No se vale

A cinco meses de haber iniciado el gobierno de la 4t, el Presidente López Obrador empieza a sentir los embates de la realidad. En Minatitlán ya no hubo Jetta Blanco, las solicitudes para tomarse selfies escaseó y las porras se cambiaron por gritos de No se vale.

Es verdad, los dichos son evangelios pequeños y no es lo mismo ver lo toros en el ruedo que desde la barrera. Las ovaciones, incluso aquellas que sospechamos que venían de acarreados, se van silenciando y los reclamos empiezan a escucharse, No se vale le gritan al paso.

¿Qué le reclaman al presidente? El clamor popular, el de alguna parte del pueblo bueno se puede resumir en el grito de un veracruzano que lo interpeló en Minatitlán: No se vale que yo te he apoyado durante 19 años y ahora que eres presidente me dejas sin trabajo.

La desilusión es grande ya que el nivel de empleo, según las cifras del IMSS, va con una tendencia hacía abajo. Ahí no se le puede echar la culpa al regadero de sexenios pasados ya que los niveles de empleo eran crecientes. Mediocres, según lo calificó López Obrador en campaña, pero crecientes al fin y al cabo.

Preocupa que la Secretaria del Trabajo, Luisa María Alcalde, no se pronuncie con preocupación y de plano no le crea a las cifras del IMSS. Muchos de los que votaron por Morena en las elecciones de julio están desencantados. No hay una peor condena que perder el trabaja y no tener posibilidad de volverte a emplear porque no se están dando las condiciones para generar empleo.

No es menor el reclamo. No se vale es una seña de desilusión, pero también de un reclamo legítimo. Necesitamos reactivar el empleo y echar a andar la economía con propuestas responsables y no con ocurrencias o promesas de saliva. Lo que de verdad no se vale es tener la mirada en el pasado para culpar a todo el mundo de lo que no se hizo, no se vale no tomar la responsabilidad por la que tanto lucharon y en la que muchos creyeron.

Mal praxis financiera

Antonio Muñoz Molina nos advierte de la dificultad de escribir del presente. Es verdad, la inmediatez de los sucesos nos impide tener la visión sosegada que regala el tiempo. Tal vez diez, quizás quince, en ocasiones veinte años serán apenas suficientes para ganar perspectiva.
Hace veinte años México vivió el regodeo de sentir que casi, casi, alcanzábamos el primer mundo. Nos hicimos socios comerciales de la economía mas poderosa del mundo y lo mexicano estaba de moda. En 1994, un error de diciembre nos regresó brutalmente a un lugar en el que no queríamos estar. El drama del desahucio. Inflación, crecimiento de las tasas de interés, devaluación del tipo de cambio, deudas impagables que superaban el valor de mercado de lo adquirido. Preferible el embargo que liquidar los prestamos que gracias a la tasa variable se habían quintuplicado.
En ese territorio de la desposesión concurrieron lo mismo los que pidieron un crédito para comprar muebles, auto, casa… Que los que se los facilitaron. Pero ¿quién en aquellos años no cayó en la tentación de querer vivir mejor? ¿Qué persona fue la que se resistió a aceptar una tarjeta de crédito adicional si era tan fácil conseguirlas? Supe de gente que tenía una hipoteca, muebles de pagos en abonos, auto pagadero en 18 meses y hasta diez tarjetas de crédito. Vacaciones, ropa, restaurantes, fiestas…Ni con siete vidas lograrían pagar sus deudas.
Evidentemente la burbuja se reventó. La fantasía terminó y los créditos se hicieron exigibles a tasas imposibles. Hubo quienes intentaron pagar, simplemente no lo lograron. Otros huyeron, algunos devolvieron lo que ya no se pudo pagar, otros, de plano, esperaron a que les fueran a cobrar. Llanto y rechinar de dientes.
En síntesis mal praxis financiera.
En estas malas practicas hubo dos partes involucradas: quienes ofrecieron y quienes aceptaron. Unos los que ofrecieron sueños de progreso y mejoría otros los que aceptaron echarse a las espaldas una carga imposible de soportar. Ligereza en ambos extremos. Se otorgaron facilidades sin llevar a cabo investigaciones, sin verificar si las personas eran sujetos de crédito o no. Al final el dinero publico sustraído a los ciudadanos se destinó a enmendar los estropicios de la irresponsabilidad.
Mi abuela, una mujer de otra época, me aconsejó, nunca gastes más de lo que ganas; en vez de eso procura ahorrar. Ten siempre un guardadito para hacerle frente a las emergencias. Prudencia. En esos días faltó prudencia. Para dar y para recibir. Para administrar. Para reaccionar. La catástrofe estaba a la vista, muchos, a pesar de que lo sabían, prefirieron volver la mirada a otro lado.
Antonio Muñoz Molina tiene razón, hay que dejar que el tiempo pase para hablar de las cosas. Desde México veo a España, la cifra de desempleo avanza implacable, serán seis millones los que no tengan trabajo en invierno. Se han incrementado un 25% los lanzamientos, las expulsiones de la gente de sus casas o de sus lugares de trabajo. Los despojos, legales y criminales al mismo tiempo.
La solución en aquellos años se encontró negociando. Pactando, cada parte debía ceder, cada extremo hizo esfuerzos para encontrarse en el medio. Hubo abusos de ambas partes, cada quien tuvo que hacerse responsable de su parte.
Los dadores de crédito que insistieron en el despojo se quedaron con estacionamientos atestados de autos que pronto se convirtieron en chatarra, con edificios a los que no se les pudo dar mantenimiento y se volvieron ruinas; los que no negociaron perdieron sus posesiones, sus empleos, su estabilidad.
Quiebras y gente a la intemperie no resultan un buen panorama.
Escribir de lo que está sucediendo en España es complicado porque la inmediatez de los hechos nos niegan el ángulo para hacerlo con serenidad. Por eso, mejor escribo de lo que sucedió en México hace casi veinte años. Una burbuja se reventó por una sencilla razón: mal praxis financiera. Faltó prudencia, diría mi abuela.

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