El día que Denise Dresser se fue de bruces

Leo Zuckerman tiene un programa de debate que se llama La hora de opinar. Tiene invitados con los que busca armar un programa que busca nutrirse de diferentes puntos de vista. A veces, como suele suceder en este tipo de formatos, los invitados se exasperan, se arrebatan la palabra, discuten al mismo tiempo y el espectador pierde porque no entiende nada.

Es un buen programa y Zuckerman a tenido el buen tino de incluir a voces jóvenes para darles la oportunidad de ponerlos a cuadro. El jueguito es algo perverso, debo decirlo, porque pone a debatir a viejos buitres con avechuchos que acaban de romper el cascarón. Ser viejo no debiera ser un defecto, pero lo es o así se percibe, más en este mundo en el que los millennials se sienten los verdaderos forever young y peor si quien es viejo es una mujer, ni modo así son las cosas; ser joven tampoco es una virtud en sí misma, sin embargo, serlo tampoco es sinónimo de ser estúpido o ignorante. Insisto en que el juego es perverso y adquiere peores tintes cuando los participantes ponen en la mesa sus kilos de arrogancia.

Para muestra un botón. Ya tenemos tiempo viendo a Denise Dresser compartir mesa de debate con Gibrán Ramírez. Las diferencias entre ambos son evidentes a primera vista. No obstante, si algo los hermana es que la humildad no es una virtud que tengan a flor de piel. La cosa se recrudece cuando el joven Ramírez presume la felicidad de haber apoyado la cuarta transformación y se asume como parte del triunfo frente a las experimentadas razones de los otros experimentadísimos expertos que comparten esta mesa de debate, entre los cuales se encuentra Denise Dresser.

Entiendo la desesperación de Denise Dresser al observar a Ramírez, al que seguramente ve como a alguno de sus alumnos, al que seguro juzga que le falta experiencia, lectura, tamaño, conocimiento, vocabulario y mucho más para sentarse con ella a debatir. En síntesis, hace evidente que no ve a su compañero de mesa a la altura para polemizar con ella.

Debo decir que ninguno de los dos resulta simpático, pues los dos se perchan en el columpio de la arrogancia.

Está claro que cuando alguien no tiene argumentos, da golpes bajos. Está claro, también que dar golpes bajos habla de una cortedad de miras pues evidencias que estas fuera del terreno de juego. Denise Dresser se evidenció en la peor forma. Planeó un golpe bajo, llevó un libro para regalarle a Ramírez —lo que pudo ser un gesto hermoso— pero lo hizo con un dejo de desprecio, como si se lo estuviera dando a un caracol que oliera a humedad. Gibrán Ramírez no se lo aceptó y brincó ofendido. Leo Zuckerman tuvo que entrar al quite para distender la mesa de debate. Elogió el libro que se quedó solo en la mesa. Denise sonreía divertida.

Si Gibrán hubiera tenido un poco más largos los colmillos, hubiera aprovechado la oportunidad para evidenciar la pobreza de la Doctora Dresser. Pero, se enojó. La tenía colocada para hacerla polvo por lo pobre de su argumento. Parece que no hizo falta, el tropiezo lo notamos todos. Ahora, Denise Dresser, por su propia boca, se proclama vieja y poco experimentada. Escupió al cielo y sintió como se le ensució la cara con su propio veneno.

Por supuesto, las redes son implacables. La denominan la esposa de Chabelo. La inmortal Denise Dresser, la única que pueden opinar ya que ella estuvo ahí. Pobre, ya hasta siento un poco de ternura por ella. La imagino sentada en una mecedora, acariciando el libro que le despreciaron, confundida sin saber cómo le hizo para caer tan bajo. De los peores tropezones que una mujer puede dar es de aquellos en los que se dejan ver las costuras. El otro día, con Zuckerman, nos enseñó las puntadas y nos dejó ver demás. Nos mostró de qué está hecha.

¿Quién perdió en el debate?

Después de un debate, las casas de campaña le levantan el brazo a sus candidatos y los proclaman ganadores. Pues sí, faltaba más. Las percepciones del respetable no siempre coinciden con lo que ven los que se proclaman vencedores. Ni modo, hay ganadores y perdedores. Lo triste es que la convergencia entre las propuestas y y las percepciones no luce.

No se si este segundo debate tuvo más complicaciones que el primero, si el tema no resultó tan interesante, si el temblor, tuvo que ver, si el formato fue confuso, si el escenario fue menos lucidor o si no se supo aprovechar la presencia del público, pero, mas qué entusiasmo, generó bostezos.

Yuriria Sierra y León Krauze se confundieron. Creyeron que moderar un debate era interrumpir, enfrentar, callar. El resultado fue que no le permitieron a ninguno de los candidatos desarrollar sus ideas. Claro que de ver a este par de incontenibles qué buscaron acorralar candidatos y convertirse en héroes nacionales,muchos prefirieron ir a contectarse a Netflix a ver la serie de Luis Miguel.

Lo evidente Andrés Manuel lució avejentado y pasado de moda, impreciso y divagante. Su mejor momento fueron los chistes ofensivos. Anaya ágil y contestatario. Me gustó mucho mas la participación de Meade que lució experiencia y tolerancia, fue prudente y preciso. La crítica que le hizo sobre Nestora fue sencillamente elegante y contundente, para pelear no se necesita ser corriente, para debatir se necesitan hechos y propuestas.

Entre los candidatos no hubo novedades fuera de las ocurrencias de Anaya y López Obrador. Si. Duda, Sierra y Krauze pierden el debate en forma contundente. Lástima, no entendieron su papel.

El escándalo que causó El Bronco

Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, es un hombre del norte de México, donde se habla golpeado, se privilegia la franqueza, se evita andar por las ramas y a la gente le gusta trabajar. Esta forma de ser para algunos puede ser muy ruda y hasta agresiva pero es una fórmula de éxito que por años le trajo prosperidad a la región. La gente de Monterrey se enfoca, se plantea objetivos y va por ellos. El candidato independiente tiene estos patrones de personalidad. Así es él, puede o no gustar, así es él. No hay sorpresas.

En el debate del domingo pasado, El Bronco fue lo que siempre ha sido. No se puso máscaras ni edulcorantes, no fingió ser lo que no es ni usó lenguajes afectados ni poses aprendidas ni siguió el guión de ningún asesor. Se pintó de cuerpo entero. El hombre llevaba una consigna clara y cumplió a cabalidad su cometido. El que tenga oídos que oiga.

Por eso, me hace una gracia enorme ver el escándalo que causaron sus ocurrencias. Hacer de las aulas de México un cuartel y convertir a nuestro país en un Estado Bárbaro es un chiste que tuvo efecto de amplio espectro. El objetivo era conectar con la gente y lo logró; era servir de ayuda a otro candidato y ayudó; era que la gente hablara de él y lo!estamos haciendo. Visto así, el escándalo de El Bronco es todo un éxito estratégico.

Claro, la risa se nos empieza a quitar cuando nos damos cuenta del porqué la gente conectó con semejante idea. El enojo de una sociedad que todo lo disimula con guasas nos permite adivinar el nivel de rabia que hay entre la gente. La ilusión que brota de imaginar a los rateros mancos da miedo. No sé qué opinará Bejarano, Ahumada, Duarte, Duarte de Ochoa, Padrés, Salinas, Bribiesca, Lozoya y pónganle los nombres que quieran a esta lista que puede ser interminable. Rastreen desde el Tlatoani hasta al raterillo de tres pesos y verán la dimensión del miedo. Los que se quedan con lo que no es suyo, los que plagian, los que engañan, los que simulan, los que se aprovechan, los que copian, los que planean el mal, los que pudiendo evitarlo lo permiten, tantas razones que pueden llevar a alguien a que le mochen la mano y cuántos mexicanos con el cerebro en el estómago podrían decir ¡que se las mochen!

No sé si fue un exabrupto, una ocurrencia o un movimiento calculado, pero a El Bronco le salió bien la movida. Me parece que candidatos y ciudadanos tenemos que ver porqué semejante babosada nos tiene dándole tanta importancia.

¿Qué encontramos en el debate de los candidatos a la gubernatura del Estado de México?

Ayer se sentaron a debatir frente a las cámaras los candidatos a la gubernatura del Estado de México por primera vez. Ya sabemos, porque nos lo repiten sin cesar, que la importancia de estas elecciones radica en la concepción de que lo que suceda representa una prueba para las elecciones presidenciales. Así que, se hace un experimento de laboratorio y eso nos dicen. La verdad es que los mexiquenses podrán preguntarse por qué los usan de puerquito de guinea en vez de verlos con la seriedad que representa ser uno de los estados mas poblados del país.

Más allá de las acusaciones, reclamos y pleitos que le dan sabor al chisme, me preocupa ver lo que encontramos. El hilo conductor del debate fue la exposición de motivos de cada candidato que siguió un script y no se apartó de él. Leyeron lo que llevaban apuntado y al más puro estilo del voy derecho no me quito, básicamente se ignoraron entre ellos y ni aclararon las descalificaciones y desde luego no sustentaron sus propuestas.

En el lalaland de cada uno de los candidatos no habrá corrupción, se desaparecerán por decreto los feminicidios, el progreso entrará a tambor batiente y todos vivirán felices para siempre. Desde luego, todos les creímos a pie juntillas cada cosa de lo que nos dijeron. Seguridad y justicia, corrupción y desarrollo social fueron los ejes temáticos del debate. Y, además de las ilusiones de cada uno de los candidatos, que por supuesto, todos quisieramos que fueran realidad, no hubo contundencia.

El debate nos mostró candidatos acartonadísimos, muy apretaditos, ceñidos a la camisa de fuerza de sus anotaciones, parecía que olían vinagre y se les notó tan sueltos como un bebé que da sus primeros pasos. Muchos lugares comunes y reproches poco originales, que lo mismo se podrían haber escuchado en Francia, en Argentina o en Parral. Fueron más acusaciones que debate. No hubo un acto de comunicación y exposición de ideas diferentes sobre un mismo tema entre los candidatos, por lo que no pudimos decidir quién será más capaz para gobernar en la medida que los argumentos expuestos. Todos fallaron en cantidad y en solidez de sus motivos. Fracasó la finalidad directa y expuesta a conocer las posturas, bases y argumentos funcionales, de las distintas partes de una discusión. No se  cumplió un rol de enriquecimiento de quienes participaron en el debate, y se perdió la oportunidad para convencer.  

Las mujeres dieron pena. Teresa Castell, candidata independiente, habló y habló pero nadie la escuchó, resultó transparente a sus correligionarios. Dijo ser la voz ciudadana, pero eso de escuchar, no se le dio. Se ciñó a lo que traía en las tarjetas, leyó y ya. Pero, Josefina Vazquez Mota y Delfina Gómez fueron peores. Josefina acusó y acusó; invitó a visitar un sitio sobre los cheques de Delfina y mostró a cuadro una dirección inexistente. Así se derrumba una credibilidad de por sí endeble. Delfina oyó las acusaciones sobre descuentos a la nómina de trabajadores en Texcoco y no hizo comentario alguno, sencillamente ignoró. ¿Así irá a ignorar a los electores?

Los hombres tampoco brillaron, Alfredo del Mazo fue el más atacado y lució muy frágil. Quiso borrar sus orígenes y nexos familiares, quiso anular los gastos exagerados que hizo mientras fue director de Banobras y mostró fotos que realmente lo hicieron ver como una comadre en lavaderos más que como un candidato a gobernador. El candidato de Morena se hizo bolas con los números, Juan Zepeda del PRD no supo explicar por qué durante su gestión los robos a casa-habitación crecieron a 316%, y el candidato del Partido del Trabajo iba en el asiento trasero.

¿Qué encontramos? Personas que no saben manejar las cifras que llevaron de soporte, gente que no estudió los datos que usaría para debatir, candidatos que muestran soportes falsos para acusar, buenos deseos sin planes, mucho botox, mucho maquillaje, mucha cirugía estética, sonrisas frías y una tibieza que nos hace temblar.

De espejismos y debates

La señora Clinton salió a escena con un impecable traje blanco. El señor Trump vistió de azul marino. Ella sonriente, el un poco serio, ambos le recetaron a sus votantes más de lo mismo y el mundo pudo atisbar aquello en lo que se ha convertido la sociedad estadounidense. Sin grandes novedades, el debate de las Vegas encendió en varios expertos extranjeros una ilusión absurda. ¿Por quién votarías tú?, se preguntaban en los programas postdebate los analistas con caras de sabelotodos. Unos respondían con palabras complicadas y lenguajes afectados sus razones de preferencia por uno y otro candidato, como si sus preferencias fueran de interés y sobretodo, como si ellos fueran electores reales. Aunque los opinadores no eran estadounidenses, ya soñaban con el apoyo que le darían a la candidata demócrata si tuvieran la posibilidad de sufragar. Los efectos de Trump son inéditos.

Tan emocionados lucían, que hasta se les trababa la lengua y se les hacía agua la boca. Se les notaba el encandilamiento que les obnubilaba la vista y en un efecto sumamente sospechoso vitoreaban a Hillary y abucheaban a Trump con gran felicidad.  Nada nuevo bajo el sol, sin embargo, algo me despertó un recelo curioso. Imaginé que todos estabamos asistiendo a una puesta en escena en la que ya todo estaba acordado y cada quien representaba su papel con exactitud. Del nasty woman,  a la declaración de que el candidato republicano reconocerá la legitimidad de las elecciones, sólo si él gana, no hay nada novedoso. Lo que sí llama la atención es como la señora Clinton sale impoluta ante acusaciones reales y graves.

En la estridencia del señor Trump, nadie escucha —ni pide explicaciones plausibles— sobre la Fundación Clinton. Como entre un espejismo, la candidata demócrata sonrié y nada de muertito. Guarda silencio y aguarda con paciencia la oportunidad de que su adversario se tropiece con la lengua y, claro, no tiene que esperar mucho. Donlad sale con su ganzada y ella suspira aliviada. Nadie se detiene a pensar ¿qué explicación se debe dar sobre los donativos que un expresidente va recolectando y las cantidades que recibe una candidata por ir a dar conferencias ? 

Me pregunto si la señora Clinton al lado de otro candidato presidencial, luciría tan efectiva. Es frente a un impresentable como Trump que ella se agiganta. Sin embargo, una mujer que guardó secretos de estado en una cuenta de correo personal, un personaje al que el FBI no toca mientras hay militares que estan enfrentando procesos por esots temas, una historia de complejas complicidades, en las que ella fue protagonista de lo que hoy crítica, no resulta tan maravillosa. Pero,  muchos le compran sus espejismos y se encandilan. Eso, convoca mi sospecha.

Es verdad, de las dos opciones, Hillary Clinton es la menos mala. Frente a Trump hasta Incitatus, el caballo de Calígula, emperador romano sería mejor. Eso no significa que ella sea buena. Significa que, como alternativa, es lo que mejor vale. Aunque, honestamente, no hay mucho para emocionar. Los demás habitantes del mundo estamos invitados a atisbar lo que va sucediendo ahí adentro y contemplar en lo que se convirtió la sociedad estadounidense. De lejitos, no nos tenemos que confundir.

Debates que no son nuestros y nos afectan

Ayer por la noche, al terminar de ver el debate entre Hillary Clinton y Donald Trump sentí un gran vacío. Las pifias del candidato republicano ya ni sorprenden ni causan escándalo, lo que sorprendió fue la tibieza con la que la candidata demócrata la trató. Tuvo la oportunidad de noquearlo y la despedició. Todo eso es verdad y lo sentí tan ajeno. Mis conclusiones sirven de poco, lo mismo que las de cualquier extranjero que los mire pelear, hablando de temas vulgares en forma tan descarada. No sirve de nada, esos debates no son nuestros; pero nos afectan.

En una costumbre muy estadounidense, la ropa sucia se expone al público. Los temas de sábanas se exhiben y revelan a un misógino que habla imbecilidad y media con otro estúpido del mismo calibre y el asunto se eleva al nivel de debate presidencial. La infidelidad marital y la perseverancia de una esposa que permanece al lado de su marido por razones tan íntimas que nada más a ellas conciernen están en boca de los candidatos a dirigir el destino de una de las naciones más poderosas del mundo. ¿Por qué es interesante eso?

Nos quieren chantajear con la imagen de un niño lleno de polvo, sobreviviente de un bombardeo en Aleppo, como si los participantes no tuvieran nada que ver. Hablan de discriminación por cuestiones de credo, pero lo que está en la mente es la platica de casillero y la ropa interior de un expresidente. Ella nadó de muertito y él se perdió en la ambigüedad que le fascina. A decir verdad, todos sabemos que los políticos estiran la realidad para llevar agua a su molino. También sabemos que en un debate no se solucionan los problemas, nada más nos enteramos de los estilos de cada quien.

A lo lejos, vemos dos personajes: uno se diluye como pastilla efervescente —o eso esperamos— y la otra se va consolidando —o eso queremos—. Nada podemos hacer más que contemplar a dos que como pájaros de pelea, se despluman y se exhiben dejando ver las costuras de su intimidad. Más cerca que nosotros, pero también a la distancia, Bill Clinton y la señora Trump observan a sus cónyuges. ¿Qué pensarán? Los hijos de Trump y Chelsea Clinton también están ahí escuchando las faltas más personales de sus padres. ¿Qué sentirán?

Y, en la tribuna, nosotros viendo debates ajenos que tarde o temprano nos van a afectar.

El vestido rojo de Hillary

Ayer, se llevó a cabo el primer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump. Ambos subieron al estrado como buenos competidores, se dieron la mano en forma civilizada y desde su trinchera cada quien, independientemente de los golpes mediáticos y discursivos, lució lo que en realidad es. Si el debate no hubiera sido en Estados Unidos, Clinton debería estar muy tranquila pues fue muy superior a su adversario.

Hillary llegó brillante, con un hermoso traje rojo, que la hizo lucir bonita, por primera vez en su vida de imagen pública. Se le veía feliz, sonriente y en control. Hablaba fluídamente de cifras, datos, información. Entanto Trump se exhibía como un ganso que camina con torpeza en territorios que no le son conocidos. Donald se veía cansado, trastabillante y confundido pero, al ser un hombre de medios, supo sacar raja a su favor. 

Si Hillary atacaba, él usaba sus palabras para mostrar concordancia y a partir de ello la atacaba. Fue cínico, seductor a su manera, moderado en su estridencia pero no dejó de ser Trump. Eso debería jugar a favor de la candidata democrata pues los hechos y las cifras están de su lado, por lo que si el debate no hubiera sido en Estados Unidos, ella estaría sintiéndose más cerca de la Casa Blanca.

Un acierto que mostró el debate fue tener una pantalla en la que los candidatos siempre estuvieron a cuadro. Los que quisimos, pudimos ver las caras de ambos en todo momento: sus gestos, sus manoteos, sus sonrisas y todo lo que nos dijeron sin palabras y expresaron con el cuerpo. Ella con el reflejo del vestido rojo  y una sonrisa amplia lució radiante mientras él con un traje azul marino se veía cenizo y apagado.

Digo que si el debate hubiera sido en otro lada, la candidata debería sentirse muy segura, pero Estados Unidos es una sociedad de consumo. El impulso rige las decisiones de la mayoría de sus habitantes, el filtro del análisis se usa realmente poco y les gusta más la imagen, los gritos, las bravatas, no hay otra forma de explicar el fenómeno de un candidato republicano tan impresentable. Por eso, Hillary debe estar preocupada, porque Trump sigue siendo una estrella de medios y aunque eso no lo transforma en estadista, si puede generarle votos.

Ayer, Hillary lució mejor. Pero, ¿cuántos norteamericanos la habrán escuchado como debe de ser? Espero que si no atendieron sus palabras, sí se hayan dado cuenta de que la mujer del vestido rojo dio una mejor imagen que el hombre del traje azul.

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