De toga y birrete

Llegó el día de la toga y birrete en el que es preciso reflexionar. Sí. Interrogarse en torno a lo que significa ser escritor y al resultado final que se formó a lo largo de los tres años en el programa de Doctorado en Creación Literaria de Casa Lamm, no es ciertamente una curiosidad de carácter enciclopédico, sino una inquietud que sirve de fundamento para forjar una parte importante de la identidad. Detener la mirada en la aventura del espíritu humano que escapó de las ataduras de un perímetro de comodidad y se atrevió a seguir un camino desconocido es reflexionar en el desarrollo personal.

Al iniciar el camino, decimos, casi como un susurro, que queremos ser escritores, con la timidez del principiante, con la falta de seguridad del novato y sobre todo con el anhelo de serlo. Creemos que la construcción de esta nueva identidad es inalcanzable, pero la necedad y la necesidad de dar curso al torrente de letras que se escurren de la imaginación, nos obligan a romper el cerco de la automutilación y dudas tan propio de los que habitan este universo.

No es fácil detectar el origen de la vocación de un escritor, por eso el titubeo se arraiga muy cerca del lugar del que surge la inspiración. Mario Vargas Llosa dice: “Escribir es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Es una tentativa de corrección, de cambio o abolición de la realidad real”[1] El escritor se deja, en un momento determinado, habitar por sus demonios y con ellos quiere reconstruir un mundo. Estos espíritus son volubles, en ocasiones dan y, en la mayoría de las veces, también castigan.

Una vez que los demonios se instalaron en la mente del escritor no lo van a abandonar jamás. Se afianzarán en las profundidades de la mente y, en el momento menos pensado, lo azuzarán para derramar letras. El escritor temerá por los resultados ya que el origen de sus ideas, la vocación misma, son un punto de partida incierto. Habrá que nutrirla y alimentarla de forma maniática con esa masa de experiencias que al principio sentíamos tan lejana e inservible y que se constituye como el mejor elemento para narrar.

Las posibilidades que se descubren a partir de la creación literaria reconcilian la meta alcanzada con el temor de no llegar a ella. Toda experiencia nueva, por más distanciada que pueda parecer de los escenarios de vida anteriores, se acerca a partir de ilusiones y propuestas; de la guía atinada y de la perseverancia de los maestros que acompañaron el proceso. De ahí que, preguntarnos sobre lo escrito, supone, como dice Roland Barthes, “enfrentar una paradoja: optar por el conjunto de reglas y objetos; de técnicas y obras cuya función es institucionalizar la subjetividad, o bien, optar por la absoluta libertad del autor. Prefiero la libertad del autor. Dejar en absoluta independencia la escritura.”[2]

La impugnación o la defensa de los textos determinan el arco pendular sobre el que se mueve el escritor. La lógica de la Escritura es un eco que resuena de la alternancia de libertades y coerciones que enfrenta un autor. A lo largo de la Historia, los escritores han puesto sobre los renglones sus sueños y mentiras, sus actos y deseos, la realidad y el escenario que prefiguran como tal. La verdad que cada autor quiere reflejar a partir de un mundo ficticio para lograr que brinque del universo concreto al mental, es el máximo deseo de un escritor. Tal como dice Auerbach, “Al mismo tiempo, escribir es un fenómeno que prueba hasta qué punto la vida es palabra tanto como vivencia.”[3]

Las palabras son la sustancia de los textos que el escritor usa sin ningún tipo de sumisión, “con una libertad anárquica.”[4] Esta actitud tiene que ver con la naturaleza aventurera del escritor que vence la timidez y se atreve a contradecir la célebre sentencia de la Bruyère: Todo está dicho. Un escritor, a pesar de sus dudas, jamás se conformará con este dictamen. Se devanará la mente para crear nuevos campos e ir a fertilizarlos hasta que den el fruto que germine en la imaginación del que lo lee.

Llegó el día de la toga y birrete. Sí y al finalizar el camino de las aulas las inquietudes alrededor de las letras han crecido de la misma forma en que se desarrolló un intenso y enorme amor por ellas.

Así, de la mano de Auerbach, de Barthes, de Chesterton, de Gros, de Vargas Llosa, de Susana Corcuera, de Ramón Moreno, de Juan Antonio Rosado, con mis demonios personales alojados en la mente, y al llegar al final del camino me atrevo a susurrar : soy escritora, con un profundo agradecimiento.


[1] M. Vargas Llosa, El novelista y sus demonios, Libre, París, 1990.

[2] R. Barthes, Sur literature, Seuil, París, 1963.

[3] E. Auerbach, Mímesis, Madrid, 1977.

[4] B. Gros, Literature, París, 1970.

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El último día

Es la última vez que me sentaré en esta silla, en este lugar que elegí de forma tan cuidada, justo frente al maestro pero hasta atrás, como en el extremo redondo de una u. Un sitio que defendí y que a golpe de perseverancia, por fin, hice tan mío que nadie se atrevió a ocuparlo.
Es la ultima vez que me sentaré de este lado del escritorio como alumna del doctorado de Creación Literaria, la última que lo haré como la persona que busca un grado, que entrega un trabajo y se somete al criterio de la evaluación. No más calificaciones que se midan en la escala del uno al diez.
Fueron tres años, que como pasa cuando estas muy divertida, se fueron tan rápido que casi ni percibí en qué momento se me vino el final encima. Adiós al sistema de estudio y al cobijo que me dio el aula.
Inicié un camino con la conciencia del objetivo pero sin la menor idea de la meta. Hoy que la estoy cruzando sé que llegué al lugar correcto. Eso es lo mágico y misterioso de un programa de creación. En la subjetividad de las letras se encuentra un tesoro. En ningún ámbito, como en este, el punto de vista, la medida, la valoración es algo tan personal y tan fuerte. Aquí la opinión no únicamente cuenta, vale. No es algo tan sencillo como elaborar un EBITA, no es que al entregar un resultado todos sean capaces de ver lo mismo. No. Y esa es la magia, lo que para alguien chiquito es grande, para alguien grande es chiquito y lo enorme es que, en realidad, a veces te toca ser grande y a veces chiquito.
Esa es la gran enseñanza, la capacidad de reconstruir y reconstruir, con la conciencia de que la rueda de la fortuna un día te deja arriba y otro abajo, pero siempre está la posibilidad de volver a subir o de volver a bajar sin que eso signifique más de lo que debe.
Lo entrañable son los amigos, esos que en el último día de clases abandonaron su lugar de siempre para venir a mi lado. Esos que sin entender, ni preguntar fueron pilares. Me quedo con sus risas, con sus imágenes y su talento, pero sobre todo con la maravilla de haberlos conocido y de tenerlos en el corazón.
Sí, extrañaré, sin duda los extrañaré. A ellos, a los jardines, al salón, a mi silla, a mis demás compañeros, a mis maestros. Y, aunque me da miedo de cruzar el umbral que me lleva a la meta, reconozco que en el último día puedo alegrarme de haber llegado. Tal vez siempre estuve ahí, en ese lugar feliz que me devolvió la Casa Lamm, probablemente nunca lo hubiera creído de no ser por la buena compañía que tuve en el camino. Llegué. Por eso, hoy como nunca, amo mi silla y la última oportunidad de sentarme ahí.

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