Cumpleaños feliz

Cada cinco de noviembre llega cargado de emociones. Cumplir años es así y la intensidad aumenta con los años. El baúl que contiene los recuerdos se hace más grande y cada año vivido lo engorda más. La tentación que existe cada día de cumpleaños es la de abrir la cerradura del pasado y husmear en lo que había, traer al presente lo que sucedió. Por supuesto, otra posibilidad es mirar al futuro para planear lo que habrá.

Entre ese eje de reflexión andaba cuando mis hijas y mi marido entraron cantando las mañanitas. Pensar en lo rápido que pasó un año más y todo lo que me tocó vivir me lleva a sonreír. El corazón se llena de agradecimiento, pasaron muchas cosas buenas. Abro el cerrojo del baúl y en el balance de lo que entró este año vivido hubo muchas más risas. Las lágrimas me llevan a recordar a mi suegro que partió y nos espera del otro lado. 

¡Abre los regalos!, me dicen mis hijas. Siento miedo de romper las envolturas: ¡pantuflas y Santa Terrsa de Jesús! Abrazos ymás  abrazos. Y tan alta vida espero. Miro al frente, el baúl de recuerdos está lleno de motivos de agradecimiento. El futuro habrá de llegar igual, la mejor manera de predecir el porvenir, es echando un vistazo al pasado. 

Había estado valorando ciertas decisiones que le dieran una vuelta de tuerca importante a la vida, meditando sobre un cambio de rumbo, ¿para qué? Todo va viento en popa, no tiene sentido buscar alternativas,  cuando las cosas van bien. ¿Par qué buscar otros campos si en los que estoy hay flores y frutos? Hay que espolvorear mucha alegria y fertilizar el agradecimiento.

El cumpleaños me lleva a mirar a la que soy y a la que quiero ser. Quiero verme con menos exigencia, con menor severidad. Queiro darme un abrazo grande, cariñoso, ¿indulgente?, amoroso. Como ese que recibí de Carlos a primera hora, lleno de complicidad, o el de Andrea y Dany que llevaba tanta ternura. Rodearme con brazos protectores. 

Por eso, en este día tan lleno de emociones atesorables, miro al Dios de mi vida que para mí se llama Jesús y doy gracias por su generosidad sin límites y por ese amor tan inconmensurable que siempre me ha dado. Con humildad, ofrezco mi frente para recibir todas las bendiciones del cielo. Doblo el cuello para pedir perdón por mis pecados. Abro los brazos para sentir la presencia de los cuatro arcángeles que me custodian, del ejército de ángeles que me protegen, de la muchedumbre de los santos que me aconsejan de la madre María que me arropa. Recibo con emoción la bendición de Dios y me meto a su corazón, que es mi lugar de seguridad.

Con esa certeza quiero vivir y por ello celebro un cumpleaños feliz.

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Para Dany

Supongo que, como todas las madres, me gustaría echar las manecillas del reloj para atrás. Supongo que me encantaría volver a aquel momento en que le pedí a Dios que me volviera a bendecir con el regalo de la maternidad. Nunca hubo una petición que yo hiciera con tanta consciencia de lo que quería. Estaba tan segura de querer ser mamá de nuevo que el Padre en el cielo me bendijo y tu corazón empezó a latir al ritmo del mío. Supongo que quisiera volver a vivir la alegría que sentí cuando me confirmaron que estaba embarazada otra vez y la emoción de saber que venías en camino. El vértigo de tu llegada, el susto de que tu fecha de nacimiento se adelantara un mes, la maravilla de que llegaras a este mundo sana, fuerte y hermosa serían el anticipo de una vida llena de retos y desafíos.

Supongo que me gustaría volver a verte con el uniforme del kinder Hill’s, o escucharte cantar en la estimulación, o decir que eras  mu mediana con esa vocecita tan grave y determinada. Supongo que sonreiría si te viera llegar con una estrellita en la frente o si me dieras un dibujo hecho con crayolas o si te viera tomar lechitas de chocolate de Hershey’s o si te escuchara cantar qué fácil número. Estoy segura que el corazón se me derretiría si pudiera volver a meterte en el hueco de mis brazos y acunarte y volver a arrullarte como lo hice tantas noches.

Digo que supongo que me gustaría experimentar toda esa sorpresa, todo ese gusto, toda esa emoción de verte crecer y me detengo en seco. Todo eso ha sido tan bello que volverlo a vivir le podría quitar lo perfecto que ya de por sí ha sido. La ruta no ha sido sencilla, ha sido gloriosa. No pude haber recibido un mejor privilegio. Llevarte de la mano es el honor que me llegó de lo alto. Cuando estaba esperando a que llegaras, jamás me imaginé que tendría una nena tan linda que se transformaría en una persona tan independiente, intrépida y resuelta. 

Elevo los ojos al cielo, que siempre me escucha, para pedir todas las bendiciones, para que Dios te acompañe en los momentos de alegría y te sostenga en los de duda máxima, que el gran consolador te cubra con su luz y cuentes con su favor. Que Dios te regale fe para que creas que de su mano todo es posible, esperanza para seguir avanzando con determinación y fuerza y una mirada amorosa para enfrentar al mundo. Le pido que te rodee de ángles que te cuiden y que la muchedumbre de los santos te aconsejen y que la Virgen María te proteja siempre. 

Le pido al Dios tan bueno que en tu camino siempre brille el sol, que si se nubla, sea para refrescarte; que si llueve, sea para fertilizar tus campos; que si baja la temperatura y empieza a nevar, sea para que hagas los monos más hermosos, que si hace viento sea para que puedas elevar tus sueños como papalotes. 

Verte hijita, así sonriendo, es lo que le pedí a Dios y, mira nada más lo que me concedió. Para ti, Dany, mi niña, pido que tengas lo mejor del mundo para que puedas construir, triunfar, vivir y verte feliz.

¡Muchas felicidades, mi vida! ¡Feliz cumpleaños!

Ya son diecinueve, hijita

Hay fechas que se le graban a uno en el corazón con tanto poder y contundencia que dejan una marca que dura todos la vida y seguro, traspasará la eternidad completa. No necesito cerrar los ojos para recordar con claridad lo que sucedió el 14 de enero de 1998. Ese dia, en la madrugada, llegó a mi vida una de las mejores sorpresas que he tenido en la vida, me convertí en mamá de Andrea. De repente, antes de lo esperado, empezaron las manifestaciones de que querías ver el mundo. 

Llegaste a mis brazos para hacerme entender lo que sería el privilegio de ser tu mamá. Fue sólo un anticipo de lo que habría de venir. La ternura de verte tan pequeñita se equipara con el asombro de verte ahora. Es verdad, pareciera que las manecillas del reloj tomaron vuelo y de repente pasaron diecinueve años. Más pronto de lo que pensé, tengo una hija que camina dando pasos fuertes y seguros, que adelanta pasos y toma decisiones. Así, en un santiamén, esa bebecita ya descubrió su vocación y está a punto de entrar a la Universidad. 

Esa pequeñita a la que abrazaba en el hueco de los brazos, hoy es una cómplice maravillosa con la que comparto tantas similitudes. Nos acompañamos, caminamos lo mismo en las mañanas de Acapulco, que por las calles de San Miguel, o por los pasillos de algún museo. Platicamos, a veces por horas enteras y otras guardamos silencio una junto a la otra, mientras cada una persigue palabras en los renglones de algún libro. Tenemos puntos de acuerdo, pero no siempre pensamos igual. Disfrutamos mucho de estar juntas, aunque no siempre tenemos los mismos gustos. Ella se saborea un plato de cebollitas asadas y no hay forma de que disfrute remar en un kayak.  Escribimos. Y sí, el segundero me juega una broma, porque todavía puedo ver esa manita que hace círculos con un crayón en el intento de formar una letra. 

Así, con la misma seguridad con la que soltó mi mano el primer dia de escuela y entró al Jardín de Niños sonriente sin mirar atrás, así con la misma certeza con la que la Miss Rodríguez me aseguró que Andrea sería feliz en la Escuela Moderna Americana, con la tenacidad con la que ganó dos veces el campeonato de tenis del Asturiano, con la pasión con la que va a Yoga, con el desapego con el que se separó de la raqueta y con la facilidad con la que se sienta a combinar colores y dibujar, con la virtud con la que pone a volar pájaros que están hechos de tinta, con esa fuerza y convicción, yo vuelvo los ojos al cielo para dar gracias. Mi hija creció y sigue creciendo. 

A veces, me gustaria sostener las manecillas del reloj y dejarlas quietas. Congelar el tiempo, detenerlo con los dedos. ¿Pero, cuál sería el mejor momento para hacerlo? Pienso en ti, aprendido a caminar, tambaleándote para no caer de sentón en el suelo, o sonriente en tu vestido de Primera Comunión, o nerviosa minutos antes de presentar tu libro, o confundida porque se te apagó el coche por frenar abruptamente sin meter el clutch, o muerta de risa con tu hermana, o dormida al lado de Chai, o haciendo los pizarrones que te pide tu padre, o sentada frente a mí a la hora de la comida. Menos mal que no puedo. Cuántos momentos, hijita, que se quedan atesorados en el corazón. ¡Qué increíble! Ya son diecinueve años hijita. ¡Feliz cumpleaños!

 Que la bendición de Dios te cubra, te proteja y te guíe siempre. 

Una llave para Dany

Hijita, cada que llega tu cumpleaños, el corazón se llena de tantas cosas que te quiero decir que crece y crece hasta sentir que va a estallar. Las palabras no siempre encuentran el mejor camino para hacerle justicia a los sentimientos. Se quedan tantas en el tintero y confio en que el cariño sepa interpretar todo lo que te quiero hacer saber. Tal como sucedió hace dieciséis años, todo se mezcla: el miedo del porvenir, el anhelo de que todo lo bueno, lo mejor y lo más hermoso te rodee y también, el susto de no haber dado suficientes herramientas, el orgullo de ver como haz crecido, las carcajadas que se nos han salido, la ternura que me provoca tu presencia y es tan grande lo que quiero decirte que la lengua se me hace moño y la palabra se tropieza. 

Quisiera, como lo quiere cada madre en el mundo, evitarte todas las amarguras, propiciarte todas las risas, ver sólo las lágrimas que salen por felicidad, darte las mejores alas para que vueles alto, advertirte que no las eleves tanto, ser mejor que Dédalo, prevenirte todos los peligros, amortiguar los golpes de la vida, explicarte mis motivos, darte mis ojos, mis manos, mis pies y todo lo que te hiciera falta. Pero, te digo, las palabras se me complican y las intenciones se desdibujan. 

Lo que quiero decirte es que te quiero con el alma y el corazón enteros. 

Me gustaría tener una varita mágica para que puedas conjurar los encantos que te lleven a la felicidad. Me gustaría tener una esfera para mirar el camino que te toca recorrer. Me doy cuenta que no hace falta. Llegaste al mundo dotada de tantas cualidades. La cajita de herramientas que Dios te regaló antes de nacer, es mucho mejor que lo que yo puedo figurar. Siempre ha sido así. Debes saberlo. Debes ser consciente de ello. Haz uso de tantos y tantos dones que tienes, a tu favor. Atrapa lo mejor de los tiempos en el puño de tus manos.

Así pasó cuando te pusieron entre mis brazos. En un parpadeo, pasaron dieciséis años. Desde entonces, he elevado los ojos al cielo para pedir las mejores bendiciones para ti. He rogado para que los angeles estén siempre a tu lado y los santos del cielo te acompañen. He pedido a la Madre de Dios que te cuide y no se aprate. Se suplicado a Dios que te guarde en el hueco de su corazón.

Me gustaría darte la llave que abre el mundo.No puedo. Esa llave la tienes que encontrar tú. Tienes que descubrirla y usarla en la mejor forma posible. Y aunque no puedo darte esa llave, te doy otra como signo de mis mejores deseos, de todo ese cariño y de todas las bendiciones que te quiero dar. El llavecín no abrirá cada puerta que se cierra, cada corazón que se priva, cada voluntad que se aleja. Esas las vas a abrir, resolver, acercar, descubrir, tú. Pero aquí voy a estar yo, que soy tu madre.

Estaré a pesar de las frustraciones, de los enojos, las desviaciones, las lágrimas y los sustos. Estaré lo mismo si hay cansancio, distancia, debilidad o alegría, fuerza y salud. La llave que te quiero dar, no existe, pero te doy una que puedas llevar contigo para recordan que a mamá se le hace moño la lengua cuando te quiere decir el inmenso cariño que te tengo. La llavecita de los secretos, de las complicidades, de los tesoros. Para que nunca te quede duda que eres capaz de abrir todas las cerraduras que te propongas. 

Feliz cumpleaños, hijita linda.

Todas las Cecilias que soy

Las Cecilias que han habitado este cuerpo que hoy cumple cincuenta años nos hemos congregado para festejar la vida y dar gracias. Llegar al cumpleaños de oro es traspasar un hito. Por eso hemos sido convocadas todas para mirar al cielo y con reverencia dar gracias.

Como si fuera un gran banquete estamos, estas Cecilias que somos, sentadas en torno a una epsecie de mesa redonda —nadie ocupa el presidio, no hay cabeceras— la Cecilia niña que no paraba de platicar con sus compañeros de banca y que exasperaba a sus maestros, la que subía al camión escolar por las mañanas y a veces se mareaba, la que fue la primogénita después de haber sido tan esperada, la nieta consentida, la amiga de Alma y Leticia, la que se puso uniforme y fue al Simón Bolívar, la que estaba enamorada de Andy Gibb, la que encontró en Lety complicidad, la que supo rodearse de las mejores como Olga, Elvira, Claudia y Diana; la que entró a la Ibero y ahí encontró a sus verdaderos hermanos, Bibiana y Arturo. A la que fue al ITAM. La que daba clases de inglés desde los quince. La amiga de María Elena y Merick. Todas están contentas y dialogan entre sí.

Todas contemplan a aquella que iba de vaciones a La Piedad, la que se asomaba debajo de la cama para ver si había monstruos, la que llegó con el vestido de Primera Comunión, la que se hincó en el Santo Sepulcro, la que detesta el hígado encebollado, la que olvidó y la que intenta olvidar, la recuerda detalles con precisión. La que se para frente al salon de clases, la que le gusta estar en el reflector, la que va a la Villa los domingos antes de las seis de la mañana, la que recibió la bendición papal, la que tiene gatitas, perros y un perico, todas esas aparecen en escena.

También están las que se cayeron, las que se asustaron, las que no entendieron, las que lloraron, las que se han sentido solas, las que tienen un humor terrible y un genio que no aguantan. Esas no están tan animadas pero también están. Están las que hicieron daño, las que decidieron mal, las que han dicho mentiras, las que han avergonzado, las que no se portaron bien, las que fueron groseras, las que perdieron el camino, las que se desesperaron, las que fueron injustas, las insoportables, las antípaticas y las soberbias. Las tenebrosas. Están sentadas mirando, dejando claro que ellas también son parte y que están convocadas. Hacen presencia para no ser olvidadas.

Con ellas está la que tomó la mejor elección y se casó con Carlos, la madre de Andrea y la de Danny. La hija que quiso ser buena y se subió en una ráfaga de viento. La hermana mayor fija la mirada, la mujer que ha ganado y la que ha perdido. La que es clara y la que se confunde. La que se muere de risa y la que llora a mares. Está la que piensa que contar es poner números en secuencia y la que está segura de que se trata de escribir y narrar. Está la que se cree mucho y la que busca ser sencilla. Está la que es proclive al riesgo y la que quiere ser prudente.

No podía faltar la de la raqueta que ama el tenis, la que prefirió a Alain Prost sobre Ayrton Senna, la que adora a Roger Federer y le cae bien Nadal, la que se siente feliz en el jueves pozolero de Acapulco, en el Malakoff con un créme bruleë, la que entiende el exilio de Dante, la que adora a Bananna Yoshimoto, a Murakami, a Rulfo, a Ibargüengoitia, a Ortega y Gasset, a Unamuno, la que sueña con la Bahía de Santa Lucía y las calles de Chueca o de Montmartre, la que se pierde en la Libelula de alas rojas, en El Guernica o con los magos de Coronel. La que es oaxaqueña por puro gusto y la que da gracias al cielo por haber nacido en la Ciudad de México. La que da su resto por un chamoy, un chocolate de metate, un tequila o una salsa de molcajete. La que abre puertas y la que es necia. La que tiene fuerza y la que es débil. La valiente y la que tiene la piel de gallina.

Todas las Cecilias que he sido están bien materializadas. Todas las puedo ver. Hay otras que son transparentes, son siluetas, son las que van a ser. También están. Todas nos tomamos de la mano y con serenidad entramos a los huecos de las manos del Altísimo y, como quien está en casa, damos gracias a Dios. Ha sido un buen recorrido, he tenido un buen camino. Todas somos esa Cecilia que con humildad dice hoy, ¡Bendito sea Dios! Ya tengo cincuenta. 

  
 

Carlos

Hoy es cumpleaños de mi mejor cómplice de vida. Cierro los ojos y recuerdo el día que lo conocí, desde el primer momento, apenas con el saludo, con la fuerza de un apretón de manos, descubrí las señas de identidad que me harían seguirlo desde ese momento hasta hoy y que lo harán hasta el fin de mis días. Esas que no han cambiado conforme han pasado los días, ni se han modificado con las circunstancias.

Sí, mi marido ha sido igual en la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso: un hombre recto, sin dobleces, que sabe caminar al frente, que no le tiene miedo a la verdad y que ve la vida con claridad. Si enfermo, ha sido fuerte, en la abundancia ha sido mesurado, en la salud ha sido cuidadoso, en los años de vacas flacas ha sido ordenado, en los ratos malos ha sido consuelo y en todo momento un apoyo. Carlos es de una pieza. 

Carlos es valiente.

No se deja engañar ni le venden espejismos. Ni siquiera yo le puedo vender espejos, cuando me ve volar entre fantasías, me lo dice y me hace recuperar el piso. Cuando ve que le exagero a la tristeza, con cariño me regresa la sonrisa y cuando ve que estoy tronando de coraje, siempre encuentra la forma de hacerme estallar en carcajadas.

Lo quiero por perseverante y por fuerte, por cuidadoso y comprensivo y, por sobre todas las cosas, por enseñarme que los milagros son posibles. Él mismo lo es y los hace en la cotidianidad del cariño que nos tenemos. Siempre me recuerda la posibilidad que tengo de llegar a espacios inimaginados gracias a su impulso, gracias a que sabe hacer equipo y a que abre espacios para que la gracia de Dios fertilice nuestras vidas. 

Hoy es cumpleaños de mi mejor cómplice de vida y de mi compañero de aventuras. Del hombre que me toma de la mano cuando avanza el minutero y sonríe, como entonces, como el primer día, como lo hará siempre.

¡Feliz cumpleaños, Gordi querido!

  
  

El regalo de Cristina

Cristina de Borbón despierta como la mayoría de los seres humanos en la tierra, sin un título nobiliario. No sé si eso la haga plebeya o si la revocación del privilegio de ser la Duquesa de Palma de Mallorca le haya cambiado el color de la sangre. Lo cierto es que la coordinación de los tiempos es curiosa. Como regalo de cincuenta años deja de pertenecer a la Casa del Rey y parece que el hecho le sentó bastante bien.

Si los monarquistas la imaginaban llorando, rechinando dientes y con el pelo revuelto, se equivocaron. Se le vio relajada, caminando por las calles de Ginebra festejando con su madre, a la que también se le notaba muy sonriente. Alejarse de la frivolidad y de la estupidez aligera la vida. Mientras las revistas de corazón analizan las setenta, sí: setenta, fotografías que muestran la vida pública y privada de los monarcas, Cristina y Sofía salen a festejar, como cualquier mortal, un cumpleaños feliz. Ni las persiguen fotografos ni les interesa posar para la foto.

Las imágenes acartonadas, mil veces estudiadas, con sonrisas rígidas y cabelleras perfectamente acomodadas, con vestidos de diseñadores, tacones y corbatas de millones de euros, contrastan con los pantalones pescadores, los zapatos planos y el cabello sin fijador. Adiós a las miles de exigencias diseñadas para dar gusto a masas y a hacer millonarios a los que se dedican a publicar historias rosas.

Muchos pensarán que Cristina recibió su merecido. Tienen razón. La Infanta fue despojada del privilegio que da la nobleza y se convirtió en un ciudadano más. Entró al mundo en dónde las cosas se ganan con base en meritos y no merecimientos, en el que hay que trabajar para conseguir las cosas y en el que las diferencias no se miden en términos de condición de nacimiento. Fue extraditada del perimetro color pastel para entrar a los tonos de la vida real. ¡Qué curioso!

Mientras en otros palacios, el protocolo, las reglas, las instrucciones deben seguirse. Hay colores, longitudes, espacios, saludos, lugares especificos para cada quien. Hay formas de caminar, hay altos de falda, tonalidades para vestir, sentimientos que no se debdn mostrar. Ni lágrimas, ni demostraciones de cariño efusivas, ni carcajadas espontáneas, ni nada que les pueda arrugar la ropa. 

¡Wow! Qué buen regalo le dieron a Cristina. Tal vez, esa fue la mejor forma de decirle: ¡feliz cumpleaños!

  

Dos años

Imagino que los que encierran un mensaje en una botella y la lanzan al mar sienten la misma incertidumbre que yo sentí hace dos años al iniciar este blog. Igual que ellos trazaron rasgos sobre la hoja en blanco, me enfrenté al teclado y empecé a elegir palabras con la ilusión de que alguien, algún día leyera lo que yo escribía.
Con la misma emoción del que con gran impulso avienta la botella y ve cómo recorre la trayectoria que la ha de llevar al mar, con esa exaltación con la que se le contempla al hundirse en el mar para dejarse llevar por las corrientes que la entreguen a un lector, así, hace dos años con gran esperanza di click en el cuadro Publicar y susurré una bendición.
Los caminos de un blog son misteriosos. Antes de iniciar me pregunté si no sería absurdo, si no sería lanzar letras al aire en donde se disolverían sin llegar jamás a un destinatario concreto que quisiera recorrer los renglones que narran la cotidianidad de una mexicana a la que le gusta contar. Digo que los caminos de un blog son misteriosos porque si hace dos años alguien me hubiera preguntado por el derrotero de este espacio, ni en mi mejor sueño hubiera imaginado tanto.
A todos los que se asoman a ver lo que estoy pensando, muchas gracias. A los que me han acompañado a lo largo de dos años, a los que recién se han unido, a mis amigos, a mis alumnos, a mi familia, a los que conozco físicamente, a los que se hacen presentes de forma virtual, a los mexicanos, españoles, estadounidenses, franceses, canadienses, holandeses, ingleses, sudafricanos, australianos, panameños, brasileños, uruguayos, argentinos, chilenos, neozelandeses, japoneses y a aquellos que se han asomado desde cualquier parte del mundo, gracias.
Así como un romántico lanza un mensaje en una botella y lo ve partir, así hace dos años lancé mi primer mensaje y hoy tantos y tantos me han hecho favor de tomar esa botella, descorcharla y leer.
Gracias porque en estos años han hecho un sueño realidad.

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Mi Danny

Hay recuerdos que una madre atesora con tanto cuidado para que el olvido no se atreva a llevárselos jamás. Hay memorias que una mamá defiende de las garras de la destrucción. Si cierro los ojos, puedo sentir el vientre abultado y las pataditas de una bebé inquieta que desde los tres meses de embarazo ya quería ver la luz del mundo.
La memoria es tan generosa que logro sentir la potencia de esos movimientos y como respiraba profundo, pasaba la mano sobre la piel que protegía ese cuerpecito en formación para darle calor; para que tuvieras paciencia y sobre todo para que desde ya te sintieras amada.
La caricia funcionaba, la bebé se tranquilizaba y se quedaba en calma, pero el efecto era de corto aliento. A los pocos minutos los codos, las rodillas, los pies volvían a la actividad intensa y yo sonreía. Miraba al cielo y pedía bendiciones. Entendía tu prisa por llegar pues era la misma que yo tenía porque ya llegaras. Se me hacía tarde por tenerte entre los brazos y acunarte y llenarte de besos y tocarte. Eso sobretodo, tenerte en mi regazo. Eso querría decir que lo habíamos logrado, que habíamos cruzado la línea de meta juntas y que la vida habría triunfado. A veces, no puedo negarlo, sentía mucho miedo, los ojos se llenaban de lágrimas y ni siquiera me atrevía a imaginar lo que sería un mundo sin ti.   
El momento, como era de esperarse, se adelantó. Ni tú ni yo pudimos esperar más. Apenas completamos ocho meses de gestación cuando entraste triunfante al mundo. Llegaste determinada, como si supieras lo que estabas haciendo, con los ojos abiertos, los puños apretados y los pulmones potentes. Era tu forma de decir: Ya llegué y llegué bien. 
Verte fue entender y dar gracias. ¿Cómo fue que la estrella más bonita que quedaba en el cielo me eligió para ser su madre? No creas que tuve mucho tiempo para meditarlo. Los retos de una bebé inteligente se multiplican por segundos y el minutero se acelera y parece que no ha pasado nada desde que íbamos juntas a la estimulación temprana o que te ponía el uniforme del Kinder Hills por primera vez o que traspasabas el umbral de la Escuela Moderna Americana. Resulta difícil de creer que han pasado catorce años desde que me tomaste por primera vez de la mano para arrebatarme el corazón aquel dieciocho de mayo. 
¿Quién me hubiera podido advertir que los abrazos, los despertares a media noche, las sonrisas al ver las burbujas de jabón, los aplausos entusiasmados a Barney y tú disfrazada de dinosaurio morado iban a ser sólo el comienzo de las maravillas? No. No pensé que habría una felicidad mayor que jugar a la montaña movediza, que comer fresas con chocolate, que verte tomar lechitas de Hershey´s, que gritar de orgullo al verte esquiar en Acapulco, que escucharte tocar el piano o hablar en francés. Me equivoqué. Hay felicidades mayores. Cuando me recomiendas un libro, cuando me haces ver que hay otros caminos, cuando me bendices, cuando me sonríes, cuando metes un gol, cuando te quedas conmigo, cuando me sostienes la mano o cuando me das un beso.
Te veo y el corazón se me hace grande. Me lleno de orgullo. Vuelvo a mirar al cielo y doy gracias con todo fervor. Llegó Danny, me digo. Sí.Cruzó la línea de la vida de modo triunfal, sin tener en cuenta los temores del ginecólogo, del pediatra, de su padre y de su madre.
Te veo y recuerdo. Siento con la misma potencia de entonces la inquietud que siempre te ha caracterizado desde que eras un pequeño botoncito que crecía en mi vientre y ya quería salir a ver el mundo. Ganaste, Danny. Ganamos, hijita. Logré tenerte entre mis brazos. He vivido catorce años con ese privilegio.
Danny te quiero profundamente. Mi amor no es condicional, ni te amo más o menos un día que el otro. Mi cariño es y no requiere de que demuestres nada, ni de que alcances ciertas metas, no depende de lo que seas o dejes de ser. Es para ti porque eres mi hija. Y ya. Así de sencillo. Es tan profundo y verdadero que en ocasiones, habrá que hacer cosas que duelen para enderezar la ruta y corregir el rumbo. Parecerán razonamientos absurdos, actitudes egoístas, incomprensibles, pero siempre serán actos llenos de amor.  Es que, en la vida habrá retos que enfrentar y  pruebas para superar. Tendrás que esforzarte para alcanzar objetivos. Ya sabes, lo verdaderamente valioso no se consigue fácilmente. Para ello, no bastan las palabras amorosas, es preciso una mano firme. Sé que Dios nos guiará siempre.
Rodeate, mi niña linda, de gente sana y que te ayude a desarrollar lo mejor de ti, que valoren la magnitud de tu maravilloso ser; aléjate de las malas compañías que al fin traerán dolor.
Danny, que Dios te bendiga , que de todo peligro seas protegida, que decidas siempre vivir en rectitud,en armonía,  con mucha inteligencia y sabiduría. Que te rodeen los ángeles del cielo, que la muchedumbre de los santos de acompañe, la Virgen María te tome de su mano y Jesús te tenga siempre entre sus brazos.
¡Feliz cumpleaños, hijita! ¡Te quiero más que a mis ojos!

Verte caminar

Así cómo hay flores que embellecen con su fragancia al apenas germinar y alegran por la hermosura de sus botones, así como el sembrador se sorprende al ver la maravilla que brotó de la humildad de su semilla y mira al cielo agradecido por lo que reconoce como uno de los dones más grandes de su vida, así fue hace dieciséis años cuando te tuve entre mis brazos por primera vez y te llené de besos apenas unos instantes después de que llegaras al mundo.
Naciste buena, hijita linda. Recostada en tu canasto eras la imagen viva del orgullo de tus padres, la felicidad encarnada. ¿Quién me puede afirmar que ya pasaron dieciséis años si todavía puedo sentir el calor de tu piel tan nueva? Los pellizcos que los ángeles te dieron como señal, hoy son un par de hoyuelos que te adornan las mejillas y esos piececitos cuadrados que a mi me encantaba morder como sí fueran un par de quesadillas, hoy calzan zapatos más grandes que los míos. Esas manitas que se enroscaban en mi índice hoy son capaces de arrebatarle a los colores las figuras más sorprendentes y de crear mundos maravillosos cimentados en palabras.
Mi máximo orgullo es creer que te pareces a mí y la alegría que me invade el corazón es saberme cómplice de tus aventuras y ser parte de muchas de ellas. Compartimos gustos y me lleno de satisfacción al reconocer que sabes hacer muchas cosas mejor que yo. En Madrid y en Oaxaca hay testimonios que avalan lo que digo. No son sólo las palabras de una madre, sin embargo, es tu madre la que escribe.
¿Qué hay mejor que jugar tenis contigo y con tu hermana? ¿Qué se puede comparar a verte manejar un Vocho sin temor alguno?
Verte caminar, mi niña, ha sido mi privilegio. Desde los primeros pasos tambaleantes en los que te aferrabas a mis manos y no te querías soltar, hasta los de hoy por la mañana en que corres sin mirar atrás. ¿En qué momento aprendiste a bajar los escalones de dos en dos? Verte avanzar ha sido mi satisfacción.
En infinidad de ocasiones he escuchado que el tiempo se pasa volando. La mejor manera de verificarlo es verte. Quisiera detener el tiempo, atrapar las manecillas del reloj como sí fueran las alas de una mariposa, darle una vuelta inversa a la tuerca del segundero para acunarte y arroparte como cuando eras pequeñita. Pero no hay necesidad, cada noche te acercas a pedir que te cobije y sigues pidiendo el beso de las buenas noches. A veces creo que el olor de bebé sigue enredado entre los hilos de tus cabellos. En el sueño de la felicidad nunca imaginé que la realidad pudiera ser tan hermosa.
Vive, hijita buena, con la convicción de mi amor a toda prueba, con la certeza de que los brazos de tu madre están siempre listos para recibirte, mis manos para ayudarte y mis aplausos para impulsarte. Te vestí con el ropón el día de tu bautismo, te puse el vestido de Primera Comunión, te ayudaré a arreglarte el día de tu Boda. Juntas aprendimos los cantos y juegos de la estimulación temprana, se me partió el corazón cuando te despediste de mi y de tu padre para entrar feliz el primer día del Jardín de Niños, te echamos porras hasta verte alzar la copa de campeona de tenis, casi se me para el corazón al ver tu imagen en Televisión Española después de la presentación de La herencia del Frío, y le digo a todo el mundo que mi hija escribe una columna semanal en el periódico. Colgaré tu título en un lugar privilegiado de la casa. Los sueños se achican y tu los rebasas con creces. Es cierto, sólo tienes dieciséis. Es cierto, ya tienes dieciséis.
Verte caminar, a veces me da vértigo, a veces me da miedo. Pero vuelves la mirada y sonríes como sólo tú sabes hacerlo. Y entonces, como hoy, como siempre, me queda la certeza de que al verte avanzar nada más cabe el orgullo que brota del corazón de una madre.
Que Dios te bendiga y siga derramando su luz sobre ti, que te guarde en el hueco de su mano y te prodigue sus bendiciones, que te rodee de amor y te llene de esperanza. Que te regale vida buena y que la fe sea tu mejor soporte. Que el Dios Padre, Hijo y Espíritu, vivo y único te bendiga, hoy y siempre.
Feliz cumpleaños, Andrea.

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