Morir de éxito

Una de las enfermedades mortales en el mundo empresarial es el éxito. En las lápidas del cementerio empresarial se evidencia que la causa de muerte más frecuente es el progreso acelerado de un negocio. Si no supiéramos de lo que se trata, pensaríamos que el éxito es una especie de virus furioso, contagioso y fulminante. Pareciera que algunos empresarios no supieran de qué se trata, que no fueran perseguidores de la prosperidad y cuando ésta llega en forma anticipada en lugar de provocar felicidad, mata.
Morir de éxito significa que las cosas van tan bien que la empresa o el individuo es incapaz de asumir las consecuencias del triunfo, es decir, no esta listo para satisfacer la demanda, para enfrentar los requerimientos o asumir las responsabilidades de ofrecer un producto o servicio que está siendo tan popular que rebasa las capacidades presentes. En otras palabras, con lo que hay, no alcanza.
En muchos casos, la gente de negocios se parece al corredor que al cruzar la línea de meta no sabe que hacer y en vez de asimilar el triunfo, pierde el rumbo. Resulta ridículo, imposible de creer que la conquista de objetivos nuble la visión y en vez de administrar los logros, las empresas empiecen a dar vueltas sobre su propio eje, como perros que se persiguen la cola, y desfallezcan o desaparezcan ahogados en su triunfo, sin embargo, sucede.
El problema es frecuente y aunque todas las generalizaciones son malas, el factor común de estas empresas es la falta de preparación para gestionar el éxito. Es increíble pero así como un fracaso inesperado suele sacar lo mejor de los equipos de trabajo y las actitudes de solidaridad e ingenio brillan, del éxito intempestivo pueden brotar las peores actitudes del individuo.
Es lógico. En una situación de excesiva bonanza, las ineficiencias se disimulan, los desperdicios se cubren, los excesos no se notan. En un escenario de austeridad, todo cambia, todo se cuida.
Los sueños bíblicos de José el consejero del Faraón son una lección empresarial valiosa. En tiempos de fortuna hay que prepararse para los momentos de desventura. El problema es que no hay previsión. Los empresarios cometen el error de creer que todo es permanente, cuando la constante es el cambio.
Las empresas que mueren de éxito son las que no saben leer los signos de la transformación. Esto que suena tan misterioso, no lo es. No hay oráculos, ni predicciones mágicas. Eso no existe. Hay planeación estratégica y análisis financiero. Hay proyecciones y estimaciones que nos previenen a tiempo de las correcciones que se deben hacer para seguir el rumbo correcto.
Cuando no se está preparado, un golpe de suerte sofoca, le saca el aire a la empresa y la mata. En vez de servir como un viento de impulso, el triunfo deviene en huracán devastador. Así, empresas familiares desaparecen por pleitos absurdos, pequeñas empresas quiebran por la incapacidad de administrar adecuadamente los procesos, medianas empresas no logran dar el salto por falta de acompañamiento en el desarrollo de sus cuadros gerenciales, ejecutivos jóvenes estallan ante la presión que ejerce llegar rápido a la cúspide.
Muchas buenas ideas y proyectos que murieron diagnosticadas de éxito anticipado, pudieron evitar ese destino fatal con un buen plan estratégico que fuera correctamente implementado.
Aunque morir de éxito es una mala noticia, no es tan terrible como suena. Los españoles tiene un dicho que reza, si he de morir, que sea de éxito, pensando en la dulzura del que ha probado las mieles de algo que ya funciono. Un proyecto que tuvo éxito se puede replicar aprovechando el aprendizaje que dejó el proceso. Ya se conocen las causas que motivaron el éxito y los motivos que provocaron el fracaso. La mayoría de las lápidas que se ven en el cementerio empresarial podrían volver a vivir si se les da el tratamiento adecuado. La buena noticia es que, a diferencia de la muerte corporal, la muerte empresarial no es definitiva. En los terrenos corporativos no hay finales fatales dado que el cambio es una constante. Por ello, aquí si se vale resucitar a un muerto.
En términos empresariales, revivir a un difunto significa transformar el éxito puntual en un triunfo permanente, eso se logra aplicando el popular proceso administrativo, haciendo énfasis en la planeación estratégica y el análisis financiero para llegar a una correcta toma de decisiones.
Tristemente, pocos lo hacen. Los que mueren de éxito quedan en un estado de afectación tal que les impide sacar provecho del aprendizaje. Prefieren mirar a otro lado, ignorando la riqueza que aún tienen en las manos y al hacerlo, al desperdiciar esa experiencia, cavan la tumba definitiva de los que murieron de éxito.

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Bajar cortina

Mi papá suele decir Mal le empieza la semana al que ahorcan en lunes. No está bien empezar la semana con malas noticias. Sin embargo, volver la mirada a otro lado, meter la cabeza en un agujero, como lo hacen los avestruces asustados, no resuelve nada.
Al menos sesenta empresarios, la mayoría restauranteros y dueños de negocios que atienden al público en general, han decidido bajar cortina en Torreón debido a la ola de asaltos que han sufrido en esta ciudad.
La gente de la comarca lagunera es gente emprendedora, es decir, es gente valiente que sale todos los días a rifársela con un negocio. Son personas trabajadoras que han hecho de su región un vergel en donde había un yermo, que han creado empleos, que han dado la bienvenida a empresas extranjeras y han abastecido de mano de obra calificada. Todo eso y más son los laguneros. Si están decidiendo bajar la cortina de sus negocios no es por cobardía, por miedo a los riesgos o por flojera. Me temo que es por cansancio, por hartazgo de sentirse la pila del agua bendita a la que todos le quieren meter la mano. Ya se enfadaron de ser ellos los que ponen el entusiasmo para sembrar y a la hora de cosechar viene alguien a quitarles el fruto de su trabajo. No es justo.
Los empresarios padecen. Les cargan la mano con impuestos que encarecen sus operaciones y a cambio reciben poco o nada. No tienen servicios adecuados, no cuentan con el respaldo de sus gobiernos y no reciben protección y seguridad del Estado. ¿Entonces?
En esta especie de orfandad, en la que hacer negocio es casi un pecado que la autoridad castiga a fuerza de impuestazos, en la que la eficiencia para aplacar al crimen organizado no existe, en donde la ineptitud es reina y la incompetencia es la señora de la casa, en un país en el que la impunidad es la ley que impera, los empresarios deciden bajar la cortina de sus negocios.
Son malas noticias, son empleos que se pierden, impulso que se desperdicia y una actividad que a pesar de necesitarla, se pierde. ¿Dónde están el presidente municipal, el gobernador del estado y el señor presidente para dar una explicación? seguramente en sus despachos viendo como se paraliza una de las regiones más productivas y entusiastas de México. ¿Las autoridades estarán al tanto de esta protesta que se convoca desde Torreón? ¿O estarán con la boca abierta mirando al cielo?
Anuncian con bombos y platillos que, por fin, México crece después de haber estado ajustando los números hacia abajo. Se registra un numero favorable en términos de crecimiento. Eso es bueno. Pero si no se apoya al sector empresarial, la actividad económica va no sólo a no crecer, se va a caer en picada.
Los laguneros son gente valiente. Hace falta valor para tomar la decisión de bajar la cortina de un negocio que representa, en muchos casos, la forma de sustento de muchas familias, la ilusión de dueños, ejecutivos y trabajadores, la identidad de la gente. Las fuentes de empleo, que hoy son tan escasas, debieran ser cuidadas y protegidas. ¿Habrá alguien valiente que salga a defenderlas?

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Lady Profeco

Algunas veces ofrecer una disculpa no es suficiente. Si yo ensucio un hermoso mantel blanco y digo: ¿Me perdonas?, la mancha seguirá ahí. no importa si fue sin querer, disculparse no basta. Hay que reparar el error. Claro que hay de errores a errores. Peor si la que cometió el desaguisado es una hija. A los padres nos duelen los tropezones de los nuestros, lo malo es que algunas veces no sólo los toleramos, sino que nos hacemos los disimulados, para no enfrentarlos, para no corregirlos. Resultado: arrojamos monstritos incontrolables al mundo. ¿Qué culpa tiene el mundo de nuestra falta de energía? ¿Por qué tendrían que tolerar a una berrinchuda indomada a la que no se le pudo educar?
Y, luego, ahí están los padres poniendo la cara por los hijos. Así le pasó a Humberto Benítez, titular de la Procuraduría Federal del Consumidor, una instancia creada para proteger a los ciudadanos de los abusos de los que ofrecen productos y servicios. Pero, ¿quién nos protege de los exabruptos de los familiares de los funcionarios?
Andrea Benítez, hija del procurador del consumidor, niña berrinchuda, que no sabe que su padre es un servidor público, no un señor feudal, arremetió contra el restaurante Máximo Bistro que cometió la terrible falta de no asignarle la mesa que su majestad Lady Profeco quería. La reacción de la tiranita fue hablarle a las poderosas huestes de su padre, que ya dije no son de él, sino de la Procuraduría del Consumidor, echó la carne al asador y con la furia de vulcano, ordenó que se clausurara el establecimiento.
Los diligentes funcionarios, salieron a toda prisa con sellos en mano, para obedecer los deseos de su altísima majestad. ¿Y la defensa del consumidor? Esa, que espere. ¿Y la defensa del consumidor? Sí, señoras y señores, se transformó en un instrumento de coerción.
Por desgracia, ya nada nos sorprende. Una dependencia que en su origen fue una buena idea, que era bien intencionada, se ha convertido en una forma de amenazar a la gente de buena voluntad que no hace más que abrir las puertas de su negocio y pedirle a Dios que hoy no lo vengan a extorsionar. Hay tantas revisiones sin sentido que sufren los negocios y cuya única intención es sacar para el refresco, el desayuno o el pago de la despensa de los inspectores. Ahora también hay que temer a las hijas de los servidores.
Parece que no basta con la desaceleración económica, los empresarios en México también tienen que luchar con la inseguridad, ahora no únicamente causada por bandidos y maleantes, sino por las hijas furibundas de los que tienen poder en México.
No, señores. A los empresarios hay que apoyarlos, no fastidiarlos. Me alegro que el presidente Peña Nieto esté metiéndole manos al asunto. Me da gusto que Ildefonso Guajardo, Secretario de Economía esté enterado de semejante barbaridad. Pero, hay algunas veces que ofrecer una disculpa no es suficiente.
El berrinche de Andrea Benítez no fue una simple pataleta, no fue un acto de prepotencia de una pequeña burguesa venida a más. No. Es el reflejo de la forma de actuar en una dependencia de gobierno. Se descorrió el velo. La Procuraduría del Consumidor no está para proteger al ciudadano, se usa para golpear, y eso es malo. Es un garrote al servicio de la estupidez.
Por eso, no basta con ofrecer una disculpa. Hay que limpiar la mancha, hay que arreglar ese cochinero.

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