Balas en la Universidad

Parece que nos confundimos. Las aulas se usan para dar y recibir clases. Los espacios universitarios son para llevar una vida estudiantil. Quienes ahí asistimos, con independencia de la institución educativa a la que vayamos, tenemos que tener amor al conocimiento, a forjar pensamiento crítico, a los libros, al pizarrón, a los alumnos y a los maestros. En fin, se va a estos lugares a aprender.

Veo que en muchos casos, la universidad sirve de pretexto a muchos para hacer otras cosas. El reventón y el rigor universitario son difíciles de combinar. Las distracciones generan bajos rendimientos y los malos hábitos de estudio se gestan cuando a lo largo del semestre se distribuye mal la carga de trabajo y como la liebre de la fábula, se quiere correr a la meta en los últimos minutos. Por supuesto, las horas que se le robaron al estudio se compensan con noches de desvelo, jarras de café, súplicas a los profesores y algunos se ayudan con sustancias para aguantar el ritmo de estudios en forma artificial.

Claro, ahí está el blanco perfecto. El mercado ideal en el que se demanda ayuda para el estrés, algo para aguantar noches y noches despierto, lo que sea para combatir el insomnio. Y, en vez de que exista una autoridad que acompañe a estos chicos para ayudarlos a forjar buenos hábitos de estudio y de vida, resulta más fácil mirar a otro lado o invocar una autonomía que a estas alturas tiene a la máxima casa de estudio con un problema de narco menudeo y balas en sus facultades.

En la UNAM suceden cosas que no debieran pasar. La venta de cigarros de marihuana, tachas y demás sustancias prohibidas se hace a plena luz del día, con un descaro que me lleva a pensar que ahí no hay una autoridad real que pueda poner un alto a estos maleantes que van a profanar la vida universitaria. Nos escandalizamos ante lo que sucede en las escuelas en Estados Unidos y aquí no hacemos nada por proteger a nuestros muchachos estudiantes.

Nos asustamos de la muerte y nos abrazamos a la mortaja. Por favor, la autonomía no debe ser anarquía. A Ciudad Universitaria entra cualquiera sin necesidad de identificarse. En el corazón de la Universidad, hay gente que no tiene nada que ver con la institución que tiene secuestrado el auditorio Justo Sierra y hace años que todos lo sabemos. Hace años que nadie hace nada.

Me parece que la autonomía no está para generar caos, está para propiciar el libre pensamiento. Las balas y la drogas van en contra de ello. ¿Hasta cuándo la rectoría, el gobierno de la Ciudad de México y el gobierno federal se van a dejar de echar la bolita? ¿Cuántas balas más? ¿Qué están esperando?

Entre cómicos y narcotraficantes

  • Hay líneas muy tenues que ponen a unos en un lado y los separa de otros. Sin embargo, los extremos se tocan y resultan tan similares. Hemos visto como en estas guerras, tanto policias y ladrones tienen una facinación por el mundo de la farandula. Parece que ambos grupos encuentran a la gente del espectáculo como buenos adornos que decoran bien y son una compañía agradable. Resulta que ambos lados de la recta tienen el gusto por las caras que se hacen famosas en las pantallas.

No es nuevo ver fotografias de estas celebridades sonriendo frente a maleantes. Tampoco nos resulta desconocido enterarnos de los que les sucede a estas personas que conviven tan de cerca con narcotraficantes, secuestradores y a ese tipo de finas personas. Lo malo es que la frivolidad exagerada se acerca peligrosamente a la estupidez. Andar de fiesta entre lobos es muy arriesgado.

Los narcocorridos, las narconovelas, los programas de crimen organizado son interpretaciones fantasiosas de las tragedias que   efectivamente suceden a diario. Tristemente, la trivialidad, la ignorancia y la indolencia hacen que personajes como Sean Penn, Kate del Castillo y tantos otros hagan declaraciones en las que ensalzan a un matón y ofenden a las víctimas de estos criminales. Se toman fotos, se hacen videos, brindan y conviven sin reflexionar en el mal que han hecho a sus semejantes. Se arropan en la libertad de expresión y sin reflexionar se arrojan alegremente a los brazos de grupos de alta peligrosidad. ¿Cuántos, creyéndose encantadores de serpientes, han encontrado un desrino fatal?

No me queda claro que querían hacer Del Castillo, Penn y Guzmán en una reunión. Me parece que han de ser muy buenos clientes del Chapo y en esa condición, el señor Guzmán Loera los recibió. ¿Estarían ellos buscando una nueva línea de negocio y él nuevos socios? ¿Buscaban hacerse una fotografía para ponerla en la sala de la casa? Lo más seguro es que estuvieran pidiendo un descuento por volumen para su consumo personal. Sólo ellos conocen sus verdaderas intenciones. Así, a primera vista, no parece que hubieran ido en un afán de catequesis. Sabemos que las drogas destruyen y terminan fundiendo el cerebro y ahí está la prueba. ¿A quién en su sano juicio le parece inteligente exibir que ellos encontraron a alguien que las agencias de inteligencia internacional no ubicaron? ¿Les parecerá muy chistoso poner en evidencia al gobierno mexicano, a la CIA, al FBI, a la DEA, a la Interpol?

No lo es.

Me pregunto si estas personas serán llamadas a declarar por tener nexos con el narcotráfico. Deberían ser llamados a cuentas. Por menos, gente ha terminado viviendo infiernos. Si el brazo de la ley no llega a tocarlos o no los asusta, el lenguaje de venganzas y ajustes de cuentas de los criminales no son actos cómicos. El pozolero existe, las torturas no son parte de un guión de Hollywood, las redes delictivas son crueles y son reales.

Policias y ladrones, cómicos y cantantes no son mundos complementarios. Salir en la tele, ser cantante, actor, no debe constituir un privilegio para hacer idioteces. Lo malo es que eso se está convirtiendo en una práctica común. Lo peor es que los de un lado de la línea todo toleran, los del otro lado, no.

¿Y los carteles estadounidenses?

Jack Riley, director interino de la DEA, declara con la autoridad que le da haber perseguido por muchos años a Joaquín Guzmán Loera, que El Chapo es el traficante más peligroso del mundo. Tanto él como el Cartel de Sinaloa tienen dominado el mercado de heroína en Estados Unidos. En un informe que dio ante la Cámara Baja estadounidense  Riley expresó que el grupo de Guzmán Loera y otras organizaciones criminales mexicanas se disputan las plazas más lucrativas de venta de drogas como son Nueva York, Filadelfia y Washington, mismas que a tes estaban en manos de colombianos.

Imagino a los legisladores estadounidenses asintiendo con gravedad y consternación ante la obviedad de las palabras e Riley. Seguro se habrán mirado unos a otros con los ojos tan abiertos como un plato sopero y se habrán llevado las manos a la boca para contener un grito desesperado. Sí, espejitos en Capitol Hill.

Las declaraciones como las del señor Riley siempre me llevan a preguntarme varias cosas. ¿Por qué siempre que se habla de  crimen organizado, los grupos son mexicanos, rusos, colombianos, chinos, árabes y nunca estadounidenses? Parece que en Seattle o en Forth Worth o en Boston todos se portan bien y nadie hace uso de estupefacientes. Al escucharlo nos hace creer que la gente llega de fuera y distribuye la droga sin complicidad alguna de ciudadanos américanos. Seguramente piensan que las drogas se mueven solas y se consumen por adictos de todas partes del mundo menos de Estados Unidos. Seguro las drogas circulan por arte de magia y la compran seres imaginarios.¿ Claro que no!

Como de costumbre, es más fácil elevar el dedo y señalar a quien se deje para echarle la culpa del problema de narcotráfico. No acusan recibo de que este problema, como cualquier otro, no se inicia con la oferta sino con la demanda acelerada y descontrolada que se ha disparado entre los habitantes de Estados Unidos. El problema de delincuencia se inicia  con un conflicto de salud, los toxicómanos en ese país van en aumento. Allá les gusta consumir drogas, intoxicarse con analgésicos, fumar marihuana, corroerse con cocaína, atarscarse de heroína y el sistema de salud norteamericano no ha sido eficiente para inhibir la demanda de drogas de sus habitantes. No han podido frenar el apetito voraz que tienen por los narcóticos. Es más fácil decir que los carteles son peligrosos que hacerse cargo de prevenir el consumo de drogas.

Sí, El Chapo es peligroso, es más es peligrosisimo. En eso tiene razón el señor Riley. Pero no va sólo. Hay muchos estadounidenses que lo ayudan, sea consumiendo, sea distribuyendo o facilitandole las cosas para que su operación siga creciendo. La agencia antinarcóticos ha hecho muy mal su trabajo. Ni ha tomado al toro por los cuernos, ni ha prevenido que los adictos sigan demandando drogas, ni ha movido un dedo para capturar a sus nacionales involucrados. Se han dedicado a ver lo que sucede afuera dejando que el problema interno se agigante. Tampoco han logrado detectar los carteles estadounidenses que, estoy segura, también existen.

Dice el señor Riley que ha dedicado su vida a atrapar al Chapo Guzmán. Debe estar muy frustrado. ¿Y si también se dedicara a buscar a los Smith, Jones, Robertson y tantos otros que también delinquen allá? Tal vez si hubiera promovido planes para inhibir el consumo entre sus compatriotas, estaría presentando mejores resultados en vez de presentarse ante sus legisladores a declarar obviedades. Todos sabemos de la peligrosidad de los carteles mexicanos, pero repito, no crecieron solos. La gravedad del tema es que seguirán creciendo si no se toman medidas reales para disminuir el consumo y prevenir la distribución. claro que es más fácil levantar el dedo y reírse de las autoridades mexicanas que dejaron ir dos veces a Guzmán Loera. Claro, eso es más sencillo. Ademas, el hubiera no existe.

   

Adicciones pediátricas

Las adicciones pediátricas son las que se presentan en personas con menos de trece años de edad. En México van en aumento. El mito de que éramos territorio de tránsito y que los vicios pasaban de largo en el espacio nacional se rompe con las cifras dadas a conocer por la Secretaría de Salud. Las adicciones crecen y lo hacen con más velocidad en los sectores de mayor vulnerabilidad.
Escucho con preocupación que uno de los segmentos de la población más seriamente afectado es el que aún siendo niño, se siente en el umbral de la adolescencia y caen en la tentación de probar sustancias intoxicantes. Hay prisa por crecer y por demostrar que ya son grandes. Los chicos empiezan a fumar tabaco tan pronto como a los ocho años, a ingerir alcohol entre los doce y trece años y a usar marihuana antes de los trece. El problema se extiende en la mayoría de los estados de la República y no es exclusivo de género o condición social .
Este rompecabezas es preocupante por la velocidad con la que crece y a quienes afecta. Corrompe a la base de la sociedad, al simiente más preciado que son los niños. María del Carmen Fernández Cáceres, Directora General de los Centros de Integración Juvenil, alerta de la gravedad del problema. Los jóvenes están consumiendo cada vez más y cada vez más pronto. La pregunta es ¿cómo le hacen estos chicos para conseguir cigarros, alcohol o marihuana? ¿Qué no es ilegal la venta de tabaco y bebidas alcohólicas a menores? ¿Que no es ilegal el comercio de marihuana?
Para dimensionar la magnitud del problema basta echarle un ojo a las fiestas y reuniones de adolescentes. Siempre hay alcohol y cigarros, por lo menos. En muchos casos, las botellas y las cajetillas entran con el consentimiento de los padres. La justificación es que si no hay nada de tomar, los jóvenes no van. Se les olvida que dar alcohol a menores, sin el consentimiento de sus padres, es ilegal.
También hay casos en los que los padres no ofrecen alcohol ni cigarros en sus fiestas. Entonces, suceden una de dos cosas, o no van o van y meten las botellas a escondidas. Los chicos llegan a las reuniones con alcohol que se roban de sus casas, o que consiguen antes de llegar a la fiesta. Esto pasa con criaturas de primero de secundaria, mocosos que todavía juegan a la pelota y niñas que peinan a sus muñecas pero que también quieren hacer lo mismo que los grandes.
Hay veces, como sucedió el fin de semana pasado, en que el padre amoroso deja a su muchachito en la puerta de la casa de la reunión de una familia conocida y vigilante. Se va con la confianza de que su hijo estará a salvo y cuidado. Lo que no se imagina es que su pequeñito ya organizó una colecta entre los más avispados, que juntó para comprar botellas de ron, que se salió de la casa para ir a la ventanita de la esquina para traer alcohol. Ni siquiera pasa por su mente que el frutito de sus entrañas será asaltado antes de llegar a la tienda, le quitarán el dinero, lo propinarán una golpiza, le romperán la nariz y se lo devolverán semi-inconsciente.
Todo pasó en un lapso de cuarenta y cinco minutos. Los anfitriones ni se enteraron de lo que ocurría hasta que los padres del golpeado llegaron a reclamar. Los señores de la fiesta se quejan de que el papá jamás le entregó al niño. Lo dejó en la puerta y se arrancó sin verificar que el chico entrara a la casa. Ninguna familia de los chicos que estaban ahí se imaginó lo que iba a suceder.
Armando Ahued, Secretario de Salud de la Ciudad de México, reporta que los embarazos infantiles se conciben, en la mayoría de los casos, cuando las niñas están tan intoxicadas por el alcohol que ni cuenta se dan de lo que les pasa, ni tienen idea de con quién engendraron un hijo.
Los adolescentes están tomando a muy temprana edad. Meten alcohol a las escuelas en las cantimploras que las madres llenaron con limonada antes de llevarlos a clase. Llegan alcoholizados a casa, con cinco o seis tragos encima. No se trata de escandalizarse pero no es una travesura, es un problema de salud nacional.
Sabemos que los adolescentes son rebeldes y que son inteligentes. Como no son tontos, hay que alertarlos de los peligros de salud y seguridad que corren al tratar de apresurar la vida. Beber, intoxicarse, consumir es peligroso a cualquier edad, en la adolescencia, más. En la niñez, peor.

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¿Salir a divertirse?

Salir a divertirse es un anhelo de muchas personas, especialmente si se es joven, aunque no es privativo de la juventud. Esperar el fin de semana, gritar: ” Gracias a Dios es Viernes”, y reunirte con los amigos para hacer algo juntos, es para muchos, motivo de vida.
La Ciudad de México solía ser un lugar con una actividad nocturna muy interesante. Mis padres me cuentan de sitios como La Cueva de Amparo Montes, los espectáculos de Olga Breenskin, los teatros, las funciones de cine a media noche del cine. Mucho de eso se acabó con en gran sismo de 1985. Yo recuerdo que los viernes salíamos a cenar al Studio Taco, o íbamos a bailar al Vog, al News, al Quetzal, hubo un tiempo en que se recuperó el Centro Histórico y nos lanzábamos al Bar Mata o al BarRoco y uno de mis lugares favoritos era el Sugar en la Zona Rosa, en el que había de todo, buena música, buen show, El Mofles nos hacía reír, y nos divertíamos muchísimo. Ya ha pasado algún tiempo
Hoy las cosas han cambiado radicalmente. La Zona Rosa de la Ciudad de México perdió su brillo, el Sugar ya no es , ni de lejos, lo que fue, y las calles tan arboladas ya no están llenas de tiendas de moda ni de restaurantes elegantes. No. La colonia se volvió peligrosa. Sin embargo, sigue siendo atractiva para muchos jóvenes.
Los chicos de hoy, al igual que los de ayer y de anteayer, esperan el Viernes para salir a divertirse y van a los antros de la Zona Rosa. Lo terrible es el riesgo que corren al salir. Las estadísticas arrojan datos de terror. Homicidios, violaciones, desapariciones, y hasta en incendios han acabado las fiestas y reventones del fin de semana.
Es verdad que no es privativo de la Zona Rosa ni de la Ciudad de México. Salir de noche en el mundo se ha vuelto peligroso. Igual te asalta la desgracia en Viena que en Iztapalapa, ya lo sé. Pero, a veces, tiemblo de miedo al pensar en lo que sucede por las noches en mi ciudad. La gente sale a divertirse y la cosa termina en tragedia. ¿Por qué?
La respuesta radica en un viejo consejo, busca la sana diversión. Por desgracia las salidas se mezclan con alcohol y con drogas. Antes los borrachos eran más contenidos y los dealers más discretos. Hoy todo se enreda y se desordena. El descontrol llega a tal nivel que ya no se sabe si al salir de antro te estas jugando o no la vida.
En el último mes los medios de comunicación han dado cuenta de una serie de eventos delictivos de alto impacto relacionados con antros. El nieto de Malcolm X perdió la vida a golpes en un antro en Garibaldi, Noé Hernández fue agredido en un bar y días después perdió la vida, en la Condesa un dealer fue sacado de un antro y luego fue asesinado. Mala mezcla es el alcohol, las drogas y la inocencia. El veintiséis de mayo desaparecieron doce jóvenes que fueron vistos por ultima vez en el Heaven, un antro after hours de la Zona Rosa. Estos eventos han encendido los focos de alerta sobre los niveles de inseguridad y violencia a la que se enfrentan quienes salen a divertirse en la noche.
Las actividades delictivas que generalmente se toleran en los antros constituyen un riesgo constante, la violencia escala cuando nos hacemos de la vista gorda. Todos estamos involucrados de una u otra manera. Unos por volver la mirada a otro lado, otros por no regular los giros negros, algunos por vender y otros por comprar drogas.
Ahora estamos en la temporada de los operativos de seguridad que parecen más una solución tan provisional y a destiempo como tapar el pozo después del niño ahogado. Claro, ni modo que lo dejemos sin tapar, pero la solución debe ser profunda y de largo aliento.
Si el Distrito Federal quiere ser una ciudad de clase mundial, no puede mandar a la gente a dormir a las once de la noche. Salir a divertirse es lo natural, es lo sano después de una semana de trabajo. La diversión es una fuente de derrama económica y las autoridades deben asegurar y promover una diversión segura.
De no ser así, en lugar de decir: Gracias a Dios que es Viernes, suspiraremos con preocupación y diremos: ¡Ay, Dios, ya es viernes! Y no nos darán ganas de salir a ningún lado.

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