Misa primera

Las calles de la Ciudad Antigua en Jerusalén están vacías. Caminamos rumbo a la Puerta de Damasco pero nos equivocamos, entramos por la Puerta de León. Al traspasar el umbral nos topamos con grupos de musulmanes que acuden a la primera oración de la mañana. Todavía está oscuro, aún no amanece. Nos perdemos en el laberinto de callejuelas. Preguntamos pero no logramos darnos a entender. Por fin, alguien nos da instrucciones, tenemos que rodear la Mesquita de la Roca para llegar a la Basílica del Santo Sepulcro. El día comienza a clarear.

No fue nuestra intención pero recorremos el camino de la Vía Dolorosa. Vamos solos. Somos Carlos y yo de la mano movidos por esa fuerza que levanta de la cama, te saca del hotel, te lleva a las calles y te conduce al destino, como si todo estuviera acordado entre el porvenir y el universo y nosotros nada más pusieramos la voluntad de dejarnos dirigir. Damos pasos y cuando dudamos qué dirección tomar, alguien aparece, nos topamos con un anuncio, una flecha o algún transeúnte que nos dice por donde ir.

Llegamos. La maravilla de estar ahí al amanecer es que no hay multitudes. La recompensa de los peregrinos que decidieron madrugar es esa intimidad, ese silencio y recogimiento que hay en el santuario. Podemos entrar al Santo Sepulcro y estar ahí todo el tiempo que queramos. Somos pocos, pero no somos los únicos. El ambiente huele a incienso, a flores y el silencio es tan abrigador que no hay más que arrodillarse y dejarse abrazar por el amor que va desde el Alfa hasta el Omega.

El tiempo se detiene para dejar pasar a Dios.

Salimos del lugar más bendito. Nos sentamos en las bancas frente a la entrada del Sepulcro. Entran los monjes ortodoxos y los sacerdotes. Cantan, leen y nos bendicen. Luego, llegan los franciscanos a preparar todo para la misa primera. Son pocos los que pasan, es un lugar muy pequeño. Se cierra la puerta y da inicio la misa primera. Las bendiciones hacen que el corazón lata a un ritmo distinto. 


Jerusalem

No hay mejores palabras que las del Rey David:

¡Qué alegría cuando me dijeron:

“Vamos a la casa del Señor”!

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundada

como ciudad bien compacta.

Allá suben las tribus,

las tribus del Señor.

Según la costumbre de Israel.

Poco más se puede decir después de visitar tierra tan santa. El corazón salta de felicidad, lleno de eso que da la fe que quienes creemos llamamos amor de Dios.

Tierra bendita, momentos de amor, grandes bendiciones. 

Todas las Cecilias que soy

Las Cecilias que han habitado este cuerpo que hoy cumple cincuenta años nos hemos congregado para festejar la vida y dar gracias. Llegar al cumpleaños de oro es traspasar un hito. Por eso hemos sido convocadas todas para mirar al cielo y con reverencia dar gracias.

Como si fuera un gran banquete estamos, estas Cecilias que somos, sentadas en torno a una epsecie de mesa redonda —nadie ocupa el presidio, no hay cabeceras— la Cecilia niña que no paraba de platicar con sus compañeros de banca y que exasperaba a sus maestros, la que subía al camión escolar por las mañanas y a veces se mareaba, la que fue la primogénita después de haber sido tan esperada, la nieta consentida, la amiga de Alma y Leticia, la que se puso uniforme y fue al Simón Bolívar, la que estaba enamorada de Andy Gibb, la que encontró en Lety complicidad, la que supo rodearse de las mejores como Olga, Elvira, Claudia y Diana; la que entró a la Ibero y ahí encontró a sus verdaderos hermanos, Bibiana y Arturo. A la que fue al ITAM. La que daba clases de inglés desde los quince. La amiga de María Elena y Merick. Todas están contentas y dialogan entre sí.

Todas contemplan a aquella que iba de vaciones a La Piedad, la que se asomaba debajo de la cama para ver si había monstruos, la que llegó con el vestido de Primera Comunión, la que se hincó en el Santo Sepulcro, la que detesta el hígado encebollado, la que olvidó y la que intenta olvidar, la recuerda detalles con precisión. La que se para frente al salon de clases, la que le gusta estar en el reflector, la que va a la Villa los domingos antes de las seis de la mañana, la que recibió la bendición papal, la que tiene gatitas, perros y un perico, todas esas aparecen en escena.

También están las que se cayeron, las que se asustaron, las que no entendieron, las que lloraron, las que se han sentido solas, las que tienen un humor terrible y un genio que no aguantan. Esas no están tan animadas pero también están. Están las que hicieron daño, las que decidieron mal, las que han dicho mentiras, las que han avergonzado, las que no se portaron bien, las que fueron groseras, las que perdieron el camino, las que se desesperaron, las que fueron injustas, las insoportables, las antípaticas y las soberbias. Las tenebrosas. Están sentadas mirando, dejando claro que ellas también son parte y que están convocadas. Hacen presencia para no ser olvidadas.

Con ellas está la que tomó la mejor elección y se casó con Carlos, la madre de Andrea y la de Danny. La hija que quiso ser buena y se subió en una ráfaga de viento. La hermana mayor fija la mirada, la mujer que ha ganado y la que ha perdido. La que es clara y la que se confunde. La que se muere de risa y la que llora a mares. Está la que piensa que contar es poner números en secuencia y la que está segura de que se trata de escribir y narrar. Está la que se cree mucho y la que busca ser sencilla. Está la que es proclive al riesgo y la que quiere ser prudente.

No podía faltar la de la raqueta que ama el tenis, la que prefirió a Alain Prost sobre Ayrton Senna, la que adora a Roger Federer y le cae bien Nadal, la que se siente feliz en el jueves pozolero de Acapulco, en el Malakoff con un créme bruleë, la que entiende el exilio de Dante, la que adora a Bananna Yoshimoto, a Murakami, a Rulfo, a Ibargüengoitia, a Ortega y Gasset, a Unamuno, la que sueña con la Bahía de Santa Lucía y las calles de Chueca o de Montmartre, la que se pierde en la Libelula de alas rojas, en El Guernica o con los magos de Coronel. La que es oaxaqueña por puro gusto y la que da gracias al cielo por haber nacido en la Ciudad de México. La que da su resto por un chamoy, un chocolate de metate, un tequila o una salsa de molcajete. La que abre puertas y la que es necia. La que tiene fuerza y la que es débil. La valiente y la que tiene la piel de gallina.

Todas las Cecilias que he sido están bien materializadas. Todas las puedo ver. Hay otras que son transparentes, son siluetas, son las que van a ser. También están. Todas nos tomamos de la mano y con serenidad entramos a los huecos de las manos del Altísimo y, como quien está en casa, damos gracias a Dios. Ha sido un buen recorrido, he tenido un buen camino. Todas somos esa Cecilia que con humildad dice hoy, ¡Bendito sea Dios! Ya tengo cincuenta. 

  
 

La bocana

En Acapulco, al despuntar el día, abro los ojos y me topo con la superioridad del espectáculo: la inmensidad del cielo se viste de los mejores tonos que van desde el azul más intenso hasta el rosa apasionado. El sol se refleja en el mar y las nubes se dibujan entre las olas. Hay que poner atención para no terminar confundiendo la bóveda celeste con la profundidad de las aguas. 

Las lucecitas de la ciudad se apagan porque los rayos del sol se encienden. Esa es la señal para saltar de la cama y salir a caminar. Digo que voy a hacer ejercicio pero mi verdadera intención es permitir que la mañana se me meta en el cuerpo y el el milagro de un nuevo día se encarne en mí. Es la sensación de la brisa salada que se combina con los veintidós grados a las ocho de la mañana. 

Hay varias rutas y circuitos que me gusta hacer, sin embargo, el que más me reta es el camino que me lleva a la bocana. Es un trayecto de casi seis kilómetros de subidas y bajadas, de pendientes con altos grados de inclinación que exige fortaleza física y voluntad. Es un sendero que en ir y venir se invieten dos horas de caminata intensa. En esta ruta me entrené para hacer el Camino de Santiago. Por eso, caminar rumbo a esta entrada de mar siempre tiene evocaciones especiales.

El tramo final lleva al mar. Es una vereda ecológica en la que se respetó el entorno original. Al caminar por ahí te salen al encuentro amates muy altos con raices de grandes dimensiones, laureles, papayos y mangos. El olor a fruta combinado con los aromas de sal revigorisa el cuerpo. El sonido del arroyo que busca encontrarse con el mar es una especie de mantra alegre que alaba la inmensidad. El agua corre entre las rocas y piedras de rio.

Hay un punto en el que el agua dulce se funde con agua salada. Los remolinos que se forman por este encuentro confunden al observador que ya no sabe cuál corriente es de esa agua clara y joven y cuál es el comienzo de la infinidad del Pacífico. Ahí, en ese punto, el arroyo se convierte en algo superior, cambia de nivel y se eleva. Es una transición similar al alumbramiento de la vida, es dejar la pequeñez que ya no puede contener al bebé para lanzarlo a la grandiosidad del mar.

La fusión es tranquila, los remolinos son círculos concéntricos que se hacen y deshacen para dar continuidad, para dejar correr el cauce de las aguas. Es una imagen perfecta que la naturaleza nos ofrece para entender que la vida no es un antónimo de la muerte, simplemente son etapas que llevan un mismo sentido. Unos ni siquiera lo ven, otros lo desestiman, para algunos adquiere un significado, para mí, que casi puedo ver entre la maleza como se  dibuja una flecha amarilla, el significado del verano, del agua, del cielo significa la evidencia de la mano de Dios.

Me gusta observar esos remolinos y elevar la mirada a ese punto en el que la redondez de la tierra forma una línea  en la que el mar toca el firmamento. Pensar en Dios y agradecer. Después emprender el camino de regreso que me lleva al descanso de verano que me prepara para los día de trabajo que vendrán y me llevarán a un entorno tan distinto.

  

  

La destrucción del equilibrio en The Children Act, Ian McEwan.

 

 

The Children Act

Ian McEwan

Doubleday, Random House

London, 2014.

Todo parece tan inocente, tan tranquilo, tan plácido pero cuidado, estamos frente a un autor de pluma pesada, sabemos que en cualquier momento Ian McEwan nos confrontará con un hecho disruptivo que alterará ese equilibrio tan palpable que los lectores disfrutamos en los primeros renglones de The Children Act. Nada de qué sorprenderse, McEwan es fiel a la estructura esquemática de su escritura. Lo asombroso es la forma en la que logra atraparnos a pesar de recurrir siempre al mismo método: una situación de arranque que plantea una escena en que los personajes están cómodos y un evento disruptivo que altera y destruye el equilibrio. Esta secuencia, según Cecilia Urbina, “sugiere un cuestionamiento: ¿existe un mal latente susceptible a introducirse por azar en la vida de los individuos?”[1] Esta interrogante lo ha acompañado a lo largo de su obra literaria.

En The Children´s Act, un McEwan seguro de su pluma, lo manifiesta desde el principio: habrá motivos para inquietarse, la armonía está a punto de romperse, siempre, cada vez. La emoción regente a lo largo de la novela es un contraste desorientador, la placidez frente a un mal oculto que quiere atacar. En las primeras páginas percibimos una necesidad de aventura en personajes que ni se dibujan audaces ni se les ve que tengan necesidad de cortejar el peligro. Son personas de casi sesenta años que viven en el desahogo que da el privilegio y que tienen una comezón por vivir la aventura que no experimentaron en la juventud. Es el prurito que se altera cuando se es consciente de que los años jóvenes ya pasaron. Es la sensación de querer hacer una travesura, que tienen todos los que siempre han sido ordenados y correctos en la vida.

McEwan nos introduce a una sala confortable, de un departamento de Londres, en una tarde lluviosa donde habita un matrimonio compuesto por Fiona May, juez que preside la sala de la Corte de Asuntos Familiares y Jack un catedrático. Es domingo y ella se prepara para la audiencia del lunes mientras toma un whisky. El marido se acerca a decirle que tiene una amante y no quiere divorciarse, simplemente quiere darle vuelo a una aventura. Ahí el primer golpe autoral, de los muchos que se presentarán en la novela.

La tensión inicial se tiende sobre los terrenos del matrimonio, la fidelidad, el divorcio y el abandono. “La riqueza casi falla al traer una felicidad prolongada. La cotidianidad se pintaba con batallas campales con la persona tan amada. Toda la pena diaria, tenía esos temas comunes, esa uniformidad humana de todos los días. (p. 5)” Pensamos que le trama se urdirá en torno a los valores que sustentan un matrimonio añejo, sin hijos, de cónyuges con estudios y preparación, que  siguen a la letra los principios del siglo XXI “Libertad económica y moral, virtud, compasión, altruismo, trabajo satisfactorio, compromiso en las tareas, una red de amistades, estima de los demás, persecución de la trascendencia y tenerse el uno y el otro como centro de la existencia. (P. 17)” Vuelvo a advertir, se trata de McEwan que engaña al lector ingenuo. El trae otro tema entre manos y lo abordará dándole una vuelta de cuerda a la novela. “¿Estaría la vida a punto de cambiar? p.15 ”

                A lo largo de las páginas brincamos del tema matrimonial al tema de Dios: “Aquellos que creen firmemente, no sólo en su existencia, sino que dicen conocer y entender su voluntad. (p. 28)”; al de la eutanasia: “Los clérigos deberían de intentar anular el potencial de una vida significativa para sostener una línea teológica. La ley por su parte tiene problemas similares cuando permite a los médicos sofocar, deshidratar, matar de hambre a pacientes que no tienen esperanza de sobrevivir ya los que no se les permite el alivio instantáneo de una inyección fatal. p. 31)”; al de la carencia de un toque humano frente al enfermo: “El viejo sistema, lento e ineficiente, exento del toque humano, p. 37”.

Children Act, nos presenta varias reflexiones. Fiona Maye es una prestigiada juez, admirada por su inteligencia, pulcritud y sensibilidad en la corte. No tiene hijos y tiene un matrimonio de treinta años en crisis. También tiene un caso urgente que atender: Adam, un muchacho de diecisiete años se rehúsa a aceptar por motivos religiosos el tratamiento que le salvaría la vida. Él no puede decidir, por ser menor de edad y los médicos están apelando a la corte ya que los padres no quieren someter a su hijo al tratamiento.

El encuentro entre Fiona y Adam tiene repercusiones sorprendentes. Nadie se debe enganchar en las primeras intenciones de Mc Ewan, siempre tiene un propósito de fondo que nunca es evidente a primera vista. El lector se sorprende una y otra y otra vez a lo largo de la novela, así como se enternece y logra comprender los distintos puntos de vista que un narrador omnisciente descubre con objetividad al lector.

Se agradece la buena pluma que nos permite saltar de un tema al otro, de un hilo narrativo a otro, en el que se enredan personajes que conviven con el abandono, la violencia, el egoísmo, el miedo y sobre todo, la falta de certidumbre. Siempre contrastando entre la tranquilidad y el evento que la arrebata. ¿Dónde se encuentra lo correcto? ¿Quién tiene la seguridad de estar haciendo lo correcto? ¿Quién puede sostenerse como el conocedor absoluto de la voluntad de Dios?

Frente a los hombres que no corrían en mundo sino que lo hacían correr, el expresaba esas frases, no como creencias abrigadas, sino como hechos: como un ingeniero describiendo la construcción de un puente. (p. 78)”

                “La fe es una atmosfera de sinceridad y fuerza que sostiene la creencia. (p.87)”

                “Sin fe, que abierto y hermoso le puede resultar el mundo, que terrible le debe resultar. (p.219)”.

                The Children Act es un éxodo de sentimientos y sensaciones que abren la puerta a la tristeza, al miedo frente a la muerte, al fin de los que tienen fe y al de los que no la tienen; a la postura frente a los que creen y a los que no, a las diferencias que se hermanan frente a la tristeza y el desamparo. La novela nos hace sospechar sobre el derrotero de esos jóvenes de los años sesenta, tan ansiosos, tan liberales, con tantos cuestionamientos y tan apasionados por el amor y la paz que ahora que tienen sesenta años y se han convertido en parte del status quo.

Como si se tratara de un músico que tiene tanta seguridad en las notas que nos llevarán al clímax, McEwan nos revela los acordes que se repetirán una y otra vez hasta el cierre de la sinfonía. El autor confía en los hechos disruptivos que asaltan por sorpresa y roban la calma. Ya lo sabemos y, sin embargo, seguimos cayendo embrujados ante la narración. Ian McEwan cree tanto en la estructura arquitectónica de sus novelas que no tiene miedo de repetirla nuevamente y, no sólo eso, se regodea con repeticiones del método en varias ocasiones a lo largo de la obra. El contraste que se da en situaciones en las que aparentemente no pasa nada. Las diferencias que surgen cuando todo es plano y uniforme. Y, claro, cuando el lector piensa que ya está cómodamente abordando el tema que el autor quiere desarrollar, llega McEwan y le destruye el equilibrio. Existe, cómo plantea Urbina, un mal latente susceptible a invadir la armonía de los seres, así, de repente. Tal parece que McEwan está determinado a demostrar que así es.

 

               

[1] Urbina C. La ruta de la creatividad, Ed. Casa Lamm, México 2013. p.43

Un punto en el blanco

Mis entresueños son mundos sumamente extraños. En el instante exacto en que la consciencia decide despertar y el cuerpo todavía no la obedece existe un umbral en el que a veces veo pasar conejos blancos que corren a toda prisa sin saber el motivo de su urgencia ni el destino de sus pasos y otras en las que sencillamente no hay nada.
En ocasiones, como la de hoy, todo es blanco. Blanco hasta más allá del infinito, a lo largo y a lo ancho, hacía arriba y hacia abajo. Todo el vacío está lleno de blanco y, justo cuando me estoy enterando de ello, en el centro de la inmensa blancura aparece un punto negro. Entrecierro los ojos para enfocar bien y un movimiento de planos me hace caer en la cuenta de que el punto es en realidad una línea recta, pero yo la estaba viendo desde arriba. Sí, es una línea que marca una dirección descendente. Los planos giran y me doy cuenta de que no es una línea recta, es un cono, al que primero vi desde arriba, luego desde dentro y ahora puedo ver en tres planos.
Con la perspectiva de las tres dimensiones varias formas se empiezan a acomodar y a configurar. Estoy en el vértice superior del cono, en la punta. El cono es una montaña que en sus faltas tiene escrita la palabra Carmelo. No estoy sola. Hay tres hombres que visten túnicas: negra, blanca y café. El del atuendo negro habla con un niño que hizo un agujero y está tratando de meter toda el agua del océano en el hoyo con una concha de mar. No es posible, no va a caber. El Niño sonríe y dice Ya lo sé, ¿lo sabes tú?
Ahí viene un hombre que empuja una roca. La sube con gran esfuerzo. Por fin llega a mi lado. Hola, Sísifo. Acomoda la piedra y se sienta a mi lado. Está sonriendo. Limpia el sudor de su frente con el dorso de la mano.Con un gesto me indica que mire abajo. Una muchedumbre viene subiendo. Son grupos que ascienden desde diferentes puntos. Los saludo. No te alcanzan a ver, me informa El Niño. Es verdad, no me ven. Algunos piensan que no existo. No me ven, no existo. Pongo las manos alrededor de la boca para formar un altavoz y grito: ¡Hola! Algunos miran a su alrededor. ¡Acá, acá arriba! No te escuchan. Es verdad, no me escuchan. No me escuchan, no existo. Ni me ven, ni me escuchan, piensan que no existo. Sísifo se divierte viéndome.
No me ven porque no estoy en el mismo plano visual, ellos ven al frente y ahí no estoy, si elevaran la mirada me verían. , dice El Niño y tiene razón. ¿Pero nos alcanzan a oír? Calculo la distancia que hay entre las muchedumbres y la cima. Imposible que escuchen con claridad, tal vez sólo perciban un rumor. El de la sotana blanca le dice al Niño que ya encontró un método de pensamiento para demostrar su existencia. Ni el mar cabe en el agujero, ni mi ser en una mente. Sísifo me hace ver que la muchedumbre sigue avanzando pero hay grupos que se quedan rezagados. También me enseña las estatuas de sal que se quedaron mirando hacia atrás.
El Niño sopla y una brisa agita los vestidos de la gente que avanza rumbo a la cima. Detienen su andar. Sonríen. El de la sotana café le dice a los otros, no es viendo, ni oyendo, ni pensando; es sintiendo como lo van a descubrir. El Niño asiente. Se aleja del hoyo y deja la concha a un lado. Me toma el rostro entre las manos y vuelve a soplar. El soplo me entra por la nariz. El cono se tambalea. La piedra de Sísifo rueda colina abajo. Las muchedumbres no ven, ni oyen, ni se enteran. Pero hay algunos que logran mirar arriba.
Vértigo, la montaña es cono, es línea recta, es punto, es blanco. El entresueño se vuelve consciencia.
Abro los ojos. El blanco es el techo de mi habitación. Sí, es eso. Y, si es eso ¿de dónde salió la concha que tengo en la mano?

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Para empezar

Para empezar bien este año, Señor te pido, que me tomes de la mano.
Que tu Divina Providencia me mire con cariño y que yo no lo pase por alto. Que el corazón se llene de tu luz y de tu agua viva.
Que la casa, la mía, esté llena de los míos, protegida por ti, abrigada por tu amor y que él reine en ella.
Que la honra se mantenga en alto, que la mentira no la manche, ni mis malas acciones la percuda, que crezca gracias a tu generosidad y que la parte buena que Tú sembraste en mi desde el primer día y venza la oscuridad que me tienta. Que sea reflejo de tu presencia.
Que el vestido se obtenga con el sudor del trabajo productivo y que de el broten flores y frutos de colores y sabores maravillosos. Que sean tan abundantes que alcancen para saciar mis ansias, mis pesares y se conviertan en risas y sonrisas de olor a jazmín; que tenga la capacidad de compartir con los que nada tienen y con los que tienen mucho, siempre en el mismo tono.
Que el sustento no falle, ni el físico, ni el espiritual. Que la mesa esté repleta y los vasos se desborden de cariño, solidaridad y que el lugar de honor sea el Tuyo. Que encuentre siempre la fuerza para honrar mis compromisos y ser fiel a mis principios.
Que la salud y la serenidad broten de tus manos.
Que el amor sea a imitación del tuyo y que logremos desterrar la maldad con la misma determinación que corriste a los usureros del templo.
Que haya vida en abundancia, que te reconozcamos como el Camino, la Verdad y la Vida. Y que en el momento de la muerte no nos falte la protección de tu Santísimo Sacramento,
Enséñame señor a abrir los brazos y cerrar la boca,
A escuchar, a pedir disculpas cuando sea necesario, a regalar mi ausencia a quienes no valoran mi presencia, a ser empatía y simpática, a ser buena mamá, a darle apoyo a los míos, paciente con el marido, también amorosa y a dar consuelo. A ser agradecida y a no tenerle miedo a la palabra gracias.
Enséñame a buscarte y a entender que desde siempre ya te encontré porque estás en mí.
Amén.

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El adiós de un Papa

Hasta el día de hoy, los papas no se despedían. Era Dios el que los recogía, los llevaba a su presencia y, pasados unos días, el Espíritu Santo sobrevolaba la Capilla Sixtina para que los cardenales reunidos en cónclave fueran iluminados para elegir al nuevo sucesor de Pedro. Hoy, con la renuncia de Benedicto XVI, se abre un tiempo nuevo, hoy sí hubo despedida.
Miles de fieles que este miércoles se acercaron a la plaza de San Pedro se conmovieron cuando Benedicto XVI, el papa teólogo, tan frío en comparación con el carisma de Juan Pablo II o la bondadosa cara de Juan XXIII, quiso mostrarse ante ellos como un pastor espiritual que se despide de su rebaño.
De forma sencilla se dirigió a los que se reunieron para presenciar la última audiencia de los miércoles que Benedicto XVI presidiría: “Hubo días de sol y ligera brisa, pero también otros en los que las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra, y Dios parecía dormido”, dijo el Papa. Se veía cansado.
Habló del cansancio y de la duda, de la fe y de la oración, y su voz a veces temblorosa del anciano que a los 86 años acepta con una sonrisa que la vida ya no da más de sí. Se sobrepuso a todo lo demás que le tocó enfrentar: a los escándalos, a las intrigas y a las criticas tan duras que ha recibido, incluso en los últimos momentos de su pontificado, pero al cansancio por la vejez no hay quién le gane. Con palabras sencillas, el Papa se despedía de Roma: “Sentía que mis fuerzas disminuían y le pedí a Dios que me ayudara”.
La Sede de San Pedro quedará vacante y el Papa Emérito descansará un tiempo en Castelgandolfo. Los católicos despedimos al Santo Padre teólogo y pedimos por un pastor que tenga el vigor y la energía para renovar la iglesia que Cristo puso en manos de Pedro y sus sucesores.

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Camino a Santiago

Dicen que el camino empieza cuando sales de tu casa, creo que en realidad comienza cuando tu corazón ha decidido perseguir el objetivo de recorrerlo y llegar. Si esto es así, no sé cuando empezó mi Camino a Santiago. Tal vez empezó desde siempre, quizá empiece mañana.
Es una ruta que cualquiera puede hacer, es un recorrido que se ha hecho desde tiempos antiguos. Es la ruta que siguió el hijo del Zebedeo para difundir la buena nueva. Es el recorrido que intento hacer para encontrar mi rumbo.
En el camino tan importante es el destino como los pasos que se dan para llegar. El trayecto es físico, sin duda, sin embargo, el logro es espiritual. El recorrido de más de 350 kilómetros a pie es tan relevante como la distancia que hay para llegar al centro del corazón.
Entre los pasos se enredan los regalos, la Compostela, la misión es descubrirlos, encontrar la venera, abrir los ojos para lograr atesorar el premio.
El objetivo es Santiago, el objetivo también soy yo. Espero poder llegar a ambos.

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