Una buhardilla y dos transformaciones 

En septiembre de 2008, llegué a ese lugar como quien despierta en medio de una pesadilla oscura. Era una buhardilla en la calle de Malitzin en Coyoacán, un cuartucho que fue el garaje de una casa vieja y que estaba convertido en un salón de clases en el que se impartía un laboratorio de novela. Entré ahí cargando el peso de un exhilio producto de una traición. Como siempre pasa, me tomó tan desprevenida que cuando me di cuenta ya se había operado todo el urdimbre para expulsarme de una vida profesional fructífera. Ni cuenta me di del momento en el que me montaron en la balsa de Caronte y todavía no me entero quien le pagó las monedas para que remara sobre mi propia laguna Estigia.

En mi propia selva negra, me topé con un Virgilio sumamente peculiar: malencarado a primeras instancias, de estampa hosca y con una colección de palabras poco amables, Celso Santajuliana parecía un guía poco confiable y por razones que sólo el cielo entiende, me quedé. Traspasé el umbral de esa buhardilla sin saber que después no habría regreso posible. Sin duda, en esos tiempos, la comprensión del entorno me resultaba complicada. Aquí se imparte un taller para escribir una novela en nueve meses, pero no se confundan, aquí se dan las bases, ni se lee ni se corrige nada de lo que escriban. Es más, si no escriben, me da igual, decía un Celso sin miedo a sus palabras.

Cada jueves a las doce del día estuve puntual a mi cita. El grupo era muy nutrido, dadas las circunstancias. Eramos doce asistentes, hombres y mujeres que como nos decía Celso, teníamos que tener algo roto para estar ahí a esas horas. Maldita sea, vaya si estaba rota. Me sentía con las rodillas descarapeladas, las manos pisadas y la lengua llena de tierra. Para escribir, decía quien se convirtió en mi sensei, hay que estar roto, de esa ranura salen las letras. Los que están enteros no pueden escribir nada que valga la pena. Pues si de desgarraduras se trataba, yo esataba apta para derramar lágrimas y letras suficientes para llenar las hojas de una novela. 

La buhardilla era fría, húmeda, tenía los muros con pintura amarilla descarapelada, las sillas eran incómodas pero la magia de la creación tenía un lugar para contener la curiosidad de quienes tienen la intención de escribir. El pizarrón estaba sobre un tripié algo cojo y tenía una superficie bastante desgastada, pero nada de eso quitaba la potencia de las palabras que ahí se estaban incubando.

La historia la he contado muchas ocasiones. En esos nueve meses de laboratorio de novela se gestó mi primera publicación, fue la única que produjo la décima generación y me llevé el ombligo de ese cuerpo integrado por los libros que se escriben en ese taller. Al terminar, Celso ya era más amable pero igual de duro. Te corro de la calidez del nido, fuera de aquí, sal a volar, haz de la escritura oficio y no te vuelvas a aparecer por aquí: ya eres escritora. 

Me fui sin creer mucho en sus palabras. Lo curioso de ser escritor es que pasa mucho tiempo antes de que en verdad te lo creas. Poco tiempo después, con Hermana querida ya en librerías, pasé por la buhardilla y se me arrugó el corazón: tenía unos espantosos sellos que decían Clausurado por violar la ley. Unos oficiales del mal junto con vecinos de corazón negro mandaron sellar la casa porque no tenía uso de suelo para impartir cursos. Eran los tiempos en los que Coyoacán era elsitio más   popular de lugares clausurados por las razones más absurdas y malévolas. 

El laboratorio de novela cambió de sede y la casa y su buhardilla estuvieron clausurados mas de seis años. Decidí dejar de pasar por la calle de Malitzin porque ver esos sellos me irritaba el alma y me indignaba el corazón. Pero, ayer, casi sin querer pasé por ahí con mis hijas y el alma me regresó al cuerpo. La casa ya no tiene sellos y la buhardilla está transformada en un café y una heladería que pertrnecen a un conjunto que ofrece muchas opciones al sibarita.

De la buhardilla brotaron dos transformaciones, la casa alberga ahora la sucursal del Mercado del Carmen, es un espacio gourmet que tiene el mismo concepto de San Angel. Ahora, ahí se encuentra una veintena de locales y su transformación es gloriosa. La veo y me contemplo a mí misma. Ahí entró una mujer atribulada por una rotura y salió una escritora que ha hecho de las letras un oficio, tal como se lo instuyó su sensei. Miro y recuerdo. Me gusta lo que hicieron con esa buhardilla, me gustan las trasforma iones que brotaron de ese lugar.

De tramitologías y venenos para emprender

El discurso oficial habla de apoyar al emprendedor, dicen, con razón, que sobre las bases del emprendimiento están las ruedas del desarrollo para México. Lo malo es que son sólo palabras y, las palabras se las lleva el viento.
Es verdad, existe el Instituto Nacional del Emprendedor y ahí existen fondos de fomento, ayuda para accesar a créditos, no tan baratos pero con la escasez que existe y la dificultad para obtenerlos si es un buen auxilio, capacitación, contacto con incubadoras y aceleradoras empresariales y una serie de elementos para que el emprendedor no vea como su proyecto se evapora.
Sin embargo, emprender en México es difícil. Además de la barreras naturales que impone el mercado, está la tramitología. La complejidad burocrática que se le adjudica al emprendedor es excesiva, complicada y ambigua. Parece hecha para desanimar hasta al más valiente. No lo digo yo, que he padecido en carne propia estas dificultades, lo dice
la agencia Global Benchmark Complexity que tiene un índice que marca a México como uno de los diez países del mundo en términos de tramitología.
El tiempo que se tarda un empresario en ciernes en cumplimentar la documentación para abrir un negocio es tan largo que muchos quiebran antes de haber terminado de llenar requisitos. Esto abona a la corrupción. Cada inspector que llega a verificar quiere su participación. Todos piden dinero y unos quieren más que otros. Las delegaciones, los municipios, las instituciones verificadoras, las de defensa del consumidor, las de defensa del trabajador, los sindicatos, las de salud, y la complicación para pagar impuestos son amenazas que asustan al más decidido.
Luego los comités vecinales. Estas organizaciones que fueron ideadas para preservar una vida en comunidad sana, se han convertido en cuevas de bandidos y en nido de extorsionadores. Son de las peores desaceleradoras de la economía.
En Coyoacán, por ejemplo, existen incontables comités vecinales. Cada uno se erige como defensor del Patrimonio Coyoacanense y tienen el centro histórico lleno de basura, de establecimientos clausurados y casas abandonadas. Las autoridades les tienen pánico, tanto que han preferido incorporarlos a la nómina, lo cual es conveniente para ellos. También es ilegal.
Me refiero a sujetos que han golpeado a trabajadores que querían instalar parquímetros para contarrestar la mafia de franeleros. Me refiero a estas finas personas que se rehusan a admitir el programa de Ecobici en la demarcación. Me refiero a estos grupos que quieren frenar el progreso de Coyoacán y que matan la chispa del emprendimiento.
El señor Paulino, vecino de la colonia del Carmen, sale a amenazar a cualquier persona que quiera poner un negocio en la colonia. Dice, con una seguridad que intimida, que no le importa que todos los papeles estén en orden, que él tiene conocidos y que de su cuenta corren las clausuras. Lo dice y lo hace.
Este sujeto que vive en la calle de Centenario, tiene un depósito ilegal de refrescos, se estaciona sobre el carril de la ciclopista, invade las entradas de los vecinos y nadie le dice nada. ¿Por qué? Amenaza y cumple. Y en cada extorsión que patrocina, lleva a cabo un beneficio.
En México para emprender con éxito hay que tener amigos. Alguien que te proteja y que con una llamada aplaque a las jaurías hambrientas y entonces sí, te dejan en paz. Lo malo es que son muy pocos los que tienen ese tipo de amistades. Paulino ha de tener muchos amigos. A mí me gustaría que no hiciera falta tenerlos para ofrecer empleos y hacer las cosas bien.
El discurso oficial debe alejarse de la palabras y debe poner manos a la obra. Acabar con tanto trámite, apoyar al emprendedor. Eso significa acompañarlo y protegerlo de tanto buitre que está dispuesto a sacarle los ojos. Emprender en el mundo requiere valor, en México va más allá de la valentía. Para promover el progreso, hay que facilitar el camino, retirarle las piedras y los obstáculos a los proyectos de inversión. Y, sobretodo, hay que quitarle a estos parásitos que sólo sirven para frenar el progreso de un país. Hay que acabar con esos Paulinos que son un veneno para la sociedad.

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Paseando en París

Tarde me entero de que nuestro Jefe de Gobierno anduvo paseando en París. Viajó a la Ciudad Luz a hablar de urbanismo y de soluciones para las grandes metrópolis. Suena a broma, es cierto. En un comunicado emitido por el Ayuntamiento de la capital francesa se informó de la firma del acuerdo que busca “profundizar los intercambios de experiencias en rehabilitación de los centros históricos y renovación urbana”. Hay que dar gracias a Dios de la buena voluntad la alcaldesa, o de que Miguel Angel Mancera la novateó, pero cuando se de cuenta, hay que ver si no nos avienta el convenio en la cara.
¿Cómo que firmó un acuerdo para intercambiar experiencias en rehabilitación de centros históricos? Mejor me da risa ¿será que en París quieren convertir la Plaza de Montmatre en El Jardín de la Conchita, o el Barrio Latino en Coyoacán?
No, yo creo que se chamaquearon a la Madame Anne Hidalgo, basta darse una vuelta por el jardín Centenario enfrente de la iglesia de San Juan Bautista para toparse con una de las plagas más desarrolladas de ratas que están tan bien nutridas que parecen topos. Si la mandataria parisina supiera que en esta demarcación los vecinos son gente que agrede a los trabajadores que quieren poner parquímetros, que se sienten los virreyes de la delegación, que luchan por la preservación del uso de suelo a cambio de estar inscritos en la nomina delegacional, a lo mejor se le quita el entusiasmo que le produjo haber firmado el convenio de cooperación.
Me imagino que los locatarios de la Rue Saint Honoré estarán preocupados por este tratado. Imaginarán que pronto se importarán los sellos mexicanos de clausurado para tapiar negocios que embellecen la calle, igualito que sucede en San Ángel, Centro de Tlalpan y los Barrios Antiguos de Coyoacán. La mismísima estatua de Juana De Arco sufrirá ante la posibilidad de que le pase lo mismo que a su homóloga de Carlos IV. Los asistentes a Le Stade de Roland Garros se preguntarán si el jefe delegacional de la zona de Bois De Boulogne tolerará ambulantes, revendedores, vendedores de mercancía pirata y todas esas prácticas tan elegantes que se ven en los alrededores del Estadio Azteca y del de Ciudad Universitaria.
Valiente asesor se consiguió Mme. Hidalgo. Imagino que Miguel Ángel Mancera no la invitó a venir, eso más que una descortesía fue una jugada estratégica. ¿Qué dirá la alcaldesa de la ciudad con uno de los servicios de metro mejores del mundo si se entera de la línea dorada? Seguro la firma del convenio le empezaría a mortificar. A lo mejor ya le están dando calambres.
O, tal vez quiera aprender del Jefe de Gobierno del D.F. a caminar por las calles de París sonriendo y disfrutando como si en su ciudad no pasara nada. Si es eso, estoy segura, encontró al mejor de los maestros. Eso sí.

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La escala evolutiva del delito

Hablemos con propiedad. El auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM se llama Justo Sierra, no Che Guevara. Parece una nimiedad y no, vaya que no. Es algo trascendente. Aquellos que han ocupado de manera ilegal ese espacio académico, que le han faltado al respeto embriagándose, drogándose, orinándose, defecando en sus rincones, le llaman así. Decirle Che Guevara y no Justo Sierra ubica a la gente en un lado o en el otro de la línea. No nos confundamos. Así se inicia el ascenso en la escala evolutiva del delito. No, no exagero. En el momento en el que permitimos que los límites se desdibujen, se abre la caja de Pandora.
Nada nace siendo grande. Así cómo las plantas germinan en pequeños brotes, crecen, engrosan el tallo desarrollan hojas, flores y frutos, un capo no aparece siendo un gran criminal. Todos empiezan cometiendo pequeñas faltas, escalando los peldaños del crimen y van sofisticando sus delitos. Hay que pararlos a tiempo, dejarlos crecer es un grave error.
Muchos asesinos, narcotraficantes, violadores, empezaron como raterillos centaveros que pudieron haber sido detenidos antes de causar más daño, pero encontraron abrigo en la complacencia de las autoridades.
En términos de ilegalidad no debería haber grados. O se está en la legalidad o no. Sí se cruza la línea, si te pasas al otro lado, no hay negociación posible, si se infringe la ley, lo que sigue es castigar. No hay forma de tolerar, hacerlo es consentir, es casi como girar una invitación para seguir delinquiendo.
Autoridades complacientes propician el crimen. Es como una fórmula matemática. Así, permitir el comercio ambulante, es tolerar que un grupo de gente haga las cosas mal. La lista es grande: se apropian de un espacio en las banquetas, venden productos pirata, roban energía eléctrica, bloquean el paso, inhiben el comercio formal, no pagan impuestos. Las autoridades se aguantan porque estos individuos generan una gran cantidad de votos, pero también muchos problemas.
La captura del Chapo es sin duda un gran golpe, pero eso servirá de poco si no atacamos el inicio de la escala evolutiva del delito: franeleros, puestos ilegales de venta de alimentos, comercio banquetero, estudiantes rijosos que violentan un lugar de estudio, y todos aquellos que se apropian del espacio público con manifestaciones o que cobran derecho de piso o comités vecinales que se representan a sí mismos y que aparecen en las nóminas delegacionales. Todos ellos forman parte del inventario de los candidatos a súper delincuentes, si no es que ya lo son.
Así, con autoridades tolerantes el orden se pone de cabeza. Vemos a granaderos golpeados, lastimados y heridos por ciudadanos, en vez de figuras de autoridad que deben ser respetadas. Nos enteramos de vándalos que queman árboles de Navidad, de manifestantes que rompen vidrios e incendian negocios, de universitarios que están más interesados en aventar bombas molotov que en estudiar. La impunidad como madre protectora. Una ciudadanía harta de tanto exceso.
Vecinos que toman las calles por su cuenta, protegen la actividad de franeleros y amenazan con lastimar a los trabajadores que van a instalar parquímetros en las inmediaciones del centro de Coyoacan. Salieron a repartir empujones y empellones a diestra y siniestra; dos personas se llevaron heridas leves. ¿Y las consecuencias? La impunidad impera.
Si la autoridad llora y tiembla ante las amenazas de la gente, si no reacciona ante la promesa de destruir el equipo ya instalado, adivinen qué va a suceder. Es verdad que se debe privilegiar el diálogo, sin embargo, amenazar no es dialogar, es lo contrario. El que amedrenta rompe las reglas de la comunicación. Prestar oídos y darles foro, únicamente potenciará los problema. Es cimentar el primer escalón de la delincuencia, es tanto como sostenerle la escalera a los malandrines para que suban y suban hasta convertirse en grandes capos de la delincuencia.
La escala evolutiva del delito empieza con la tolerancia y se nutre de la impunidad. ¿Cuándo lo vamos a entender?

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¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacan?

¿Dónde están los buenos vecinos en Coyoacán? La buena convivencia entre los vecinos de los barrios que conforman el centro de Coyoacán se ha perdido. El trato amable ya no existe. Parece que los que viven en esa zona se han avinagrado. Las prácticas como ayudar al que vive al lado, dar la bienvenida al que llega a la colonia, ofrecer una tácita de azúcar son cosas del pasado. Por desgracia, esta falta de armonía ya se nota. Las banquetas están rotas, hay esquinas en las que se apilan costales de basura, hay plagas de roedores en los parques, hay registros que no tienen tapa, hay baches en las calles.
El Coyoacán colonial que antes servía de paseo para los capitalinos, al que presumíamos y era lugar obligado para llevar a turistas nacionales y extranjeros está grafiteado, lleno de pintas, de casas abandonadas, clausuradas, que sirven de foco de infección, de albergues de vagabundos, de puntos de reunión para maleantes. No dudo que en esas propiedades tapiadas por sellos se oculten delincuentes que hacen sus fechorías y que encuentran en estas propiedades un refugio maravilloso por el que además no tienen que pagar.
Lo que sí se es que detrás de cada clausura hay un vecino que pertenece a una de las múltiples asociaciones vecinales que están al pendiente de cada remodelación, de cada construcción, de cada nuevo negocio, de cada actividad. En Coyoacán los vecinos vigilantes no se ocupan de ver que se recoja la basura, que se arreglen las banquetas, que se tapen los hoyos o que se repare lo que se descompuso. Están al pendiente del otro y vigilan, como si no tuvieran otra cosa que hacer, para buscar clausuras.
No es lógico que la vocación de un comité vecinal sea clausurar propiedades. Nadie daña así porque sí. A nadie le gusta tener una propiedad abandonada junto a su casa, que sirva de nido de cucarachas y de cueva de rateros, a menos que tengan un beneficio. ¿Qué beneficio puede haber de la clausura continúa y constante de propiedades si la colonia se ve fea, se deteriora y pierde valor? Fácil: el moche.
He estado platicando con varios vecinos de Coyoacán que se sienten hartos y desesperados de que los comités vecinales se enrollen en la bandera protectora de la zona cuando en realidad están tendiendo una cortina de humo para hacer sus porquerías. Hay la sospecha de que por cada sello de clausurado, por cada trámite que se hace para regularizar la situación de las propiedades ellos se llevan su mochada. Parece lógico. ¿Quién querría, en su sano juicio, vivir cerca de un muladar abandonado, pintarrajeado, sucio y lleno de sellos? Sólo aquel que se ve beneficiado por esta situación.
Recientemente, este grupo de vecinos trató de organizarse para buscar un mejor Coyoacán. Imposible, los cotos ya están dados. Aquí este tipo de beneficios no se reparten. Los que están ya cerraron la puerta y entre ellos se reparten el botín. Sí tratas de acercarte a dialogar con ellos, amenazan con sus poderosos sellos. De la mano de sus contactos en la Delegación, hacen de las suyas y se han convertido en pseudo virreyes que elevan el índice para decir tú sí y tú no. El negocio es bueno. Corren buenas cantidades de dinero, tanto es así, que hay gente que vive de eso y lo hace cómodamente. Se arropan con la marca de protectores de Coyoacán y basta darse una vuelta para caer en la cuenta del mal trabajo que han hecho para la comunidad y el extraordinario beneficio que le han hecho a sus bolsillos.
Personas a las que no les importa que las banquetas estén rotas, que los hoyos sean profundos, que la basura se acumulé en las esquinas. Los nidos de ratas crecen en Coyoacán, los de roedores y los de vecinos que se dedican a extorsionar al de la lado. ¿Dónde están los buenos vecinos de Coyoacán? Esos que en el pasado sí protegían el barrio y buscaban preservar su hermosura, no los cuatreros que lo tienen sucio, roto y descuidado.

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Malos vecinos

Créanme, hay pocas cosas peores que se comparen a tener un mal vecino. Toda la vida he tenido buenos, por ello resiento mucho a los malos. No se trata de vecinos chismosos que vigilan cada movimiento y que dedican su vida a ver lo que otros hacen. Ojalá, pero en este caso se trata de algo peor.
Mis malos vecinos son personas que tienen amistades a buenos niveles en la Delegación de Coyoacan, o eso dicen, y se han dedicado a amedrentar a la gente de bien que quiere trabajar de forma honesta y pacífica. Son sujetos que abusan de sus relaciones y que amenazan con sellos de clausura, como si ellos fueran autoridad. Lo malo es que ejercen como tal. De alguna forma misteriosa logran que la autoridad se mueva al son de sus deseos.
Dicen que están protegiendo Coyoacan, se dicen a sí mismos los salvaguardas del patrimonio coyoacanense y enarbolan la bandera de protección del plan de uso de suelo que ya ni siquiera es vigente. Insisto, lo malo es que su capacidad de gestión es muy grande y el poder que detentan es de tal magnitud que nada más hace falta darse una vuelta por la Colonia Del Carmen para darse cuenta de lo que estoy hablando.
¿Por qué las autoridades delegacionales les hacen caso a ellos y a otros no? ¿Cómo le hacen para que sus amenazas surtan efecto? ¿Qué hacen que están tan protegidos? Es más, ellos son capaces de violar la ley sin jamás recibir castigo. A mi no me queda más que sospechar.
Para muestra un botón. Uno de estos personajes, de estos que han hecho de la amenaza efectiva un modo de vida, estacionó su auto en la entrada de mi casa. No únicamente bloqueaba el acceso al estacionamiento, invadía la ciclopista y estaba parado en una calle en la que está prohibido estacionarse. Violó varias leyes de tránsito.
Se le pidió de manera cortés que quitara su vehículo. No lo hizo. Se le insistió. No caso hizo. Se le pidió a la grúa que lo retirara, nos informaron que eso no iba a ser posible por tratarse de una importante vecina de la colonia. La policía al servicio de unos cuantos.
Todo sucedió. Esta celebridad no retiró el coche pero sí me amenazó. Me mandó decir, pues su alta majestad no le permite hablar con mortales que no contamos con las relaciones de ella, que si me gustaría ver mi casa llena de sellos.
¿Qué hacer ante esta situación? ¿A quién acudir para resolver estos problemas? ¿Cómo hacerle cuando se tiene un mal vecino?
Yo recuerdo que cuando era niña, la señora García, que era la vecina de al lado en casa de mis padres, tenía llaves y cuando salíamos de vacaciones ella encendía las luces y regaba el jardín. Convivíamos y nos hacíamos favores. Varias veces me quedé en su casa mientras mi mamá llevaba a mis hermanos al pediatra. ¡Cómo extraño esos actos de buena vecindad!
En cambio, hoy que tengo como vecinos a próceres de la Colonia Del Carmen, padezco sus abusos y sus amenazas. Me gustaría gritar ¿Y, ahora, quién podrá defenderme? Y que apareciera el Chapulín Colorado. Pero, no. Ni Chapulín, ni héroes, ni autoridades. Mucho menos autoridades que, al parecer, están para defender a unos y a otros no.
Aquí evidencia de los actos de mala vecindad.

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Cerrado por indignación

Los diseñadores Domenico Dolce y Stefano Gabanna han captado el foco de atención mundial nuevamente, pero esta vez no se han valido de sus elegantes diseños. No. Esta vez han optado por manifestarse en contra de lo que consideran un escarnio. Están hartos del enjuiciamiento público del que han sido víctimas y,en una controvertida y arriesgada estrategia, han decidido cerrar sus tiendas de Milán por una temporada, a partir del día de ayer.
En los escaparates, en vez de sus famosos diseños, lucen sendos letreros que dicen Cerrados por indignación . Es un movimiento en contra de lo que ellos juzgan son ataques hostiles del gobierno a su actividad profesional. Los diseñadores fueron condenados a veinte meses de cárcel por evasión fiscal, y aunque será difícil ver a esta pareja de creadores detrás de las rejas por la complejidad y la duración de los procesos de apelación en Italia, el desgaste en su imagen y el enjuiciamiento mediático ha sido brutal. Por ello, bajan la cortina de sus negocios en un signo de protesta, aunque seguirán pagando a sus empleados durante este cierre temporal.
Entiendo la indignación de los señores Dolce y Gabanna. Evadir impuestos no está bien, pero al ver los excesos del señor Berlusconi, no justificó la evasión, la entiendo. Este caso de evasión fiscal es uno de los pocos que han salido a la luz pública en Italia, donde las tasas de recaudación son de las más elevadas del mundo. Por lo menos la actividad de los diseñadores a generado empleos y derrama ecónomica, la de muchos políticos, no.
La estrategia de los diseñadores es arriesgada pero yo la juzgo digna. Llega un momento en que los empresarios están hartos, quieren trabajar y no los dejan. Pareciera que el logro mayor de las autoridades es sangrar al motor de la economía. Los señores diseñadores cierran sus tiendas y con ello la base para pagar impuestos se pierde. Pierden todos. ¿Qué no se trata de hacer lo contrario? La medida busca recuperar la dignidad de la marca y por ello se llevan las palmas. ¿No me quieren aquí? Me voy con mis cosas a otro lado.
La imagen importa, es el prestigio que nos apadrina y nos acompaña. Domenico Dolce y Stefano Gabanna lo saben y están dispuestos a jugar rudo para recuperarse del daño que ellos sienten les han infringido con esta campaña. Se indignan y toman acciones. Vaya, enhorabuena. El buen nombre es un valor por el que vale la pena luchar.
Razones para indignarse sobran en Milán y en la Ciudad de México. Leo que Mauricio Toledo no piensa renunciar porque, según él, en Coyoacán lo apoyan. El cinismo de este hombre merece que le pongamos letreros que digan encerrado por indignación, pero para indignarse hay que reconocerle algo que este sujeto parece no tener, dignidad. Dice, pero no exhibe, que tiene encuestas de opinión que revelan que la gente lo ama, ¿a quién le preguntaron? En Coyoacán, ya lo he dicho, a cada esquina hay un sello de clausura, de un negocio, de una construcción, de una casa. Estos sellos son la denuncia de que algo anda mal. Son la protesta silenciosa en contra de las autoridades delegacionales. Hay sellos que han estado ahí por años. Líos que no se resuelven, condenas, algunas de de ellas justas, no lo dudo, pero la gran mayoría injustas, reflejo del abuso de autoridad y de la voracidad de los funcionarios.
Cerrar las puertas, bajar las cortinas de negocios es un mal por el que la comunidad en general paga altos costos. Se pierden empleos y oportunidades de que la gente se gane la vida en forma honesta. Triste lo que sucede en Milán, peor lo que pasa en Coyoacán.
Los diseñadores cuentan con el respaldo de los miles de euros que ganan por su operación en otros lugares, en Coyoacán ¿Quién respalda a los que tienen las puertas cerradas?

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Sin sorpresas

Existe una inclinación en el ser humano por comprender y juzgar lo que sucede en su entorno. No todo es lo que parece y por ello interpretamos lo que nos dicen. Nos valemos de la experiencia, de la intuición, de los se todos para decantar los datos y formarnos una opinión. Escuchamos, observamos, valoramos y a partir de ello elegimos lo que nos parece verdadero y descartamos lo que pensamos es falso.
En ocasiones, el juicio se hace a primera vista, rápido y de una ojeada, pero hemos aprendido a desconfiar de esos juicios. Nos han enseñado a que para opinar en forma sustentada hay que tener evidencias, basarnos en hechos y no en impresiones. Sin embargo, rara vez cambiamos nuestros juicios a primera vista. La intuición, hoy tan descalificada, es un botón de alerta que se enciende para advertirnos y es muy eficiente, no obstante, hemos dejado de ponerle atención.
Piensen, por ejemplo, en los políticos; cuando vemos sus fotografías pegadas por todos lados y recibimos el impacto visual, nuestro cuerpo tiene una reacción, a veces de simpatía, otras de desagrado, percibimos la falsedad de su sonrisa, la angustia frente a la cámara, la bonomía, la sinceridad. No importa si gastaron fortunas o la imagen la tomó el fotógrafo de la esquina, sabemos. Algo en el fondo del estómago, o en la punta de la nariz nos advierte y generalmente esos avisos son certeros.
Por ello, no nos sorprenden las caras que aparecen las primeras planas que muestran a políticos en apuros. Luis Armando Reynoso, Andrés Granier, Eduardo Ramírez Vallejo no nos sorprenden al llevarse las ocho columnas por ser sospechosos de malas acciones. De alguna manera misteriosa ya lo sabíamos.
Lo que sí sorprende son sus alcances, cuando a la intuición se le acompaña con hechos la cosa se pone grave. Al darle cifra a las acciones de estos pillos se enciende la indignación.
Los desvíos millonarios de Granier mientras su estado padecía inundaciones, el cinismo y los excesos, las sospechas de lavado de dinero del ex gobernador de Aguascalientes ya no causan asombro sino molestia.
¿Cómo van a sorprender si las evidencias están a la vista? Nada más falta agarrarlos con las manos en la masa, porque si en ese cuarto oscuro huele a vaca, se oyen mujidos, y sacan leche, aunque no vea físicamente al animal, sé que ahí está. no hace falta ver a estos personajes en acción para saber de sus maldades.
Insisto en el caso de Coyoacán. En cada calle hay una casa, un negocio, una construcción clausurada. Tantos sellos generan sospechas. Luego el descuido de parques, jardines, banquetas y calles en la delegación me llevan a pensar que los servidores públicos no están haciendo bien su trabajo. La detención del secretario particular del señor Delegado ya me acerca más a una conclusión. Hace mucho rato que en esta demarcación las cosas van muy mal.
Desde el primer momento, desde la primera impresión, ver Coyoacán tan sucio y clausurado, tan lleno de comités vecinales que impiden el quehacer honesto, que protestan con violencia y que cuentan con la complicidad y apoyo de las autoridades, siempre me hizo sospechar que no buscaban el bienestar de la comunidad sino beneficios personales. El discurso del cuidado del patrimonio coyoacanense suena tan falso cuando se contrasta con las plagas de roedores en los jardines, con las casas deshabitadas que se vuelven basureros porque están clausuradas, con las bardas llenas de graffiti. Nunca he creído en esas patrañas, ahora sé por qué.
Al ver la foto de Eduardo Ramírez Vallejo y saber que está en apuros, no me sorprendo. Lo que sí me causa asombro es verlo tan solo. ¿Dónde está su jefe? ¿Dónde están los integrantes de comités vecinales que cobran en la nómina delegacional? ¿Por qué sólo está él? ¿Y los demás?
Por eso digo que existe una inclinación del ser humano por tratar de entender lo que sucede en nuestro entorno. Me parece que, después de todo, mis apreciaciones no estaban tan equivocadas con respecto a lo que sucede en Coyoacán. No hay sorpresas.

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Los cochupos en Coyoacán

En este mundo no hay cosa más peligrosa que los lobos disfrazados de corderos. Por desgracia, esta especie de híbridos, que presumen de piel honorable y en realidad son canallas de campeonato, son cada vez más comunes. En la Delegación de Coyoacán son una plaga, se han reproducido en forma incontrolada y han hecho un daño terrible a la demarcación.
Ya lo he dicho muchas veces, Coyoacán y, en especial, su centro histórico es un lugar mágico en el que parece que se detuvo el tiempo, sus calles empedradas, su plazas virreinales, sus callejones, nos transportan a épocas pasadas. La de los frailes franciscanos, la de los ancestros indígenas, la se Frida y Diego, la de las pulquerías, la de Trosky.
Por su importancia histórica Coyoacán es un lugar sumamente atractivo para turistas, nacionales y extranjeros, es un lugar obligado de paseo que se había convertido en uno de los favoritos de los habitantes de la capital. Hasta que lo convirtieron en un cochinero a fuerza de caprichos y corruptelas.
Se supone que las autoridades y los comités vecinales están para defender y proteger la belleza de la Delegación. Sí, cómo no. Lobos disfrazados de corderos. Coyoacán está hecho un asco. La plaza central está plagada de ratas que están tan acostumbradas a la gente que parece que estamos en Hamelin y no en el Distrito Federal. Los comercios que abren sus puertas tiemblan pues no saben en que momento serán extorsionados y clausurados. A cada veinte metros se topa uno con casas, restaurantes, construcciones, que están selladas con enormes carteles que dicen: CLAUSURADO POR VIOLAR LA LEY, como si se hubiera descubierto un laboratorio de metanfetaminas o un negocio de trata de personas. Al investigar te enteras que la clausura se la llevaron personas de buena voluntad que quieren trabajar y ofrecer trabajos en forma honesta.
Los vecinos que integran el comité vecinal se jactan de ser ellos los que propician este tipo de clausuras, presumiendo músculo. Presionan a las autoridades delegacionales y no quedan es paz hasta lograr una clausura más, pero su voracidad no se sacia, siguen y siguen repartiendo sellos, sin ton ni son, con una alegría difícil de comprender.
Con estas clausuras se pierden fuentes de ingresos, derrama económica, trabajos, en fin, se frena la economía. Lo he padecido en carne propia. Vecinos hambrientos de sellos, autoridades complacientes. Un circulo de corrupción. Para que te quiten la clausura, o te aguantas dos años a que los trámites sigan su curso, es decir, a paso lento, mientras vez como tu inversión se desploma a paso acelerado, o le entras al cochupo, a la trampa.
Siempre me quedó claro el beneficio de la gente de la delegación, cada clausura era una posibilidad de extorsión. Jamás entendí al comité vecinal. ¿Qué beneficio obtenían de estos cochupos? ¿Estarían engañados pensando que de verdad defendían su colonia? Yo pensé que los vecinos eran bastante tontos. Las colonias con casas clausuradas se ven horribles, se destruyen, son fuente de basura, refugio de maleantes, quemaderos clandestinos. Lejos de beneficiarse, se perjudican con estas acciones. ¿O qué ocultan?
Todo quedó claro hoy. Ya salió el peine. Muchos de los integrantes de los comités vecinales, lobos con piel de cordero, están en la nómina de la delegación, son parte de los cochupos de extorsión y abuso de poder. No tienen vergüenza. Se disfrazan de ciudadanos preocupados por la ciudad y en realidad están preocupados por sus carteras.
Por favor, señor Mancera, ¿hasta cuándo se le va a poner un alto a tanto atropello? Los que queremos trabajar en paz, generar empleos, hacer el bien, vivimos amaenazados por los que nos deberían proteger. Las evidencias están hasta en las primeras planas de los periódicos. Basta salir a pasear a Coyoacán para darse cuenta del mugrero. ¿Cuánto más tenemos que esperar, señor Mancera? Ellos sí están violando la ley.

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Manos sucias

Uno no se sienta a la mesa con las manos sucias, ni se presenta a trabajar, ni come, ni saluda. El que lo hace ensucia todo lo que toca. La suciedad se nota, es imposible ocultarla. Embarra y mancha. Deja huella. Por más esfuerzos que se hagan por negarlas, las manchas flotan y se abren caminos para lucirse en toda la extensión de su mugre.
La suciedad de las manos es una preocupación antigua es una ocupación de mentes claras, como lo dijo Jean Paul Sartre.
El sucio, el corrupto, el mentiroso tienen características similares, son hipócritas, lobos que se visten con las pieles de cordero, pero lo trompudo siempre se nota. Javier Marías, el escritor español dice en su libro Tu rostro mañana, que si pudiéramos ver el rostro de un traidor al día siguiente de habernos traicionado, si le pudiéramos ver la cara, es probable que este sujeto nos mire con cinismo, con arrepentimiento, con maldad, pero nosotros no lo veríamos con sorpresa. En el fondo de nuestra alma siempre hubo esa señal de alerta a la que nunca atendimos.
Es cierto, todos tenemos una voz interior que nos avisa. Casi siempre sabemos la verdad, o por lo menos la intuíamos. Difícilmente en esos terrenos nos sorprendemos. Lo que efectivamente sucede es que al enterarnos de la verdad, la voz de advertencia que antes era un susurro ahora se transforma en gritos. Lo sabía, lo sabía, nos decimos, pero no nos hicimos caso.
Si escucháramos mejor nuestra voz interna nos evitaríamos muchos descalabros. Vean al delegado de Coyoacan. No nos sorprende tanta fechoría por la que se le acusa, ni su cinismo, ni las manos llenas de lodo con las que se presenta por la vida. No. Su antecesor era igual o peor. Lo que sorprende es que sigamos viendo en posiciones de responsabilidad a personajes de esa talla.
Lo que indigna es el cinismo con el que desacata la ley, las instrucciones de un juez y que no pase nada.
Ser delegado es Coyoacan es una mina de oro. Con la complicidad de los comités vecinales se hace la mancuerna precisa. La forma de operar es la siguiente: vas a solicitar un permiso, te dan una forma que no corresponde, que es la equivocada, intentas ejercer la acción para la que solicitaste y obtuviste permiso -y que ellos te sugirieron-, los vecinos se quejan, se manda una inspección, ¡albricias¡, está mal. Ahí si que viene una sorpresa. Tú dices que tienes permiso, ellos que no es el adecuado, los vecinos avalan. Las autoridades clausuran. Los vecinos festejan. Las inversiones se pudren. Después de forma disimulada, un mandadero de la delegación, se acerca a decir que él te puede ayudar con tu problema. El coyotaje en Coyoacan es terrible.
Si tratas de resolver el problema por tu cuenta, jamás lo logras. Debes contratar los servicios de un tramitero. De uno de esos tipos que coincidentemente tiene un amigo, pariente, conocido, compadre, que nos va a ayudar a arreglar su asunto. Y sólo así, entrando en ese torbellino vertiginoso, en el cual de manera casi absurda pasas de oficina en oficina, de puerta en puerta , para que se arreglen las cosas. Puertas que antes estaban tan clausuradas como tu inversión, ahora se abren de forma mágica. Las salas de espera en las que antes se veía transcurrir el tiempo son que pasara nada, ahora gracias al ángel de los tramites, se evitan, pasas directamente. Las secretarias que antes no te veían, ahora te saludan. Muy bonita forma de desarrollo.
La vía de la justicia no resuelve. Si la Delegación pierde un juicio, que importa, es suficiente con no obedecerle al juez y no pasa nada. El delegado desacata la orden judicial, total, nadie dirá nada. Y el tiempo juega en contra de los que debieran ser defendidos y no atacados por la autoridad.
Hablo de un pozo de mugre. Basta darse una vuelta por el centro de Coyoacan para que verifiquen que lo que digo es verdad. Cuenten cuantas obras, negocios, casas clausuradas hay. Cada una es otra oportunidad de extorsión, otro negocio, no para el inversionista, adivinen para quién. No hay que leerlo en el periódico para saber que es cierto. Que las autoridades en la delegación tienen las manos sucias. Eso, como dice Marías, no sorprende. Es evidente.
Lo que sorprende es que no haya una acción fuerte en contra de todos estos lobos que no se cansan de ahuyentar con sus aullidos a la gente que quiere invertir y trabajar en esa delegación. Lo que sorprende es que los vecinos prefieran trabajar con gente que tiene las manos sucias y corran a los que las tienen limpias. Eso sí que sorprende.
Las manos sucias terminan embarrando todo, cara, cuerpo, entorno. Sino me creen, dense una vuelta por Coyoacan.

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