Lo que quedamos a deber

Hace treinta años volvió a temblar en la Ciudad de México. El terremoto del veinte de septiembre fue de menor intensidad que el del día anterior, sin embargo, causó más estragos. Han pasado tantos años y los sobrevivientes de esos terribles acontecimientos nos hicimos la promesa de que jamás veríamos a nuestra queridísima ciudad volverse a romper así. 

Ciertamente, los reglamentos de construcción se modificaron, tomaron en cuenta medidas antisísmicas, se modernizaron los procesos constructivos y se incluyeron artefactos que movieran las construcciones al vaivén de las ondas telúricas sin dañar. Lo importante era enumbrar la vida humana y preservarla a toda costa. Se daba relevancia a lo que impidiera volver a buscar a los nuestros entre cascajos.

Pero los recuerdos son débiles y el tiempo implacable. Muchos de los que hoy habitamos la Ciudad de México no vivieron la trágedia. Las promesas se olvidan y los compromisos se postergan. Los muertos ya no tienen voz. Debieran tenerla.

A treinta años de los terremotos de 1985 hemos quedado a deber. El uso de suelo sirve más como caldo de cultivo de corrupción, las licencias de construcción se reparten y se conceden por medio de mordidas, en los espacios en los que estaba prohibido edificar se alzan edificios de muchos niveles. En la Capital de la República se derribaron casas para hacer condominios horizontales, se transformaron terrenos unifamiliares en base para rascacielos con departamentos, centros de negocios, alberca, gimnasio y pisos de estacionamiento. 

¿Por qué olvidamos tan rápido? La autoridad del Gobierno Central saca las manos y señala a los Delegados que a su vez hacen lo mismo. Yo no fui, fue tete, pégale, pégales que ella fue. Y todos salen sonrientes, brincando alegremente de una posición a otra, de un cochupo al que le sigue. En la Ciudad too está prohibido para el que no le alcanza y permitido al que llega la precio. 

Las placas de Cocos y las del Pacífico volverán a chocar, ya lo han hecho. Es verdad, estamos mejor preparados que hace treinta años, sin embargo, hemos quedado a deber. Hemos olvidado que la noche del veinte de septiembre de 1985 hicimos una promesa que no hemos cumplido a cabalidad. No todavía.

  

Acapulco del alma

Siempre es igual. Cada que me voy de Acapulco la garganta se me pone gruesa y como que me quiero quedar. El amor por el puerto se anidó en mi corazón desde muy pequeña y se consolidó hace trece años. Desde entonces, cualquier pretexto es bueno para tomar los caminos del sur y llenarme los ojos con la vista de la Bahía de Santa Lucía, para mi, la más hermosa del mundo.
A lo largo de estos años he visto Acapulco pintarse de todos los colores, desde el anaranjado del sol que nace en la mañana, hasta el rosa de las nubes algodonadas del atardecer. He visto el verde de los pericos que vuelan en parejas, escuchado el rumor de las hojas de las palmeras cocoteras que se despeinan con la brisa del mar, he sentido los granos de arena en las plantas de los pies y me he hecho parte del regocijo de la tradición del jueves pozolero. También he sentido la preocupación por el yugo que la delincuencia la ha impuesto al puerto. Me ha tocado vivir temblores, unos fuertes y otros no tanto.
He tenido la suerte de compartir mi amor por este hermoso lugar con mi familia y mis amigos. Muchos de los recuerdos más entrañables de mi vida se han forjado en Acapulco. Aquí el Sácale le enseñó a mis hijas a esquiar, Santiago nos guarda la mejor palapa, Juan Daniel comparte con nosotros los secretos del tenis y Reyna me da clases de lo que es la lealtad a prueba de balas. Amor con amor se paga y mi Acapulco del alma corresponde a mi enamoramiento con los mejores atardeceres y los más bellos despertares. Estoy segura de que un pedazo de cielo se escurrió de los dedos de Dios y cayó en el estado de Guerrero. El que lo dude, venga a comprobar que mis palabras están llenas de verdad.
Jamás, jamás había visto al Acapulco color barro como el que vi en estos días. Dicen que en los tiempos del Paulina la situación era similar. En realidad, es difícil de precisar, pero parece que Manuel fue más malo. Aun así, el puerto sigue bello. Es verdad, habla una mujer enamorada.
Es preciso volver y, como siempre sucede, no me quiero ir. Especialmente hoy. Quisiera quedarme en el Acapulco de mi alma. Ese que siento tan mío y al que quiero ver otra vez brillar con el fulgor del que John y Jackie se enamoraron, que atrapó a Johnnie Westmuller, que vio caminar a Mauricio Garcés, a Pelayo y a TinTan; al puerto en el que mis padres vinieron a pasar su luna de miel. Al lugar que, a pesar de todo lo que vi, me deja un suave dulzor en la boca.
En la camioneta, Carlos sube perro, perico, gato, hijas y abordo mi versión moderna del Arca de Noé. Igual que en el Génesis ya vivimos nuestro diluvio, también ya sellamos la alianza con el Arco Iris que iba desde Icacos y se perdía más allá de Pie de la Cuesta.
No me he ido y ya se me hace tarde por regresar. Encontraré pretextos para volver a recorrer los caminos del sur y llegar al paraíso terrenal.

20130921-060733.jpg

El día siguiente

Todos hablan de la devastación que sufrió la Ciudad de México por el terremoto de las siete de la mañana con diecinueve minutos has casi treinta años. Pocos hablan de lo que sucedió un día después. El veinte de septiembre de 1985 yo estaba en la Ciudad de México. Los teléfonos celulares no existían, la telefonía fija no servía, no había suministro de energía eléctrica, la señal de Internet no era algo conocido entre la gente. Salir a caminar por la colonia Álamos, donde yo vivía con mis padres era más que suficiente para dar cuenta del desastre más grande de la historia de la capital de la República Mexicana. Parecía que un tropel de dinosaurios pisaron los edificios y las calles. La Secretaria de Comunicaciones y Transportes quedó como acordeón y en el Eje Central el pavimento estaba fisurado y con hoyos por los que se veía el drenaje. Del olor mejor no hablamos.
Era tarde y estaba oscuro cuando escuchamos un rumor, enseguida la tierra comenzó a trepidar de nuevo. Los segundos se estiraban como ligas, eran eternos, el suelo se agitó por una eternidad y no tenía intenciones de parar. Todos en mi casa corrimos a la calle hasta que la tierra se pudo en calma. Ahí nos quedamos por horas. Nadie quería entrar a las casas. Mis padres, mi abuela, mis hermanos y yo nos sentamos en el quicio de la banqueta, junto a nuestros vecinos y ahí nos quedamos por horas sin atrevernos a regresar al interior de la casa. Por fin, mi papá se impuso y nos obligó a entrar. No pude dormir. En la madrugada me salí a ayudar. Repartíamos comida a la gente que estaba quitando escombros tratando de encontrar sobrevivientes.
En general, siempre se habla y se recuerda el 19 de septiembre de 1985. Pocos hablan del terremoto del día siguiente. Si mi colonia estaba destruida, el 20 de septiembre la tragedia escaló la proporción. A pesar de que el temblor del día siguiente fue de menor intensidad según Richter y Mercalli, en la escala de la angustia la devastación fue sensiblemente mayor.
Hoy, veinte de septiembre estoy en Acapulco. Después del terremoto del 19 de septiembre y del del día siguiente, esta tragedia es la peor afectación por un desastre natural que ha sufrido México. En 1985, la cuenta de personas muertas no reflejó la realidad. Las cifras oficiales fueron un muy mal referente. Sospecho que una vez más sucederá lo mismo.
Ayer caminé por la calle de Rompeolas. La gente corría a sus trabajos, esperanzados de encontrar su fuente de empleo. Mozos, albañiles, guardias, cocineras, taxistas, trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, repartidores de gas, le daban vida al despertar de la mañana. Saludaban con esa expresión de tristeza y de triunfo que tienen los sobrevivientes. Al preguntar por la situación de sus casas y familias escuché historias de terror. Lo que más me impresionó fue escuchar la cantidad de niños desaparecidos. Podrían ser más de cincuenta. Las cifras oficiales dicen que hay noventa y nueve muertos. Imposible, son muchos más, eso sólo aquí en el puerto, falta saber lo que sucede en las comunidades aledañas y en todo el Estado. Noventa y nueve es un número muy menor y se ajusta poco a la realidad de las calles.
Me ha tocado vivir dos de los desastres más grandes que han devastado al país. En este tipo de tragedias descubrimos de que están hechas las personas. Unos huyen, otros aprovechan la oportunidad y se dan a la rapiña, la mayoría ayudan. Así sucedió en la Ciudad de México en 1985, así sucede hoy en Acapulco.
Siempre sucede al día siguiente de la tragedia, se hace el recuento de los daños, el inventario de las experiencias y se ve con claridad. Se descorre el telón. Es el día de devolver los restos de los que no sobrevivieron al seno de la tierra. En el escenario aparece la tragedia, sí, sin duda. Pero también se ve la solidaridad y la dimensión de las personas. Hoy camino de la mano de mi hija por la calle de Rompeolas, los que llegaron a trabajar ya iniciaron su reconstrucción, otros siguen recogiendo sus pedazos tratando de armárselo nuevamente. Nosotras al mirar al cielo descubrimos un Arco Iris.

20130920-105710.jpg

a href=’http://cloud.feedly.com/#subscriptionfeedhttpwww.ceciliaduran.wordpress.com’ target=’blanco blank’>

Archivos

A %d blogueros les gusta esto: