¿Para qué sirven los delegados en el D.F.?

Veo las imagenes de edificios saqueados como si una marabunta de cuatreros hubiera entrado por la puerta trasera y se hubiera llevado todo sin que nadie se hubiera dado cuenta. Me entero de las cifras que importan obras que nunca se hicieron, que se empezaron y jamás llegaron a acabarse, de las que cobraron muchas veces su valor real, de las que recién terminadas ya estaba deterioradas. Oigo las declaraciones de los delegados que están entrando en funciones y la sangre se me sube a la cabeza.

No. En realidad, no hay sorpresas. La imagen de muchos de los delegados salientes estaba por debajo de los suelos incluso antes de entrar en funciones. Lo que sí llama la atención es que a pesar de saberlo, fueron votados. No conformes, conociendo sus malos manejos, su pésimo prestigio y el historial de deshonestidades que les antecedían, fueron votados nuevamente. Adquirieron un fuero que los permite ver, muertos de risa, como pueden seguir robando, extorsionando y haciendo el mal sin que les pase nada.

¿Para qué sirven los delegados en la Ciudad de México? Para hacer un patrimonio de forma ilegal, para malversar fondos, para forjar virreinatos más poderosos que los vistos en la Nueva España, para heredar linajes de generación en generación y para gozar de canonjías que les otorgan situaciones de privilegio que cualquier noble europeo envidiaría. Pero eso de administrar a favor de la ciudadanía y de cumplir promesas de campaña, francamente, no es lo de ellos. Tampoco trabajar.

Planteo un reto. Traten de hablar con algún mando intermedio de cualquier delegación política, vamos a ver si lo encuentran. Los únicos que van a la oficina son las personas de base, las de la línea de golpeo, que por supuesto, no tienen jerarquía para ejercer nada ni para decidir nada ni para resolver nada. Buscar a un delegado es tan sencillo como entender las teorías de los que ganan premios Nobel de física.  Ir a las delegaciones es ver trabajar a los de la ventanilla única y contemplar como los otros se espantan las moscas mientras bostezan.

Los delegados ni son presidentes municipales ni gobernadores ni nada. Dependen de todo del gobierno central de la Ciudad y no tienen autonomía para hacer casi nada. Eso sí, muchas delegaciones son tan extensas que lo poco que les dejan para maniobrar, sigue siendo un tesoro maravilloso. Iztapalapa tiene la misma población del Perú y se le puede equiparar en términos de actividad económica. No estamos hablando de cacahuates. 

Estos hijos de Alibabá se relamen los bigotes ante semejante banquete y les importa muy poco llegar a servir a la gente. La vecinocracia se ha convertido en un bastión para movilizar gente, para arengar posiciones y radicalizar problemas que se ven coronados con más canongías que van en contra de los intereses de los ciudadanos de a pie. Y, como nada sacia su voracidad, no pueden ni dejar los muebles ni las computadoras ni los autos ni nada. Jalan con todo, como si les perteneciera, y se lo llevan a otro lado, como si eso fuera correcto. 

La lógica nos dice que si nos roban algo y hay evidencia de quién fue, hay que castigar al responsable y hacerlo regresar lo que se llevó. ¿Entonces? ¿Por qué no llaman a los delegados saqueadores a cuentas? Si ellos eran responsables, que den la cara, que expliquen y digan que pasó. Pero nada de eso pasa. A nadie se le exige que regrese las cosas y nadie recibe un castigo por esos comportamientos. Es mas, todavía los premiamos con un voto que les da fuero.

¿Para que sirven los delegados en el D.F? Yo veo baches por todos lados, veo vecinos amedrentados por grupúsculos  que se benefician de la cercanía con la delegación, veo basura, falta de servicios, problemas de convivencia y movilidad. Veo exigencia y peso de la ley para los que no están cerca. Veo extorsión, cobro de mordidas y solicitud de cuotas. También veo excepciones a las reglas, beneficios y mejores condiciones para los que sí gozan del favor de los delegados.

Si para eso sirven los delegados, ¿no sería mejor que los quitaran?

  

Las deudas de la izquierda mexicana

La izquierda en México le queda a deber a la sociedad. Parece una constante: justo cuando creemos que va a brillar, se opaca. Ya no nos parecen chistosas sus ocurrencias y las interpelaciones que se escuchaban en voz de Porfirio Muñoz Ledo, que tanto nos divirtieron, hoy suenan tan lejanas, tan ajenas. No nos gusta el desacato en el Congreso, nos molestan las tomas de tribuna y la mayoría pensamos que existen mejores formas de expresar desacuerdos e inconformidades.
Pero la izquierda en México se queda atisbando lo que pudo ser y no es. Me evoca la imagen de una pequeñita que se para de puntitas para ver lo que sucede al otro lado de la ventana, no tiene estatura para elevarse por sí misma. La evidencia de sus compromisos a medias, toman Reforma, molestan a la ciudadanía con campamentos abandonados en los que no hay quien esté al frente. Se anotan al clientelismo que tanto critican y forman alianzas que únicamente ellos entienden. No hay claridad de miras ni solidez en sus valores.
Tuvieron la oportunidad de oro de formar un camino amarillo entre el Distrito Federal y el Pacifico, una ruta turística en la que se desarrollara industria , se generara empleo y se dibujaran círculos virtuosos desde la Ciudad de México hasta Acapulco o Zihuatanejo. La perdieron. Los gobernadores de Guerrero y Morelos al igual que el Jefe de Gobierno pertenecen al mismo partido. En teoría hablan el mismo idioma y no hay impedimentos políticos que se interpusieran en tan buen afán. ¿Qué sucedió?
Guerrero vive momentos de angustiosa ingobernabilidad, el Gobernador Aguirre expone sin pudor su incompetencia y habla de las nulas capacidades que tiene para contrarrestar los efectos del crimen . El Gobernador de Morelos, estado de la eterna primavera, Graco Ramírez tiene indices delincuenciales sorprendentemente altos. Por los caminos del Sur da miedo andar. No se diga escarbar la tierra, todo el territorio se volvió una fosa clandestina. En vez de aprovechar los atributos de los rincones más bellos del mundo, los ensucian y los hacen peligrosos, ¿así cómo?¿A quién le van a echar la culpa los señores de la izquierda? No han dado evidencias de saber administrar el poder, han quedado muy por debajo de la expectativa. Sin embargo, hay gente que todavía les tiene fe, hay huestes fieles que no se han cansado de esperar a pesar de las evidencias . Gente de bien que todavía confía. A ellos es a los que la izquierda mexicana les debe más. ¿Cuándo pagarán con buenos resultados esa deuda ?

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Vértigo

Tanta aceleración me da vértigo. Son tantas cosas las que han sucedido y están por suceder en un lapso de tiempo tan corto que no se si estoy en pasado, futuro o presente. Por lo pronto tengo la certeza de despertar en mi casa, entre los míos. Ya llegué de dónde andaba y, todavía mareada y convaleciente del jetlag de un vuelo de casi once horas, que salió retrasado de Madrid por más de cuarenta y cinco minutos, que aterrizó al mismo tiempo que los vuelos que venían de Tokio, Nueva York y Frankfurt, lo que nos obligó a hacer una fila de casi una hora para pasar migración, y ya empezó la diversión.Pongo los pies en mi tierra y tiembla, suena la alerta sísmica que me hace salir corriendo en pijama al umbral de la puerta de mi casa. A penas hace quince días la lluvia en Acapulco me mojaba el alma, me llevé la lluvia a Europa, en donde brillaba el sol y la temperatura era de treinta grados con cielo despejado, para hacer la inauguración formal y triunfal del otoño en tierras portuguesas. Nubes, chubascos, tormentas.
Los pasos que me llevaron de la majestuosidad de la Quinta de las Lagrimas, en Coimbra a la sencillez de un hostal de peregrinos en Albergaría, del cielo nublado y viento tibio que nos llevó a Agueda, a las lluvias furiosas que nos recibió Mealhada al consuelo tan dulce de las Natas de Belén y el pan rústico preparado en una panadería del camino se me enredan en la mente. Del tropezón de Sao Joao de Madeira a la vista de la Catedral de Oporto. Del atuendo de peregrino al de escritora para presentar en sociedad un proyecto que me llena de satisfacción. Última mirada en Madrid, parece que todo fue un sueño. Un buen sueño. Un extraordinario sueño.
Entre el vértigo de tantas imágenes entrañables, de señales que indican el camino, de flechas y de conchas, de pasos sobre senderos de asfalto, adoquín o barro, me quedo con la del amigo constante. De ese que es capaz de modificar su ruta y cambiar su destino. De Merick que sabe ser y estar. Me quedo con su sonrisa y atesoro su compañía.
Las peticiones están hechas, las ofrendas han sido entregadas y fueron recibidas. Las puertas se han abierto, estoy segura. Me lo dice la serenidad del corazón. Me lo confirma mi Compostela. Ahora, a mirar al frente. A ser compañera, y reafirmar, que Dios con nosotros, lo que viene para la próxima semana es lo que conviene.
Que el bisturí repare, y con la gracia de lo alto el médico encuentre la forma de sanar lo que no está bien. Que la columna de Carlos quede lista y todo sea como lo he imaginado, como lo he pedido con el alma, corazón y cuerpo.
No ha sido en vano. He recorrido el Camino de Santiago, el Camino Portugués, de Coimbra a
Santiago de Compostela, así como lo hizo Santa Isabel de Portugal, reina y peregrina, se ha cerrado el ciclo y lo que fue principio ayer hoy es final. El campo de la estrella nos ha otorgado la bendición pedida. Hoy, en el vértigo de lo que fue y de lo que viene, prevalece la fe en la promesa que se ha de cumplir. La serenidad es.

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Después de la lluvia

Después de la lluvia viene la calma. No encontré motivos para salir huyendo de Acapulco. Al ver las escenas de civilidad en el Foro Imperial, en Costco y en la Base Naval de Icacos entendí que lo mejor era guardar la calma. Este era el típico caso en el que no por mucho madrugar, amanece más temprano, al revés. La prisa podía ponerme en un lado sumamente oscuro. El pánico obligó a muchos turistas a formarse desde muy temprano para ser los primeros en cruzar las casetas de Metlapil, El Túnel y La Venta. La recompensa fueron horas de espera, a pesar de que el Secretario de Comunicaciones y Transportes cumplió a carta cabal y con anticipación su promesa.
La Autopista del Sol se abrió a la circulación quince minutos antes de lo prometido. Aún así, los vehículos tardaron horas en en salir del puerto. Los primeros turistas en regresar a la Ciudad de México llegaron después de diez horas, se sometieron a largos periodos en los que estuvieron estacionados esperando a que los del contraflujo pudieran pasar, avanzaron lentamente y con el susto de ser los primeros, sin saber lo que se podían encontrar adelante.
¿Por qué no te regresas ya?, me preguntaba todo el mundo. Es difícil explicar que por primera vez en la vida la urgencia no se apoderó de mi, fui yo quien tomo el control de ella. Lo que tenía que perder, ya lo había perdido. Era mucho más lo que podía poner en riesgo. Los que me esperaban ya sabían que no iba a llegar. Los míos estaban conmigo.
Con esa perspectiva las urgencias me parecían como el método de valuación de inventarios en que la mercancía se clasifica por capas. Salen primero las más costosas, se quedan para el final las otras. Así, los que sintieron mayor prisa por regresar, fueron los que tuvieron razones para pagar caro el precio de su urgencia. Los demás nos quedamos a cerrar la puerta.
El recorrido de Acapulco a México nos tomó seis horas. No fue mucho. La Policía Federal de Caminos se aseguró de que el trayecto fuera seguro. Lo más lento fue el tramo entre Tierra Colorada y Palo Blanco ya que la carretera es de un carril por sentido. El entronque con la Autopista del Sol es un camino improvisado pero muy cuidado. Hay que decir que los ingenieros mexicanos son sumamente ingeniosos. Son capaces de resolver grandes problemas con un alfiler o con un pasador. Se sustituyó un par de túneles de altas especificaciones con un camino de tipo vecinal y funcionó a la perfección. Los puentes atirantados están en perfectas condiciones. El aforo vehicular con sentido a México era muy similar al que hay en temporada alta, nada extraordinario.
Me dio gusto ver que en el sentido que va rumbo a Acapulco iban camiones con ayuda para los necesitados y con abastecimientos para los almacenes. Huevo, pan, leche, camiones y trailers con mercaderías para los acapulqueños.
Después de la tormenta, el agua sí es vida. El río Papagayo y el Mezcala iban llenos. Lucían un caudal poderoso que parecía hacer guiños con el reflejo de los rayos del sol. A la vera, flores azul pizarra, magenta, morado obispo, en forma de campanas, de amapolas, pequeñitas y medianas adornaban el camino. Había de todos tipos y variedades.
Sí, cada uno tuvimos una lección que aprender en estos días de lluvia. La mía fue el dominio que no es lo mío. Que ahora lo es. Hoy toca recoger los pedazos de lo que se rompió, tratar de componer y rescatar. Dicen que de lo perdido, lo encontrado. Después de la lluvia es tiempo de poner atención para resolver el próximo acertijo. Sin embargo, el respeto por los que perdieron mucho, por los que perdieron todo, sus historias, lo que vi, lo que escuché merece quedar en un testimonio. Principalmente para que las palabras no se las lleve el viento, para poder dejar un llamado de alerta y que esa herida que repetidamente se abre en el mismo lugar, ya pueda sanar.

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El día siguiente

Todos hablan de la devastación que sufrió la Ciudad de México por el terremoto de las siete de la mañana con diecinueve minutos has casi treinta años. Pocos hablan de lo que sucedió un día después. El veinte de septiembre de 1985 yo estaba en la Ciudad de México. Los teléfonos celulares no existían, la telefonía fija no servía, no había suministro de energía eléctrica, la señal de Internet no era algo conocido entre la gente. Salir a caminar por la colonia Álamos, donde yo vivía con mis padres era más que suficiente para dar cuenta del desastre más grande de la historia de la capital de la República Mexicana. Parecía que un tropel de dinosaurios pisaron los edificios y las calles. La Secretaria de Comunicaciones y Transportes quedó como acordeón y en el Eje Central el pavimento estaba fisurado y con hoyos por los que se veía el drenaje. Del olor mejor no hablamos.
Era tarde y estaba oscuro cuando escuchamos un rumor, enseguida la tierra comenzó a trepidar de nuevo. Los segundos se estiraban como ligas, eran eternos, el suelo se agitó por una eternidad y no tenía intenciones de parar. Todos en mi casa corrimos a la calle hasta que la tierra se pudo en calma. Ahí nos quedamos por horas. Nadie quería entrar a las casas. Mis padres, mi abuela, mis hermanos y yo nos sentamos en el quicio de la banqueta, junto a nuestros vecinos y ahí nos quedamos por horas sin atrevernos a regresar al interior de la casa. Por fin, mi papá se impuso y nos obligó a entrar. No pude dormir. En la madrugada me salí a ayudar. Repartíamos comida a la gente que estaba quitando escombros tratando de encontrar sobrevivientes.
En general, siempre se habla y se recuerda el 19 de septiembre de 1985. Pocos hablan del terremoto del día siguiente. Si mi colonia estaba destruida, el 20 de septiembre la tragedia escaló la proporción. A pesar de que el temblor del día siguiente fue de menor intensidad según Richter y Mercalli, en la escala de la angustia la devastación fue sensiblemente mayor.
Hoy, veinte de septiembre estoy en Acapulco. Después del terremoto del 19 de septiembre y del del día siguiente, esta tragedia es la peor afectación por un desastre natural que ha sufrido México. En 1985, la cuenta de personas muertas no reflejó la realidad. Las cifras oficiales fueron un muy mal referente. Sospecho que una vez más sucederá lo mismo.
Ayer caminé por la calle de Rompeolas. La gente corría a sus trabajos, esperanzados de encontrar su fuente de empleo. Mozos, albañiles, guardias, cocineras, taxistas, trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, repartidores de gas, le daban vida al despertar de la mañana. Saludaban con esa expresión de tristeza y de triunfo que tienen los sobrevivientes. Al preguntar por la situación de sus casas y familias escuché historias de terror. Lo que más me impresionó fue escuchar la cantidad de niños desaparecidos. Podrían ser más de cincuenta. Las cifras oficiales dicen que hay noventa y nueve muertos. Imposible, son muchos más, eso sólo aquí en el puerto, falta saber lo que sucede en las comunidades aledañas y en todo el Estado. Noventa y nueve es un número muy menor y se ajusta poco a la realidad de las calles.
Me ha tocado vivir dos de los desastres más grandes que han devastado al país. En este tipo de tragedias descubrimos de que están hechas las personas. Unos huyen, otros aprovechan la oportunidad y se dan a la rapiña, la mayoría ayudan. Así sucedió en la Ciudad de México en 1985, así sucede hoy en Acapulco.
Siempre sucede al día siguiente de la tragedia, se hace el recuento de los daños, el inventario de las experiencias y se ve con claridad. Se descorre el telón. Es el día de devolver los restos de los que no sobrevivieron al seno de la tierra. En el escenario aparece la tragedia, sí, sin duda. Pero también se ve la solidaridad y la dimensión de las personas. Hoy camino de la mano de mi hija por la calle de Rompeolas, los que llegaron a trabajar ya iniciaron su reconstrucción, otros siguen recogiendo sus pedazos tratando de armárselo nuevamente. Nosotras al mirar al cielo descubrimos un Arco Iris.

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Mata más una esperanza

Nunca como hoy entiendo el dicho este que dice Mata más una esperanza que una desilusión. La agonía de los padres de los doce jóvenes del barrio de Tepito que fueron secuestrados en el antro Heavens After de la Zona Rosa de la Ciudad de México terminó. Ya saben la verdad.
Aparecieron trece cadáveres en las inmediaciones de Talamanalco en una fosa clandestina en el rancho La Negra. Aarecieron trece, sólo cinco han sido identificados.
Es una desgracia, sin duda, pero ya saben lo que sucedió. La vida dejó de estar en pausa, la duda se despejó. La verdad, por más dolorosa que sea, libera. Es evidente que para estos padres no fue agradable recibir la llamada en la que fueron notificados de lo que sucedió con sus hijos. Pero, en medio de todo, la espera terminó.
Se acabó la duda. No habrá más días esperando que la puerta se abra para verlos entrar, ni habrá horas y horas junto al teléfono pidiéndole que suene para oír su voz, ni juntas con la policía para escuchar que el realidad no saben nada, ni con la autoridades que, en apariencia, daba golpes de ciego y no daban respuestas contundentes.
Después de noventa días les llegó la respuesta, no la que querían, sin embargo, sí la que esperaban. Después de tantos y tantos días, es obvio que estarían sospechando que la llamada no les iba a traer una noticia buena. Pero la esperanza es necia, se arraiga a pesar de que no haya razones, brota porque es lo último que debe morir.
Hoy la verdad, aunque dura, ya se conoce. Podrán las familias llorar a sus hijos. Enterrarlos. Decirles adiós. Darles una tumba. En estos momentos, después de noventa días de espera, pocos sabemos de la importancia de saber la verdad; de lo relevante de un pedazo de piedra que tenga grabados el nombre y las fechas de nacimiento y muerte de aquel ser tan querido. De un lugar para lograrlos y ¿por qué no? Para orar por ellos.
No. No hay consuelo. Pero hay que dar las condolencias. Acompañar ese dolor y esa herida que, siendo de ellos, también es nuestra.

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Transporte escolar

Todos los días, a las seis de la mañana, despido a mis hijas. Es la hora en la que el transporte escolar pasa por ellas. Será hasta diez minutos antes de que den las cuatro de la tarde cuando regresen a casa. Casi diez hora fuera y más del veinte por ciento de ese tiempo están en el autobús escolar. Se van antes de que salga el sol, regresan mareadas. Es verdad que la promesa es que lleguen a las tres y veinte, pero en la Ciudad de México no hay palabra de honor cuando se trata de tránsito.
Jamás he estado de acuerdo con la imposición del servicio de transporte escolar. No es únicamente el incremento en el gasto familiar y el golpe al flujo de efectivo de la casa, que es duro créanme, un quince por ciento adicional no es poco, en una economía en la que los sueldos crecen a niveles cercanos a cero.
En honor a la verdad, debo decir que para el colegio de mis hijas el asunto del autobús escolar no es negocio, es más bien una complicación. He hecho cuentas, ya les dije que a mi me gusta contar, y llegué a la conclusión de que facturan este servicio prácticamente al costo. Además fue de las pocas instituciones que se defendió con unas y dientes para no imponer a los padres esta carga adicional. Sin embargo, desde el año pasado hubo que acatar la disposición.
He esperado un año para ver los beneficios de esta ocurrencia oficial. Sigo esperando. Me argumentaron que los niveles de contaminación bajarían al reducirse el número de coches en circulación. Ni bajó la contaminación, ni se redujo el numero de coches circulando. Me dijeron que se elevaría la velocidad promedio de crucero en la ciudad y por lo tanto disminuirían las emisiones de gases contaminantes. Eso sí sucedió, la velocidad aumentó de 20 a 25 km/ hr. en la cuadra donde esta la escuela. Por desgracia los semáforos están mal sincronizados y a la siguiente cuadra invariablemente toca un alto que provoca embotellamientos y emisiones que se querían evitar. La velocidad de crucero baja a 0 km/hr. ¿Entonces?
Puedo hablar eternamente de lo mal que ha funcionado esta disposición oficial, de los pocos resultados que ha dado en términos de vialidad. También puedo decir que para muchas familias este servicio les aligera la vida y les es muy útil. Padres y madres ganan tiempo y productividad al no tener que ir por sus hijos a la escuela. Si, por eso este servicio debería ser opcional.
En mi caso el ritmo familiar se ha alterado. Las horas de comida que eran las de convivencia familiar se han trastocado. Esto no es poca cosa. Se han violentado los espacios de comunicación, los momentos que en torno a la mesa, acompañados por el pan ya la sal, convivíamos y nos enterábamos de lo que sucedía en la vida de cada uno. Y soy de las afortunadas que únicamente se le movieron los horarios.
Muchas familias padecen, igual que yo, el transporte escolar, pues han perdido definitivamente esos minutos de cercanía. Para muchos padres, el trayecto de la casa a la escuela en las mañanas, era la oportunidad para estar con sus hijos, pues salen a trabajar ya llegan tan tarde que encuentran a los hijos dormidos. Para muchas madres ir a recoger a sus hijos era la oportunidad para conocer a sus amigos, platicar con otras madres, enterarse por otras fuentes de lo que pasa en el entorno escolar. Estar al pendiente.
Eso sin hablar de que hay estudios de que el autobús es un lugar propicio para el bullying, para que los niños se descontrolen y hagan fechorías, de unos a otros o a transeúntes o conductores de vehículos. En el mejor escenario, los niños llegan hartos a casa después de un trayecto de más de una hora, en comparación con los minutos de recorrido cuando los recogían sus padres.
A la luz de los resultados esperados por las autoridades de la ciudad, me parece que se ha perdido más de lo que se ha ganado. Ya ha pasado un año y no veo frutos. Insisto, el transporte escolar debería ser una opción, no una imposición.

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