lo saquen de la Casa Blanca. Lo de Puigdemont apenas empieza y ya tiene a los europeos con la preocupación a tope. El mundo mira a estos sujetos y no logra entender cómo es que llegaron a donde están y se pregunta cuándo se van a aplacar. Pero, la pregunta principal es: ¿por qué no los pararon a tiempo?

La consecuencia es terrible: los muertos, los heridos no son escenografía. Me imgaino lo que pensarán estos dos ratones que estan sentados en la cabecera. Por las caras que se les ve, no están disfrutando el banquete. Parece que a ellos también les duele la panza. Pero ninguno de los dos sabe como parar, no entienden como bajarse del problema que causaron. Lo malo es que nadie quiere agarrarlos de las orejas, darles una sacudida de nalgadas y ponerlos a reflexionar en un rincón.

Ojalá alguien se atreviera. 

Pudiendo haber hecho las cosas bien, miren a Cataluña

Ver las noticias de lo que sucede en Cataluña me deja confundida. La sinrazón se corona y se sienta el el puesto principal como protagonista de la escena. Una votación que no cumple con los requisitos de la legalidad, que se hizo contra viento y marea, que tuvo tanta prisa que desembocó en una especie de golpe de estado, un evento mal organizado, un dado cargado en el que no hubo manera de controlar los votos, ni de legitimarlos, ni de comprobar si el resultado atiende a la voz del pueblo o a la conveniencia de alguien más. 

La desorganización se transmite en tiempo real. A la distancia, tan lejos de la península, sin intereses a favor o en contra, con la mayor objetividad, veo que todo eso es un sinsentido cruel y absurdo. Los Mossos, la policía que debe guardar el orden y salvaguardar la seguridad contemplan el desastre sin apenas moverse. Ven como los policías federales salen heridos y no hacen nada. Apenas hace unos meses, estaban trabajando mano a mano en el atentado de Las Ramblas y ahora hay más de trescientos heridos. Eso, por donde se vea, es un desastre.

No entiendo por qué Cataluña tiene que padecer está corredera de sangre. Si hubieran hecho las cosas bien, como ha sucedido en otras partes del mundo —Escocia, por ejemplo—,  la víspera hubiera sido tomada como tiempo de reflexión y hoy los habitantes de esa región de la península ibérica habrían conseguido, civilizadamente el resultado que buscan: una respuesta. No obstante, tiene gente lastimada y hay una fisura entre la gente que sólo el cielo podrá resolver. 

Pero, pudiendo hacer las cosas bien, tomaron una opción equivocada. Lo digo porque hay mucha gente lastimada, porque no hay forma de legitimar sangre derramada, porque no existió la seriedad de una urna transparente, porque los colegios electorales no se constituyeron adecuadamente, porque no hubo control de los votantes y por la principal razón: porque la votación es ilegal. Así, en vez de encontrar la simpatía mundial, se quedan solos: Europa no apoya este referéndum, ni Estados Unidos, ni la ONU, ni el concierto de naciones que habita el mundo. No entre ellos mismos hay consenso.

Se quiso transmitir en tiempo real el conteo de votos de una de estas urnas, que seguramente venía embarazadísima. De repente, entre forcejeos y tropezones, la urna cayó y las papeletas con los votos rodaron por el suelo. No es metáfora, sucedió y sirve para ejemplificar lo que pasó este primero de octubre en Cataluña. En un movimiento de todos pierden, de esos que nos dicen en la escuela que no debemos hacer, pierde Rajoy, pierde Puigdemont, pierden los Mossos —bonita imagen la que dieron al mundo—, pierden los heridos, pierde Cataluña. ¿Quién ganó? 

Pierden identidad. Hablar de los catalanes hoy es cosa de locos, nade sabe lo que es eso. Esta coyuntura los llevó al extremo de la intolerancia. Intoxicados por lo catalán, ya no se sabe lo qué es eso. Serrat, Marsé, Montero y muchos ideólogos de izquierda fueron catalogados como anarquistas —y catalogarlos de anarquistas ya lleva su cuota de exceso e ignorancia—, por el hecho de manifestar su desacuerdo con el referéndum.

En Europa, ya va a caer la tarde y lo que debio de ser un día para conocer la voluntad de los que viven en Cataluña se convirtió en una demostración de daño, de heridos, de complacencias, de complicidades, de sorderas, de sangre que mancha a unos y a otros. Ahora, ¿qué sigue?

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