Enojos y enconos

Nuestro planeta esta viviendo tiempos de mucho enojo y de necesidad de venganza. Es un fenómeno que devino de llevar al al poder a sujetos populistas que al son de divide y vencerás, se olvidan de la solidaridad y la justicia social. Tristemente, estos personajes que son tan valientes en la palestra frente al micrófono, se achican frente a las crisis y tiemblan por las esquinas aferrados al cetro que los hace sentir poderosos.

Basta darse una vuelta por los titulares de la prensa: Evo Morales, Chile, Bagdad, Brexit, Culiacán son algunos temas que nos muestran los enojos y enconos que, como demiurgos furiosos andan mordiendo mortales que ni la deben pero tienen que pagar por ella. Por si fuera poco, nos recetan el desenterramiento de Francisco Franco. El acto parece un acto de Estado y, a pasar de ser una humillación máxima, los que la padecieron fueron los que presenciaron semejante acto, porque los huesos del dictador hace rato que están fríos.

¿Para qué? Para qué azuzar al avispero. ¿Que se ganó con todo lo que sucedió, con tanta demostración de enojo y encono? Me gustaría ver mejores mandatarios, gente valiente ocupada de lo relevante. Lo relevante son las personas que tienen hambre, la gente que no tiene servicios de salud, las familias que no tienen techo, los niños que caminan solos, las mujeres que son maltratadas, la suciedad que se traduce en corrupción y contaminación.

Me gustaría ver a líderes de verdad, gente que en vez de envalentonarse frente al micrófono, pudiera hacer lo que les toca. Líderes que en vez de dividir. Se pongan a trabajar en equipo. Gobernantes que, por fin entiendan, que los golpes mediáticos están enfadando a la gente.

Focos de violencia

Estamos inmersos en una sociedad que ha activado muchos focos de violencia. Salimos a la calle y escuchamos bocinazos de los coches que no avanzan por el tránsito tan pesado, los ciclistas se lanzan sin el menor cuidado lo mismo contra los autos que contra los peatones, hay abuso escolar, infantil, en la oficina, corremos peligro de que nos asalten en la calle o en el transporte público, nos enteramos de asesinatos a jóvenes, mujeres, hombres, niños, viejos. Andamos por la vida con los puños apretados y el ceño fruncido. Miramos por encima del hombro si escuchamos pasos detrás de nosotros y sospechamos que nos están siguiendo, aunque no sea así. Hemos embrollado la madeja de la vida en exceso.

Y, por si fuera poco, al llegar a la casa, en vez de sentirnos en paz, empezamos a pelear porque uno le va al pinto y otro al colorado. En familia, nos dividimos, nos enojamos con los amigos que no piensan votar por el que yo quiero. Nos abruma la estupidez ajena y la brizna en el ojo ajeno nos resulta más insoportable que la viga que vamos cargando. Y, nos enoja ver encabezados que nos avisan que en México disolver un cuerpo en ácido cuesta ciento cincuenta dólares. ¿Cuándo perdimos el buen humor?

Andamos tan enojados que se nos nota y poco hacemos por controlarnos. La ira se apodera del escenario y, apenas nos rascan tantito ya nos andamos peleando. Los medios de comunicación tampoco ayudan, estamos siendo bombardeados por mensajes de encono: la irresponsabilidad política no conoce límites. El respeto, valor olvidado en el pasado, impedía que un adversario se expresara de otro con calificativos despreciativos y descalificaba con argumentos sólidos. El enojo exacerbado enciende focos de violencia de todo tipo.

Los delitos de ira están fracturando a nuestra sociedad y seguimos atizando el fuego. Me gustaría que eleváramos el nivel y que respiráramos para insuflar paz en el ambiente. La violencia acarrea barbarie, nubla la razón y no hay forma de que tengamos algo virtuoso que tenga como madre a la violencia.

Tristes y enojados

Era evidente. Las personas que marcharon por las calles de la Ciudad de México para reclamar con vida a los normalistas de Iguala se dividían en dos grupos, los que estaban tristes y los que estaban enojados. Era de esperarse encontrar los ánimos caldeados y sólo los más ingenios dejarían de ver que muchos oportunistas se colgarían de esta marcha para hacer fechorías. La mejor forma de predecir el futuro es volver la vista al pasado.
Lo sucedido al ingeniero Cárdenas y a Adolfo Gilly es inaceptable desde todo punto de vista. Hay mucho enojo en el ambiente y ofrecer disculpas no va a devolver a los chicos que siguen desaparecidos. El PRD debe dar respuestas serias, asumir responsabilidad y eso quiere decir, dejarse de tonterías, poner manos a la obra para arreglar el cochinero de candidatos y gente que pusieron en oficina para dirigir los destinos de una comunidad.
Ver las imágenes del ataque a Cuauhtémoc Cárdenas y a sus acompañantes, sus rostros que reflejaban confusión y pánico, me llevó a pensar en los chicos desaparecidos. En lo similar de la situación. Personas que eran atacadas en desigualdad de circunstancias. Unos armados, los otros no. Unos enardecidos, otros aterrorizados. Cárdenas llegó despeinado y descolocado a un vehículo que lo sacó de la zona de peligro. Gilly llevaba la cara cubierta de sangre, Salvador Nava iba con la cara pálida. Se leía preocupación y alivio de sentirse a salvo. La cosa pudo escalar y terminar en un desaguisado, en un martirio ocasionado por gente que marchaba para pedir respeto de derechos humanos. ¿Cómo se explica eso?
La combinación de enojo y tristeza da malos resultados. Entre la multitud el efecto Fuenteovejuna, en el que una gran bestialidad se diluye por la colectividad, tiene tentación de aparecer. Yo no fui, fuimos todos. Pero cada quien en lo individual arrojó piedras con la intención de lastimar. De dañar a un hombre que tiene más de ochenta años. Por fortuna, no pasó nada. Por desgracia siguen desaparecidos los estudiantes normalistas y lo peor es que siguen apareciendo fosas con cadáveres.
Es evidente que los mexicanos andamos tristes y enojados. No nos gusta ver a gobernadores rebasados, a presidentes mortificados, a chicos desaparecidos, a padres con los brazos vacíos. Eso nos entristece. Nos enojan las respuestas de quienes con honor debieran estar dando la cara.

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Vientos de locura

Soplan vientos de locura en esta tierra. Basta con abrir los ojos para darse cuenta. Echarle un ojo al periódico, a los noticieros, es suficiente para notar que algo anda mal. Lo malo es que esos vientos salen de las hojas del diario, de las pantallas de la tele o de la computadora y nos tocan. Si la locura se aproxima y nos toca, la cosa no esta bien.
Se lee de ediles que piden ayuda, que hacen huelga de hambre para llamar la atención y se topan de frente con la muerte. La gente busca empleo y no lo encuentra. Hay personas que quieren invertir, generar nuevas fuentes de trabajo y no las dejan, el camino de la tramitología es largo y el corruptometro marca niveles exageradamente altos. Los empleos que hoy existen se ven amenazados, no únicamente por reformas fiscales, también por manifestantes que confunden su vocación con la de terroristas y rompen vidrios, asaltan negocios y provocan pérdidas. También se padecen los plantones que alejan a posibles compradores.
La gente va enojada, si bien le va. También va angustiada por las cuentas y facturas que debe de pagar. Se percibe tristeza. La falta de seguridad causa desazón.
Me parece que todo ésto se debe a que estos vientos de locura han provocado que los que sí tienen trabajado no se atrevan a hacerlo. Me gustaría ver a la gente trabajando en favor de los mexicanos y no de rijosos que le niegan educación a nuestros niños. ¿Qué incentivo tiene un maestro para volver a las aulas si le premian por alejarse de ellas? Nadie piensa en los niños y eso es una locura. Mientras los maestros los abandonan a la suerte de la ignorancia, el crimen organizado los recluta. En este estado alterado de conciencia, lo último que importa es hacer lo correcto. Ahí están los resultados.
Los vientos de locura revuelven todo y lo dejan de cabeza, así es más fácil ser un vendedor ambulante que un negocio establecido. Se dan más facilidades al comercio informal que a los que pagan impuestos.
Estar dentro de este torbellino que gira a velocidades vertiginosas no nos permite ver que todo se está desacomodando. Pero lo sabemos. Lo peor que podemos hacer es esconder la cabeza en un hoyo, como avestruces, y pretender que nada está sucediendo. Sabemos que está sucediendo.
Desde luego, si nos enfocamos en el problema a nivel macro, resulta casi imposible que un ciudadano de a pie pueda hacer algo por resolverlo. Pero podemos arreglar lo que nos toca, podemos dar batalla desde nuestro pedazo de tierra. Tenemos la posibilidad de que en nuestro perímetro las cosas sí estén en su lugar y no al revés.
Si un viento de locura vino a desordenar la casa, nosotros podemos empezar a llamar a las cosas por su nombre, dejarnos de engañar con verdades que son en realidad mentiras. Darle lugar a los valores rectores y ponerlos en práctica.
En este viento de locura a mi me da entusiasmo que muchas empresas estén considerando dentro de sus planes de capacitación incluir temas éticos, de introspección y análisis personal. Me gusta ver que los temas técnicos se combinan con la necesidad de desarrollar creatividad, de propiciar una herramienta de análisis personal para que la gente pueda tener el valor para arreglar las cosas desde su trinchera.
Tal vez, así, los vientos de locura se conviertan en vientos de esperanza.

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