Hace diez años… un 24 de noviembre

Hace diez años, un 24 de noviembre presenté mi primera novela, Hermana querida. Me sorprende que haya pasado tanto tiempo porque casi creo que apenas empecé a escribir. Para mí, la fecha es significativa porque da fe de mi debut como escritora.

Definir lo que es un escritor es una tarea complicada. Un escritor no es el que escribe, es el que encuentra un lector. Por eso, el 24 de noviembre, al presentar esta novela, mi primera, digo que me convertí en escritora. Ese día, conseguí lectores. He tenido la fortuna de escribir que que me lean.

Empecé a escribir para encontrar un refugio . Pero, en poco tiempo también lo hice para impresionar a los demás. Creo que lo que me llevó a la escritura fue la tristeza y la perpetua intención de recuperar un lugar grande en este mundo. Uno que sintiera un hueco cuando mi cuerpo estuviera hecho polvo y se hubiera desintegrado en el viento.

Escribir se transformó en delirio y epifanías; en desiertos y vacíos; en entumecimientos y lugares comunes. Creo que enloquecí en el momento en el que me di cuenta de haber entrado en un laberinto del cual tendría muchas dificultades para salir, principalmente, porque no quería huir.

Lo que siguió fueron muchas capas que representan las múltiples fronteras entre la cordura y lo que se forma con un sueño alocado. Deseché una parte de mi yo para escapar de un jardín de flores y al llegar a la luna, me di cuenta del yermo al que me fugué. Era demasiado tarde para arrepentimientos. Mejor habitar el polvo lunar propio y convertirlo en barro que pueda recibir el soplo de vida con la bendición de lo alto.

Los que crean que es una dulce idea eso de sembrar en una franja desértica, no se enteran de los escozores del alma. Escribir es subirse al carromato acompañado de bestias.

Al escribir el alma se enrarece cada día. Se vuelve más espiritual y más irrelevante. Se abre una ventana en la que se buscan ángeles y entra tierra. Con la tierra se forma barro y así se forjan figuras y se atrapan lectores.

Hace diez años, me convertí en escritora no por mis méritos, sino por mis lectores.

Volver a visitar

Pueden pasar los años sin que se sienta que pasó el tiempo. Basta volver a los lugares que nos eran cotidianos, a los que acudíamos a diario para darnos cuenta que se movieron las manecillas del reloj. Ya son más de tres años y no había regresado a mi escuela. Creí que no era tanto, pero sí.

Traspasar el umbral de Casa Lamm fue permitir que los recuerdos me penetraran la piel y me habitaran de cuerpo entero. Recorrer los ojos por los rincones, por los techos tan decorados, sentarme a escuchar la disertación de la última de mis compañeras que publicó su tesis doctoral me transportó a los días de gran disfrute.

La mente me llevó a escuchar la voz de María Elena Sarmiento hablar de Lou Salomé, a Merick explicarme porqué le decían así, a Norma Elizondo contarme las razones que la trajeron a estudiar ahí. Mis amigos aparecían tan materializados que podía sentirlos tan cerca como cuando nos sentábamos a escuchar la clase o nos íbamos a tomar café o cruzábamos la calle de Álvaro Obregón a comer ensalada de jitomate y quesillo. El sabor del Alvariño y el de los sueños rotos que se estaban reconstruyendo ahí.

Cada uno hemos recorrido nuestros caminos. Algunos pasos nos han llevado a destinos más lejanos. Logramos el cometido: nos graduamos y seguimos mirando al frente. Pero, volver tiene un gusto sabroso. También un poco amargo. Lo que fue parte de mí hoy esta ahí, en otra forma. Alfredo que siempre nos ayudaba con todos los apoyos técnicos se acercó a saludarme. Le di un gran abrazo. Entonces, sentí esa ausencia de esa patria pequeña y de mi gente tan querida. Entonces, me di cuenta de lo que te quita el paso del tiempo.

Me quitó la inocencia del que escribe sacándose el corazón y escurriéndose las tripas. Me quitó la ingenuidad al creer que escribir era un dictado de las musas. Me retiró la venda de los ojos y las espinas del corazón. Me quitó la fantasía frívola y la ñoñería de la arrogancia.

Y, también pude sonreír. El tiempo me ha dado mucho. Lo que entonces era incertidumbre, hoy es certeza. Lo que se sembró en aquellos años ya está germinando, estamos cosechando. Escribir y leer. Me dio a tantos autores y tantas letras que se han quedado en cientos de renglones. La imagen del pasado me llena de aire los pulmones y el corazón atesora cada día que pasé ahí, desde el primer día cuando entré como perro mojado hasta el último en que salí de la mano de María Elena y Merick cruzando el umbral al mismo tiempo.

Caminé por los pasillos, entré a los salones, fui al baño, toqué la barandilla de piedra, subí los escalones, me enteré de los cambios, movieron la oficina, ya no está el Café de las Musas ni la librería ni la joyería. Ya no estamos. Ya nos fuimos.

Salí sonriendo y con los ojos algo húmedos. Creo esos son los contrastes que se dan al volver a visitar esos lugares tan queridos.

FIL Guadalajara

Para ser México un país con un índice tan bajo de lectura con respecto a otros países, la Feria Internacional del Libro en Guadalajara es un evento sorprendente. El recinto de Expo Guadalajara luce vibrante, lleno de gente que entra feliz y con gran entusiasmo. En momentos, tanta alegría llega a niveles de euforia. El gusto radica en la posibilidad de encontrarse con ese artilugio mágico que es un libro y de toparse con uno de esos seres tan extraños que se dedican a escribir. 

¡Qué curioso! Desde el primer día, los pasillos están llenos de gente, especialmente de jóvenes. Los auditorios en los que se dictaron conferencias o se presentaron libros tenían todos los lugares ocupados. En el ambiente, la combinación de libros y más libros, de letras, renglones, puntos, signos, escritores y lectores resultaba en un festival de sonrisas. 
¿Cómo, no que en México no nos gusta leer? No sé. Pero si de buscar lectores se trata, la FIL funciona como esa red en la que entran cientos de mariposas. Muchos caen. Ya sé que muchos van por curiosidad, que otros acuden porque sus maestros los enviaron, que hay gran cantidad de asistentes que entran acompañando a otros. Sí. Cada quien tiene un motivo, hay escritores que van a presentar su obra, otros que van en busca de editores, de oportunidades, hay poetas que ahí mismo se topan con sus musas. Y, claro está, hay muchos incautos que caerán en los brazos abiertos en forma de pastas de libro.

Cada quien sabe que lo hizo ir a la FIL, pero también es cierto que muchos encontraron esa ventana de oportunidad para recorrer con la mirada esos renglones, que ahí descubrieron a sus autores favoritos, que pudieron platicar de algo interesante. Hubo un momento en el que al caminar por los corredores, dejé de ver libros y vi a la gente. Todos sonreían. Todos escudriñaban libros. Muchísimos estaban formados para pagar y llevarse a casa lo que encontraron.

La FIL empieza a tambor batiente. Todos entramos a paso redoblado y de alguna forma, el corazón se llena de calor. He visto este recinto ferial en muchas ocasiones, jamás luce con este halo. Muchos no creen ni en las musas ni en la magia ni en la fantasía, muchos ni siquiera se interesan en lo que brota entre las páginas que albergan palabras, pero en un raro misterio, todos entramos encantados de la vida a perderos en el laberinto que nos lleva a encontrarnos con ese artilugio tan extraño que le dicen libro y con esos seres tan raros que se dedican a escribir.

  

German Dehesa

Hoy Germán Dehesa cumpliría setenta años. La vida se le acabó pronto y muchos como yo aun lo extrañamos. Germán tuvo la facilidad de las letras y la seducción para atrapar lectores. Con su prosa ágil y una ironía a veces sutil, a veces flamígera, nos acostumbró a empezar el día leyendo su Gaceta del Ángel.
Para mí su muerte fue como la muerte de un amigo cercano aunque nunca tuve el gusto de conocerlo. Lo fui a ver varias veces a la Planta de Luz a disfrutar de su espectáculo y a morirme de risa con sus ocurrencias, lo leí a diario. Sin embargo, puedo decir que su muerte fue así porque si no empezaba el día leyéndolo sentía que algo me hacia falta. Formó parte de mi cotidianidad por más de quince años. Tuvo el tino de atrapar con sus renglones, en los que hacía crítica de la situación nacional, opinaba de todo, nos contaba de sus propias vivencias, también de sus dolencias, nos mataba de risa con sus ocurrencias y mantenía a sus lectores en una red, como quien caza mariposas.
Los textos de Germán Dehesa nunca fueron pretensiosos, jamás hubo necesidad de consultar el diccionario y de adentrarse en una enciclopedia para entender de lo que estaba hablando. Nunca se regodeó en el conocimiento literario, ni nos trató de impresionar con su enorme acervo de datos. Recurrió a la sencillez y por ello tantos y tantos lo leímos con gusto y lo extrañamos con pesar. Lo mismo nos contó de sus viajes que de sus amores y de sus odios.
Lo mejor de Germán Dehesa era como llevaba a sus lectores a través de un hilo narrativo para después dar un giro de tuerca y hacerlos reír sin remedio. Leer a German era, por lo general, terminar de buen humor.
Escritor infatigable, publicó por años, cinco de los siete días de la semana. Incluso, cuando nos advirtió de lo avanzado de su mal, lo hizo en un artículo que publicó a pocas horas de su muerte.
¿Cómo no extrañar a un autor así de fiel con sus lectores? Sí, se le echa de menos. Los días no empiezan igual cuando no están esos textos a la mano.
El periódico Reforma, donde escribió por tantos años, le rinde homenaje hoy que cumpliría setenta años y publica una antología gratuita de sus columnas. Es una buena forma de desearle feliz cumpleaños a Germán Dehesa.

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Máquina de escribir

Quiero rendir homenaje a la máquina de escribir. Ese humilde aparato que poco a poco va cayendo en desuso y que en su momento revolucionó al mundo. Con su presencia en el escenario mundial la humanidad dio un bronco importante, se pasó de la escritura a mano con bolígrafo a las teclas; se dio origen a un nuevo oficio: la mecanógrafa; se le brindó una solución práctica a la mala caligrafía de médicos y nos quitó el problema de estar adivinando las letras que alguien dibujó en un papel.
La máquina de escribir democratizó una forma de presentación de escritos. Hubo tiempos, en los que era ella la reina de oficinas, consultorios, despachos y comercios. Aún ahora se pueden encontrar escritorios con una de estas maquinitas. Ya casi no hay mecánicas, casi todas son eléctricas, pero van desapareciendo. Van cediendo su lugar a monitores y teclados de computadoras.
Abogados, contadores, científicos y casi todo genero profesional han usado de este humilde aparato. Hace años, las clases de mecanografía eran un taller obligado en las escuelas secundarias. Yo tomé ese taller. Aprendí en una Olivetti mecánica para oficina, una máquina pesada, con carro largo y teclas sumamente duras. La maestra nos obligaba a usar cubreteclado, que era un pedazo de franela con dos resortes: uno para atorarlo a la caja de la máquina y otro para ponerlo en el cuello, así el trozo de tela cubría las teclas y obligaba a aprender el orden de las letras, lo que era muy útil al escribir, pues la atención se centraba en la hoja de papel y se ganaba velocidad.
Los primeros ejercicios de mecanografía consistían en repeticiones de letras: ffff jjjj, fue el primero, después faja jafa, luego rafa jafa. El objetivo era aprender a usar los cinco dedos para escribir. Una vez que se aprendía todo el teclado se iniciaban los ejercicios de precisión y velocidad. Tomábamos dictado y había que escribir bien y rápido. Únicamente se permitían cinco errores por página, al sexto el folio iba a la basura y… a volver a empezar. La maestra tenía ojos de halcón para detectar los errores. La ortografía debía ser perfecta, sí no planas y planas de repeticiones. A nosotros sólo se nos permitía escribir con cinco dedos, pero muchos lo hacían con dos. Dicen que Carlos Fuentes tenía los indices chuecos pues únicamente escribía con esos.
Por los rodillos de las máquinas de escribir pasaron innumerables cantidades de oficios, actas, edictos, notas, cartas, constancias y cualquier tipo de textos. Cuentos, narraciones, biografias, historias cortas, novelas. García Márquez escribió Cien años de soledad a máquina; en su casa, a las orillas del Mississipi, todavía se conserva la máquina de escribir de William Faulkner; se dice que Hemingway viajaba con una portátil; Guillermo Cabrera Infante dio nombre a uno de sus personajes para honrar al aparato con el que escribió Tres tristes tigres, la llamó Vivían Smith Corona.
El sonido de las teclas chocando con el papel, el olor a tinta, las cintas que podían ser negras o bicolores, abano el negro, arriba el rojo, formaron parte del entorno profesional por años. Dieron ritmo y cadencia lo mismo en bancos, escuelas, laboratorios, notarias, oficinas parroquiales urbi et orbi.
Además, las máquinas de escribir son aparatos simpáticos y bonitos. A mí me gustan las antiguas portátiles. Las que son pequeñas, de teclas circulares y blancas. Siempre he querido una. Tal vez pronto la consiga. La quiero para ponerla en mi escritorio y que sea la reina y señora de ese espacio. Que sea el signo de profesión. Un símbolo de características extraordinarias, como lo es la escritura, con una cualidad insuperable: la humildad. Sencilla y hermosa, rítmica y cadenciosa, como deben ser las letras.

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