¡Me voy a trabajar!

El trabajo es la forma que el ser humano tiene para ganarse la vida desde que fue expulsado del Paraíso Terrenal. La verdad, aunque a veces parece otra cosa, es que el castigo que Dios le dio a Adán y Eva, resultó ser una fuente de dulce afirmación del ser humano. El trabajo da tono y ritmo a la vida de las personas, para muchos es una seña de identidad y la mayor parte de las veces revela muchos rasgos de nuestra personalidad. Nos ha costado entender que el trabajo es una bendición por medio de la cual podemos llevar el pan y la sal a nuestras mesas gracias al sudor de nuestra frente. Nada se compara al sueño fruto del cansancio por la tarea realizada. El castigo, en todo caso, es la modorra que causa el aburrimiento por la falta de actividad.
A mí me gusta trabajar. Creo que lo llevo en los genes. Mi abuelo materno se topó con la muerte mientras abría la cortina de su negocio, mi abuelo paterno, un hombre dedicado al trabajo del campo, se bajó del caballo para irse al hospital en dónde entregó ese espíritu infatigable que no conoció descanso, mi padre sigue trabajando hoy en día, a sus ochenta años sigue al frente de su negocio. El trabajo es el inicio de un circuito virtuoso en el que se genera riqueza material y de toda especie.
Pero el trabajo se ha convertido en un bien escaso. El mundo sabe que se deben generar fuentes de empleo, la teoría de John Maynard Keynes que dice que toda economía debe tender al plenoempleo sigue vigente, sin embargo, las desaceleraciones económicas, las crisis financieras, y todos los problemas que han frenado el crecimiento del mundo tienen como consecuencia fatal y casi epidémica el desempleo.
En Europa, en Estados Unidos, en México, urbi et orbi, el desempleo genera un círculo vicioso que a su vez provoca una cascada de males, no sólo de índole financiera, también de estabilidad, empuje, psicológica, de salud. Las sociedades involucionan cuando el desempleo crece. Keynes define el desempleo como el fenómeno de gente que quiere y puede trabajar pero no encuentra una forma de emplearse. Eso, con independencia del efecto multiplicador en las economías, es una lástima a nivel personal y una tragedia a nivel microeconómico.
Luego viene una definición que hoy pierde vigencia, el subempleo. Subemplearse, según Keynes, es contratarse en una labor para la que se está sobrecalificado. Es, por ejemplo, cuando un médico maneja un taxi, un ingeniero sirve café en un restaurante, un químico hace tortas en un puesto de lámina. Todos sabemos de que se trata el tema del subempleo pues es un fenómeno cada día más común. Eso, en el pasado se veía como una actividad indigna. Cada vez más los definición de subempleo pierde vigencia y el empleo, del estilo que sea, gana dignidad.
Las universidades hacen mal en lanzar al mundo a gente que si no recibe un puesto de dirección, prefiere no hacer nada. Hacen fatal en promover en sus educandos la idea de que si no emprenden un proyecto o no llegan de inmediato a la cima, han fracasado. Un puesto de auxiliar les parece indigno. Arrugan la nariz y se horrorizan al pensar que se van a sentar en una cruceta y su peor tragedia es darse cuenta de que no llegarán a una oficina con puerta, vista a los rascacielos y un ejército a su cargo.
Una persona inteligente, que sabe de sus capacidades, en lugar de sentirse resentida por estar subempleada, estará agradecida por tener empleo. Sus capacidades superiores le ayudarán a hacer mejor su trabajo, a destacarse y a progresar. Trabajar se trata de algo similar a subir una escalera. A veces nos toca empezar a subir desde el tercer escalón, a veces nos toca arrancar desde el sótano. El chiste no es fijar la vista en el origen sino en el destino. ¡Qué nos importa dónde iniciamos el ascenso! Lo relevante es llegar al lugar propuesto.
Mi papa decía, el trabajo es similar a un autobús. En ocasiones nos toca estar en el lugar del conductor, otras nos toca ir en el lugar de hasta atrás. Hay veces que el autobús está arrancando y la única opción para subirte es treparte e ir de mosca. Hay momentos en que ni siquiera hay espacio, lo único que hay es una mano que se tiende para que te cuelgues de ella.
Muchos despreciarán la oportunidad de subirse así. Lo percibirán como indigno y despreciable. Preferirán dejar ir la oportunidad. Se quedarán abajo viendo como el autobús se aleja. Alcanzarán a ver que aquel que les tendía la mano ya se sentó en un asiento modesto. Se enterarán de que poco a poco este sujeto va avanzando y va encontrado espacios más cómodos en el autobús. No podrán dar crédito de que aquel que les extendió la mano, al poco tiempo, ya va manejando. Ellos seguirán viendo, desde la lejanía, como el subempleo se transforma en fuente de alegría y en generación de riqueza. De una manera mágica el subempleo se convirtió en empleo.
Así sucede con la piel de muchas personas. En uno y en otro sentido. Unos esperarán con paciencia a que la oportunidad dorada llegue, sin ensuciarse haciendo tareas para las que están sobrecalificados, otras, con humildad aprovecharán la oportunidad. Algunos tendrán la fortuna de ver su paciencia coronada con el empleo anhelado; otras envejecerán esperando. La suerte no llega, se la forja uno con el trabajo. Las ventanas de oportunidad se abren y se cierran constantemente, lo que falta es estar atentos para poder aprovecharlas. Los prejuicios son obstáculos que hay que sortear con cuidado para no tropezarnos. Los peores y más elevados son los que construimos alrededor de nosotros mismos, entorno a nuestros merecimientos. Nos atrapan en una caja de cristal, nos inmovilizan y cuando menos nos damos cuenta estamos siendo derrotados por nosotros mismos.
Aceptar con alegría lo que existe y promover la dignidad del trabajo es una muestra de inteligencia que rinde frutos en el entusiasmo, en el sentido de vida, en la identidad y en el aspecto económico financiero.
Yo, por lo pronto, si me lo permiten, ¡me voy a trabajar!

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Prometimos poco, pero vamos a cumplir

Llegamos al pueblo de Albergaria, uno de los solos del recorrido. Me sorprende el tamaño del supermercado que está a las afueras, es enorme. Las calles están desiertas, ni siquiera los fantasmas salen en esta tarde lluviosa. ¿A qué? Sólo los peregrinos se mojan. Las banquetas húmedas, los restaurantes y comercios cerrados. Es domingo y ni siquiera las puertas de la iglesia están abiertas. Raro, aunque ni tanto, es el día de las elecciones.
Llegamos al albergue. Un verdadero lugar para peregrinos, sencillo, muy sencillo. La máquina del tiempo funciona. El albergue parece uno de los años sesenta. Es una casona con muchos cuartos, todos amueblados con camas y roperos de los tiempos de María Castaña. Te preguntan si quieres una habitación con o sin baño. Sí, eso existe todavía. Del Internet mejor ni hablamos. La alfombra, las cortinas y las toallas parecen traídas de otra época. No hay tele. Todo es sumamente austero.
Vamos a cenar, delicioso y acto seguido a dormir. No hay nada más que hacer. Apagamos la luz y justo cuando estamos apunto de caer en los brazos de Morfeo, entra de la calle el ritmo de una batucada. Gritos y vítores. Bocinas de autos. Ratatatá, ratatá. Tambores. Hay festejo.
Imposible conciliar el sueño. Abrimos la ventana para ver qué sucede. La gente,,por fin, ha salido de sus casas.Albergaría no es un pueblo fantasma. El resultado de la elección ya se conoce. El candidato ganador se reúne con su gente para agradecer. A eso se debe le jolgorio.
Bajamos a la plaza a ver el festejo. El vencedor da su discurso. Dice que no prometió mucho, pero que va a cumplir. Escuchar eso me impresiona.
Cumplir, me quedo con esas palabras. El empeño de las mismas. ¿Para que prometer las perlas de la virgen si no se van a poder conseguir? Mejor empeñar la palabra en lo poco para poder honrarla. Sin embargo, entre las palabras portuguesas alcanzo a entender que la promesa es trabajo. Mayores fuentes de empleo. No es una promesa menor. Pero, en apariencia, esa fue la promesa que los llevó al triunfo.
En el festejo hay viejos, jóvenes, mujeres, niños y dos peregrinos. Todos felices. El candidato da voces de entusiasmo. Portugal no la está pasando bien. Hemos visto puebos abandonados, hay mucha migración. Las personas buscan trabajo. Los políticos lo ofrecen. ¿Serán capaces de cumplir?
A pesar de que la lluvia es fuerte, la gente escucha a los ganadores, se resiste a regresar a sus hogares. Aguanta el embate de la lluvia que se hace más fuerte. Decidimos regresar al albergue. Pienso en que el trabajo se ha convertido en el oro que hace emigrar a las personas. Es el tesoro anhelado y, por desgracia, un bien escaso. No únicamente en Portugal, en muchos lugares del mundo.
No sé si este político de cuyo nombre no me voy a acordar va a cumplir la palabra empeñada. A mí me marcaron esas que dijo: No prometimos mucho, pero lo que prometimos lo vamos a cumplir/.
Esa es la enseñanza. Comprometerse a lo que se va a cumplir.

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