Lo siento mucho

Cuando uno ofende a alguien hay que ofrecer disculpas. Eso es lo que hoy, en forma sentida, estoy haciendo. Ayer escribí una frase desafortunada que recorrió el camino y se transformó en ofensiva.
En un afán que terminó siendo despectivo, me referí a los maestros que tienen bloqueadas las instalaciones de San Lázaro, y hoy las del Centro Bancomer, de esta forma:
“No nada más porque en vez de parecer un gremio de maestros parecen de apaches…”
Mi amigo Danilo me hizo esta observación:
Aquellos que somos de origen indígena, mi padre era Ben-Saab (zapoteco dicen los blancos),
sentimos profundamente que cuando alguien quiere describir una turbamulta nos toma como
ejemplo de desorden y salvajismo.
Es momento de superar esos abusos de lenguaje; muchos de ellos aprendidos desde la más temprana infancia en el marco de una sociedad hipócrita y racista; y que muchos no han aprendido a evitar y utilizan sin pensarlo mucho.
Los Apache hicieron lo que tuvieron que hacer frente a la agresión que en su tierra, población, y cultura recibieron por parte primero de los españoles, después de mexicanos y de estadounidenses. Tuvieron que escoger entre la esclavitud y la muerte. En el marco de lo que ahora llamamos una guerrilla devolvían los golpes que recibían siempre que podían. La guerra fue desesperada, extremadamente cruel y sangrienta…para los Apache era un desesperado intento de preservar su vida…para sus adversarios era una guerra de rapiña y despojo…una guerra de exterminio. Nadie resultó vencedor; en tal tipo de contienda nadie puede ganar…solamente pueden sufrir los desmanes del “enemigo” acumulando odio y encono.
Si defender la vida de la familia, y la propia, tu cultura, costumbres, religión, y estilo de vida ante la agresión de un extranjero es un acto de salvajismo…entonces tendré que conceder que los indígenas somos un “gremio de apaches”.

Tienes razón Danilo, mi referencia fue un abuso de lenguaje. No hay más que decir, sólo ofrecer un millón de disculpas. Lo siento mucho.

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Disculparse

Un requisito básico para ofrecer una disculpa es que sea sincera, por ahí debemos empezar. El paso número uno es reconocer que se hizo mal, se causó daño y se está dispuesto a admitir la autoría de los hechos. Sin duda, para eso hace falta valor, pero no es suficiente. En segundo lugar hay que ver la forma de resarcir el daño causado. Para eso no basta con ser valiente, es necesario ser honorable.
El honor, al parecer, es un valor en desuso, una palabra olvidada. Honor es, según la Real Academia de la Lengua, la cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes con los demás y con uno mismo. Nuestro prójimo más cercano son los nuestros, son los hijos. Fallar ahí es fracasar, fallar por falta de honor es una mancha en la consciencia y una seña de identidad. Si le incumples a un hijo y tus acciones en vez de ser meritorias son viles, ¿qué pueden esperar los demás?
Para impartir justicia, debes ser una persona de honor, es decir, perseguir la verdad y el mérito auténtico, sin sesgos, sin prejuicios, sin intereses particulares. Ser intachable y probo.
Cuando alguien engaña, lastima el honor, cuando alguien engaña y ofrece una disculpa con antelación, presumimos que hay honestidad, y el honor se restituye. Somos humanos, somos falibles. Disculparse se vale. Pero cuando las disculpas llegan porque te agarraron con las manos en la masa, la sinceridad queda en tela de juicio y el honor hecho trizas.
Ayer, el ministro de la corte en retiro, inició un discurso con las siguientes palabras en un acto de sinceridad y conciencia, yo, Genaro Góngora Pimentel, ofrezco disculpas a la madre de mis hijos, a su familia y a mis pequeños si en algo les he fallado./em>
No lo sé. Las palabras no me suenan sinceras desde el momento en que son producto de un descubrimiento periodístico que dio a conocer que el ex ministro y ex presidente de la suprema corte de justicia, encarceló a la madre de sus hijos para evitarse dar una pensión alimenticia.
Dejando a un lado el delicioso sabor del chisme de enterarnos que un magistrado de la suprema corte tuvo un amante con la que procreó dos hijos, que están enfermos, diagnosticados con autismo y que el juez no pasaba para el gasto con regularidad, está la falta de honor de una persona que administró justicia.
¿Cómo imaginar imparcialidad en un hombre que fue capaz de meter a la cárcel a su examante con tal de darle la vuelta a sus obligaciones? No se trata de juzgar los deslices de un hombre, cada quiėn su intimidad. Más bien llama la atención e indigna un padre irresponsable que nos vendió la figura de un ser intachable a un nivel tal que se encargo de la máxima magistratura del país. De un maestro que instruyó a casi todos los jueces de los tribunales de justicia de la nación. ¿Se imaginan cuantos subordinados y alumnos agradecidos tiene el juez Góngora?
Genero Góngora Pimentel no es un marinero que tenga varias mujeres, hijos en cada puerto y familias olvidadas por los siete mares, si así fuera, el tono seria distinto. Pero no. Tampoco se trata de justificar una reacción apasionada de enojo, de una venganza o de una irresponsabilidad cualquiera No. No me refiero a un desobligado, que al ver la situación de enfermedad de sus hijos salió huyendo. Se trata del expresidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y todo lo que el los implica.
Sale a ofrecer disculpas en una tribuna pública, en vez de correr al lugar de reclusión de se ex pareja a pedir perdón. Se vale de los medios de comunicación y se enarbola una sinceridad que suena, por decir lo menos, débil. El honor del juez en retiro queda por los suelos independientemente de los pleitos razonables o de lavadero que tenga con la madre de sus hijos.
Hay cosas que no se deben hacer, fronteras que no se deben cruzar, hitos que no se deben tocar. La responsabilidad con los hijos es una. El honor de cumplirles a carta cabal es otro. Sin embargo, el indispensable es ver por su bienestar, si no partimos de ahí, estamos cimentando sobre terrenos porosos.
El honor ha de ser sólido para aguantar las pruebas todoterreno, si no, las disculpas nunca serán sinceras, ni valientes, ni honorables. Si no, miren nada más.

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