Frente a la mezquindad…

Esparamos con impaciencia el mensaje del Presidente Peña. Las novedades nos dejaban ver que las cosas van corriendo por un sendero que parece, francamente, peligroso. Con nuestros representantes más lúcidos en Washington, mientras se sentaban a preparar la reunión de los mandatarios mexicano y estadounidense, el señor Trump hacía un acto imperial, para mostrar como su gracil mano garabateaba una firma sobre una orden ejecutiva para construir un muro en la frontera. 

Más allá de la factibilidad del proyecto, de las condiciones geográficas que le van a complicar el plan al señor, de las impresiciones en términos de plazos para iniciar la obra —soon es un término que luce muy vago para firmar una orden ejecutiva—, Trump muestra una prisa por demostrar que el es todopoderoso. No imagino lo que sintieron el canciller Videgaray y el secretario Guajardo al enterarse que su anfitrión ya les estaba pintando una calabaza antes de sentarse a platicar.

Mientras, acá los ánimos se descontrolaban. Andrés Manuel López Obrador le da un espaldarazo al Presidente Peña, ¡cómo estará la cosa!  Cardenas, siempre tan prudente, recomienda que no se asista a la reunión del treinta y uno de enero, representantes de la derecha, como el señor Gil apoyan esa moción. Otros, se hacen cargo de la importancia que tiene la relación bilateral y lo peligroso que sería moverse en forma errática.

¡Pobre Presidente Peña! Tan impopular y con decisiones tan delicadas en el panorama. ¿ Voy o no voy? Se preguntará. Espero que esté valorando los impactos. Tal vez sea bueno recurrir a un poco de teoría. Los métodos de negociación que marcan estos procesos tienen como objetivo que las partes crucen la meta al mismo tiempo. Si uno lo hace antes que el otro, el resultado no pudo ser ventajoso para ambas partes. Alguien ganó y alguien perdió. Negociar no es competir. Parece que las condiciones de esta cita en particular, no son las óptimas para llegar hombro a hombro y llegar juntos. 

Frente a la mezquindad de quien se sienta a una mesa de negociación con el único fin de imponer, dominar y maltratar, el consejo de los teóricos como el profesor McCabe de Georgetown University, lo mejor es parar antes de que el proceso empiece y esperar a que las condiciones para negociar se den. Para detener una negociación, para levantarse de una mesa, para frenar el dialogo hacen falta dos cosas: análisis y valor. Si en la valoración de la ruta, está claro que nos vamos a estrellar, mejor no iniciamos el proceso. Si se encuentra un resquicio para encontrar condiciones que le permitan ganar a ambas partes, entonces vale la pena intentar. 

Pero, negociar requiere de honor y voluntad. El Presidente Peña deberá valorar, analizar lo que sus paladines le informen sobre las diez horas en que estuvieron en la Casa Blanca. Me temo que no le habrán dado buenas noticias. Lo que se ve, no se juzga. La rigidez de sus gestos, la palidez de su rostro dijeron lo que en palabras no expresó. Si a Videgaray y a Guajardo les hubiera ido bien, lo habría dicho. ¿Voy o no voy? Pensará.

Frente a la mezquindad de su anfitrión, tal vez no sea buena idea irse a meter a la boca del lobo. Sin embargo, serán los datos que reciba y la ponderación que haga de ellos lo que espero que incline la decisión de nuestro Presidente. Y, tal como están las cosas, parece que la inmediatez y el corto plazo no plantean un escenario favorable. 

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 28/08), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos. 

Faltas de respeto

Parece que está de moda confundir la crítica con la falta de respeto. En muchos sentidos, la forma es el fondo y todo se puede decir, pero hay maneras. Las bravatas, el manoteo, los gritos, las palabras altisonantes divirten al público pero no dejan de ser un circo que se diluye pues es tan frágil como una burbuja de jabón. La vulgaridad de quien toma un micrófono para eructar, la falta de educación del que arrebata la palabra y no deja hablar, las valentonadas de quien escribe y publica una crítica sin sustento se repite una y otra vez con la facilidad que da el encono, pero hay que tener cuidado. No todo lo que brilla es oro.

Hablar mal del Presidente es el eterno lugar común. Hacer chistes de la autoridad es una costumbre vieja. Desde los tiempos de Tiberio, el pueblo se burlaba del emperador como una especie de catarsis frente al despota. Era una especie de revancha. No obstante, después de la risa ya no hay nada. Atreverse a gritar consignas no tiene mérito. Criticar requiere de argumentos sólidos y de sustento. Lo demás son espejos que nos quieren vender. Tristemente, el encono va ganando terreno y personas con prestigio emiten opiniones sin el más mínimo análisis. Ofenden por ofender y faltan al respeto con la responsabilidad de un niño que llega a una dulcería con la cartera abierta.

Me refiero a la facilidad con la que se falta al rigor crítico. Para decir que algo está mal, hay que decir qué fue incorrecto y las razones que sustentan esa opinión. Si esa condición no se da, estamos frente a un berrinchudo que hizo uso de un medio para escupir letras y manchar innecesariamente un espacio. Es un mal endémico que se da por doquier. Criticar a Putin, a Obama, a Rajoy, a Peña, y no se diga a Trump es muy fácil. Decir que son despotas, blandengues, irresponsables, tontos o abusivos es repetir lo evidente. Faltan razones.

Si digo que Putin es despota y doy cuenta de la falta de libertad de expresión, si digo que Obama fue un indigno Premio Nobel de la Paz y me refiero a las guerras que se han continuado e iniciado durante su gestión, si hago notar los meses que España lleva sin gobierno formal, si hablo de la forma en la que Peña maneja la política exterior y si analizo las veces en las que Trump dice una cosa y luego se desdice, entonces ya pasamos un flitro que se llama reflexión. Hay datos que apoyan los dichos. Hay base de argumentación.

Ultimamente, he leído artículos en prensa escrita en los que sus autores elevaron la pluma para insultar, (Denise Dresser, Reforma, 05/09), o subieron a la red una entrevista en la que le manotearon al Presidente Peña, no lo dejaron hablar, le arrebataron la palabra y se rieron de él en su cara (Carlos Marín/Milenio) y me parece lamentable. No se trata de defender a Enrique Peña Nieto, que él haga su trabajo. Se trata de evitar que la crítica se convierta en una bravata sin formato y sin sustento. Decirle estúpido al Primer Mandatario en un periódico parece audaz, pero para que lo sea hay que explicar. Entrevistar a gritos a la autoridad y no dejarlo hablar, aparentemente es muy valiente, pero para que lo sea hay que escuchar las respuestas.

El artículo que nada más insulta, es un desatino. La entrevista que plantea preguntas necesarias y no da espacio a las respuestas, es un desperdicio. Carlos Marín preguntó eso que muchos mexicanos quisieramos saber, pero su patanería no le permitio cerrar la boca para ver qué es lo que Peña tenía que contestar. Me quedé con las ganas de conocer las razones que le hicieron pensar al mandatario mexicano que invitar a Trump, pasando por alto a su Canciller y a la Embajadora, era buena idea. Si se le hubiera dado la oportunidad de contestar, tendríamos una verdadera pieza periodística. Así sólo quedó una falta de respeto.

Es peligroso aplaudir el abuso de la falta de respeto. El ánimo majadero se permea en el ambiente y trae consecuencias. Es alarmante que gente respetada, que académicos serios estén cruzando el umbral de la incorrección. No están midiendo las posibles resultantes. Si los pequeños entran en la emoción de la bravuconería, los estamos enseñando a ser intolerantes. Las consecuencias para las generaciones jóvenes y más vulnerables son terribles. Y, para no caer en lo criticado, va un dato duro: el nivel de abuso y complacencia a la intolerancia cobró otra víctima en Monterrey. Un chico de doce años optó por la muerte, decidió abandonar la vida porque no aguantó el abuso colectivo. Nuestros chicos aprenden rápido. Es mejor enseñarlos a debatir con argumentos que a gritar para hacerse escuchar. Es mejor educar para el respeto y no para que sea tan fácil faltar a la más mínima y elemental educación. Empezamos muertos de risa aplaudiendo al que se atreve a cruzar la línea y terminamos llorando a nuestros muertos.

El rechazo de Hillary

Como si el Presidente Peña no tuviera suficiente, hoy se desayuna con la noticia de que Hillary Clinton rechaza la invitación que le hicieron para venir a México. No vendrá antes de las elecciones. No sólo declaró que no acepta venir, también declaró que después del ” desafortunado incidente diplomático” ella se va a dedicar a otras cosas, como seguir adelante con su campaña. Parece lógico el motivo del desprecio,  se niega a recorrer los pasos de Trump a quien exhibe como una persona incapaz de  comunicarse en forma efectiva con un Jefe de Estado.

Por su parte, en forma discreta pero contundente Bill Clinton dijo haberse quedado estupefacto con el viaje de Trump a México. El expresidente estadounidense no está solo en el asombro, lo acompañamos los mexicanos y los ojos internacionales. Aún no se entiende a carta cabal las intenciones que germinaron en Los Pinos y dados los resultados, parece que ellos tampoco lo logran comprender. Se tiende un nubarrón oscuro que no da pie a una interpretación correcta de los objetivos de Trump y mucho menos los de Peña. Los dos quedaron con las manos manchadas, el candidato republicano se lució como un cobarde que de frente dice una cosa y de espaldas se desdice. El presidente Peña quedó como un hombre ingenuo que se metió a la boca del lobo, por voluntad propia y salió con la camisa hecha girones.

Era evidente que Hillary Clinton rechazaría la invitación. Con claridad de ideas, la candidata demócrata a la,presidencia de Estados Unidos va a aprovechar la ventana de oportunidad que se le abre. Pondrá todo su esfuerzo en hacer evidente que Trump es un hombre poco honorable, incapaz de articular palabras sin que pueda serles fiel y lo tachará de incompetente. Todas las pruebas las sustentará con lo sucedido en la visita a México. Y, ¿adivienen quién será exhibido junto a Trump?

Sin decir nada, sin necesidad de pronunciar nombres, Hillary da cátedra. Sin duda, hará uso de su derecho de guardar silencio. No abrirá la boca para no llenarsela de moscas. Mientras, en Los Pinos, el Presidente tuitea que nadie lo aconsejó invitar a Trump, y se echa la culpa. ¿Cuándo entenderemos que el silencio es la prerrogativa de los sabios?

La visita inesperada

El día de ayer, recibimos en la capital de la República Mexicana una visita inesperada. Los mexicanos nos enteramos con horas de anticipación que el señor Donald Trump venía al país . La primera reacción fue elevar las cejas, ¿a qué viene este sujeto? y enseguida nos enteramos que acudía a una invitación hecha por el Presidente Peña. Entonces sí que nos fuimos para atrás. La información no la emitió el vocero de la presidencia, quien nos dio cuenta de semejante noticia fue la  oficina de campaña del Candidato Republicano. Al principio, parecía una broma pero la confirmación llegó a través de tuits tímidos que nos decían que el señor sería recibido en Los Pinos. Nos quedamos con quijadas al suelo.

La pregunta persistió, ¿a qué viene este señor? y se añadió otra: ¿por qué lo invitamos? Las respuestas a la segunda pregunta van desde la conveniencia de ir limando asperezas con un hombre que posiblemente despache en la Oficina Oval hasta imaginar que vendría a escuchar como le pediríamos cuentas por tanto insulto proferido por una boca deslenguada. También, cabe la posibilidad de que el Presidente Peña haya querido expresarle de viva voz que los mexicanos somos gente buena, trabajadora, industriosa y hacerle notar lo difícil que le sería la vida a los estadounidenses si se bloquea la relación con su principal socio comercial. A lo mejor quiso presentarse como una figura protectora de los connacionales que viven allá. Es posible que se hubiera gestado la idea de que al hablar con este señor sobre la grandeza de nuestra nación, pudiera germinar algo de buena voluntad y reconociera lo equivocado que había estado. No, nada de eso sucedió.

Trump se reunió con el Presidente Peña, hablaron y luego dieron una conferencia de prensa. El presidente le dijo al candidato que no había forma de que México pagara un muro y el candidato dijo que los mexicanos eramos buenas personas. ¡Bravo! Las criticas a la diplomacia mexicana resuenan por doquier. Son tan evidentes que lo único que me llama la atención es imaginar quién fue el cerebro brillante que aconsejó semejante despropósito y, me pregunto, en qué momento pensó Enrique Peña que esto podía ser una buena idea. Pudo serlo, pero no lo fue. Con la popularidad por los suelos y el desprecio que se le tiene a Donald Trump en este país, se cocino una receta pésima. Aunque, a decir verdad, siguiendo la teoría de Sun Tsu, al enemigo hay que tenerlo cerca. Ahí podemos justificar al gobierno mexicano.

Sin embargo, la pregunta persiste a pesar de que Trump ya se fue. ¿A qué vino? Escucho muchas voces decir que si esto hubiera sido un partido de futbol, la Presidencia de la República resulto goleada. No estoy de acuerdo. A Trump tampoco le fue bien. Se exhibió como un tipo hipócrita. Un ignorante que no sabe de geografía: no se enteró que en México también estaba en suelo norteamericano. Un asno petulante e ignorante. Un cobarde. A pregunta expresa sobre quién pagaría el muro, se achicó y dijo que no se había tocado el tema. ¿Por? ¿Qué no es ese uno de los bastiones de su campaña? Tal vez le tuvo miedo a Enrique Peña y por eso prefirió hacerse el disimulado. Se achicó y en vez de sostener que tenía intenciones de hacernos pagar, se reservó y cuando se sintió en territorio seguro, fue a Phoenix a gritar que de este lado nos tocaba solventar los gastos del muro.

En términos generales, la visita inesperada de Trump fue una patada innecesaria. No se le debió haber invitado, menos un día antes de la entrega del Informe. No hubo un impacto positivo, al menos no a corto plazo. A la distancia, Hillary Clinton acaricia al gato. Con la boca llena de razón dice: ” Un año de insultos no se borra con unas horas de palabrerías” ¿Adivinen quién ganó? El galimatías no esta fácil de resolver.


 

El día del Presidente

Por años, en la época del partidazo, cuando el PRI era la fuerza política preponderante y las cámaras eran comparsa subordinada al ejecutivo, el 1 de septiembre se paraba el país, las actividades quedaban suspendidas, la señal de televisión era tomada por la Secretaría de Gobernación y todos los mexicanos veíamos al Tlatoani informar sobre el estado de la nación. Nos sentabamos frente al televisor a ver lo que nos contaban. Entonces, en el mes de agosto, el señor Presidente se encerraba para preparar un discurso que sería visto y evaluado por sus gobernados. Era tal la magnitud que los niños no íbamos a la escuela y de alguna manera con el Informe se daba inicio al festejo de las Fiestas Patrias.

Era todo un ritual muy estructurado y conocido por todos. Por la mañana del primer día de septiembre el Señor Presidente salía de Palacio Nacional en un auto descapotado con rumbo al Palacio Legislativo —México, Ciudad de los Palacios—. En el camino llovía confeti y se escuchaban aplausos al ver que el hombre con la banda presidencial saludaba como Señorita México. Al llegar al recinto legislativo, diputados y señadores se ponían de pie a ovacionar al invitado de honor. El Presidente tomaba el micrófono de la máxima magistratura de la Nación e informaba. Durante el discurso, sobraban ocasiones para que los legisladores aplaudieran a su jefe y al términar, salía triunfante, vitoreado, regresaba a Palacio Nacional en una especie de desfile conmemorativo a la envestidura presidencial y, ya de vuelta en Palacio Nacional, la ceremonia del besamanos cerraba con broche de oro. Por eso le decían el día del Presidente, al día en que se leía el Informe. Era la oportunidad que se nos daba a los súbditos para inclinarnos frente a nuestro líder.

Cada cual tomaba un estilo particular según la capacidad de su pluma. Unos más apasionados, otros muy planos, algunos aburridos, casi todos súper largos y así nos enteramos de que en Cantarel había tanto petróleo que nos tendríamos que acostumbrar a administrar la abundancia, que la banca pasaba a manos del Estado o que regresaba a manos de partículares, oíamos del optimismo exacerbado o cifras y cifras sobre obra pública, salud, economía, agricultura y la forma en que se administraban tierra, trabajo y capital. Algunos legiladores se dormían y las olas de aplausos los despertaban. El Presidente llevaba a su familia, al gabinetazo, a invitados especiales y los reporteros daban cuenta de una fiesta al estilo revista del corazón. Todos criticaban semejante exceso y hablaban de lo ridículo del formato. 

Entonces, un primero de septiembre, en el silencio subordinado de quienes escuchaban el Informe en 1988, último informe del Presidente de la Madrid, se elevó la voz de Porfirio Muñoz Ledo y lo increpó. Todo México sufrió un sobresalto, se razgó el velo en el Palacio Legislativo y de ahí en adelante el Primero de Septiembre cambió para siempre. El día del Presidente dejó de ser una fiesta para convertirse en el día de burla. Se desató el griterío. Los mexicanos veíamos con morbo el Informe para ver qué cara pondría, si alguien se atrevía a vociferar. Se atrevían y mucho. Nos resultaba una alegría morbosa. Era ver como se le despostillaba la corona al rey, como se le descomponía el penacho al Tlatoani. 

Pronto, dejó de ser divertido. La travesura de los gritos se convirtió en el exceso majadero de mantas, máscaras, toma de tribuna y si en los tiempos del presidencialismo priísta los legisladores de arrastraban obedientes, después se regodeaban en el lodo mostrandose como sujetos majaderos, vulgares, irrespetuosos que hubieran sido capaces de aventar jitomates a quien porta la banda presidencial. Tanto fue así, que hubo quien haciendo una metáfora de sí mismo, se puso una cara de cerdo. Pasaron de ser sirvientes sumisos a ser arrabaleros de quinto patio. Las puertas del Palacio Legislativo se cerraron al Ejecutivo y el Presidente dejó de ir a informar. Enviaba el escrito con un mandadero que generalmente era el Secretario de Gobernación.

Salinas aguantó los embates, Fox decidió dejar de ir, Calderón entró por la puerta de atras, Peña usa el Palacio Nacional para reunir a gente segura que no le va hacer pasar un mal rato. Las críticas siguieron. Ahora los experimentos para informar hacen que se privilegie el formato publicitario. Cientos de spots del Señor Presidente que en pocos segundos nos dice que hay que contar lo que sí cuenta. Radio, cine , televisión están inundados con estos aununcios de mexicanos notables, de caras poco conocidas, que relatan su historia de éxito. La cámara abre la lente y vemos a un Enrique Peña acartonado repitiendo la frase que le fabricaron a modo. Vemos al presidente impopular a toda hora y en todo lugar.

Esa no es forma de informar.¿Cómo estará la cosa que ya se extraña aquel formato de antaño? 

El Presidente debe ir al Palacio Legislativo a dirigirse a los mexicanos a decirnos cual es el estado de la nación y cómo ha administrado al país. Pero, necesita respeto. A los gobernados nos hace falta oír la expresión del punto de vista de quien maneja nuestros destinos. No queremos besamanos, tampoco jitomatazos. Queremos que se nos diga qué hace el hombre que ejecuta leyes, ejerce presupuestos y toma decisiones. Queremos material de análisis. El ejercicio de dirigirse a la Nación es sano porque propicia reflexión y, vaya que nos hace falta.

Necesitamos un día del Presidente, para que nos diga cómo ha trabajado. Me gustaría que fuera un acto sencillo, digno, respetuoso. Ahora, no tenemos nada. 

Las tonterías de una Primera Dama

Otra vez, las propiedades de la señora Angélica Rivera dan de que hablar. Pareciera que la esposa del Presidente de la República se empeña en hacer tonterías y luego, como el león cree que todos son de su condición, pone al mandatario a dar explicaciones absurdas que nadie cree. No somos tan crédulos. Resulta que la señora Peña tiene un departamento en Miami y su marido dijo que uno de sus vecinos le hizo favor de ir a pagar el predial y, en un acto de buena vecindad, le prestó dinero.

Lo que pasa es que la propiedad no está en la colonia Doctores, está en Key Biscayne y el pago no es una cantidad nimia. El periódico The Guardian los agarró en una maroma que no han sabido explicar más que ofreciendo discuplas. Enrique Peña Nieto declaró que Angélica Rivera pidió a su vecino, el señor Pierdant que le hiciera favor de cubrir sus obligaciones fiscales porque ella se encontraba en México, sin embargo, nos enteramos por otro periódico, ahora el Reforma, que esos pagos se hicieron con la gestión de un despacho de abogados. ¿Entonces? 

¡Qué raro es todo esto! Además, estamos hablando de un trámite en Estados Unidos, un país tecnologizado, no es la ventanilla de un pueblo en la sierra ni un caserío perdido en el desierto. La oficina del condado de Miami-Dade recibe pagos vía electrónica desde cualquier parte del mundo. ¿A poco la señora de Peña no lo sabía y por eso cometió la tontería de pedir un favor innecesario? Sin duda, nos sorprende que con tanta gente tan inteligente que asesora a su marido, ella no haya pedido consejo y en forma tan imprudente, haya molestado a su amigo, en vez de hacer que se pagara vía electrónica.

Sorprende que tanta gente tan inteligente haga tantas tonterías. El secretario Videgaray pidiendo préstamos absurdos, la señora Rivera empolvando más la imagen de su marido, un pobre amigo con cara de angustia saliendo a dar explicaciones insostenibles, un Presidente que pone a su entorno a ofrecer justificaciones de sus tropiezos y nosotros escuchando.

Ayer recibí una carta de uno de mis profesores, me pedía que no desestimara la importancia del reportaje de Carmen Aristegui. Me hacía notar la importancia de que una tesis se hubiera presentado para aspirar a un grado habiendo plagiado. Me exigía darle la justa medida y reconocer la gravedad del hecho. Creo que tiene razón, es preciso darle la justa medida a las cosas. Fue pésimo que el sustentante no hiciera bien el trabajo, está peor quererle echar la culpa a la imprenta o al primer incauto que vaya pasando por la calle. Y, por lo mismo, para darle la justa medida, basta abrir el periódico.

Las fosas comunes, las casas presidenciales y del gabinete, los justificantes absurdos, los favores vecinales, la degradación en la calificación del riesgo país de Moodys y Standard and Poors, la devaluación del peso, el incremento de la deuda externa, la falta de crecimiento de la economía y tantas otras, opacan los efectos de un mal trabajo presentado para obtener una licencia de abogado. Si la situación fuera otra, si el país no estuviera rechinando por doquier, este gritoestridente que   denuncia un plagio hubiera resonado más fuerte. Hoy, se le ve la mala yerba por todos lados. Lo cierto es que en la casa de los Peña, hoy el marido no le puede reclamar las tonterías que hace su mujer. Ella lo verá con ternura y elevará las cejas.

Vamos a ver qué pasa, las tonterías de la Primera Dama siempre resultan en dos cosas: una exactriz saliendo a cuadro con cara de fastidio, representando el papel de emperatriz de México para contarnos un cuento y un Presidente que sale a ofrecer disculpas y pedir mil perdones, y nosotros, escuchando. 

Mala yerba

Los zorros son animales astutos, a simple vista parecen unos hermosos perritos que podrías abrazar y metértelos al bolsillo porque parecen de peluche. Con ese hocico fino y puntiagudo parecen tan inocentes, tan indefensos y en realidad son cánidos rapaces, carnívoros veloces que tienen la capacidad de hechizar a sus víctimas y matarlas en instantes. No se les nota la intención. Así pasa con los venenos más potentes, son yerbas malas que a primera vista son hermosas pero resultan fatales. 

Con los humanos la cosa cambia. Las intenciones se notan. Hay una especie de sexto sentido que nos ayuda percibir las intenciones reales de las acciones. Necesitas ser muy bueno para disimular los motivos verdaderos. Entonces, si la bruja ofrece una manzana, todos saben que algo anda mal, tal vez no sepan que está envenenada, pero hay la certeza de que no es un ofrecimiento de buena voluntad. Claro, en todo lugar hay Blanca Nieves que están dispuestos a recibir alegremente esas frutas aderezadas y las muerden con tanto gusto que ni se enteran cuando caen narcotizados.

En general, nos damos cuenta de la mala yerba. Casi siempre, se encienden las alarmas y no nos tragamos los cuentos. El problema es que últimamente son tantos los yerberos que la oferta se multiplica y el gusto amargo se va apoderando de la escena mundial. Por suerte, se les nota. Tristemente, algunos deciden aceptar las manzanas envenenadas y los vemos dándole de mordidas con una alegría que en vez de causar ternura, causa alarma.

Sólo así se explica uno que existan seguidores latinos de Donald Trump, sólo así se entiende que haya gente que crea que López Obrador no tiene bienes ni dinero en el banco y viva como marqués, sólo así se comprenden los miles de tuits y posts que piden enardecidos que le quiten la cédula profesional a Peña Nieto. Mientras, imagino a Trump, a López Obrador y a Peña acariciando al gato negro, sonriendo satisfechos, sabiendo que muchos degluten gustosamente la frutita.

A mí me da pánico ver los efectos de tanta mala yerba. Los motivos de odio van germinando por doquier. Las brujas van pisando a los durmientes que tan contentos aceptaron lo que creyeron que se les ofreció de buena voluntad. El mal está hecho, la gente cree y se va con la finta. Las oportunidades de análisis se diluyen y las carcajadas de la bruja causan temblores que pasan desapercibidos. ¿Por qué nadie se pregunta cuáles son las verdaderas intenciones de Trump, con qué paga López Obrador la vida de lujo que tiene, cómo le hará Peña para seguir controlando un país que parece barril de pólvora? Al final, nadie se pregunta cuáles son los beneficios de andar con cuentos.

Claro, con los efectos narcotizantes de la manzana, vemos a latinos vitoreando a Trump mientras algunos republicanos se están muriendo de miedo; vemos a cientos de fanaticos aplaudiendo la sencillez de López Obrador mientras el pasea por Roma y vemos a miles de enardecidos pidiendo que le retiren la cédula a Peña mientras su amigo Virgilio da explicaciones de horas y horas para justificar lo que no tiene explicación más que la evidente. No hay duda, la flor del mastuerzo es bella.

Se tira una cortina de humo y enhierbados no logramos ver los efectos reales. No habrá muro, hay ríos de dinero encubierto en la honestidad valiente y en la corte peñista hay funcionarios que se van de luna de miel a Río de Janeiro haciendo gala de dispendio y frivolidad. Y, obnubilados por la mala yerba, nos olvidamos de las fosas clandestinas, de los actos vandálicos, de los robos, de las extorsiones, de los secuestros, de la pobreza alimentaria, del crecimiento, del turismo, de la salud, del campo, de la infraestructura. Lo toral se diluye.

No obstente, en el fondo sabemos la verdad. Nuestro sexto sentido se enciende y manda alertas. Es tiempo de enjuagarnos la boca, apartar la mala yerba, olvidarnos de los espejitos mal intencionados que se nos ofrecen como grandes revelaciones y empezar a darnos cuenta que si seguimos envenenado, algún zorro nos va a enterrar los colmillos en el cuello después de habernos encantado con esa carita tan inocente.

Anteriores Entradas antiguas

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: