Temporada de reuniones

Llegó diciembre y con el último mes del año, también llegan las reuniones. En esta temporada aprovechamos a reunirnos con gente con la que convivimos en el día a día o para ver a aquellos que sólo son amistades decembrinas —nada más nos vemos para cargar los peregrinos y… hasta el año que entra—. Cenas de compromiso, reuniones de trabajo, pachangas entre amigos, fiestas familiares, de todo hay.

Entre los brindis, los manteles largos, los villancicos, las luces del árbol de Navidad, el pesebre, los ponches, las burbujas hay algo que me llena de gusto. Muchos de los que nos reunimos lo hemos hecho por años y eso es un privilegio. Seguimos aquí. Claro, están los que se han ido, los que no quisieron estar, los que no pudieron venir, los que se alejaron y volvieron a aparecer y una que otra nueva adquisición. Pero, en general, seguimos siendo los mismos.

Será que diciembre nos plantea la tentación de olvidarnos de todos los propósitos que hicimos y no pudimos concretar. O, será que la dieta se esfuma ante tanta delicia. O, será que queremos ser más indulgentes y decidimos abrazarnos tal como llegamos. Ya vendrá enero para ponernos a dieta, ser prudentes y soñar con algo mejor. En diciembre nos damos la oportunidad de poner los pies en la tierra y aceptar lo que tenemos; nos dan lo mismo los cientos de urgencias y ponemos pausa para reunirnos y decir ¡salud! Que dicho sea de paso, es el mejor deseo que podemos expresar. O, será que diciembre nos vuelve más humanos.

En esta temporada de reuniones, nuestra parte social se engrandece y nos dejamos abrazar. Extendemos los brazos y acunamos a muchos, con ese gusto que da el hacerlo porque podemos. Entonces, aflojamos el cuerpo y nos permitimos caer a merced de la risa. Porque, al fin y al cabo, el año se está acabando. Ya llegará enero con su seriedad. Ya habrá momentos para hacer una pausa para ponernos a pensar.

Por lo pronto, la temporada de reuniones llega con ese aroma festivo que nos permite ser más divertidos, relajados, humanos y sobretodo, más felices.

Otro ratito

Arrebujada entre las cobijas, saco el dedo índice para comprobar la temperatura con la que amanece la mañana. Sí, hace frío. La mayor delicia es que puedo quedarme acostada otro ratito. Lo hago con regocijo porque no se me hará tarde para  ir a ningún lado, no hay pendientes, no hay preocupaciones en el tintero, hay tiempo. 

Llegó el diciembre de frío que deja dormir rico y que ayuda a que la cama te abrace y te pida que te quedes otro ratito. La felicidad de no tener que ignorar esa petición, es una delicia. En esta condición, las sábanas son más suaves, el cojín más mullido y el colchón se constituye en el mejor lugar de la tierra. 

Desde afuera, más allá de la ventana se escucha el rumor de un avión que tal vez viene o quizá se va. Me resulta delicioso pensar en que los que despegaron tuvieron que hacer cola, sentarse en una sala de espera, aguantar el frío, mientras yo estoy acurrucada en la cama. Los que llegan se deberán someter a los protocolos aeroportuarios, mientras yo sigo felizmente acostada.

Se nota que es domingo, el ruido de la calle entre semana no existe. Sí, de cuando en cuando se oye el motor de algún auto que avanza, pero, en general, es la calma lo que adivino allá afuera. La casa está en silencio, el reloj del abuelo marca las horas. Si fuera otro día, ya llevaría una hora dando clases, o iría rumbo a algún sitio, o me habría tomado varias tazas de café. Hoy, no.

Ni sonó el despertador, ni me martirizaron las alarmas que te dan oportunidad de sonar cinco minutos después ni hubo quien se atreviera a interrumpir el sueño. Desperté, sin embargo, prácticamente a la misma hora que de costumbre, unos cuantos minutos después. Pero ese tiempo adicional da frutos. Abro los ojos y no estoy cansada.

Lo mejor de estar despierta es que no tengo que salir corriendo de la cama para entrar a la regadera, arreglarme rapidísimo y salir de casa apresurada. Puedo quedarme otro ratito y sentir que por estos momentos, soy capaz de detener el tiempo entre los dedos. Sonrío, en ese otro ratito, los minutos son míos.

  

¿Qué iré a encontrar?

El tráfico de diciembre en la Ciudad de México es desquiciante. Recorrer unos metros en auto se vuelve una hazaña como la del Cid Campeador. Lo que generalmente toma a un automovilista cinco minutos, en diciembre se transforma en veinte. La concentración de coches por metro cuadrado se multiplica. Todos tenemos interés de estar en la calle y me da la impresión de que no cabemos. La gente se desespera, es seguro que llegará tarde a sus citas, en esta época hay que salir mucho antes para llegar a tiempo. El humor de los conductores llega a niveles de irracionalidad absoluta, las caras avinagradas acompañan los acordes de villancicos. En esta época es preferible caminar. Claro que hay que hacerlo con precaución. La gente tiene tanta rabia de verse presa en su automóvil por más tiempo del presupuestado que son capaces de aventarte el coche con tal de pasar primero.
Este fenómeno decembrino es como una burbuja que empieza a crecer discretamente los últimos días de noviembre y para los días de las Posadas está en su máximo esplendor. Luego revienta. Después del veinticuatro todos regresan a sus casas, las hormiguitas regresan a sus agujeros y las calles de la Capital se ven desiertas.
Nos resulta una proeza llegar a la caseta de cobro de Tlalpan. Por el retrovisor puedo ver la fila interminable de camiones, autobuses, taxis, camionetas, sedanes, coupés que se alinean rumbo al norte. La cinta asfáltica de la autopista luce vacía rumbo a Cuernavaca. Es la primera vez que regreso a Acapulco desde que Ingrid y Manuel pasaron por ahí mojando todo dejando su huella de agua por doquier.
La Autopista del Sol se ve remozada, las rayas que dividen los carriles están recién pintadas, luce el contraste entre el negro asfáltico y el blanco brillante. Los túneles recién impermeabilizados están muy iluminados, las lamparas son nuevas. Las barreras de contención viejas, oxidadas y abolladas fueron retiradas y sus reemplazos lucen un atigrado amarillo-negro de precaución muy nuevo. Todos los radares que indican el nivel de velocidad del vehículo funcionan perfectamente. Los puentes atirantados se elevan con majestuosidad, especialmente el Mezcala desde donde puedo ver que el río lleva agua, bastante agua.
¿Cómo estarán las cosas en Acapulco? Al pasar por Chilpancingo compruebo que desde la autopista parece que no pasó nada. El túnel que se llenó de lodo está en perfectas condiciones, tal vez mejor que antes. Me sorprendo del buen estado en el que se encuentra la Autopista. Ésta que conozco desde sus cimientos, que como una criatura, conocí antes de nacer, de la que supe antes de que fuera un anteproyecto, a la que he recorrido tantas veces en lo próspero y en lo adverso, a la que le dediqué tantas horas de trabajo que se transformo en flores y frutos. Ésta a la que quiero tanto. Me da gusto verla tan bien, tan bonita.
Hoy la Autopista del Sol luce como una joven lista para debutar en sociedad. La han vestido, peinado y perfumado para recibir visitas. Se ve linda. Yo, que la conozco desde adentro puedo verle los defectos y se los perdono. Ya se que es cara, ya se que el trazo fue un capricho más del gobernador de aquellos años y el resultado de la complacencia de su cuñado El Señor Presidente, se de sus deslaves y derrumbes, y de la posibilidad de que todo eso se vuelva a dar, pero, ¿qué joven no es berrinchuda?
Le perdono todo porque la quiero, porque está Autopista me dio tantas alegrías, la principal fue acercar a la Ciudad de México con Acapulco, fue hacerme más fácil brincar entre una y otra. Aproximarme. Hacerme accesible volver y volver y volver a los brazos del puerto de mis amores.
Ya vamos llegando a Acapulco, ya puedo ver los techos de las torres de hoteles y condominios que se encuentran en el Boulevard de las Naciones. ¿Qué iré a encontrar?

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