Leer el periódico

Me gusta estar informada. Seguro, es una costumbre heredada. Vi a mi padre leer el periódico todos los días por las mañanas y sentarse a ver el noticiero por las noches. Me gusta enterarme. Y, si hay algo que he disfrutado es leer las columnas de opinión. Hoy, la vida me ha regalado escribir ese tipo de textos para varios medios.

El regocijo de tomar las hojas de periódico para mí es importante. Involucra los sentidos. Es el tacto de las hojas de papel, el sonido que hace al mover las hojas, el olor a tinta tan especial que sólo se percibe en el papel delgado del diario y ver que en la mesita del desayuno me está esperando mi dotación de noticias y autores me hace empezar el día con felicidad. Por eso, cada que me entero que un periódico opta por una versión digital, se me entristece el alma.

El País es un periódico que empecé a leer hace treinta años, cuando estaba en la Fundación Ortega y Gasset en Toledo. Fui muy feliz cuando pude acceder a él en línea y casi me da un vértigo gozoso cuando supe que podía tenerlo en papel. Por años, salí los domingos con un suéter de loco, despeinada y con una sonrisa enorme a buscarlo al puesto de periódico. Luego, me suscribí. Me acaban de informar que no más, ya no me llegará el periódico. Se vuelve digital. ¡Que pena!

Es una pena porque aunque se puede acceder en forma electrónica, no sabe igual. Dicen que es la modernidad y yo creo que hay algo de mezquindad. Es ruin matar una tradición. Es incomprensible que nos priven de un formato que se vende tan bien. Es insensato dejar de ser transmedial y enfocarse en un sólo medio. Pero, es así.

Con El País forje una relación que se interrumpió cuando regresé a México y la retomé cuando el periódico cruzó el Atlántico. Ya se sabe que en las segundas oportunidades los amores amarran con más fuerza: amé a Marías más por su columna el La Revisa —que también me quitaron—, he sido fiel a Vicent, a Muñoz Molina, a Grandes, a Savater. Me los quitan.

Ahora, habrá que suscribirse a otro medio que combine seriedad y buena pluma. Que marque distancia objetiva. Que no se aplaudidor ni boca floja. Habrá que empezar a forjar una nueva relación. Ni modo, duele mucho cuando una relación se acaba. Duele más cuando te dejan y eres tú quien se queda atrás.

Diversiones el Altiplano

Hasta donde yo me quedé, el penal del Altiplano era de alta seguridad. Claro que después de lo del Chapo, las cosas han cambiado mucho. Antes, cuando este penal se llamaba Almoloya, hasta la gente del pueblo se sentía afectada y resentía el nombre: se les relacionaba con el espacio al que iban a dar los delincuentes más malos, los ladrones más codiciosos, los matones más crueles, es decir, lo peor de lo peor. Los mas peligrosos se encerraban ahí. Tanto así, que los habitantes del pueblo se organizaron para solicitar que le cambiaran el nombre y pasó de ser Almoloya al Altiplano. 

Por años nos hicieron creer que ese penal era una fortaleza infranqueable a la que sólo determinados funcionarios tendrían acceso y nos hicieron fantasear en lo que sucedería ahí adentro. Nos imaginábamos una especie de Alcatraz de última generación o de un Sing Sing remasterizado. Pero el Chapo nos destruyó la fantasía y nos avisó que hay puertas más grandes que las de los penales de Jalisco. Fue despedazar el sueño de un búnker como el de la Feme Nikita en México. 

Por si fuera poco y por si no hubiéramos aprendido la lección con Florence Cassez, ahora resulta que esto del entretenimiento le gusta a los funcionarios que deberían estar velando por nuestra seguridad. Me escandalicé cuando vi a Adela Micha con Monte Alejandro Rubido en la supuesta celda del Chapo. Pensé que como este hombre ya se iba, como ya sabía que lo iban a correr, pues se animó a darles más motivos y metió a Televisa hasta la cocina. Pensé que eso no volvería a sucedería jamás.

Ahora me desayuno con que en la primera plana del periódico madrileño El País se revela que ellos también tuvieron acceso a la celda de Joaquín Guzmán Loera. En un reportaje dan cuenta de las condiciones del lugar.  Parece que las puertas del penal de alta seguridad más importante de México resultaron tan grandes y tan abiertas que ahora le damos la bienvenida a cualquiera. En el desastre del sistema penitenciario, tal vez los funcionarios decidieron cambiar de giro, ahora en vez de Penal de Alta Seguridad se imaginan que se trata de una atracción.

Claro, una atracción reservada a unos cuantos. No es para cualquiera, hay que ser una celebridad del mundo del espectáculo para acceder. Pronto veremos fotos de Niurka Marcos o de Paquita la del Barrio posando desde la famosísima celda. ¿Cómo no? ¿Quién no quisiera gozar de estos privilegios? Así se forjan las leyendas, así todos quieren ver el lugar donde vivía Pablo Escobar o el espacio que ocupaba Al Capone. ¿Cómo no publicitar a nuestra propia atracción? 

El Penal del Altiplano se convierte en algo mucho más rentable, es lógico. Si ya probó ser un fiasco como cárcel de alta seguridad, hay que transformarlo en algo que si sirva, en un modelo de negocios que está funcionando, creo que no falta mucho para ser un centro de diversiones. Así, puede que los habitantes de Almoloya quieran regresarle el nombre. ¿O no?

  

Cuatro horas y media.

La imagen recorre con rapidez el camino que va desde los ojos al cerebro y llega al corazón. Me toma un segundo verla y sentir escalofríos. Es el resumen de más de mil historias, de millones de pasos y de infinitos sueños. Es un hombre que reúne en su efigie el anhelo de un sector de la población, amplio, muy amplio, que añora dejar su condición original y busca algo mejor. Es la metáfora perfecta de la perseverancia. También es la mejor alegoría de la amargura y de la frustración.
Un hombre, uno de los diez subsaharianos que logró saltar la valla fronteriza de Melilla se llevó la primera plana del periódico español El País. Saltó la barda de malla ciclónica que divide el aquí y el allá, que separa a los iguales de los diferentes, que indica dónde empieza Europa y en qué lugar se acaba África. El hombre traspasó la frontera, ya se sabe que lo hizo de manera ilegal, y se encaramó en una farola. Se trepó al poste de una luminaria ubicada ya en territorio español, para que no lo detuviera ni la
Guardia Civil ni el Cuerpo Nacional de Policía. Ahí se quedó cuatro horas y media.
¡Cuatro horas y media!
¿Qué habrá pensado ese hombre en esos minutos interminables? Doscientos setenta minutos, dieciséis mil doscientos segundos, minuteros y segunderos que daban vueltas y vueltas al reloj tal como ideas, recuerdos y sueños darían vuelta en esa mente que buscaba algo mejor.
El hombre, de quién no sabemos ni nombre, ni edad, ni ninguna seña de identidad, más que el sexo —masculino— y el tono de piel —negra—, nos muestra los rasgos más entrañables del que busca el exilio: la voluntad y la perseverancia.
Para entender a este hombre anónimo, que nos reúne a tantos y representa un todo, hace falta detenerse y ponerse en el lugar del otro. Con esa actitud empática que nos tira la venda de los ojos. Para entender el valor representado en esa imagen hay que conocer el exilio. Hay que saber del valor que se requiere para dar el primer paso y voluntad que hace falta para dar el siguiente paso y el que sigue y el que sigue. La perseverancia para quedarse abrazado al extremo más alto de una farola por cuatro horas y media, a pesar de saber que el sueño se había acabado sin haberlo alcanzado. Cuatro horas y media enrollado, a diez metros de altura, haciendo fuerza con los brazos y las piernas para no caer, para no soltar todo aquello por lo que se emprendió el andar. Llegó a la meta pero no consiguió el éxito. Esa consciencia tuvo para seguir aferrado.
No fue la falta de voluntad, ni la pereza, ni la frivolidad, lo que lo hizo bajar. Fue el agotamiento extremo lo que lo obligó a desprenderse de su sueño. Descendió exhausto y fue enviado al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes.
Las fuerzas de seguridad españolas cumplieron con su cometido. ¿Qué va a pasar con él?
Yo le rindo homenaje a un hombre del que apenas veo su rostro en una imagen plasmada en un periódico que se edita al otro lado del océano de donde se encuentra mi hogar. Me inclino ante su fuerza y su perseverancia e intentó imaginar lo que fueron esas cuatro horas y media en las que vio el fin de su sueño.

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Un mensaje diplomático

De niña, por el trabajo de mi papá, tuve la suerte de convivir con mucha gente que trabajaba en la Secretaria de Relaciones Exteriores. Conocí diplomáticos de carrera y también a gente que llegó ahí por los avatares típicos de la política mexicana que le ha gustado usar a la cancillería como receptáculo de personas a las que no se sabe dónde colocar. De inmediato se notaba la diferencia entre unos y otros. Los embajadores de escuela son personas que se distinguen por su trato, sus buenas formas y esa habilidad para decir las cosas más terribles, siempre con una sonrisa, con claridad y contundencia pero dejando una sensación de que a pesar de todo, la armonía imperaría. Los improvisados, los que llegaron a Relaciones Exteriores por recomendaciones o por razones diferentes a las del mérito, generalmente cometían errores que los diplomáticos serios tenían que arreglar.
El arte de la diplomacia, porque es un arte y de eso ni duda cabe, es la capacidad de decir la verdad sin causar alarma. La regla de oro es “Todo se puede decir y hay que hacerlo de la forma más adecuada”. En el ambiente de las relaciones exteriores forma es fondo. México tiene escuela y prestigio en estos terrenos, por eso al ver el actuar de ciertos funcionarios de la Secretaria de Relaciones Exteriores siento preocupación.
Hace poco escuché al subsecretario De Icaza decir en una reunión con inversionistas europeos que México está en paz. De Icaza no es un improvisado, tiene años desempeñandose en estos terrenos ¿qué le pasó? El secretario Meade se reúne con el cuerpo diplomático, da instrucciones para presumir al país, para invitar inversionistas, para informar que ya se hicieron las reformas necesarias y que todo quedó más que bonito para que vengan a emprender con su dinero en un país cuyo mejor atractivo es que aquí reina la concordia. ¿Y eso? Por su parte el presidente Enrique Peña Nieto instruye a embajadores, cónsules y demás gente en el servicio exterior para que salgan al mundo a cantar las preces y loas de lo bien que el PRI está haciendo las cosas por medio de su gobierno. Bueno, ¿en qué quedamos? ¿Dónde viven? ¿En qué están pensando?
La importancia de decir todo en la forma más adecuada, es que al hacerlo se pretende generar confianza y evitar suspicacias. En el pasado, era fácil tapar el sol con un dedo, dorarle la píldora a la gente de afuera y presumir que en territorio nacional todo eran maravillas. El país estaba según el humor del señor Presidente. Si el señor Presidente valoraba que todo estaba bien, entonces todo estaba bien y sus operadores se encargaban de hacer parecer que así era. Piensen en los tiempos de Díaz Ordaz o de Echeverría. Los estorbos se retiraban y el polvo se escondía debajo del tapete. Hoy, eso no es posible.
Mientras Peña, Meade, De Icaza van repitiendo discursos sobre la calma del país, el periódico español El País le da ocho columnas a la violencia que reina por acá:México enfrenta una guerra en Michoacán. Parece que del otro lado de la península están más enterados de la situación de nuestro país que nuestros propios gobernantes.
De la manera más diplomática que puedo, señores funcionarios, les pregunto ¿Qué no están enterados del enfrentamiento abierto entre narcotraficantes y grupos de autodefensa? ¿Qué no saben que los maestros están inconformes y en varias ocasiones han tomado las calles de la capital de la República perpetrando actos vandálicos? ¿Ya se les olvidó que el día de la toma de posesión del Señor Presidente, hubo disturbios? Me preocupa que la gente que debiera estar al tanto de estos detallitos no lo esté.
Les recomiendo que se den una vueltecita por los caminos de Michoacán, o por los de Guerrero, o que recorran las autopistas del país, elijan el rumbo que quieran para que vean lo ridículo de su discurso. Decir que México está en guerra es grave, que lo reporte un medio extranjero es peor, que nuestros funcionarios ni se enteren es desastroso. Al verlos, recuerdo a los tres chiflados, un trío de cómicos que en su bobería no captan las señales de lo que está sucediendo a su alrededor. El resultado de su despiste era la risa de su audiencia. Lo alarmante del despiste de nuestros funcionarios es que ellos no dan risa, causan preocupación.
Se les olvida que los ojos del mundo, hoy, pueden llegar hasta el último rincón y darse cuenta de la realidad. Un diplomático de verdad acentuaría las grandes oportunidades que se han abierto a partir de las reformas y presumiría los planes que el Gobierno llevará a cabo para combatir la violencia. Eso les ganaría respeto. Me preocupa que el plan para abatir la criminalidad, el narcotráfico y los problemas del país, sea ignorarlos.
El mensaje diplomático del gobierno mexicano es débil ya que tiene una falla estructural, no refleja la verdad. ¿Y si en lugar de salir a presumir la casa, primero la limpiamos? ¿Si en lugar de pasarle el trapo por dónde ve la suegra, le metemos las manos en serio a los problemas para resolverlos? ¿Si en lugar de decir lo que no es, mejor decimos la verdad y nos concentramos en lo que sí es cierto? Eso sería un verdadero trabajo diplómatico, ¿no creen?

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