Otra vez, el buen fin

Una vez más el consumidor enfrenta en buen fin. Anuncios publicitarios, correos electrónicos, sugerencias de big data, redes sociales vibrantes, anuncios de radio, se vuelven impactos que buscan llamar la atención e impulsar el consumo. Oferta, descuento, oportunidad, son las palabras que nos pueblan la cabeza y nos dejan mareados. Sentimos ansiedad de aprovechar tanto remate que terminamos comprando cosas que no necesitamos y que pagaremos a cortas mensualidades. Es más, seguiremos pagando cuando la compra haya sido olvidada.

La intención es buena, activar el consumo es poner la economía en movimiento. Si y sólo si el consumo se corresponde con la capacidad de pago. Cuando nos excedemos, cuando compramos más de lo que podemos pagar, nos metemos en camisa de once varas y el circulo virtuoso se convierte en una calamidad. La calamidad inicia en un absurdo si encima compramos lo que no necesitamos. La compra se convierte en un desperdicio que se quedara arrumbada, olvidada, pero que tendremos que seguir pagando.

Como siempre, el análisis y la reflexión son el antídoto. La continencia es la mejor recomendación. El consumo inteligente activa la economía, el sobre endeudamiento, no. Es increíble la cantidad de veces que tropezamos y compramos ropa, aparatos eléctricos, electrónicos, juguetes y monaduchas que no volveremos a usar y que quedarán olvidadas en el fondo de un cajón.

Para el buen fin, el consejo de mi mamá es pertinente: cuando vayas a comprar algo, piensa en dónde lo vas a poner y cuántas veces lo vas a usar. Así, tal vez comprar una televisión o una computadora o una herramienta de trabajo sea una buena opción en vez de comprar otra camiseta de algodón color blanco que a la primera lavada quedará inservible y que tendremos que seguir pagando, incluso cuando ya nos olvidamos de ella.

La pesadilla de los opiaceos

Según el New York Times, el consumo de heroína en los Estdos Unidos está llegando a niveles de epidemia. El gusto que los estadounidenses tienen por consumir heroína sola o cortada por opiaceos va en aumento y causa muertes como si estuvieran librando una guerra. El mito, de que de un lado llegan los venenos y del otro los consumidores son blancas palomitas que no sufren daños, se rompe frente a la cifra fatal casi sesentamil personas murieron victimas de esta adicción.

Leo en El País lo fácil que es conseguir esta droga. Ya no se necesita ir a barrios violentos o entrar en contacto con intermediarios peligrosos. La facilidad entra por páginas de Internet en China. Se puede pedir la mercancía y la entregan en la puerta de la casa a vuelta de correo. Y, como queda claro, el problema no es la oferta, jamás lo ha sido, es la demanda creciente que hay por este veneno.

Lo curioso es que no se controle el consumo. Las campañas que se han hecho a nivel mundial contra el tabaco nos enseñan que se pueden abatir los vicios. Las restricciones que se impusieron a los fumadores, la imposibilidad de fumar tranquilamente y con la alegría que da encender un cigarro frente a una taza de café entre amigos se anuló en el momento en que fumar era percibido como un delito grave. El que sacaba una cajetilla era visto con rencor y las advertencias visuales llevaban a inhibir el deseo de fumar. 

Yo misma dejé de fumar, más que por  las amenazas de terribles enfermedades —que me intimidaban, pero no lo suficiente—, por que cada vez me resultó mas incómodo fumar. En los últimos días, fumaba fuera de casa, junto a los basureros. No era grato estar a solas con el humo del tabaco, entre aromas de comida podrida. Lo dejé. Muchos lo hicieron. La mayoría de los lugares que   frecuento, son libres de humo. Extraño el vicio, pero prefiero dejar de mortificarme yendo a fumar a lugares impresentables.

Drogarse con heroína no es fácil. Hay que inyectarse, eso duele e intimida. Además, hay que saber hacerlo, eso requiere capacitación. El vicio es tan fuerte que parece que estos obstáculos no importan. Peor aún, no interesan. Van años y años en los que veo a políticos y líderes estadounidenses que apuntan el dedo y se zafan la responsabilidad echándole la culpa a quien vende. El sinsentido se refleja en el número de muertos víctimas de la heroína. El que vende, si nadie compra, desaparecerá. En cambio, si todos quieren comprar, no hay forma de parar la venta.

Las campañas para acabar con esta epidemia deben ir en torno a quien consume. El veneno se debe alejar de quienes se lo inyectan, no con prohibicones que no sirven para nada, sino con campañas que generen consciencia. Mientras sigamos escuchando gritos flamígeros que culpen a otros, seguirá elevándose la cifra de muertos por esta terrible adicción. 

En torno al tema de la mariguana

En torno al tema de la mariguana hay muchos pareceres. En los últimos días, se agitó el avispero. Las voces se elevan para discentir o para mostrar acuerdo. Qué bueno. Estamos escuchando un sin fin de opiniones, se abre el debate se instaura el análisis, se habla del tema. Insisto, eso está bien.

Lo que no resulta tan bueno son los juicios de valor. Muchos ya elevan las cejas y crítican a los que están a favor del uso recreativo de la hierba, otros se mueren de risa de los santurrones que miran con recelo a los que fuman. Las opiniones en ese sentido son lo de menos. Son cortinas de humo que deben disiparse para entrar en el tema de fondo.

Si las opiniones son irrelevantes o importantes, no interesa. Lo que debería captar nuestra atención es el análisis científico de lo que conlleva el consumo de mariguana. Mi parecer ni el de nadie debe de fijar postura, la evidencia analitica debe sentar las bases de elección. Aquí no hay nada que juzgar, es mejor observar.

Si yo opino que fumar mariguana no es algo que yo quiera para mí o para los míos, eso es algo que debo reservar para la intimidad familiar, tal como lo es el consumo de alcohol, o el abuso de cualquier sustancia que dañe al cuerpo. Si me gusta o no, si es lo que quiero para los míos o es de lo que quiero que se alejen, debo hablarlo en casa con ellos. Como se debería hacer en torno a cualquier tema que necesite fijar una postura. 

Lo curioso es que muchos elevan el dedo juzgón para criticar y ni cuenta se dan de lo que traen a cuestas. Sabemos que el alcoholismo infantil crece, que la sexualidad se ejerce a edades muy tempranas y que los embarazos en la niñe sin cada vez mas frecuentes. No se trata de elevar torres de pureza, creo que lo mejor es hablar con los nuestros. Hay que prevenirlos. Hay que explicar. Hay que educar. 

Son los médicos, los psiquiatras, los psicólogos que han recabado datos sobre los efectos que tiene el consumo de mariguana los que necesitan ser escuchados. Es imprescindible tener información para poder tomar decisiones sobre bases sustentadas y no sobre pareceres. 

Lo cierto es que las drogas que se legalizan en otras partes del mundo aquí han generado una guerra sangrienta. Las lágrimas y los muertos se han puesto de este lado de la frontera. La prohibición para comercializar la hierba no ha desincentivado el consumo y decirle a alguien lo que debe de hacer mientras las balas corren más para un sentido que para el otro no resulta congruente.

En torno al tema de la mariguana, más nos vale que sea el análisis lo que prevalezca. Ojalá se privilegie el método científico y a partir de sus conclusiones se pueda tomar mejores decisiones. Opinar, vendrá después, pero… Primero lo primero.

  

Efecto contrario

André Bretón dijo que las imágenes debían impactar al espectador tanto como para causar un choque emocional inolvidable, se refería a expresiones artísticas, lo mismo en pinturas, esculturas, letras y especialmente en fotografía. El efecto es importante, debe ser como un golpe asertivo, que deje al que contempla atarantado, para así llegar al inconsciente y dejar una marca imborrable. ¿Quién no recuerda los bigotes de Dalí?
Claro, eso fue a mediados del siglo pasado. Hoy se ha abusado del consejo surrealista de Bretón. Últimamente hemos sido bombardeados con campañas publicitarias que en busca de ese impacto se han acercado peligrosamente a la frontera que divide el asombro y la ofensa, la sorpresa y el disgusto, lo impactante con lo grotesco.
El manejo de temas polémicos se ha hecho costumbre en el mundo de la moda, no es novedad ver campañas que buscan atrapar la curiosidad del consumidor a partir del escándalo. Benetton ha hecho historia con campañas en las que aparecen modelos de sacerdotes y monjas basándose, o que simulan un beso francés entre Obama y Putin. Y les ha resultado, muchos recordamos estas imágenes. Son arriesgadas, pero no siempre han salido bien. La misma compañía se disculpó al poner una pareja de bebes, una nena de carita angelical tez blanca y bucles rubios, junto a otra de piel morena, raza africana con un peinado exótico que simulaba cuernos, la campaña destacaba los contrastes y se entendió que un bebé representaba el bien y el otro lo contrario. El rechazo del publico se hizo patente. Las quejas de organizaciones de todo tipo brotaban por doquier. No resultó nada bien.
Se supone que una campaña debe atrapar al consumidor para invitarlo a comprar los artículos que anuncia, o eso se pensaba. Sin embargo, en nuestros días existe una tendencia, que se disfraza de arte, en la que los publicistas de moda quieren desatar escándalos y no les importa cruzar la frontera del el buen gusto, que en teoría es lo que rige el mundo de la moda. Por ejemplo, la campana last words recrea en una sesión fotográfica los suicidios de periodistas y escritoras como Virginia Woolf o Sylvia Plath. Las imágenes fotográficas son impecables, el impacto del que habla Bretón se logra, sin embargo, el resultado no es positivo.
Al ver las imágenes el estomago se hace nudo y el corazón se sobrecoge. Como arte me cuesta trabajo reconocer la intención de la fotógrafa, como empresaria no entiendo a quién se le puede antojar comparar los artículos que anuncia una mujer en tránsito a ser cadáver.
No se trata de un enfoque artístico que se aleje de lo convencional. Se trata de un juego macabro que les costó la critica y el rechazo de sus consumidores objetivo.
Se dio el efecto contrario. Lejos de causar admiración, curiosidad o atracción, se causa rechazo, encono y coraje. No se trata de escandalizarse ante imágenes suicidas. El problema es la frivolidad con la que se tratan y el efecto que causan. Lograron lo contrario de lo que pretendían.

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