Teresa de Francia

¿Cuántas veces más lo tengo que repetir? Mi hermano está muerto. No tengo dudas al respecto. Nunca lo volví a ver, pero escuché sus lamentos todos los días durante un año. Les supliqué, les pedí mil veces que me dejaran consolarlo. No me escucharon. Soy la criatura más infeliz del mundo. Poco a poco sus gritos se transformaron en suspiros. ¡Qué fortuna ser una Borbón, nieta de la emperatriz Teresa de Austria a quien le debo mi nombre! ¡Qué suerte ser la hija de María Antonieta y Luis XVI y la hermana mayor del delfín de Francia! Fui tan anhelada, llegué después de siete años de matrimonio cuando todos los monárquicos del país murmuraban preocupados, preguntándose por la fertilidad de la joven pareja. No exagero al decir que mi pequeño hermano y yo fuimos recibidos con entusiasmo. Había grandes planes para nuestro futuro. Nuestra infancia correspondió a nuestra dignidad de herederos del trono francés: lujo y consentimiento.
Padre, mírame desde el cielo ¿Por qué la vida se volvió tan cruel? De Versalles a la celda de Temple. Nos separaba una pared de piedra, húmeda, delgada e intraspasable. Sus quejidos, me dijeron, eran por las pústulas. Se llenó de ellas. Te dolían y las sentía en mi propia carne. Luego el silencio. ¿Por qué ya no gritas? ¡Guardias! ¡Guardias! ¿Qué pasa que ya no grita? Ya no escucho su voz. Su majestad, el Delfín ha muerto. Lo sabía. Escrófula y sarna consumieron tu cuerpo desnutrido. ¿Qué fue de él? Descansa en el cementerio de Santa Margarita. Sin lápida, para que nadie sepa que estás ahí. Sin lápida, sin honores, así quedó el último delfín de Francia. Una piedra sin nombre coronó tu tumba para protegerte de los enemigos. ¿Qué más podrían haberte hecho?
Murió Robespierre. Paris huele a muerto. Fui la única sobreviviente, que suerte tuve. No pude enterrar a ninguno de los míos pero salí de la Torre de Temple, que buena fortuna. Viena, Lituania y de regreso a París. Huir y volver, esa fue mi vida. Exilio y restauración de la monarquía. En eso se transformaron los grandes planes de mi futuro. Mi tío, Luis XVIII, me necesitaba cerca, gracias a eso regresé a París. A su muerte, Carlos X lo sucedió en el trono. Me convertí en Madame la Dauphine, es decir, yo era la primera en la línea de sucesión del rey. Pero el Duque de Orleans, mi primo, me traicionó y el movimiento antimonárquico creció, se salió de control, de nuevo a Viena, otra vez el exilio.
Mi vida en Frohsdorf, a las afueras de Viena, ha sido buena, paseo en los jardines de la mansión, leo, me entretengo cosiendo, y rezo. Sobretodo eso. Rezo mucho para no llorar. Vivo con mis sobrinos, los duques de Berry, Luisa y Enrique de Borbón, a quienes cuido. Todos somos legítimos herederos al trono francés. El movimiento monárquico en Francia se niega a morir. ¿Podré volver a verte, París? No lo creo. No al precio que me quieren hacer pagar. Pretenden que yo legitime una mentira. Quieren que diga que sigues vivo. Que te reconozca en el usurpador. ¡Jamás! Me presionan, me visitan. Intentan convencerme. No lo haré.
¿Por qué me mortifican? Señora, se lo suplico, recíbalo, tiene usted que identificarlo, es su hermano. ¿Otro? Ay, no ¿una vez más el relojero? Naundorff es un impostor. El de mayor persistencia. Es un ruso, burdo y maleducado del que los monárquicos se han valido para llevar a cabo sus planes, de él y de tantos otros. Entiéndanlo ya, Luis XVII murió. Mi hermano está muerto. No me dejaron ver tu cuerpo, ni falta hizo. Estas muerto. Lo sé. Tu corazón hecho piedra en la Catedral de Saint Denis no les dice nada, y para mí el silencio fue suficiente evidencia.

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