La voz de Pedro Ferriz de Con

Por andar en otras cosas no me enteré del rumor de lavadero que devino en la decisión de que Pedro Ferriz de Con dejara la emisión de radio matutina del noticiero de Grupo Imagen. ¿Cómo fue que un enredo de faldas escaló desde los niveles de una revista de chismes hasta bajar del micrófono a un personaje con una audiencia importante?
Con independencia de si nos gustaba o no su línea editorial, el formato de su noticiero, la hora de la emisión, los comentaristas que lo acompañaban, o cualquier aspecto de su trabajo, es lamentable que una persona acabe su vida profesional de esa forma y por esa razón.
Suficientemente comentado está por sus amigos y por sus enemigos si un lío de infidelidad es materia periodística o un hecho del ámbito personal, si es correcto salir con la nota o si hacerlo ensucia al que la da a conocer, o si suceden ambas cosas.
Me parece extraño que un tema como éste precipite a alguien al tobogán del desprestigio. En México no somos tan puritanos como en Estados Unidos, ni Ferriz es Ted Kennedy. Tampoco somos como los franceses que ven esos hechos como una forma lateral de hacer plática, si no pregúntenle a François Hollande, su desliz tuvo un costo sentimental, privado y personal, pero no por ello perdió la oficina del Eliseo. Los franceses se divirtieron con el hecho sin linchar a nadie.
A mí me hace sospechar el tema de Ferriz. La natural hubiera sido que todos estuviéramos chismeando y criticando la conducta poco leal y que pasado el tiempo, es decir, cinco o seis días, se nos hubiera olvidado todo y él tuviera que dar cuentas en su casa y ya. Tal como sucedió con el escándalo de Loret de Mola, lo agarraron en un hotel de paso, todos se burlaron y el siguió al frente de su noticiero y a nadie más que a su esposa le interesó pedirle justificación al respecto. Pero con Ferriz fue diferente.
Lo lamento. A mí Pedro Ferriz de Con me evoca los tiempos de la universidad cuando salía temprano de casa y en el trayecto encendía el radio de mi vochito gris para escucharlo. Era una voz fresca, alejada del acartonamiento de los modos de aquel entonces, él era Pedro, no licenciado, se atrevía a morirse de risa frente al micrófono y a contarle chistes a la audiencia. Se ganó al público con un estilo coloquial y fue un contrapunto frente a las formas rígidas que se encontraban en todos los demás medios. Fue una apuesta arriesgada y le salió.
Desde mi punto de vista, su mejor época fue cuando hizo equipo con Carmen Aristegui y con Javier Solorzano. Entre los tres lograron un equilibrio por la diversidad de puntos de vista. Luego vinieron los pleitos, las rupturas, las separaciones y la arrogancia.
Confieso sin pudor que fui fan de Pedro Ferriz de Con por años y que dejé de escucharlo porque sus opiniones se aproximaban mucho a las mías y prefiero escuchar y leer a quienes ven la vida desde otro ángulo, distinto al mío. A veces, sintonizaba su emisión y lo escuchaba con alegría y otras, cuando notaba la complacencia con la que aceptaba elogios de sus subordinados, cambiaba a toda velocidad de estación.
El Pedro de hoy me gustaba menos que el de hace veinte años, pero me seguía gustando. Me encantaba oírlo hablar del espacio, de ciencia o de viajes. Era como estar platicando con alguien simpático. Me chocaba escucharlo complaciendo a los poderosos y me afiliaba a sus críticas cuando se le iba a la yugular a la izquierda mexicana en sus incongruencias y en sus barrabasadas. Ferriz no tenia miedo de escucharse políticamente mal porqué no le tenía miedo a los idolitos sociales. Esa voz crítica la voy a extrañar. Esa que no se le doblega por fórmula a López Obrador, como lo hacen muchos.
Por eso lamento que se vaya por la puerta de atrás. Mi padre dice que hasta de las cantinas hay que salir por la puerta de enfrente, sólo los que deben algo se van por la de atrás. ¿Que debe Pedro? Sospecho que aquí hay algo más y para averiguarlo hay que ver quienes son los gatos que se están relamiendo los bigotes.
En está salida hay muchos tropezones y sin sentidos. Dicen que se quiere dedicar a la política, con este escándalo empieza mal. Su mujer sale al aire concediendo una entrevista a Fernanda Familiar en la que quiere darle apoyo a su marido, se oye sumisa y leal pero confirma la infidelidad. Lo exhibe como un abuelo que tuvo ganas de aventura, mientras la novia o sabrá Dios quién filtra una grabación que lo hace lucir como un amante impetuoso. Vaya,vaya. Quién ayuda y quién ensucia resulta confuso.
No entiendo este extraño caso de Pedro Ferriz de Con y cuando no entiendo, me da por sospechar. ¿Cuál será la verdadera razón para apagar esa voz?

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Bieber y Cyrus

Las similitudes entre Justin Bieber y Miley Cyrus son evidentes. Chicos que saltaron a la fama a muy temprana edad, que tuvieron éxito con la fórmula que jamás falla: niños buenos, bonitos, talentosos que además se portan bien. Todo un modelo a seguir. Nada nuevo bajo el sol. Tampoco hay novedad en que estos modelitos cercanos a la perfección, llegada cierta edad, se revelen y se vayan al lado opuesto, generando escándalos. Los ingredientes siguen siendo los mismos, si no vean las historias de Britney Spears, de Christina Aguilera , Zac Efron y de tantos otros.
Sin embargo, Justin y Cyrus son diferentes entre sí. Miley corresponde al estereotipo de Disney, los forjan en estudios de televisión, los bañan, los peinan, los enseñan a bailar, a cantar, a mirar a las cámaras y a sonreír; Justin, no. Bieber saltó a la fama por la magia de Youtube, subió vídeos que tuvieron mucho éxito lo que llevó a que lo descubrieran y más tarde de mano de Lou Reid se convirtiera en el fenómeno mediático que ya conocemos.
Independientemente de la leyenda del niño que no tiene recursos y que toca la guitarra para ayudar a una mamá que padece una severa adicción, Justin hizo lo suyo para ganarse el lugar que tiene. A Cyrus se lo fabricaron. El chico tuvo el ingenio de hacerse un video y, sin contar con los recursos de Disney, saltar a la fama. A Miley la acompañaron desde el primer paso. Por eso, a pesar de las apariencias, Bieber y Cyrus son diferentes. O, mejor dicho, ahí empiezan sus diferencias.
Aparentemente, ambos son adolescentes en plena efervescencia hormonal, rebeldes y con mucho dinero que se han dedicado a hacer lo que no se debe y a generar dos cosas: espectáculo y utilidades para todos los medios que se dedican a reportar lo que los famosos hacen. Ambos generan dinero, mucho dinero, si entran a un restaurante, si toman cierta bebida, si se visten con ciertas marcas, si se tatúan, si enseñan la lengua, los dientes o todo el cuerpo, generan ganancias. Y, a pesar de que ambos comparten el mismo mercado objetivo y hacen esencialmente lo mismo, son diferentes.
En el caso de Cyrus, mi olfato me hace creer que Disney sigue detrás de ella. La fórmula buenaniñarebelde les ha generado muy buenos resultados. La rebeldía de Miley suena de plástico, parece muy trabajada, sigue sonriendo a las cámaras, se le ve pescando la oportunidad de jalar reflectores, la vulgaridad en la que ha caído es muy parecida a la desorientación de Britney que tantos miles de dólares ha dado en forma directa e indirecta a compañías patrocinadoras, productoras, publicitarias, de imagen, de prensa y todo eso. Acuérdense de mí y en pocos años veremos a la antigua Hanna Montana como una mujer asentada que puede contar como entró al fango y salió de ahí sin manchas permanentes. Ya nos sabemos la historia, la hemos visto muchas veces, se ha repetido hasta el agotamiento. Miley continua en el set siguiendo las instrucciones de su director.
Justin Bieber, por desgracia es otro cantar. Él va sólo en lo escencial. Se baja del escenario y que lo salve quien pueda. Al chico se le ve angustiado en las fotografías de la prensa, la sonrisa de la imágenes en sus calendarios no le sale, se le escurre un dejo de ansiedad. Ha vomitado en el escenario, se ha desmayado, hay reportes de que en sus meetandgreet no convive con sus fans, se le ve enfadado. Parece que ya se cansó. Incluso ha declarado que ya se va a retirar, para luego salir a decir que sólo se va a descansar. No parece haber una estrategia o tal vez sea exprimirlo lo más posible mientras se deje.
Cyrus sigue un plan, es un proyecto con método que ha tenido éxito, es producción en serie. Bieber por su parte es el éxito que llegó por sorpresa y que fue tan grande que lo desbordó. Los excesos de Miley me parecen controlados, son lo que sigue en la fórmula del laboratorio cuyas variables se conocen y están perfectamente analizadas y anticipadas. Ella trae un equipo y un plan. Él no.
Bieber es un proyecto que goza de la independencia que da la originalidad de sus comienzos. Él no firmó, o sus padres no lo hicieron, un contrato en el que vendía su vida a cambio de fama y popularidad. El mundo del espectáculo le abrió las puertas que él tocó con sus manitas. Por ello, sus excesos son más peligrosos, no siguen un patrón, ni son parte de un proyecto.
Con Miley Cyrus ya sabemos lo que va a suceder, con Justin Bieber no.
A muchos les despertó indignación la sonrisa del cantante en la fotografía con la que el departamento de policía lo fichó, a mí no. A mí me dio una mezcla de gusto y ternura, por primera vez, aunque fuera por un segundo, se le quitó la expresión de angustia y sonrió de verdad. Tal vez en el peor momento, pero lo hizo de forma genuina.
Esa es la diferencia entre Cyrus y Bieber, una es un producto probado, el otro es un auténtico acontecimiento, un ícono, con todo el riesgo que ello implica.

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