Construir bienestar

Según la OCDE, la prosperidad no llega, hay que construirla. Sus cimientos son la gente, el planeta, la prosperidad y el desarrollo. No son palabras ni enconos ni retórica ni promesas ni quejas, hay parámetros para entender el bienestar.

El rubro de la gente incluye: erradicar la pobreza, acabar con el hambre, asegurar condiciones de salud, educación e igualdad de género. Si por ahí vamos a empezar, que es en donde debiéramos comenzar, mal andamos en un México violento y con índices de inseguridad crecientes. No podemos sentirnos bien si tenemos miedo de salir a la calle, si no podemos contar con servicios de salud que sean dignos, si me ven para abajo por condiciones de género, si me abusan, si me asaltan, si no me curan.

Mal comienza. Pero, si nos fijamos que el bienestar tiene que ver con prosperidad que se crea a base de instituciones sólidas. Se trata de contar con organizaciones que funcionen —para empezar, que funcionen— con organos de gobierno corporativo y que tengan bases que extrarradien los nepotismos, amiguismos y demás chuladas que nos llevan a ver como hay papanatas que tiene a su cargo responsabilidades con las que no van a poder porque no tienen las competencias necesarias, aun en el caso de que tuvieran buena voluntad.

Para contribuir al bienestar , para transformar para mejorar, no bastan las promesas y las divisiones poco ayudan. Hace falta pericia, conocimiento técnico y mucho apoyo. Buscar construir un bienestar sobre los cimientos de la OCDE no es un mal comienzo. Muchos de los que han arrancado por ahí, tienen buenos resultados. Valdría la pena, ¿no?

Los neoliberales y la guillotina

Parece que el término neoliberal está de moda. Todo el mundo opina y la mayor parte de lo que se dice no son cosas buenas. El Presidente López Obrador lo ha convertido en el receptáculo de la basura más inmunda, en antihéroe por antonomasia, el sinónimo de ratería y seguramente algunos padres ya dejaron de asustar a los niños con el robachicos y ahora les meten miedo con los neoliberales. Parecen tan lejanos aquellos años noventa en los que entender de economía, de finanzas públicas, de política monetaria y fiscal era algo bueno.

Ahora, ser neoliberal es lo mismo que ser un ratero. Parece que gracias a los neoliberales, el país se entregó a una horrible mafia del poder que dejó un cochinero por su terrible deshonestidad y por las negras intenciones de llenarse los bolsillos de dinero proveniente de la corrupción. En estos momentos, muchos preferirán ser neoliberales de clóset que decir que no está mal eso de aspirar al libre tránsito de personas y mercancías, a ver que las fronteras se desdibujan, que los países se globalizan y las zonas en el mundo cooperan. Mejor pico de cera, porque el Señor Presidente decretó la muerte del neoliberalismo. ¡Qué les corten la cabeza!

De la misma manera que El Incorruptible, Maximilien Robespierre se constituyó el defensor de los sectores más desposeídos y sobre esas bases gobernó Francia de forma autocrática, sumiendo al país en un período de persecuciones políticas, incertidumbre generalizada y continuas ejecuciones por traición, sedición, conspiración, entre muchos otros crímenes, así México está empezando a purificarse y a purgarse de estos malvados neoliberales. Así como Robespierre fue firme, autoritario y decidido a depurar a Francia de cualquier opositor a la Revolución y llegó a justificar en su defensa el uso de la pena de muerte a la que tanto se había opuesto en el pasado, así los neoliberales se deberán ir a la sombra o a la guillotina para que entiendan que al país no le debieron haber hecho tanto mal.

Yo que creí que cuidar los índices de inflación, las tasas de interés, el tipo de cambio era bueno; yo que pensaba que la independencia del Banco de México —como la de cualquier otro banco central en el mundo— sería un freno contra la indisciplina fiscal y monetaria de todos estos gobiernos que nos arrastraron de una crisis a otra; yo que sostuve que la vigencia de tratados internacionales era buena igual que la apertura a la competencia global; yo que me convencí de que las fuerzas del mercado con una intervención del Estado como arbitro para una competencia igualitaria era conveniente, ahora me entero que debo haber estado equivocada.

Aparentemente, la deshonestidad, los compadrazgos, la frivolidad, los contratos sin licitación salieron de las mentes perturbadas de Friedman y Keynes, en vez de las malas prácticas de quienes ejercieron el poder en gobiernos anteriores. Entiendo que las políticas neoliberales agrandaron la brecha entre los que todo lo tienen y los que nada poseen. Pero, hasta donde alcanzo a ver, la distribución de la riqueza también falló en Cuba, en la Unión Soviética, en las economías que estaban del otro lado de la cortina de hierro y nada más hace falta echarle un vistazo a los efectos de la política bolivariana en Venezuela para ver que, a lo mejor el Presidente López Obrador trae un desface de percepción.

No sé, a mí me parece que el neoliberalismo tiene aspectos criticables, pero no todo lo que se hizo bajo esta óptica ha estado mal. La economía en México está ahora en una encrucijada. No quiere imitar a esos gurús económicos a los que tanto se ha criticado, abe preguntarse: ¿Hay verdades universales en economía? Entonces, se recurre a la teoría. La eficiencia con la que los recursos están distribuidos es un determinante crítico del rendimiento de una economía. La eficiencia requiere alinear los incentivos de la producción doméstica y las empresas con los costos sociales y las prestaciones. Los incentivos a los que se enfrentan los emprendedores, inversionistas y productores son particularmente importantes para el crecimiento económico. El crecimiento necesita un sistema de derechos de propiedad y ejecución de contratos que asegure a quienes invierten que pueden conservar el retorno de sus inversiones. Y la economía debe estar abierta a las ideas e innovaciones del resto del mundo. Pero las economías pueden descarrilarse por inestabilidad macroeconómica, continúa. El gobierno debe aplicar una política monetaria sólida, lo que implica restringir el crecimiento de liquidez al incremento de la demanda del valor nominal del dinero con una inflación razonable.

Caigo en la cuenta y me acuerdo de Robespierre. Me paso la mano por el cuello y concluyo que no me gustan las guillotinas.

 

Sobre el Brexit

En la fotografía aparece una mujer con la cabeza cubierta por un pañuelo, se asoman las canas del nacimiento del pelo, tiene la frente arrugada, con la expresión permanentemente fruncida, los ojos parecen dos hoyos negros que se confunden con las cejas. No se ven más partes del rostro porque las cubre un letrero que dice Save Brexit. LEAVEMEANSLEAVE.EU que sos tiene con manos enguantadas junto a una bandera de Gran Bretaña.

El pueblo sabio británico quiere irse y no se pone a considerar todo lo que eso les puede costar. ¿Por qué? La libra va en picada perdiendo valor frente al dólar y, por supuesto, frente al euro. La primera ministra se rehusa a convocar a un nuevo referéndum —que muchos esperan, sea lo que de reversa al Brexit— diciendo que de esa manera se va a dividir más a la gente.

Y, el cartel que sostiene la anciana nos da muestras de que hay gente que quiere deshacer los vínculos estrechos entre los pueblos europeos. A lo lejos, uno se pregunta por las razones que tienen los ingleses para balancearse un pie. Mientras Theresa May declara que no busca frenar el Brexit y se negocia por debajo de la mesa por un nuevo referéndum, el valor de la libra esterlina empieza a crujir y a dar signos que son poco alentadores.

Al ver los ojos en esa imagen, al centrarme en esta anciana que pese al frío, sale a manifestarse frente al Parlamente británico, me gustaría entender sus razones, saber que la mueve a separarse, a exigir una salida que, desde el otro lado del océano parece muy mala. Me encantaría escucharla y decirle que la moneda de su país está depreciándose y explicarle que eso no será bueno para ella.

Me gustaría hablar sobre el Brexit para entender lo que me resulta tan complicado, dadas las circunstancias.

Un salto al vacío

Dice The Economist que los líderes carismáticos que llegan al poder después de haber alborotado resentimientos son casi siempre falsos profetas, que prometen seguridad y prosperidad incluso cuando erosionan sus cimientos. El peligro que representan para las nuevas democracias es mayor que en las más arraigadas. Trump está constreñido por el Congreso, un poder judicial independiente, una prensa libre y una burocracia con una larga tradición de seguir la ley. López Obrador, por el contrario, gobernará un país que ha sido democrático sólo desde el año 2000, y donde la corrupción es generalizada y está empeorando. El principal trabajo del próximo presidente debería ser reforzar las instituciones que sostienen una economía moderna, la democracia y, sobre todo, el estado de derecho. El riesgo con el Sr. López Obrador, quien será el primer presidente no inclinado a la tecnocracia en 36 años, es que hará exactamente lo contrario.

Lo que no podemos olvidar es que la tecnocracia ha tenido sus grandes éxitos y que los planteamientos de un candidato que hizo campaña por años no pueden ser los de un presidente electo.

Entonces, escuchamos tanto a López Obrador como a su equipo de transición hablar con una ligereza que no corresponde a la de un personaje que quiere hacer Historia. O no sabe cómo funciona la maquinaria o quiere pasar al recuerdo colectivo con una imagen negativa.

No podemos ir en contra del reloj sin pagar un precio alto. Basta mirar a Maduro que está dejando a Venezuela hecha girones.

Escuchar al equipo de transición a veces da tanto vértigo que quisiéramos pensar que esto no nos está pasando. Defienden babosadas como quien lo hace con un dogma de fe. Para muestra, el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Ni se trata de no inspeccionar lo que huela a corrupción ni de ponerlo en una ruta virtuosa, mas bien parece que quieren darle de patadas a un proyecto que se prometió en campaña tirarlo abajo y que de hacerlo puede traerle consecuencias muy dolorosas al país.

Otra vez, el buen fin

Una vez más el consumidor enfrenta en buen fin. Anuncios publicitarios, correos electrónicos, sugerencias de big data, redes sociales vibrantes, anuncios de radio, se vuelven impactos que buscan llamar la atención e impulsar el consumo. Oferta, descuento, oportunidad, son las palabras que nos pueblan la cabeza y nos dejan mareados. Sentimos ansiedad de aprovechar tanto remate que terminamos comprando cosas que no necesitamos y que pagaremos a cortas mensualidades. Es más, seguiremos pagando cuando la compra haya sido olvidada.

La intención es buena, activar el consumo es poner la economía en movimiento. Si y sólo si el consumo se corresponde con la capacidad de pago. Cuando nos excedemos, cuando compramos más de lo que podemos pagar, nos metemos en camisa de once varas y el circulo virtuoso se convierte en una calamidad. La calamidad inicia en un absurdo si encima compramos lo que no necesitamos. La compra se convierte en un desperdicio que se quedara arrumbada, olvidada, pero que tendremos que seguir pagando.

Como siempre, el análisis y la reflexión son el antídoto. La continencia es la mejor recomendación. El consumo inteligente activa la economía, el sobre endeudamiento, no. Es increíble la cantidad de veces que tropezamos y compramos ropa, aparatos eléctricos, electrónicos, juguetes y monaduchas que no volveremos a usar y que quedarán olvidadas en el fondo de un cajón.

Para el buen fin, el consejo de mi mamá es pertinente: cuando vayas a comprar algo, piensa en dónde lo vas a poner y cuántas veces lo vas a usar. Así, tal vez comprar una televisión o una computadora o una herramienta de trabajo sea una buena opción en vez de comprar otra camiseta de algodón color blanco que a la primera lavada quedará inservible y que tendremos que seguir pagando, incluso cuando ya nos olvidamos de ella.

El plenoempleo en México

Sorprende leer que México se encuentra en plenoempleo, es decir, en este país todos los trabajadores que tiene capacidad de desempeñarse encuentran empleo. Las cifras del IMSS y del INEGI revelan que en tierras mexicanas se tiene un mercado laboral robusto. Según estas instituciones, mes a mes se incorporan a las filas del mundo laboral aquellos que están buscando trabajar. Desde luego, el dato es duro y, a pesar de la seriedad de la información a mí me da por sospechar. 

Claro, siempre hay letras pequeñas a las que debemos ponerle atención. Es cierto, hay mucha gente que está incorporandose a la trinchera de la actividad económica, pero los sueldos que consiguen son de mala calidad. Muchos son absorbidos por la informalidad. Parece que hemos pasado de una situación en la que ya no hay gente que trabaje cero horas en un periodo, a personas que trabajan y reciben pago, aunque no sea muy bueno. Muchos dirán preferible algo que nada y tendrán razón. No sé, tal vez alla plenoempleo de diversas calidades.

No se trata de ser pesimista. De lo perdido, lo encontrado. Es mejor ganar mal que no ganar nada, pero seguimos desperdiciando talento. Una economía que tiene personas que pudiendo trabajar, no encuentra en donde hacerlo, está derrochando porque no apovecha en plenitud sus capacidades. Tener médicos manejando taxis, licenciados en gastronomía atendiendo el mostrador de cafeterías, contadores vendiendo electrónicos no tiene nada de indigno, pero están preparados para hacer algo mejor. 

La brecha que existe entre lo que pueden hacer y lo que están haciendo se llama subempleo. El subempleo merma la autoestima, genera tristeza, rencor y una sensación de impotencia en quienes se encuentran en esta situación. Al,parecer, el patrón se ve beneficiado con una persona competente que se desempeñará por menos dinero, pero eso es una falacia. El trabajador que no está bien remunerado  se siente inquieto, se irá. O, bien, buscará equilibrios. Estará distraído. En todo caso, tampoco el patrón se beneficia totalmente con este escenario.

Generar empleos de mejor calidad es el reto que enfrenta México, pagar mejor a su gente y dignificar a su fuerza labiral es un pendiente en estas tierras. Es verdad, el plenoempleo que gozamos deja pálido de envidia a otros pueblos. Eso no es consuelo. Es una gran noticia saber que hay fuentes de empleo, sería mejor si estas fueran de calidad.

De economía y negociaciones

Cualquiera podemos abrir la boca y decir lo que queramos, es nuestra prerrogativa. Sin embargo, no importa lo fuerte que grite, una mentira no se transforma en verdad a fuerza de volumen. Tampoco importa si quien las pronuncia es un hombre poderoso, una sandez seguirá siéndolo, incluso si la pronuncia el Señor Presidente. Las teorías económicas no son opiniones que se puedan torcer a voluntad, los impuestos especiales aquí, en Estados Unidos y en cualquier lugar, tienen repercusiones.

No se borra de un plumazo lo que nos estorba. No importa cuanto apriete los ojos, lo que no veo sí existe, aunque intente bloquearlo. Lo terrible es que el imperio de la estupidez ya está sentando reales. Veo a un monarca paquidérmico rodeado de bufones y de gente nerviosa a su alrededor. Veo oportunistas que le quieren ir a bolear los zapatos para ver como se acomodan en simpatía del elefante que tiene cerebro de zanahoria y un vocabulario tan limitado como sus buenas ideas.

Ese es el presidente que democráticamente eligieron los estadounidenses. Un hombre del espectáculo que habla a gritos y no entiende de repercusiones. Este señor eligió a un vocero que no entiende de prudencia, que no sabe de diplomacia y que repite como un perico ideas que no entiende. Desde el Capitolio, propios y extraños lo observan. El señor anda como chivo en cristalería y no se da cuenta que ese desprecio que siente por México lo está llevando a romper platos de su propia vajilla.

Pobre Theresa May, corrió apresurada a ser la primera mandataria en ser recibida por Trump. Se le veía con tanta necesidad de agradar a su anfitrión. La imagino eligiendo en su armario los zapatos más bonitos y la ropa más linda, la veo volando a Washington y aprendiéndose de memoria lo que debía decir. Repitiendo cada palabra frente al espejo para no tropezarse, para que no se le olvidara nada. Todo para que en la conferencia de prensa, su admirado anfitrión la ignorara y hablara de lo inteligentes que somos los mexicanos y lo mucho que hemos aprovechado esta relación desigual. No en vano, la primer ministra británica sale con la boca torcida y con cara de que los tacones ya le lastimaron. Seguro, algo más que el calzado la tenía incómoda.

En esa forma errática, el presidente de Estados Unidos le pega al mundo y a México. Nos manda decir que nos va a imponer   aranceles que seremos víctimas de impuestos especiales y cree que eso no afectará a sus connacionales. Malas noticias, esas medidas le pegan a México, a Estados Unidos y al mundo. Alguien le debería dar clases de economía, administración estratégica e imouestos al señor Trump. Tal vez sea un cabeza dura y esas ideas no le entren en la cabeza. Mientras, el senador republicano por Arizona John McCain ya dijo que esas medidas golpearían a su estado en forma grave. La asociación de agricultores de los Estados Unidos ya levantó la mano. No les gusta la idea tan maravillosa de los aranceles, es más les asusta.

Lo curioso, es que el Presidente Trump no toma en cuenta que los aranceles pueden ser recíprocos, que México puede tasar los productos que les compramos y también podemos dejar de comprar. Tampoco toma en cuenta que con esa idea de deportar a los migrantes sin papeles, corre el riesgo de parar la industria agrícola. ¿Alguien le puede explicar al señor algo de economía?, en su país hay gente talentosisíma y súper galardonada que sabe del tema. ¿Por qué no los escucha?

Dice Carlos Slim que Trum es negociator, no lo creo. Un negociador es una persona que sabe ordenar prioridades, tiene claro el objetivo y se sienta a la mesa a dialogar, a escuchar y sabe que tendrá que ceder algo para obtener el resultado deseado. Un negociador profesional entiende que este es un proceso de comunicación, no una competencia. Ambas partes deben cruzar la línea de meta al mismo tiempo. Si se deja a la contraparte de lado, si se le deja de ver, si se le aplasta, si se toma ventaja, no se está negociando. Un buen negociador no intenta tomar ventaja, intenta generar acuerdos en los que todos ganen. Cuando una parte gana y la otra pierde, el negocio no se repite. Un buen negociador busca repetición de negocio. ¿Alguien le puedeexplicar al señor algo de métodos de negociación? En su país se encuentran tres de las mejores universidades que tienen extraordinarios programas sobre el tema.

¿Será que no escucha? 


 

Saltos para atrás

Soy de la generación que vio caer el muro de Berlín, de aquellos que nacimos en un mundo dividido por la lateralidad que alguien determinó como derecha e izquierda, de cortinas de hierro que impedían ver lo que sucedía del otro lado. Soy de la generación que derribó esas barreras y vivió la sorpresa de descubrir lo que pasaba más allá de nuestras fronteras y se maravilló al encontrar lo que exisitía oculto a nuestros ojos. Soy de la generación que se emocionó al ver como familias que   vivieron divididas por años, se abrazaron con la gratitud de ver que sus plegarias fueron escuchadas.

La generación anterior vivió la cicatriz de las guerras, la orfandad que ocasionó el campo de batalla, la tristeza de haber recibido una bandera y una caja con un cuerpo, en vez del hijo que vieron partir. La generación anterior celebró la vida y disfrutó la paz, pero vivió dividida. Muchos, buscaron refugio ante persecuciones religiosas y políticas y el asilo era una opción de rescate. Las fronteras delimitaron su perímetro de acción. El encierro les ayudó a manejar el dolor, a administrar las pérdidas y a olvidarpara seguir   andando. Pero, sólo los locos olvidan. 

Mi generación vivió en crisis permanenete. Nuestro vocabulario se adecuó a palabras como inflación, estanflación, alza de precios, tipo de cambio controlado, pactos económicos, corralitos, disminución del poder adquisitivo, control de cambios, precios regulados. Mi generación supo lo que era formarse horas y horas para conseguir una visa. Entendimos lo que era recibir como regalo un dulce hecho en otro país, sabíamos lo que era la fayuca y nos regodeabamos en el privilegio de cruzar fronteras.

La generación de mis padres y la mía luchamos por acabar con ese yugo fatal que significó que el dinero que se ganaba con esfuerzo se evaporara como por arte de magia. Nos convencimos de las bondades de un mundo plural, sin fronteras, con facilidad de tránsito para personas y mercancía. Nos revelamos en contra de las diferencias que dividen y decidimos por un mundo más global. Llegamos a la conclusión que la globalización no era perfecta ni nos daría el paraíso, pero era la mejor opción, dadas las circunstancias.

Es verdad, hubo voces que se opusieron. Qué caray, el libre comercio y el libre tránsito no eran acto de fe. Hoy, esas voces flamígeras, que gritaban a favor de los regionalismos, de marcar diferencias, de adorar nacionalismos, se dividen en dos. Los que, arrepentidos se dan cuenta de que despertaron a un monstruo y los que van montados en ese esperpento estridente que amenaza con separanos,  porque les es conveniente. Esas voces van a cambiar el mundo.

Después de este fin de semana, veo con tanto dolor que estamos dando saltos para atrás. Resulta que ahora en vez de derribar muros, los vamos a construir. Ahora, en vez de buscar las similitudes, vamos a pintar rayas a los diferentes. Hoy, en vez de reunirnos en torno a la mesa, vamos a separar familias. ¿Cómo se puede entender eso como progreso? 

El consumidor final

Apretarnos el cinturón es el mandato que recibimos de nuestras autoridades. Parece que la presión inflacionaria los tiene sin cuidado y alegremente suben tarifas de los servicios proporcionados por el Estado. Da la impresión que no les interesa el efecto multiplicador que pega a las variables marcoeconómicas y mucho menos les interesa el consumidor final. La cadena de precios, subirá. Cada eslabón tratará de repercutir los aumentos de precio y pagará el último de la fila. Nos ordenan apechugar, mientras las mesas de cada familia se ven menos llenas y los bolsillos quedan más bien escasos. 

Con un golpe en el escritorio, nos mandan a callar. Ni le hagan al cuento, esto no tiene vuelta de hoja. Agitan las aguas y su arrogancia no les deja ver que no está el horno para bollos. Parece que no aprenden, el país tembló ante las protestas por las pésimas negociaciones que se llevaron con la implantación de la Reforma Educativa. Los decretos arrogantes trajeron tomas de carreteras, protestas violentas y muertos. Víctimas. Gente que perdió la vida por no haber privilegiado el diálogo. ¿Vamos a repetir la misma fórmula? No se entiende por qué seguir por el mismo camino que ha traído tan malos resultados.

Sube el precio de los combustibles, gasolinas, diesel, ¿gas?, luz. Suben las tarifas de las carreteras. Suben los impuestos locales como el tan inconstitucional impuesto a la nómina y el predial. Se inventan impuestos especiales: al turismo, a las bebidas azucaradas, alcohólicas, la recaudación fiscal está en su mejor momento — lo cual es magnífico—, las amenazas de una auditoría fiscal electrónica está a al órden del día —lo cual es terrible—. Ante tanto incremento y tanta amenaza, los que pueden, repercuten los incrementos y el que termina pagando es el consumidor final. 

En el último eslabón de la cadena de precios, la situación no luce nada favorable. La gente común y corriente depende de un sueldo que no se incrementa en las mismas proporciones. En las calles nos enteramos de que el fenómeno del subempleo —emplearse por debajo de las capacidades reales, con ingresos menores— va en aumento. Entonces, o se ingresa más o se gasta menos. Ingresar más está complicado, no hay tantos puestos de trabajo y si hubiera, el tiempo es una limitante, hay que descansar. No se puede trabajar las 24 horas del día. Gastar menos incide en el nivel de vida, deteriora la calidad y poco a poco se empieza a perder poder adquisitivo. 

Si la gente gasta menos, la economía se frena. ¿Será que no lo podemos entender? 

La gente se irrita, se desespera. Sale a las calles a protestar. Hay tomas de carreteras, protestas en 30 de los 32 estados de la República. Por otro lado, vemos que estamos padeciendo los efectos de la generación política más corrupta y más voraz. La impunidad avanza a tambor batiente y el dinero que ganamos con el sudor de la frente alcanza para cada vez menos. Da coraje. ¿Así pensamos enfrentar las amenazas que nos vienen del exterior? 

Necesitamos estar unidos. Pero, en una falta de sensibilidad, nuestros líderes hacen enojar a la gente. Además los servicios con precios aumentados son pésimos, de calidad ínfima. Es increíble que siendo productores de petróleo. Paguemos combustibles tan caros, claro, la mayor parte del precio son impuestos. Impuestos que se ven reflejados en casas, autos, joyas, aviones, yates de líderes rateros en vez de verlos en infraestructura. Nuestras refinerías están a punto de caerse, resulta más barato importar combustibles que hacerlos en casa. Total, ahí está el consumidor final que todo aguanta, que todo soporta.

Y, mientras el consumidor final padece, las carreras electorales inician y los dispendios siguen. Por eso, las protestas, los gritos y los sombrerazos están a la orden del día. Nos mandan a apretarnos el cinturón, pero los demás eslabones de la cadena de precios no padecen tanto como el último, al que le toca apechugar.

Lo que nos ocupa

La semana ha estado dificil y llena de información, tanto local como global. El mundo pudo atestiguar la serie de mandatarios que en fila pronunciaron discursos en el estado de las Naciones Unidas. El círculo financiero estuvo pendiente de la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos para enterarse qué sucedería con las tasas de interés. Hubo disturbios en Charlotte por temas raciales, Angela Merkel pierde popularidad, un grupo de actores salen a hacer un video para apoyar a Hillary Clinton y tratar de frenar a Trump, Vicente Fernández le canta a la candidata demócrata, en la Ciudad de México secuestraron a una ciudadana española cuyo cadaver fue encontrado después de haber pagado un rescate negociado siguiendo portocolos, según la autoridad y entre tanto ajetreo la noticia que más llama la atención es la ruptura de Brad Pitt y Angelina Jolie.

Evidentemente, los impactos de la inseguridad que pueden derivar en una crisis de relaciones internacionales, la decisión de mover la tasa de referencia, lo que los mandatarios tienen que decirle al mundo, el discurso flamígero — y a destiempo— de Ban Ki Moon, las consecuencias de dejar aue un tirano llegue a la oficina oval, el liderazgo alemán, la violencia étnica,son  temas que afectan la vida de propios y extraños en forma indirecta y, a veces tan directa que nos mueve la cotidianidad. No obstante, la Humanidad prefiere hablar de la ruptura de una de las parejas más bellas en la faz de la Tierra. 

¿Será que el tema resulta más accesible o se tratará de un mecanismo de defensa? Tal vez sea una forma primitiva de consuelo: los ricos y los bellos también lloran. Un matrimonio qque nace torcido, jamás su rama endereza. Si Angelina mató a hierro a Jennifer Aniston, a hierro muere a manos de la Cotillard. Brad Pitt se deprime a pesar de la perfección estética de su rostro y de lo abultado de su cuenta de cheques. Qué me importa que tengamos a un ganso a las puertas de la Casa Blanca si Angelina llora en silencio sin dar declaraciones a la prensa, pensarán algunos. Nada me interesa que la Reserva Federal haya sido consciente de la situación mundial, lo importante es que una familia famosa está padeciendo algo similar a lo que veo de cerca. 

No nos mueve la violencia racial, nos enfadaron los temas de terrorismo neoyorkino, nos interesan poco los discursos presidenciales en la ONU, hablar de la inseguridad en la Ciudad de México ya no asusta a nadie, lo que se convierte en el tema de la semana es que Brangelina ya no existe más. ¡Qué curioso! 

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