Las virtudes de fracasar y aprender de prisa

Los expertos de Silicon Valley y los teóricos del emprendimiento elogian el fail fast —fracasar deprisa—, lo cual parece un contrasentido porque cualquiera que quiera empezar un proyecto nuevo, que quiera iniciar un negocio o aventurarse en un terreno nuevo lo que busca es tener éxito.  Las mediciones de riesgo, las precauciones y la prudencia tienen que ver con la forma en que la gente le da la vuelta al fracaso para enfilarse al triunfo y la consecución de sus metas. No obstante, lo que ellos plantean no es fracasar para quedarse ahí. De lo que se trata es de hacer lo que hacen las gallinas cuando se tropiezan: se levantan, se acomodan las plumas y siguen caminando como si nada.

Las nuevas tendencias que alaban el fracaso rápido ponen valor el concepto: fail fast, learn fast —fracasar deprisa, aprender deprisa— es decir, le ponen nombre y apellido porque consideran que los fracasos en vez de ser un punto final deben ser asumidos como errores que forman parte la vida y del trabajo. Es más, son un elemento fundamental. En esta condición, no es un problema equivocarse sino permanecer en el error. Y ahí empezamos con la complicación. Para poder aprender, necesitamos un elemento indispensable: humildad. La humildad no es sinónimo de apocamiento, sino que debe ser entendida como la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades. Es una cualidad humana atribuida a quien ha desarrollado conciencia de sus condiciones e impotencias y obra en consecuencia.

La humildad es relevante hasta el punto que los gurús de la Costa Oeste resaltan la capacidad de sacar inmediatamente lecciones de todo aquello que se les resiste. Fracasar no es humillarse, es la oportunidad de ver lo que falló para corregirlo. Han descubierto que la fuerza de estas experiencias fallidas suele hacer progresar a las personas y a las compañías más aprisa que las mejores teorías de emprendimiento.

En esta condición, vale más un fracaso rápido y rápidamente rectificado que ningún tropiezo. Desgraciadamente, una de las deficiencias que presenta este punto de vista es que muchos emprendedores se apadrinan de la arrogancia y son incapaces de ver errores o de escuchar críticas constructivas. A lo largo de mi práctica profesional he visto como quienes inician algo distinto, aceptan mal la crítica. No les gusta que les digan que hay mejoras y caen en el terrible error de ver sus proyectos como hijos: no lo son. Si alguien critica un frutito de las entrañas de alguien más, se meterá en problemas sí o sí. Si alguien da una opinión del fruto de la mente y es divergente o, peor aún, contraria, lo peor que se puede hacer es no escucharla ya que se trata de posibles mejoras, puntos que se pasaron por alto o usos alternativos que no se habían considerado en un principio.

Lo cierto es que en torno al fracaso, hay diversos pareceres que se relacionan directamente con nuestra identidad y nuestros rasgos culturales. En Estados Unidos, pero también en el Reino Unido y en los países nórdicos, a los empresarios, los políticos o incluso a los deportistas les enorgullece explicar cómo superaron los fracasos iniciales, como si se tratara de cicatrices de guerra que les han hecho mejores. Mientras más fracasados fueron al principio, mejor resulta contar la forma en que consiguieron remontar y retomar el camino. Se cuelgan la medalla del perdedor que ya es triunfador y eso los llena de orgullo.

En cambio, en la Europa del sur y en los países latinoamericanos eso no es igual. Según Marius Carol, director editorial del periódico La Vanguardia, en nuestros países estos temas operan al contrario, intentamos protegernos detrás de nuestros títulos y nomenclaturas. Andamos escondiendo obstáculos o frustraciones, pensando que eso nos debilita o muestra nuestras flaquezas. Sentimos que si exponemos nuestros raquitismos quedamos listos para la burla, el escarnio y la tortura. Lo cual, dicho sea de paso, es cierto. A nadie le gusta fracasar ni estar cerca de los fracasados. El meollo del asunto está en que aquellos presumen sus tropiezos porque consiguieron triunfar, no se quedaron ahí. Por lo tanto, aconsejan que si van a recorrer el camino amargo del desengaño, lo hagan rápido.

Sí, nos gusta pasar rápido los tragos medicinales con sabor desagradables. Pero, si hacemos eso son aprender será tan útil como quien se toma la medicina asquerosa y la escupe de inmediato. Por eso, no estoy de acuerdo con eso de fracasar rápido. ¿De qué sirve tratar de disimular o minimizar o justificar si lo que necesitamos es corregir? En cambio, el binomio virtuoso de fracasar y aprender tiene más sentido. Las elogias que se hacen del fracaso son tan efectivas como los aplausos que se dan cuando el teatro está vacío.

El profesor francés Charles Pépin ha escrito un tratado, Las virtudes del fracaso, donde muestra su extrañeza por el hecho de que en la vieja Europa el error esté mal visto. Y pone ejemplos de cómo Steve Jobs, J.K. Rowling o Thomas Edison vivieron incontables fracasos antes de alcanzar su objetivo. Hoy nos cuentan las historias de tropiezos estrepitosos cuando la espectacularidad no está en morder el polvo sino en la enseñanza que se debe de obtener.

Aprender de los errores a base de humildad. Una persona que actúa con humildad no tiene complejos de superioridad, ni tiene la necesidad de estar recordándoles constantemente a los demás sus fracasos que luego se convirtieron en éxitos y logros. Por eso, la humildad es un valor opuesto a la soberbia. Quien obra con humildad no se vanagloria de sus acciones: rechaza la ostentosidad, la arrogancia y el orgullo, y prefiere ejercitar valores como la sobriedad y la mesura. En esta condición, el aprendizaje es como una buena semilla que germina en terreno fértil.

La humildad no supone una renuncia a la dignidad propia como personas o del proyecto, por eso no le teme al error. Finalmente, la humildad es también la actitud de quien se somete o rinde a la autoridad de una instancia superior: la realidad. Comportarse con humildad implica también evitar actitudes de prepotencia ante lo evidente sino optar por el acatamiento de lo que no funciona para remplazarlo por lo que sí va a funcionar. Se apela a la voluntad de entender y así aprender.

La sabiduría milenaria de Lao Tse se refleja en sus palabras: En el centro de tu ser tienes la respuesta; sabes quién eres y sabes lo que quieres. El hombre vulgar cuando emprende una cosa, la echa a perder por tener prisa en terminarla. Apresurarnos a fracasar, como una forma de pasar rápido el trago amargo puede significar un golpe duro si no tenemos la fortaleza de asumir y aprender para corregir.

Incongruencia

El mundo está atestiguando una baja en la aceleración del crecimiento económico, en muchas regiones la desaceleración se transfroma en decrecimiento. No sólo estamos parados, nos estamos haciendo chiquitos. Nunca como ahora, el anhelo de que la siguiente generación tenga un mejor futuro que sus antecesores parece una fantasía. Los padres estamos enfrentando una cruda realidad: es posible que el porvenir de nuesteos hijos sea más duro que el nuestro. No es pesimismo puro, es verdad que se basa en datos duros. El desempleo no se abate con educación, los egresados de escuelas de nivel superior, al terminar sus estudios salen al mercado y encuentran ofertas poco alentadoras. La mayoría de los trabajos que se ofrecen, suenan más a subempleos que a otra cosa. Hay un desperdicio de las potencialidades y una subutilización de la capacidad técnica de la gente.

No se trata de despreciar ninguna forma de ganarse la vida, pero ver a un médico manejando un taxi, a un abogado sirviendo mesas, a un contador lavando toallas, en vez de estar operando, trabajando en tribunales o dando asesorías, duele. La digitalización de procesos ha hecho que las máquinas sean más eficientes, precisas y fáciles de operar que un empleado de carne y hueso.  Buscar trabajo es cada vez más complicado y encontrar un empleo adecuado es tan dificil que muchos terminan aceptando algo para lo que estan sobrecalificados. La frustración es la emoción regente de estos tiempos. El que quiere y puede trabajar, no encuentra dónde hacerlo.

En esta condición, el emprendimiento es una alternativa. Aterrizar ideas, generar proyectos que creen riqueza y fuentes de empleo es un camino de solución que debería ser apoyado por las autoridades. El emprendedor debería contar con el sostén del Estado y con el acompañamiento de quienes le representan. El fomento de la actividad emprendedora debiera ser una prioridad y no lo es. Al menos, no en la realidad.

El discurso oficial se llena de palabras de apoyo, cualquiera cree en la  buena voluntad y las intenciones, pero en el mar de incongruencias, el empresario nada contra corriente. Además del riesgo propio que enfrenta el que inicia un negocio, está la tramitología, la corrupción y las leyes y reglamentos que lejos de fomentar, inhiben el espíritu emprendedor. En la Ciudad de México se frena el crecimiento de los proyectos. 

Te dicen que emprendas, pero en tu casa no. O,  o tanto. Puedes usar el 20% para trabajar y si hay una denuncia ciudadana, adiós proyecto. Un vecino envidioso está facultado para enviar una inspección que, no sólo irrumpe en la intimidad del hogar, sino que puede transformar un sueño en pesadilla. Una visita de los inspectores puede acabar en una clausura si por alguna razón el negocio creció más de lo que a ellos les parece pertinente. Entonces, hay que crecer, pero poquito. Hay que tener éxito, pero no tanto.

¿Cómo vamos a apoyar al emprendedor, si no le damos oportunidad de crecer? El propósito de todo proyecto es generar utilidades y lograr el máximo desarrollo posible. Pero, si al despegar, el que debiera apoyar es el que te pone el freno, quedamos en un terreno absurdo. Así es la incongruencia.

Recogiendo los pedazos de una fantasía

Ni hablar. No importa cuánta experiencia decimos tener, ni los años que hayamos estado en el frente de batalla, ni sabernos de memoria el dicho del plato a la boca se cae la sopa. Cuando traemos un proyecto entre manos y más cuando estamos a punto de firmar, ya lo damos por hecho. Pero uno pone, Dios dispone y llega el diablo y todo lo descompone.

Ni modo, así me pasó. A cinco minutos —es literal, no metáfora— de firmar frente a notario, con todoa los pelos de la burra en la mano y las garantías puestas en la mesa, la contraparte de echó para atrás y me dejó como al Tonto Coyote, volando en el desfiladero.  No sé que fue lo que me rompió más el corazón, si la sorpresa de ver como me quitaron algo que yo ya sentía mío, si la falta de seriedad del que estuvo del otro lado de la mesa, si la incapacidad del intermediario o todo junto.

Me llegó el porrazo a media cabeza sin tener oportunidad de meter las manos. Me quedé patidifusa, viendo estrellitas girar alrededor de la cabeza y a pleno rayo de sol me vi en medio de la calle con las manos vacías. Así, en esa condición, me puse a recoger los pedazos de fantasía que se quedaron regados. Sé que esas son las reglas del emprendimiento, sé que en los negocios no hay nada escrito hasta que se concretan las cosas y las tienes en la mano, se que la incertidumbre es la variable que rige la vida empresarial, sí, lo sé. Pero es duro ver como los sueños estallan en mil pedazos sin que se pueda hacer nada al respecto.

Ni modos. Antes de sacudirme y acomodar el plumaje, antes de empezar a pensar en lo que sigue, antes de consolarme ententiendo que las cosas pasan por algo y que lo que no es para uno, sencillamente no es, antes de mirar al cielo y dar gracias porque sólo  Dios sabe de lo que me apartó, quiero recoger los pedazos de fantasía que quedaron regados por doquier. 

Entiendo que es un error echar a volar la imaginación y prefigurar escenarios de lo que va a ser. ¿Pero, qué sería yo sin mi fantasía? La ilusión de encontrar ventanas de oportunidad ha sido el motor de mi vida. No puedo dejarla tirada, no debo dejarla rota. Por eso, antes de seguir adelante, voy a tomar todos los pedacitos y me voy a poner a repararlos. No me puedo dar el lujo de traerlos rotos ni deshilachados. 

Volveré a intentarlo. Muchos me verán y volverán los ojos al techo, pensarán que la necedad se anida en mi mente. Y, sí, la perseverancia tiene muchos rasgos de terquedad. Pero, antes, toca reparar. Volver a tomar perspectiva, analizar qué salió mal y cómo fue que una ilusión estalló a minutos de volverse realidad. Y, así, volver a intentarlo. Por lo pronto, me verán recogiendo los pedazos de fantasía que se me quedaron en el camino.

Al enemigo la ley

La frase atribuida a Juárez, Al amigo justicia, al enemigo el rigor de la ley, parece ser la moneda de cambio que se utiliza con cinismo en México. Es siniestro y también irritante ver como las autoridades disimulan por un lado y aplican severidad por otro. Sabemos que este es un país de contrastes, pero duele el estómago al contemplar tanta diferencia.

Por un lado, el discurso oficial habla del emprendimiento como la panacea. Dicen que es la esperanza que tiene el país y que se confía más en el emprendimiento que en el petróleo. Eso dice el Jefe de Gobierno de la Ciudad de México con una sonrisa en el rostro. Pero, la serie de trámites que se deben salvar para concretar un proyecto evidencian lo contrario. Para hacer realidad un proyecto hay que tener un compadre poderoso, parece ser la consigna.

No hablo de opiniones, son hechos. La serie de sellos que clausuran negocios se encuentran en todas las delegaciones de la Ciudad de México en la que Miguel Ángel Mancera trabaja, o gobierna, o tiene su despacho. El nuevo nombre no cambia esta realidad de terror. Cada sello significa un sueño roto y dinero que se fue al caño. Al verlos, las terribles palabras Clausurado por violar la ley, nos hace sospechar que más que un laboratorio de metanfetaminas, ahí hubo un pobre al que no le alcanzó para la mordida.

Pero, igual que se ven sellos de clausura por doquier, también se ven construcciones en todos lados. La mayoría presumiblemente ilegales y en espacios que, a simple vista, son objetables. Nos preguntamos cómo es posible que se sigan consiguiendo permisos para edificar en lugares que ya no cuentan con agua, en espacios que no tienen infraestructura, en terrenos peligrosos. 

En un contraste manifiesto, vemos miscelaneas, tintorerias, restaurantes y, en general, pequeños negocios que son obligados a cerrar sus puertas y enormes edificaciones que se elevan sin problema alguno. Y, no hay otra que sospechar. ¿Por qué cerraron ese negocio y este otro no? ¿Por qué se toleran más complejos habitacionales en donde no se debe? Entonces, invocamos a Juárez. ¿Si no, cómo?

Si uno va y pregunta, las clausuras han seguido un procedimiento legal. Tratar de revertirlo es tardado y costoso. En la mayoría de los casos, la gente desiste. El dinero que se debió ocupar en producir valor, va a parar a gestores, abogados, coyotaje…, en fin, al caño putrefacto de la improducción. Al enemigo la ley, no hay duda. La severidad de los reglamentos, la dureza de las reglas, lo inflexible de las normas se aplica a los que ni tenemos conocidos, ni somos compadres de alguien importante o tuvimos el desatino de no entrar al círculo de privilegio.

Los merecimientos no se ganan por méritos. El mayor talento es contar con el beneplácito de alguien que pueda aligerar la carga legal y lograr que en vez de fijar la mirada en uno, lo hagan en alguien más. Para ello, no es necesario ser hijo del Tlatoani. Ser sobrino del que está en el mostrador, ahijado de la secretaria, vecino del que tiene el sello es suficiente. Ya ni hablar de ser amigo del señor delegado, del director general, del oficial mayor y de todos esos títulos neonobiliarios que pueden alcanzar la disoensa anhelada.

La sonrisa de los discursos oficiales y la lejanía de la realidad nos hace pensar en Juarez, al enemigo, la ley.


Nuevas formas de emprendimiento

¿Por qué será que cada vez que pensamos en un proyecto de inversión personal se nos ocurre poner un restaurante? Lo digo en primera persona y sé que muchos comparten esta visión. Sin embargo, las formas para hacer las cosas han cambiado mucho y las posibilidades de emprendimiento son cada vez más amplias, novedosas y baratas. La ubicuidad y los alcances de Internet abren posibilidades ilimitadas si se combinan con creatividad. Un teléfono móvil puede ser oficina, cámara fotográfica y un aditamento especializado ya se puede detectar el cáncer cervicouterino. Los caminos que se abren para los emprendedores son tan increíbles como sorprendentes y sobre todo accesibles.

El caso del mexicano Amit Safir, egresado del Tec de Monterrey, es un ejemplo de este tipo de emprendimiento. Contribuyó en el desarrollo de un dispositivo que detecta el cáncer cervico-uterino.  Vinculado por Bluetooth a un teléfono inteligente, MobileODT integra una linterna y un lente que captura imágenes del cuello uterino. Mediante un método de banda ancha de luz, se determina si hay o no cáncer. A diferencia de un equipo tradicional para colposcopias, que cuesta entre 8 mil y 14 mil dólares, la opción de Safir tiene un precio de mil 800. 

El dispositivo ya fue probado en 70 países y ya se vende en Kenia y Europa. Para mediados de 2016 se comercializaría en Estados Unidos y México, una vez que la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) le dé el visto bueno. El dispositivo fue creado por los israelíes Ariel Perry y David Levitz, quienes eligieron al mexicano como su mentor y cabeza del área de investigación. MobileODT es una startup (compañía emergente) de origen israelí que inició en 2013. A la fecha, ha recaudado 1.5 millones de dólares en inversión.

Insisto, ¿por qué será que cada que pensamos en un proyecto de emprendimiento se nos ocurre poner un restaurante? El reto para emprender, incluso dentro del mundo de la gastronomía, se limita por los alcances de la imaginación. Si observamos podemos determinar las carencias que tiene el mercado y las necesidades del consumidor. Ese es el elemnto principal que puede llevar a germinar en un proyecto que produzca y termine como un caso de éxito.

Las nuevas formas de emprendimiento son accesibles a todo el mundo, son más baratas y facilitan el camino para concertar una idea. Pero hay que cambiar la forma de pensar, hay que ser perseverante y entender que no todas las ideas pegan en el blanco, al menos no a la primera. Hoy ser emprendedor no es más fácil, es sencillamente más accesible.

  

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