El viejo dinosaurio 

El PRI más que un gato al que jamás se le acaban las vidas, es como un viejo dinosaurio que cada día adquiere nuevas mañas. Cualquiera entiende que un anciano tiene manías, pero se le disculpan por la sabiduría que ha alojado a lo largo de los años. Lo malo es que el Partido Revolucionario Institucional parece cada vez menos listo, menos ilustrado, menos prudente. La sapiencia no está en los inventarios registrados en su almacén.

La corrupción mancha al partido tricolor, se les notan las costuras y da vergüenza ver el legado. Claro que no es lo mismo Diaz Ordaz que Peña Nieto, la metamorfosis se ha dado. Y, justo es decir, que no todo ha sido malo. Pero al paso del tiempo, las cualidades de antiguos mandatarios priistas se han perdido: la capacidad oratoria de José López Portillo, la sagacidad de Carlos Salinas de Gortari, la sobriedad de Miguel de la Madrid, la disciplina económica de Ernesto Zedillo. Y, desde luego, estos notables tampoco fueron brillantes del todo, tuvieron lunares muy oscuros que ensombrecieron su gestión. También hubos cosas buenas de otros priistas: las formas de Jesús Reyes Heroles, las ideas de Jesús Silva Herzog, los conocimientos del Ing. Félix Valdés, aspectos positivos que hubo y que de verdad existieron. 

No se trata de hacer un panegírico del PRI, es al revés. En otras épocas hubieron sujetos como Fidel Velázquez, Jongitud Barrios o la mismísima Elba Esther Gordillo. Se trata más bien de ver que el dinosaurio se está poniendo peor. El presidente Peña no tiene esa capacidad para hablar en público como la de José López Portillo, ni es capaz de disciplinar a su equipo y mantenerlo en unidad como Diaz Ordaz, ni tiene gente en su gabinete de la talla de Javier Barros Sierra. Se extrañan  presencias al frente del país que tengan madera de estadistas, se echan de menos esas mentes estrategas que tenían visión y amor por México.  Me imagino al primer secretario de Comunicaciones y Transportes frente a Ruiz Esparza y lo que le diría sobre entubar un manantial en una vía rápida de largo itinerario sin que se verifique el peso del transporte que va a pasar por ahí. El socavón es sólo una muestra del envejecimiento del PRI.

El partido es como ese viejito necio y soberbio que no se da cuenta de que todos a su alrededor se están enfandando de tener aue cuidarlo. Este dinosaurio viejo está sacando chispas pues sus usos y costumbres ni encajan con la actualidad ni le gustan a la gente. Basta ver anuncios espectaculares pagdos, dando gracias al señor presidente por los favores recibidos. ¡Ay, Dios! Y, si esto es así, ¿por qué sigue ganando? Parece que las opciones que tiene el electorado tampoco convencen mucho que digamos. Pero, no se deben confiar. Sus márgenes de éxito se han reducido mucho. 

Pobre dinosaurio viejo. Abre candados para una candidatura que lleva a un ciudadano a postularse a la Presidencia de la República. Como ya está viejito, le falla la memoria. Ya se le olvidó que cuando hizo algo similar con Ernesto Zedillo, se enfrentó a la alternancia del poder. Perdió la silla grande. Claro, fueron circunstancias muy diferentes. Hoy, Margarita o Roberto no se acercan a lo que fue el fenómeno de Vicente Fox y López Obrador no es Cuahutémoc Cardenas. 

Parece que este viejo, además de experiencia, tiene suerte. ¿Le alcanzará?

A la mitad del sexenio

El presidente Enrique Peña Nieto se dirigió a la Nación en ocasión de su terecer año de gobierno. Desde el Patio Central del Palacio Nacional, rodeado de gente, recién llegado del viaje a París, grabó un discurso para contarnos de sus logros, de las dificultades y las eventualidades que ha enfrentado a lo largo de estos años al frente del Estado. 

El discurso, uno más entre tantos que hemos escuchado a otros mandatarios, no es una joya ni se convertirá en un referente de estudio. Llama la atención, sin embargo, el esfuerzo de  un hombre recién llegado de un viaje transatlántico y la urgencia de filmar a las cuatro de la mañana. Si se toman en cuenta esas circunstancias el Señor Presidente no se veía tan golpeado. A decir verdad lucía impecable.

No obstante, el efecto de tanto empeño se disolvió como pastilla efervescente. Muchos factores deshicieron el impacto que se pretendió causar. Palabras comunes, desgastadas por tanto pronunciarse, ideas sumamente visitadas, conceptos ajados por tanto uso, lenguaje corporal rígido, un rostro serio que contrastaba con la gente que, a su alrededor, le estaba ganando la risa.

El Presidente solo, rodeado de gente que ni le hacía caso ni le adornaba el cuadro. Un soldado con casco de Darth Vader jalaba más la atención que la narrativa presidencial. Un joven enchamarrado que hacía esfuerzos, pocos, para que no se notara que ya lo habia vencido la carcajada. Una viejecita  que de tan sonriente, daba la impresión que se estaba muriendo de risa, una enfermera que se le escapó un bostezo y un médico que traía el estetoscopio chueco.

¡Válgame! ¿Cuál sería la intención de rodear al Presidente de tanta gente tan distraída y tan risueña? Imagino que quisieron dar una imagen de cercanía. Fallaron. El Presidente Peña no es un hombre cercano. Por lo mismo, el gentío que lo rodeó lucía como una escenografía descompuesta, mal planeada y peor ejecutada. El cuadro, con todo, es un reflejo de esta administración.

Hay una puesta en escena que quiere dar un mensaje y en realidad entrega otro. La decodificación del discurso presidencial habla de una intención que da otros resultados. Bueno, ni la gente que rodeaba al Presidente  se podía aguantar la risa.  

  
  
    

El día del presidente

Antes, el día del Informe Presidencial, el Jefe del Ejecutivo asistía a la sede del Congreso y desde la tribuna máxima de la Nación daba cuentas del desempeño de su gestión a lo largo de un año. Durante el priato, ese fue el día del presidente. Con una democracia sui generis, con cámaras arrodilladas a la voluntad presidencial y con un pueblo al que le tocaba apechugar la única opción, el 1 de septiembre era la fiesta del Señor Presidente.

Aplausos, paseillos, caras de complacencia, besamanos, sí, señor, cómo no, señor, lo que diga, señor… Eran lo esperado cada primero de septiembre, después de escuchar o ver por television un discurso aburrido con cifras interminables, incomprensibles, fastidiosas. Hubo de todo, mentiras, lágrimas, buenas intenciones, falsas promesas, expropiaciones, de todo. Hubo tiempos en los que el Informe daba miedo porque el Presidente aprovechaba para dar noticias incómodas y terribles para el pueblo. Los aplausos se escuchaban cada que el presidente terminaba de leer un párrafo y sonreía muy complacido.   Y después el papel picado, el festejo, la banda de guerra, el recorrido en auto descapotable hasta Palacio Nacional, el banquete y la veneración a la persona más aplaudida del país. La conexion con los resultados era lo de menos.

Pero, los tiempos cambiaron y al Presidente de la Madrid le tocó la primera interpelación. Porfirio Múñoz Ledo, gritó en  plena lectura a voz en cuello: Pido la palabra. Por primera vez, un Presidente dejaba de leer el Informe, ante la sopresa propia y de los asistentes y el nerviosismo de todos. De ahí en adelante, Salinas, Zedillo y Fox padecerían el primero de septiembre el ir al recinto camaral, sufir desprecios, gritos e improperios que rayaron en faltas de respeto, hasta terminar con el improperio de la toma de posesión de Felipe Calderón. Fue rudeza innecesaria.

Dos cosas quedaron claras, el formato estaba desgastado y el Presidente no era bienvenido en el Palacio Legislativo. Al principio daba risa ver las interpelaciones a la figura presidencial, sin embargo, los excesos fueron dejando de ser chistosos y pasaron a ser indignantes. Poco faltó para que el Presidente fuera agarrado a jitomatazos y los niveles de la vida democrtica perdieron altura.

Se decidió entregar el Informe por escrito, incluso mandarlo con un propio y luego dar un mensaje a la nación desde los Pinos con todo controlado y sin gritos ni aventones. Sin embargo, la aspiración siempre ha sido que el Presidente dialogue de cara a la Nación con diputados y senadores. No se ha encontrado un formato adecuado. La altura de miras de partidos gobernantes y oposición no alcanza el nivel de civilidad. 

Lo que hoy tenemos está peor que lo que teníamos. El día del Presidente se pasó del 1 al 2 de septiembre, pero ahora el Presidente no se toma la molestía de asistir a la sede camaral, ¿para qué, ahí no me tratan bien? Tiene razón. Sin embargo, el actual formato está de terror. Ayer, Enrique Peña Nieto se encarnó en López Portillo, dió el discurso más largo de su sexenio y a cada pausa lo llenaban de aplausos, haciendólo creer que el México de ensueño que informaba existía más allá de la fantasía, que era verdad.

  

Lo que nos quieren decir con el nombramiento de Virgilio Andrade

Hace dos días el Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, convocó a los medios y con toda la pompa y circunstancia que caracteriza al Estado Mexicano dio una conferencia para abordar el delicado tema del escándalo provocado por las propiedades de su esposa, de su Secretario de Hacienda y dejó claro que su objetivo era quitar todo motivo de sospecha sobre su impoluto actuar. Para que no cupiera la menor duda, en ese acto nombró a Virgilio Andrade como Secretario de la Función Pública y lo instruyó, ahí frente a todo el mundo, para que investigara a la voz de ya, ese enojoso asunto.
El mensaje presidencial dice más en términos de imágenes que lo que realmente pronunciaron las palabras. Se vio a un Virgilio Andrade pequeño, no sólo por la estatura física y lo estrambótico de su peinado, que sería lo de menos, sino por la encomienda que le depositaron siendo él un personaje cercano a los principales actores. Virgilio Andrade es un hombre muy próximo a Enrique Peña Nieto y a Luis Videgaray. Entonces, parece que nos presentan a un guardián que de entrada luce débil, sin dientes y carente de la fuerza necesaria para cumplir con su tarea. A un vigilante que sonríe para caerle bien a la audiencia y que luce poca determinación.
La voz decidida del Presidente de la República contrasta con la sonrisa del recién nombrado secretario. Es evidente que ahí, frente al país estaba un patrón girándole instrucciones a su empleado y él estaba, obedientemente, acatándolas. A su favor, podemos decir que lo hacía de buen modo.
¿Será posible que un subordinado pueda investigar correctamente los asuntos de su patrón? Se ve difícil. El proyecto nace muerto por su circunstancias y su naturaleza. No hay quien muerda la mano que le da de comer. El mensaje del señor Presidente es claro para quien lo quiera entender, hay que taparle el ojo al macho, hay que dejar de hacer olas y de brincar cuando ya sabemos que el suelo está parejo.
No hay intención alguna de esclarecer nada, ni de avanzar en términos de transparencia. Lo que no se imaginan es que ya nos dimos cuenta. Lo más grave es que al simular limpieza, ensuciaron más.
Además el nombramiento viene con una serie de irregularidades que ensucian de más el proceso. La Secretaria de la Función Pública trae vicios desde la ley orgánica, no estaba contemplada en el plan sexenal, está herida de muerte, respirado mal y funcionando peor. Se le quitaron los órganos de vigilancia que tenía para las dependencias gubernamentales. La convirtieron en un moribundo que en medio de bocanadas hace un trabajo a medias, de pésima calidad, pero ¿quién le reclama algo a un condenado a muerte? Pues sí, en esa silla de hojalata sentó en Señor Presidente a su amigo Virgilio Andrade.
Es lamentable. No es que dudemos de la capacidad del nuevo Secretario pero no las tiene todas consigo. Sucede lo mismo que cuando se ocupa un trapo sucio para limpiar un vidrio opaco. La cosa queda peor. El presidente, que no entiende que no entiende, piensa que es fácil darnos atole con el dedo y que somos tan ingenuos que no nos damos cuenta. Así de chiquitos nos ven.
Queda claro lo que nos quieren decir con el nombramiento de Virgilio Andrade, ¿a poco no?

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La hora del Presidente

Otra vez, nos duele la frivolidad de nuestros gobernantes. Nos tropezamos con la misma piedra que nos hizo ampolla a lo largo de los gobiernos priistas del siglo XX y que fue heredada por los panistas en los últimos años. Nadie se salva, ni la izquierda ni la derecha ni el centro ni gobernadores ni legisladores ni jueces ni nadie.
Nuestros gobernantes no están a la altura de los tiempos y mientras la Universidad de Berkley apoya una investigación periodística que nos da a conocer la nueva versión del caso Ayotzinapa, aquí le aparecen casas a los funcionarios de la primera línea del poder.
En el humo de la banalidad y en pleno Guadalupe-Reyes, confiando en que estamos distraídos entre festejos y posadas, un Secretario de Hacienda sale a dar explicaciones inverosímiles sobre la forma de operar un crédito personal. El señor Videgaray nos exhibe dos alternativas, o es un imbécil que no sabe de finanzas, lo cual está mal o es un corrupto que dice mentiras, lo que es peor. Es peor porque su figura mancha el prestigio de México y porque con su credibilidad por los suelos le será muy complicado operar las reformas, en casa y fuera de ella.
Antes, la Primera Dama nos de cátedra del mal actuar, de pésimo oficio y con la cara llena de fastidio da una explicación absurda que, es claro, ni entiende ni quiere dar. La pusieron a representar un papel que le quedó grande y a entregar cuentas que no sabe procesar. Su imagen, popular entre la gente a la que le gustan los dramas de telenovleas, cayó, incluso entre ellos.
El Procurador de la República está cansado y ya no quiere dar explicaciones, parece como si estuviera caminando sobre la cuerda floja y eso, además de complicarle la vida lo hubiera dejado exhausto. En vez de tener un funcionario empático, tenemos a un tribuno fastidiado que desea retirarse a sus aposentos a ver cómo se incendia Roma.
El Presidente huye, en plena efervescencia nacional, a justificarse frente al gobierno Chino del porque le canceló un contrato a una compañía constructora y abandona a padres de familia angustiados y a mexicanos que queremos un estadista, no un maniquí. De los integrantes de la familia presidencial, mejor ni hablamos. No les falta asesoría, les falta estatura.
En medio de un cochinero en el que de un momento a otro aparecieron Guerreros unidos, alcaldes criminales, esposas que se dedican al crimen organizado y aún sin entender qué hacían los muchachos de la normal de Ayotzinapa en Iguala, ahora nos enteramos de una supuesta intervención de la Policía Federal, del Ejército y de la presunción de que el mismísimo Secretario Osorio estaba enterado, en tiempo real, de los acontecimientos.
Enardecidos unos, indignados otros, con los ojos del mundo puestos en México, no le vemos tamaño a los que debieran estar en control. No hay sorpresas, más bien nos deberíamos estar acostumbrando a la frivolidad de los gobernantes.
En el centro de la crisis, la hora del presidente, esa en la que el señor que despacha en Palacio Nacional debe salir a resolver el conflicto, ya pasó. No lo hizo. Se le fue en un viaje absurdo y en apagar el fuego de una casa blanca que quedó manchada. Se le fue poniendo a una mujer que nos aclaró que no es funcionaria pública, pero que goza de las mieles del presupuesto, a dar la cara por él. En estos momentos, la hora del presidente que esperamos los mexicanos no es la de pedir perdón por sus faltas o por sus incapacidades, es la hora de rendir cuentas, de salir a decir la verdad de lo que sucedió. Es la hora de desmentir lo que no sea cierto, de acabar con los rumores que hacen ruido, de asumir responsabilidad y de ajustar su gabinete.
Es la hora de demostrar que está ahí para gobernar y no para robar. No queremos regresar al presidencialismo al ultranza, queremos que se ponga a trabajar, que nos de cuentas y nos diga, en verdad, qué pasó. Es hora de dejar a un lado la frivolidad y crecer a la altura que México necesita. ¿Podrá?

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En el segundo año de gobierno

Por lo general, los aniversarios son motivos de festejo y en México más. Hasta los aniversarios luctuosos nos sirven de pretexto para hacer fiesta. Con mayor razón si se trata de la conmemoración de un político en el poder y el acento se hace más grande si éste es priista. Lo curioso es que en el segundo año de gobierno del presidente Peña ahora sí no nos alcanzaron las ganas ni los pretextos para festejar.
A dos años de gobierno peñista el clamor popular es un reclamo de justicia. No es poca cosa. Los mexicanos se expresan hartos de tanta desiguladad y de tanta impunidad. Es legítimo estar cansados de ver como los salarios pierden valor adquisitivo y como los impuestos suben; ver como encontrar trabajo es tan fácil como toparse con la fuente de la eterna juventud y como los servicios del Estado van de lo malo a lo peor. ¿Cómo no enfadarse ante la realidad de una tierra convertida en tumba clandestina? La desesperación de la gente en pobreza alimentaria, es decir, con hambre, y de los que padecen pobreza salarial, o sea, los que no ganan lo suficiente para cubrir sus necesidades, va creciendo. La efervescencia que se siente a dos años del regreso del PRI da miedo.
Enrique Peña Nieto prometió mucho y cumplió. Logró reformas impensables y la alineación de los partidos a un proyecto de un México mejor. No fue poca cosa, hay que decirlo, pero no fue suficiente. No basta con la entrada de capitales extranjeros si sus beneficios no llegan a las bases de la sociedad. No bastan reformas de Estado si las carencias de los necesitados no se resuelven y si las acciones de Gobierno sirven para aumentar en vez de disminuir la brecha entre los que tienen mucho y los que no tienen nada.
El problema es que somos los eternos Moiseses que ven desde lejos la Tierra Prometida y nunca alcanzamos a llegar a ella. Por si fuera poco, la familia del Presidente contribuye al espectáculo dando la nota con casa millonarias, zapatos hiper caros, viajes y declaraciones frívolas. ¡Claro que no está mal que ellos gocen de privilegios! Si y sólo si ellos los pagan. Lo que está mal es la ostentación y, en una de esas, el encubrimiento de dinero mal habido.
Sin embargo, esas voces que claman por la salida de Peña son incongruentes. El presidente, nos guste o no, llegó a donde está por la vía democrática. Está difícil que él aparezca a los normalistas de Ayotzinapa, está claro que no sabe donde están, no fue él quien los mandó matar. En todo caso, las voces deberían reclamar a los que llevaron a semejantes personajes al poder, pero eso no se oye y me hace sospechar.
A dos años del gobierno peñista no hay muchos motivos de festejo. Las promesas, aunque se cumplieron, no se han transformado en felicidad ni beneficio para los mexicanos. Es necesario ponerse a trabajar en ello. Así, tal vez, encontraremos motivos para celebrar.

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Impacientes

Los medios internacionales son impacientes. Se apresuran en sus comentarios y ya sabemos que las prisas traen malos resultados. A unos cuantos meses de la administración del Presidente Peña Nieto, cuando aún no se conseguían las anheladas reformas estructurales que catapultarían a México al desarrollo tan esperado y tantas veces negado, periódicos y revistas del extranjero hablaban del mandatario mexicano como el salvador que resolvería, por fin, todos nuestros problemas.
Los vítores y aplausos me parecieron anticipados, sin sustento y bastante exagerados. Es cierto, Peña inició el sexenio a tambor batiente, con muchas propuestas y con un pacto entre las principales fuerzas políticas que sin duda era digno de alabanza, pero la consecución de las reformas se veía difícil y nadie parecía recordar el gran problema que traíamos encima de violencia y corrupción.
En forma facilona se criticó a Felipe Calderón y su lucha contra el narcotráfico, se le culpó de haber regado sangre por todo el territorio nacional como si fuera un delito perseguir maleantes. Es verdad, murieron muchos inocentes, mismos que siguen muriendo hoy. Pero pareció que los medios internacionales borraron del mapa ese pequeño detalle y rindieron generosas pleitesías al gobernante mexicano. Sin embargo, la bomba de tiempo heredada del pasado seguía haciendo tic -tac, muchos decidieron desoírla.
Hoy, que la violencia se destapó, que la inconformidad sale a las calles, que se encuentran cadáveres en cualquier hoyito que se escarbe, los medios internacionales se apresuran a rasgarse las vestiduras, gritan urbi et orbi voces en contra del presidente Peña. Calma. ¿Por fin, en qué quedamos?
Tan inmerecidas fueron esas alabanzas exacerbadas, como lo son esas caricaturas de Enrique Peña con guadaña y vestido de muerte. Las cosas no han cambiado, permanecen constantes. Es decir, ni mejor ni peor . Los que piensan que es terrible que no estemos mejor, tienen razón. No hay porque dar campanas al vuelo. Pero los que aullan y se retuercen ante el panorama nacional me parece que son aquellos que se creyeron que las cosas se arreglan con una cara bonita.
Por desgracia no hay caritas mágicas. No importa cuantas veces Rosario Robles le haga la barba al su jefe, ni cuantos discursos triunfalistas se pronuncien, ni cuantas portadas reflejen a un presidente con efigie de muerte, no podemos engañarnos, las cosas siguen básicamente igual. La impaciencia en los juicios, por lo general, es madre de malos análisis que llevan a peores conclusiones. Peña necesita tiempo.

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¿De plácemes?

Si nos atenemos al discurso oficial y vemos la cara del Presidente de la República, no nos queda más remedio que concluir que en México estamos de plácemes. Esta semana se concluyó el periodo legislativo que da sustento a las Reformas que Enrique Peña Nieto prometió desde que estaba en campaña. El Pacto por México a tiros y girones fue efectivo y ya tenemos el andamiaje para ser un mejor país. Si eso es así, no hay otra que estar de festejos.
The Economist confirma la posición del Ejecutivo. México está ya en la ruta dorada. Gracias a esta Administración y su vocación reformista, los mexicanos tenemos las bases para ser el mejor lugar del mundo. Habrá más empleo, mejores condiciones de trabajo, crecerá la actividad económica, la recaudación será más eficiente, la desigualdad se reducirá y los jóvenes tendrán un mejor futuro.
Todo suena tan maravilloso y, sin embargo, tan difícil de creer. Los representantes de la izquierda mexicana antagonizan con la posición oficial. No creen en el porvenir promisorio ni en las sonrisas del Presidente ni en las bondades de las Reformas. Es más, las ven como amenazas apocalípticas. Parece que ellos en vez de ver bonanza y oportunidades ven que una vez más nos pusimos en la torre solitos, nos metimos autogol y todavía estamos celebrando. Según ellos los jóvenes tendrán un peor futuro.
Ni unos ni otros son poseedores de la verdad absoluta, nadie lo es. Pero, si solamente nos podemos remitir a las pruebas, la Reforma Laboral no ha aumentado las fuentes de trabajo, al contrario, cada vez son más personas que pierden su empleo y van a engrosar las filas de la informalidad o del subempleo; la Reforma Fiscal es una miscelánea de sin sentidos que presiona más a la ya de por sí angustiada clase media, que busca la digitalización en un país sin infraestructura para ello y que no ha elevado el ínfimo grado de recaudación, seguimos siendo muy pocos los que pagamos impuestos; las reformas en telecomunicaciones no lucen tan espectaculares y la petrolera que recién se promulgó nos deja con la sensación de estar festejando la victoria de alguien más.
No hay más remedio que el análisis. En pleno festejo presidencial y a pesar de las sonrisas del gabinete y de las porras de publicaciones internacionales, el pronostico de crecimiento de la economía mexicana volvió a bajar. Ahora es un 2.7% que no alcanza para estar festejando con bombo y platillo.
No estoy de acuerdo con las voces apocalípticas que gritan que nos robaron el petróleo porque jamás ha sido nuestro, es y sigue en posesión de un sindicato poderoso, corrupto y ambicioso que no va a soltar sus privilegios. La Reforma no alcanzó para liberarnos de esa carga, pero parece que se eficientará y se modernizará el sector. Tampoco creo que las Reformas alcancen para el nivel de porras y vítores oficiales, la realidad en la calle es distinta a la que nos quieren vender.
¿De plácemes? No lo sé, ojalá.

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El Papa Francisco acepta visitar México

El Papa Francisco aceptó la invitación para visitar México que le hizo el Presidente Enrique Peña Nieto. Eso es un motivo de alegría para la grey católica mexicana que todavía representa una gran parte de la población. Pero los católicos debemos estar de plácemes porque ésta es la oportunidad de que el líder de los católicos se reúna con las víctimas de abusos sufridos por malos pastores que excedieron su investidura y disfrazados de corderos ocultaron su piel de lobos y mordieron a tantos inocentes.
Una fracción de fieles a la fe católica estamos felices de ver que se abre la oportunidad que Benedicto XVI perdió para consolar a tantos que lloraron por culpa de los que debieron protegerlos. Que venga Francisco a hablar de esperanza, de perdón, sí, pero también de justicia para los que con su conducta le arrancaron la inocencia, la dignidad y la vida a tantos que hoy viven en una confusión terrible . Los que dijeron tener vocación de pastores eran víboras ponzoñosas que los hirieron de muerte.
Que venga Francisco a prestar oídos a tanta atrocidad, a tanta vejación, a toda esta tortura que dejó a muchos atrapados en el dolor, la ira y el sufrimiento, mientras los malditos seguían haciendo de las suyas y gozando de protecciones, prebendas y complicidades fétidas.
Que venga Francisco a limpiar la casa, a ordenar el chiquero y a poner las cosas en su lugar. Que repita las palabras de Jesús plasmadas por Mateo apartaos de mi, malditos que practican la iniquidad Mt7:23 y que repita las palabras del Salmo 6: Apartaos de mi los que hacen la iniquidad porque el Señor ha oído mi llanto. Muchos deberán de estar temblando ante esta idea, se pondrán la capa de terciopelo e intentarán cubrir de humo tanta maldad. Pero este Papa no es tonto y ha hecho muchas promesas, es tiempo de bajarlas del monte Vaticano y traerlas a la realidad.
Que Francisco venga a oír a las víctimas que no han sido escuchadas y a las que no se les ha pedido perdón. Esa esperanza guardo y por ello estoy feliz de que el Papa Francisco haya aceptado la invitación del Presidente Peña. Ojalá además se la invitación acepte el reto y haga lo que ha faltado hacer.

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Somos un Gobierno que escucha

El presidente Enrique Peña Nieto es un hombre serio y cuidadoso. No es un mandatario desparpajado como lo fue Vicente Fox; no se comparó con un Hijo desobediente como lo hizo Felipe Calderón; no cuenta chistes malos para que su circulo cercano se los festeje como lo hacía Zedillo, ni hace promesas ocurrentes como las que hizo López Portillo. Todo lo contrario, es una persona que elige bien sus palabras y es cauteloso al abrir la boca. Sabe que su fuerte no está en las declaraciones improvisadas, por ello las evita. No habla por hablar, se cuida.

Por eso me llamó la atención que el día de ayer, el primer mandatario mexicano, en medio del discurso que pronunció en Puebla por los festejos del Cinco de Mayo dijera: Somos un gobierno que escucha. Subrayo que la frase no es producto de una entrevista banquetera, ni fue arrancada por un audaz reportero, ni fue una declaración al aire. Fue un renglón leído en un discurso. Una frase pensada y cuidada, como las que le gustan al Presidente. ¿Qué habrá querido decir Enrique Peña Nieto?

Recuerdo que cuando era estudiante si un profesor decía: Te estoy escuchando, la frase servía como una advertencia. Era un aviso de que el maestro te estaba observando y que tal vez no te habías dado cuenta. Lo más seguro era que te estuvieras portando mal y con ello te reconviniera para portarte mejor. En síntesis, no eran buenas noticias.El que detentaba la autoridad informaba así que te estaba vigilando. ¿Será eso lo que nos quiere decir el Presidente?  

La frase no es afortunada. Lo cierto es que si el Presidente Peña quiso decir que su Gobierno escucha, habría que preguntarle ¿A quién? Muchos empresarios se sienten desatendidos, para lograr llamar la atención del mandatario hay que pertenecer a las grandes ligas? La cada vez más pequeña clase media no se siente tomada en cuenta para nada. La generación de empleos va a la baja, las oportunidades son escasas, el crecimiento económico es raquítico y en México lo que sí crece son los impuestos -no la recaudación-, los precios de la luz, el gas, la gasolina, los peajes y todos los servicios que dependen del gobierno. También crece la inflación y se achican los sueldos. ¿Así, cómo se puede decir que un Gobierno escucha?

Es terrible que un Presidente tenga que decir que su Gobierno escucha. Eso quiere decir que tiene que salir a decirlo, promulgarlo a los cuatro vientos en la tribuna que le dio la fiesta del Cinco de Mayo, porque si no nadie se entera. ¿Se habrá escuchado el propio Presidente? ¿Por qué nadie le dijo que esas cosas no se dicen? El dicho no sustituye al hecho. Las palabras no llenarán la brecha entre lo que se necesita y lo que hace falta por hacer.

 

 

 

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