El don de la maternidad

Desde que Eva dio a luz a Caín, el don de la maternidad se relaciona con la gracia de Dios. En el día de las madres tendemos a hacer panegíricos melosísimos sobre las virtudes y sacrificios de mamá, o bien, nos vamos al otro extremo y entonces se exalta la condición seráfica y casi perfecta de la relación de una madre con sus hijos. Sin embargo, el Génesis es claro, el primer hijo, el primogénito de Adán y Eva no fue el buen Abel, el nene maravilla, sino el que tomó la quijada de burro entre sus manos. Me parece que al buen lector, pocas palabras. Ojalá nos detuvieramos más en la advertencia que esto implica. Sin tragedias lacrimosas ni exaltaciones elevadísimas, ser madre es un reto.

Para mi mamá lo fue. Recordar los días de infancia es pensar en una mujer presente, dedicada que nos condujo con mano firme y con un acervo de inteligencia extrema. La paciencia que tuvo mientras estuve en la adolescencia, la llevó al acto heroico de no lanzarme al excusado y jalarle a la palanca. Mi mamá es como un buque poderoso que avanza en aguas turbulentas y no pierde estabilidad. Siempre supo mantener la gracia y la calma en la tragedia, en la enfermedad, en lo prospero y en lo adverso. Supo tejer con elegancia un ejemplo de seguridad en sí misma exenta de arrogancia. De la primera persona que aprendí a aceptar al otro, al diferente fue de ella que lo hizo siempre de la única forma válida: dando el ejemplo. En ella, el milagro de la multiplicación de los panes se verificaba todos los días. Mi madre es bendición y fuente de inteligencia máxima que ejerció sin presunciones. Así vive la gente brillante.

El reto para mí en torno a la maternidad ha sido un camino llego de sorpresas. De buenas sorpresas. De bendiciones. “Yo no sé cómo apareciste en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada una. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os da el espíritu y la vida con misericordia. ” (2 M 7,22-23). La maternidad es uno de los mejores regalos que me han llegado del cielo, creer que yo fui la autora de la vida es una arrogancia que no me puedo permitir. ¿Por qué Dios me bendijo con un par de hijas extraordinarias? Es la pregunta cuya respuesta me tendrá siempre llena de agradecimiento.

El camino que recorremos las madres es, como dice mi mamá, más fácil al principio. Ofrecer el pecho a media madrugada y cambiar pañales es lo sencillo. La vida se complica conforme avanzamos y los acertijos son menos fáciles de resolver si tratamos de hacerlo a base de inteligencia. No hay nadie que lo logre a base de mente clara, de análisis, de pronósticos y matemáticas. Para ser mamá hay que usar el corazón, lo demas ayuda pero no resuelve. Un día Dios acogió la oración que Carlos y yo elevamos al cielo y nos bendijo. El Señor se acordó de nosotros  y concebimos un par de bebecitas que siempre he visto hermosas. Soy madre.  «Estas niñas pedía yo y el Señor me ha concedido la petición que le hice. Ahora yo se las cedo al Señor por todos los días de su vida» (1Sam 1,2) Espero que siempre nos alcance el corazón para conducirlas a buen puerto.

Mis hijas, como mi mamá, dan pasos firmes sin estridencias. 

Diafruto el don de la maternidad, con todo lo que viene con ella. Con las risas y carcajadas y con los llantos y rechinar de dientes. Debo decir que me ha tocado tartamudear, temblar, dudar, regar bilis y equivocarme. Pero, ni mil palabras que escriba o hayan sido escritas pueden expresar con fidelidad el amor de hija y de madre que tengo en el corazón. Más allá de todo, en el umbral que cruzamos todos los días, está el cariño del abrazo, la ternura de un beso y el amor que de Dios vino y a él irá.

Madres

Nos gusta hablar de esas madres perfectas que nunca se despeinan, jamás desentonan, siempre son correctas, incansables, guerreras, fuertes, impolutas, impecables. Esas imágenes se aderezan con abnegación, sufrimiento, cansancio, ojeras, canas. Pocas veces nos referimos a la maternidad como algo diferente a un escalón cercano a la santidad. Nos encantan las madres etéreas, lo malo es que son irreales.

Perdonen ustedes, pero esas estampas tan excelsas me dan flojera.

Las madres de verdad fallan, fallamos. Muchas más veces de las que nos gusta confesar, la regamos. Tomamos caminos equivocados, nos desesperamos, pegamos de gritos, contestamos de mal modo y regañamos sin motivo. Así somos porque somos de carne y hueso. Prefiero esa imagen que la concepción inmaculada de una mamá a la que poco le falta para caminar en las aguas del mar o subir a una nube para ascender al cielo.

Mejor, madres ser madres de a deveras.

Esa idea de madre perfecta nos daña, es una aspiración inalcansable que se transforma en una carga insoportable, imposible de llevar. No es una sana aspiración, ¿quién puede obligarse a lo irrealizable? Lo malo es que con ese horrible lugar común, nos echamos a cuestas una loza que transforma lo bello en terrible. No hay forma de entrar a esa carrera y llegar a la meta. Nos agotamos sin propósito.

En todo caso, es más divertido pensar en una mamá con los pantalones rotos en las rodillas, con bigotes de chocolate, con disposición de salir corriendo a toda velocidad, con los zapatos desgastados y con la risa a punto de carcajada. Es mejor saber que esa mujer sabe gritar y lo hace fuerte, que se enoja hasta el dolor de panza, que se desespera, que es capaz de ensuciarse las manos, que el arroz no siempre es perfecto, que no sabe planchar, que el peinado no siempre le queda bien, que se cansa y, a veces le da pereza levantarse. 

En fin, es mucho más rico pensar en una mamá que esta a nivel de suelo y uno una figura inmaterial. Así, una madre es cercana, se le puede abrazar, se puede jugar con ella, se vale bromear y se le puede contar de todo. Podemos contar con su complicidad y su comprensión, en vez de temer al juicio que emite desde la perfección. ¿Quién quiere soportar a una juzgona? Decimos adorar esas superioridades y, la verdad, les damos la vuelta.

Quitarnos el halo de perfección nos acerca. Dejamos de correr como chapulines asustados y, en serenidad abrazamos la maternidad   desde una persepctiva humana. Al quitarle a nuestras madres ese estigma de pureza, nos podemos acercar, entender y confiar. 

Me gustan las madres que se despeinan. Esas que saben ocupar su lugar, que no tratan de ser las que viven la vida a través de sus hijos, que tienen vida propia e independiente, que se cuidan para cuidar a los suyos, que no exigen la amistad de sus hijos,  que extienden los brazos para acurrucar y que se quedan dormidas en el abrazo porque no hay forma de mantener los ojos abiertos. Me gustan las que cuentan chistes y las que regañan. Las que saben que se les pasó la mano. Las que entienden que faltó algo. Las que se arrugan, las que envejecen, las que son tan jóvenes que parecen hermanas, las solidarias. Las que no arman tragedias. Las que se ríen de sus errores y se atreven a pedir perdón. 

Me gustan las mamás de carne y hueso, no las de porcelana.

El casillero número cuarenta y dos

El casillero número cuarenta y dos en el baño  es pequeño, de hecho, es de los más chiquitos que hay en el club. Yo quería uno más grandes, es lo que hubo, me dijo mi papá. Me lo regaló justo después de que me casé y desde entonces ahí están la esponja, el shampoo, las chanclas de hule, la secadora, el perfume y las cosas que uso cuando voy a jugar tenis o a bañarme.

De hecho, es un casillero modesto. Es padrísimo porque está en el pasillo más padre del baño, cerca del vapor, de los lavabos y, además tiene el mejor ambiente, mis vecinas son lo máximo. Tenemos muchos años de conocernos, desde antes de ser mamá. 

Ese casillero a sido una constante que marca tiempos. A ese pasillo llegué solita, con sospechas de estar esperando un bebé, con la evidencia de que estaba súper  embarazada, con una bebita en los brazos, con dos niñas de la mano. Recuerdo cuando mis hijas jugaban con la combinación del candado, mientras yo guardaba las cosas del baño y cuando entraban a hurtadillas a sacar el shampoo o la jabonera. 

Hoy en casillero cuarenta y dos fue abierto por dos señoritas que metieron y sacaron sus cosas. Mis vecinas de pasillo miraron a las chicas elevando las cejas, los ojos se les salían de las órbitas,  ¿quién se atreve a abrir el casillero de Cecy? Por fin, una de ellas se atrevió a preguntar. No podían creer que esas nenas que jugaban con el candado hubieran crecido tanto. Me reí cuando me contaron que no las reconocieron.  Luego ya no me dio tanta risa, mis hijitas ya crecieron. 

Pensé con nostalgia en el día en que su padre siga la tradición y les regale un nuevo casillero. Y luego me alejé de ahí. Prefiero volver a reír y anclarme en el presente. Sí, extraño esas manos gorditas que tenían hoyuelos en los nudillos y esas miradas traviesas con la que fincaron esa complicidad de hermanas y los dibujos y jugar a las carreritas y los tiempos en los que compartiamos el amor por la raqueta. Pero me encantan las pláticas y las confidencias y las preguntas que no tienen respuesta fácil. En un juego inverso al de la esposa de Lot, no miro al frente por el susto de convertirme en estataua de sal.

El tiempo, en términos de maternidad, es elástico. Atrás y adelante se confunden. En un santiamén dejaron de ser bebés y en un abrir y cerrar de ojos el minutero se movío a gran velocidad. Sí, ¿qué madre no es cursi el diez de mayo? Lo cierto es que antes me preguntaban la combinación para abrir el casillero y me pedían permiso para meter las cosas, hoy ya se la saben y lo usan como cosa propia.

Así está bien. Así está perfecto. Así, antes de que el segundero agarre velocidad y el tiempo vuele frente al casillero cuarenta y dos. Ahora que me fijo bien, ya no lo veo tan chiquito, es cierto aue caben pocas cosas físicas,  pero tiene una gran capacidad de almacenar las otras.

  

Ofrecer flores

Antes, el mes de mayo tenía una connotación especial, era el mes de la Virgen María. Era el mes en el que las niñas ofrecíamos flores a la Madre de Dios. A mí la que me enseñó el ritual de esta tradición fue mi Mami Lolita, la mamá de mi mamá.
Para ofrecer flores las niñas nos vestíamos de blanco y nos cubríamos la cabeza con pequeños redondeles de blonda. En mi casa, el ritual iniciaba desde el mes de abril. Mi Mami Lolita elegía la tela para el vestido, yo le pedía que fuera larguísimo. La toma de medidas, las pruebas, el ajustarle aquí, aflojarle allá y el ya quedó listo era parte integral del ritual. Los zapatos de charol, blancos, desde luego, las tobilleras con encaje, los moños tan blancos y el pelo bien peinado y todo en su lugar. Elegir el redondel, era una parte importantísima. Un circulo de encaje de sedalina, degradado de Raúl y con remate de bordados de caláis.
Cada día de mayo, al regresar de la escuela y después de comer, íbamos a la iglesia de la Consolación de María a ofrecer flores. Todas las demás dejaban sus ofrendas frente al altar principal, nosotras, mi Mamá, mi Mami Lolita y yo nos dirigíamos a un pequeño altar lateral dedicado a la Virgen del Sagrado Corazón de Jesús.
A mí me gustaba dejar las flores ahí y no en el altar principal, porque sentía a la Virgen de la Consolación muy grande y muy lejana. En cambio, la Virgen del Sagrado Corazón es una representación amorosa que abraza a su bebé y sonríe.
Llegábamos las tres con flores en las manos pero era yo la que llegaba hasta el pequeño altar a dejarle a la Virgen y a su bebé los nardos, jazmines, margaritas, rosas que yo acomodaba con tanto amor.
Luego, la oración que repetíamos día a día:
Dulce madre, no te alejes, tu vista de mi y de los míos no apartes, ven conmigo a todas partes y no permitas que nunca me aleje, nunca madre mía. Tú que me quieres tanto, haz que me bendiga El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo, Amen.
Ya nadie ofrece flores en mayo. Pero yo sigo rezando cada noche el dulce madre, ahora lo hago con mis hijas. Es un hilo conductor que va desde otras generaciones y me sirve para mantenernos unidas. Con las que están, con las que ya no están.
El vestido, los zapatos y el redondel acababan hechos jirones. Cómo no, los usaba diario. Aún recuerdo con fidelidad la emoción de ir de la mano de mi mami y de mi abuelita para visitar a la Madre de Dios. Comía bien, me portaba perfecto, no hacía berrinches y con el corazón latiendo fuerte. Hoy pienso en ellas, y el corazón vuelve a arder con la misma fuerza. Como cuando vibraba al ver a la Virgen del Sagrado Corazón de Jesús.
Este diez de mayo, día de las madres, ¿cómo no recordar esta bella tradición que me conduce a mi abuela y a mi madre?

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